Mishula

A la meua amiga Júlia
Misha, Mishula. Poco importa el nombre. A veces un chasquido de dedos basta. O un suave y limpio grito en forma de onomatopeya. Él siempre responde a su llamada. Inconsciente, incapaz de recordar los detalles de su último encuentro. Vuelve, en busca del cariño que solo ella sabe cómo darle.

Ella lo espera, paciente. Sentada, con los brazos abiertos y las piernas cruzadas. Entonces, cuando aparece, tímido, dejándose ver entre los matorrales, ella esboza la sonrisa de quien se sabe vencedora. Ha vuelto.

Él camina lentamente, pero su paso es firme y decidido. Contornea su cuerpo como si quisiera seducirla. Sus ojos verdes esconden una mirada felina pero tierna. Se gustan. Ella se sonroja levemente. Ríe, tan sincera como vergonzosa. No había pasado realmente tanto tiempo desde la última vez.

Él lleva un suave abrigo gris. Ella juguetea con su pelo rubio, intranquila, como si a cada paso le sucediera toda una eternidad. Por fin llega. Están tan cerca que casi pueden olerse. Sobran las presentaciones. Adiós al protocolo. Él se abalanza sobre ella, y ella se deja caer sobre la hierba.

Niña y gato se funden en un abrazo. El sol, el jardín. El olor a verano a los pies de la piscina. De nuevo en el patio trasero de la casa. De su casa. Juguetean en el suelo. Parecen susurrarse algo al oído. Y luego corren, y saltan. Ella lo agarra por las patas, lo estira, lo lanza al agua. Él le araña los brazos, maúlla de alegría. Ella se lanza también al agua, y juntos nadan hasta la orilla. Suben, y mojados continúan jugueteando bajo la atenta mirada de un pino que este año da sus primeros frutos.

Misha, Mishula. Susurra, sentada en el borde de la piscina. Pero él no responde. Lo intenta una vez más. Nada. Sus pies cuelgan descalzos, pero secos. La piscina está vacía. Han pasado ya muchos veranos desde aquel triste julio. Aquel pino intenta crecer de nuevo ahora, con cuidado. El gato se fue. Ella ya no es una niña. Solo perdurarán los recuerdos en el jardín de aquella casa de Andilla.



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Nudismo

Gafas, gorro, bañador y chanclas. Todo fuera, también la vergüenza. Desnudo, con la toalla como segunda piel, cierras los ojos. La mirada se nubla por el rojo ardiente del sol, que hoy castiga con dureza. Nadie, nada más. Solos, el mar y tu, respiráis al unísono. A lo lejos, las montañas os observan, cómplices, en silencio. Y tras de ti, la isla entera se muestra elegante, hermosa, toda ella. Te arropa. Qué paradoja. Formentera.

Esa extraña pero agradable sensación al notar el frío del agua que te recorre por dentro. El placer es aún mayor cuando de nuevo tumbado, después de ese primer baño, dejas que el aire, suave, se lleve consigo esas gotas frías que ya no te pertenecen. Silencio. La tranquilidad y la paz de aquel lugar es tal que tan pronto te dejas llevar, y te descubres a ti mismo soñando como un niño.

Pero no tardas en despertar. Esta vez en casa. Intimidado por cuatro paredes que parecen increparte con su mera presencia. Las horas pasan y quizá con ellas, también alguna que otra oportunidad. Pero tú, todavía fascinado, con la mente puesta aún en aquellas aguas cristalinas, te ves incapaz de tomar iniciativa alguna. No hay olas. Tampoco ideas. La calma se adueña del lugar.

Te sientes desnudo, una vez más. De nuevo libre, pero intranquilo. Desnudo ante una realidad que te inquieta, que deja poco margen al optimismo. Desnudo ante la vida, que te mira implacable, directamente a los ojos. Licenciado y desnudo, con todo por hacer. Y notas entonces que esa brisa, antes agradable, te golpea ahora con violencia. Sin ropa, sin opciones. Sin manos para tapar esos centímetros de carne, de vergüenza. Simplemente desnudo.



