Noruega: paisajes y caminantes

Bergen, Odda, Stavanger. Noruega. Agosto-septiembre de 2019.

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Contratiempo

Nunca fue protagonista. Siempre en un segundo plano. A veces ni eso.

Pero no le importaba. Ya no.

Había asumido e interiorizado la condición de su existencia. Por fin había comprendido su razón de ser. Estaba preparada.

Sumisa, fácilmente adaptable a cualquier entorno, con el tiempo había desarrollado la habilidad de ser, a veces esquiva y