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Una hoja en blanco

Después de unos cuantos meses de cruel abandono, qué mejor manera de retomar este blog que con la colaboración de un gran amigo. Juanvi nos regala esta reflexión, que le viene como anillo al dedo a este tiempo sequía literaria. Como siempre, muy agradecido.

Una hoja en blanco, varios gestos motores complejos, algunos automáticos, otros deliberados, surgidos de los diferentes feedbacks que nuestro Sistema Nervioso nos otorga, una pluma aerodinámica casi angelical, una idea la parte más difícil, y al final un producto, la escritura.
Ha cambiado la escena, lo blanco se entrelaza bajo laberintos de fonemas silenciosos hechos palabras. Sin duda, uno de los cambios de fase más prodigioso que tenemos los seres humanos, de la nada al comienzo del movimiento, a la piedra angular de toda motivación y emoción. Y todo, hecho escritura.
Decir que es un gesto simple, que se deslizan dos estructuras, que existe rozamiento y se impregna la tinta sería sólo una parte. Para mi, es el comienzo de todo, la belleza, el arte, la socialización del pensamiento entre generaciones. Y quizás un bello instante para deleitarse unas horas más tarde con la lectura.
Ahora bien, si el gesto en sí es algo grandioso no debemos pararnos en la ingeniería motora y neuronal que éste implica. Sigamos adelante, profundicemos en la parte más complicada e intrincada: la idea, el pensamiento.
Mi pensamiento hoy rezuma a vino blanco, afrutado, fresco, no exento de alcohol pero sin excesos. Como una melodía sugerente pero que no colapsa de manera barroca el templo de los sentidos. Y esa idea es la primera persona del plural, nosotros. Un nosotros de más de 6800 millones de personas. Sólo eso ha pasado por mi mente de manera fugaz, esa palabra que queda abierta a la realidad de cada uno, a la vivencia de su día, pero que no pretende ser decorado por nada más. No sé si despertará interés ni por cuanto tiempo, pero esto ha sido todo.
Juan Vicente Blázquez Garcés



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Bisiesto

Dice la norma que bisiesto será aquel año que, siendo divisible por 4 (a menos que también lo sea por 100), logre solucionar el desfase provocado por la duración del año trópico. Dado que febrero es de por sí el mes más corto, sobre él recae la responsabilidad de poner fin a este entuerto. El problema es que, al hacerlo, parece provocar que todo gire de manera mucho más lenta. También la lógica.

En este extraño mes hemos podido comprobar cómo un sinsentido se apropiaba de nuestro sistema jurídico. Un caos que, dándole la vuelta a todo, condenaba al juez y absolvía al ladrón. Y, mientras tanto, la prensa internacional se reía de un país que parece dar pasos atrás a marchas forzadas.

También a los tribunales llegó una reforma laboral inconstitucional en algunos aspectos. Y no sólo en las salas, también en las calles, donde miles de gargantas que reclamaban lo suyo fueron calladas a porrazos. Este nuevo gobierno decidió sacar la vara de la justicia para hacer valer su autoridad sobre un puñado de niños que se habían atrevido a cuestionar todo este absurdo y que sólo pedían un poco de calor y comprensión. Incrédulos ellos, al pensar que sus libros podrían hacer callar los golpes mudos del pasado, ahora reencarnado en un ejército de valientes.

Por suerte, no todo en este mes ha sido gris. Después de la tormenta siempre llega la calma, y a aquella lamentable batalla desigual le siguió una demostración ejemplar de lo que debiera ser el comportamiento cívico y racional con el que a algunos se les llena la boca ante los micrófonos. La primavera, al menos aquí, se adelantó a lo previsto.

También por suerte, acaba un mes que, pese a corto, ha parecido ir mucho más despacio de lo normal. El villano le brindó un guiño de ojo al cielo por la suerte que le fue dada. El justiciero recibió un martillazo al fin de la sesión. El tiempo se paralizaba con cada brecha y con cada gota de sangre. Ahora, como despedida, un caballero medieval bien peinado dice querer defender su honor ante los tribunales. Como si hubiéramos retrocedido, una vez más, a través de los siglos. Como si todo esto no fuera más que una pesada broma de los astros. 


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20.020

Hoy, en una muestra fehaciente de que no tenemos ni vergüenza ni sentido del ridículo, en un intento (otro más) por hacer bueno aquello de que el hombre puede ser capaz de tropezar una, dos, y hasta tres veces con la misma piedra, en un acto que bien podría ser considerado una broma de mal gusto, hemos presentado nuestra candidatura para los Juegos Olímpicos de 2020. Y con esta ya van tres.

Primero fue la llama olímpica de 2012, tristemente apagada por nuestros vecinos británicos. Luego la mano de 2016 con que Río de Janeiro nos dio una buena bofetada. Ahora, en una época tan boyante como la que estamos, volvemos a derrochar billetes para sacar adelante una candidatura que apela a la puerta de Alcalá y que intentará convencer al mundo de que esta vez vamos en serio.

Pero imagino a los responsables del COI en la reunión de cerebros, cachondeándose de un logo y una candidatura que ni siquiera nosotros mismos hemos sido capaces de entender. “¿Madrid 20.020? Podría ser una buena opción, quizá para entonces ya hayan salido de la crisis”, diría uno. “¿Se imaginan? Hilario Pino con melena presentando una olimpiada histórica”, comentaría otro. Y las risas inundarían la sala.

El caso es que no aprendemos. No sé qué se cocerá en Roma, Tokio, Estambul y las otras capitales candidatas, pero aquí parece que vuelven a reírse de nosotros. El problema es que cada vez hace menos gracia. Además, ¿cómo hacer frente a un gasto tan importante como el de asumir la organización de unos Juegos Olímpicos? Quizá la señora Botella nos deleite con un ejército de voluntarios. Pero ni con esas.

Lo triste es que, más allá de cuestionar la conveniencia o no de la candidatura, el centro de toda esta controversia se lo ha llevado el logo, como si diéramos por supuesto que el hecho de presentarnos ha sido, una vez más, todo un acierto. Y se lo lleva el logo, pero con razón. Los arcos olímpicos parecen los muñones de aquella mano maldita de 2016, y encima nos hemos olvidado del color negro. El continente africado, triste, casual (y sospechosamente) marginado.

Unos arcos, los de Alcalá, que bien podrían también recordarnos a algo tan nuestro como la peineta de una fallera. Y es que convencido estoy de que Valencia ya se frota las manos porque aquí, en términos de grandes eventos, a nadie se le escapa que no nos quedamos cortos. Seríamos una de las grandes sedes, con las regatas de vela en el puerto, el campeonato de tenis en el Ágora y (nos tomaban el pelo, en realidad lo hicieron para esto) los 100 metros lisos en la pista de despegue del aeropuerto de Castellón.

Sea una broma todo esto o no, el joven aragonés que ha ganado el diseño de este curioso logotipo, por lo pronto ya se ha llevado una beca de 6.000 euros, además de la fama que Twitter le están otorgando en el día de hoy. Quizá no ganemos. Eso es lo de menos. Pero aquí, a graciosos, no nos supera nadie. 


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Huida hacia el peligro

Bajo las escaleras de tres en tres, jugándome la vida. Todavía echo de menos esos cinco minutos de más que hoy la almohada se ha llevado consigo. El regusto amargo del primer café de la mañana me recuerda que es lunes, y que todavía queda mucho sueño por delante.

Diciembre me saluda al abrir el portal. Una gélida brisa consigue hacerme cuestionar el hecho de ir en bicicleta al trabajo. Pero la promesa por hacer un mínimo de ejercicio al día prevalece, aún en situaciones tan adversas. Así que continúo firme con mi propósito y afronto los diez minutos de camino que me restan hasta la parada del Valenbisi.

Ando a paso ligero, con la prisa de quien se sabe amenazado por la posible primera bronca del día. Por el camino, voy fijándome con la inquietud de un niño en todas aquellas pequeñas cosas que hacen de mi ciudad un lugar cada vez más hostil, un espacio por el que pasar sin toparse con la fina línea que nos separa de la ilegalidad se convierte en un reto constante.

Las aceras, inundadas de botellas cuyos vidrios rotos lloran la resaca de un fin de semana plagado de excesos. Los perros abonan el asfalto a su manera, mientras los amos, por aquello de hacer tiempo, se fuman un cigarrillo y estampan las colillas en el suelo. Muchas de las plantas del parque despiertan en un invernadero improvisado, lleno de plásticos y bolsas. Un bordillo roto todavía lamenta las prisas de una obra inacabada. Yo, mientras tanto, esquivo todos estos peligros y afronto el último y más temeroso de todos ellos.

Cruzar la avenida es sin duda la mayor aventura del día. Junto con una gran multitud de gente, camuflo bajo mis pies los restos de un carril bici mal pintado. Espero paciente pero intranquilo a que cese la continua ida y venida de coches que pasan a toda velocidad cortándome el aliento. El semáforo no funciona, y en la calzada impera la ley del más fuerte. Como era de esperar, ningún conductor modélico se detiene para cedernos el paso, por lo que más vale llenarse de valor y correr sin pensar demasiado. Por suerte, una hilera interminable de coches estacionados en el carril bus ralentiza el tráfico y disminuye el peligro.

Por fin en una zona segura, se me cae el mundo a los pies al hacerse bueno el peor de mis presagios. Ni una sola bicicleta en la parada. Se repite la aventura hasta el siguiente puesto, y luego hasta otro y otro más. A la quinta encuentro una bici, con el manillar roto, el sillín estropeado y unos frenos que espero no tener que utilizar. Pero una bici, al fin y al cabo. Me subo y, tras un pequeño impulso, empiezo a pedalear pensando que yo, a pesar de ser quien menos contribuye a este peligroso caos, estoy más expuesto que nadie a recibir una multa por cualquier estúpida imprudencia. 


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Agur

Amanece, que no es poco. Llueve. La ciudad despierta con la pereza propia de un lunes a primera hora. El viento lucha contra los paraguas mientras estos se agarran a sus dueños para evitar salir volando. Un gato se pasea por el borde de la acera, jugando a no caer, buscando entre los rincones cualquier resto de la cena de anoche.

Los niños corren para no llegar tarde a clase en el primer día de una semana especialmente aburrida. El resto de mortales, algunos al volante, otros a pie y tantos más copando las bocas de metro, afrontan otro día más en la oficina, otro dichoso lunes con el cuerpo todavía pasándoles factura por las dos copas del sábado. Ya no estamos para estos trotes.

Bajo el borde de una cornisa, un anciano ve caer la lluvia mientras apura las últimas caladas de un cigarrillo que ya se confunde con sus propios dedos. De fondo, la puerta entreabierta de un comercio deja escapar una cancioncilla que le resulta familiar. Singin in the rain, la reconoce. Y la tararea con un leve silbido.

El olor a humedad de las calles se llevó tras de sí la putridez de los vencidos. Tan sólo unos años después, ya nadie los recuerda. Ni siquiera los libros de historia que abultan las mochilas de los más pequeños. Nadie, tampoco ellos, que como tantos otros, pasan ahora inadvertidos entre la muchedumbre sonámbula de este primer lunes de octubre.

Todo parece igual y a la vez tan distinto… La fina cortina de agua se convierte en unas pocas gotas que acaban por desaparecer y dejar paso al silencio de una calle abarrotada. Aquel anciano, que debe de contar ya sus cigarros por decenas, ahora descansa sentado en uno de los bancos que ofrece ese tranquilo parque, a tan sólo unos metros del estrés y las prisas.

Todavía no ha tenido tiempo para abrir ese periódico que aguanta, paciente, bajo su brazo. Con los ojos entornados y la nariz bien atenta, inspira un fuerte soplo de aire fresco. Disfruta de las cosas más sencillas de la vida. Repite la operación unas cuantas veces. Se coloca las gafas que colgaban sobre su pecho. Y, ahora sí, abre el periódico y lee el único titular que en ese día tan gris pero tan especial copa la portada. Agur. 


Foto: Ángel Solaz

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Una seria avería

Este hombre suele estar siempre por aquí, me dijo mientras me miraba a través del espejo. Hay que ver cómo están las cosas. Cada vez se ve más gente como él, pidiendo en los semáforos. Fíjate, que yo tengo algún que otro conocido que lo está pasando muy mal por esto de la crisis. Si es que la cosa está muy fea. Seguía hablando sin apartar la vista del cristal. ¿Crees que se solucionará pronto?, me preguntó de pronto con tono escéptico. Yo me limitaba a escucharlo y asentir en silencio. No había sido un día especialmente agradable. Estaba cansado y no tenía ganas de hablar. Ni siquiera de que él continuara haciéndolo, pero apenas acababa de conocerle, y mandarle callar entonces habría sido un gesto demasiado descortés por mi parte. ¿Sabes qué pasa?, seguía. El problema es que no se trata de ninguna tontería. Es una cuestión de fondo, está en el centro de todo. Y para arreglarlo no basta con cambiar una pieza. Hay que replanteárselo todo. Cambiar todo, empezar de nuevo. No es una avería insignificante. Es algo que afecta al motor, a alguna de las válvulas. Se ha fastidiado la correa de transmisión. El líquido de frenos, el cigüeñal. Algo así. No entendía por dónde iba. La conversación, o mejor dicho el monólogo, había adquirido un aire algo extraño. A pesar de que comenzaba a dolerme un poco la cabeza, aparté levemente la mirada y continué haciendo como que escuchaba atentamente. Por ejemplo, este creo que debe tener seis válvulas. Tres pistones, dos por cada válvula. ¿O eran cuatro válvulas y dos pistones? No, seis. Sí, seis seguro. Seis válvulas, tres pistones, el cigüeñal, un par de bielas y el clutch. No se ha estropeado un manguito de una de las bielas. Se ha roto algo gordo. Y para arreglarlo, debemos cambiarlo todo. Por primera vez, se percató de que no le seguía y me miró extrañado. ¿Pero tú tienes estudios? Asentí, extrañado por la violencia con que había lanzado la pregunta. Entonces es que no entiendes de coches. Frenó en seco. Fin de la carrera. El taxímetro marcaba 5,60€. Pagué y me bajé del coche. Hay que cambiarlo todo, no podía parar de repetirme. 


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Ratones

Todavía con la resaca estival demasiado presente, me vienen a la cabeza algunas imágenes que han marcado el panorama mediático de estas últimas semanas. Pero especialmente dos.

En plenas fiestas de Xàtiva, el archiconocido toro Ratón acababa con la vida de un hombre que poco pudo hacer ante los 500 kilos de animal que se le venían encima. Este desafortunado accidente, lejos de sentar cátedra para evitar ser repetido, reabrió un debate que ha sobrepasado las fronteras de la prensa nacional.

Tan sólo unos días después de que el angelito Ratón se cobrara una nueva víctima, su caché comenzaba a dispararse como la espuma. Youtube se llenaba de vídeos con las mejores actuaciones del animal, y a la puerta del despacho de su propietario llegaban, una tras otra, decenas de llamadas repletas de dinero. Poco importaba el precio. Todos querían tener a Ratón en sus fiestas. Y así fueron sucediéndose los carteles que anunciaban la llegada de la estrella al pueblo.

Pero no acaba aquí la historia. Gregorio de Jesús, el dueño del morlaco, quizá con un ápice de remordimiento por las travesuras de su pequeño, o puede que tan sólo obcecado por el dinero que con cada cogida de Ratón llegaba a sus manos, decidió poner en marcha una idea que, por innovadora, no deja de ser un tanto perversa. El hombre pensó que, con tal de evitar más desgracias, podría jubilar a Ratón antes de tiempo y destinarlo a semental. Una propuesta que ya había rondado su cabeza hace ahora unos tres años, y que ahora podría volver a coger fuerza.

Con decenas de Ratones atemorizando en los encierros de todos los pueblos de nuestro país, ¿qué flautista se encargará de llevárselos con su música a otra parte? Ortega Cano continuará jurando por sus hijos que él no había bebido.

Otra historia de sangre y crueldad me viene a la mente al acordarme de Ratón. Pocas semanas después de la muerte de aquel hombre, a unos cuantos kilómetros de su tumba, se disputaba en Barcelona el clásico por excelencia del fútbol español. Ya hemos perdido la cuenta de las veces en que Barça y Madrid han medido (literalmente) sus fuerzas. Pese a ello y como siempre, este encuentro iba a ser especial. Por muchas cosas, y también porque en juego estaba el primer título de la temporada.

Como si de un encierro se tratara, los toros blancos corrían detrás de los mozos blaugranas. Estos, haciendo circular el balón de una forma casi mágica, evitaban las continuas embestidas de los ya conocidos como “Guerreros de Mou”. Pero ya se sabe que si juegas con fuego es muy probable que acabes quemándote.

En las filas del Real Madrid no hay uno, sino varios Ratones. Gracias a una inversión en materia de I+D del tito Florentino, se pudo trabajar duro en los laboratorios merengues para clonar los genes más agresivos de los defensas ya temidos por toda la liga. Así, Pepe, Marcelo, Coentrao, Kedira y alguno que otro más siembran el pánico en el césped de cada plaza.

Fue finalmente Marcelo, el Ratón de la noche, quien protagonizó la cogida más espectacular. La víctima, un simpático turista que acababa de llegar a Barcelona y de recuerdo se llevó una cicatriz y un título de súper campeón. Mientras los servicios médicos saltaban al campo para socorrer a la víctima, el propietario del animal avivaba la polémica agrediendo a uno de los pastores.

Parece que este Real Madrid de Mourinho y sus Ratones, igual que el morlaco asesino de Xàtiva, engorda su caché con cada patada, con cada agresión y con cada declaración incendiaria en la posterior rueda de prensa. El resto de equipos, aunque atemorizados por los posibles efectos secundarios, esperan recibir a los toros de blanco para anunciar el espectáculo en sus taquillas.

De momento, todo está paralizado. Animales y personas abogan por una huelga que se antoja demasiado incierta. El resto de mortales, morbosos por naturaleza, esperamos con inquietud para ver la última actuación del Ratón de turno. El fútbol hace mucho que dejó de ser lo importante. 


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Atención al cliente

Basado en hechos reales

Llamaron a la hora de la siesta y eso, para ella, resultaba intolerable. Más si cabe en verano, cuando el calor abrasa de tal manera que la digestión se convierte casi en un trance hasta que el sol se pone y puedes salir a la calle.


Ella, una mujer cuya única preocupación después de comer era tumbarse a dormir, con pijama incluido, para tratar de abstraerse de todos sus problemas, estaba ya bastante harta de tener que descolgar el teléfono justo cuando los párpados más pesan, y enfrentarse a la voz robótica de una máquina (o de una operadora con tono estridente) que le ofrecía cualquier cosa menos un placentero sueño. Eso era justo lo que necesitaba. Dormir. 

Quizá por esa razón, o también por alguna otra que desconocemos, decidió, esta vez, no dejarse sorprender y tomar la iniciativa. Pero lo hizo de una forma tan contundente que pronto se vio sorprendida por sí misma: “La enterramos ayer mismo”, dijo sin titubear, cuando alguien al otro lado del aparato preguntaba por ella. Ese alguien resultó ser un joven que inauguraba de manera tan tétrica y desafortunada su primer día de trabajo.

Tras un silencio incómodo y sostenido, fue él quien salió del paso, tan hábilmente como pudo. “Lo siento”. Simplemente eso. Colgó, y al hacerlo un escalofrío recorrió su cuerpo.

Ella, por el contrario, logró conciliar el sueño sin demasiadas complicaciones. Satisfecha pero a la vez algo incrédula por lo que acababa de suceder, se tumbó de nuevo en la cama y cerró los ojos, dejando que el cansancio se apoderara de su cuerpo casi (o no tanto) inerte.

Apenas habían pasado unos minutos cuando el teléfono sonó de nuevo. Esta vez, estando casi en estado de trance, la despertó bruscamente. Lo cogió enfurecida, sin atender quién era.

“En nombre del director de la compañía, y de todos los trabajadores de la casa, queremos transmitirle nuestro más sentido pésame. Seguiremos a su disposición para cualquier cosa que necesite. No dude en llamar si lo considera oportuno”. Oyó el mensaje sin poder articular palabra y entonces pensó que quizá se había pasado un poco con aquella respuesta que solo los nervios le llevaron a tomar de manera tan inocente como irreflexiva.

Sin ya poder dormir, con un nudo en el estómago y unas cuantas gotas de sudor que viajaban lentamente por su frente, se sentó en el sofá y enchufó la tele, con no muchas esperanzas de encontrar algo que le hiciera pasar un buen rato. No se equivocaba.

Con el mando a distancia a pleno rendimiento, se perdió por canales que ni ella misma conocía. Entre tertulias de media tarde, tarots y algún que otro reality, decidió que lo mejor sería entornar la vista con los anuncios, que se sucedían sin descanso.

De pronto un spot llamó su atención. Notó cómo su cuerpo, instintivamente, se tensaba sobre el asiento. Prácticamente levitando sobre el sofá, frotándose los ojos, ensimismada, puso toda su atención en la pantalla.

Un flash negro inauguraba el anuncio. La cámara abría su zoom para mostrarnos un paisaje lúgubre y tenebroso. A medida que avanzábamos por aquel oscuro bosque, una música fúnebre acompañaba nuestro lento caminar. De pronto llegábamos a una puerta de metal que abría sus rejas oxidadas a nuestro paso.

No cabía duda. Aquello era un cementerio. Casi más propio de una película de terror que de una campaña publicitaria. Continuábamos avanzando y, a nuestras espaldas, la música aumentaba progresivamente de volumen. Finalmente, se hacía el silencio, justo cuando nos deteníamos ante una tumba repleta de flores, todavía frescas.

No pudo evitar dejar escapar un leve chillido al ver que en aquella esquela figuraba nada menos que su nombre. Efectivamente, era ella. Su fecha de nacimiento coincidía, y un guión la separaba del día de hoy. El anuncio continuaba.

De nuevo otro pantallaza negro. Ahora, junto con el logo de la compañía, figuraba tan sólo su nombre. Justo debajo, con una tipografía muy característica, un mensaje que decía: “Todo un ejemplo de fidelidad. Su compañía de confianza fue testigo directo de su última voluntad. Descanse en paz”.

Tan sólo transcurrieron unos segundos, para ella eternos, cuando de nuevo sonó el móvil. Esta vez se quedó mirándolo. Él, mientras bailaba desafiante sobre la mesa, le gritaba con soberbia. Temblorosa, estiró el brazo hasta que lo cogió. Pudo sentir cómo vibraba, y cómo esa vibración recorría también su cuerpo.

Esta vez, para su alivio (o quizá ni eso), era una amiga que, también anonadada, le preguntaba si había visto lo mismo que ella acababa de ver. Afirmó con un murmullo cargado de desesperación.

Pasaron los días. Las llamadas se sucedían, y a su puerta acudían vecinos, familiares y amigos en busca de explicaciones. Siempre la misma historia, contada con idénticas palabras, y siempre la misma respuesta. “Chica, me habías dado un susto de muerte”. Todo aquello era surrealista.

Al poco tiempo, se personó en su casa el mismísimo director general de la compañía. Portaba consigo una corona de flores y, confundiéndola con un familiar de la difunta, se la entregó, seguida de un convincente abrazo.

El anuncio continuaba repitiéndose una y otra vez en la televisión. Incluso salió en la prensa, ya que alguien lo denunció por ser considerado un ejemplo de publicidad controvertida. Atentaba contra la imagen personal de alguien que no había dado su consentimiento.

Pero a ella eso poco le importaba. Sentía rabia, pero a la vez un remordimiento tan grande que le impedía ofrecer una explicación coherente de manera pública. Impotente, aprendió a convivir con ello. Como todo, esa extraña situación tenía sus ventajas y sus inconvenientes.

Le habían cortado la línea de teléfono. Apenas podía salir a la calle y hacer vida normal. Alguna gente en el pueblo dejó de tomarla en serio, y entre los habitantes más jóvenes creció la leyenda del fantasma de la calle Mayor.

Pese a todo, y pensándolo fríamente, a fin de cuentas se había salido con la suya. Desde aquel mismo día en que su astucia se apoderó de su sentido común, pudo dormir todos los días una placentera siesta sin ser interrumpida por aquellas llamadas tan irritantes como innecesarias.  


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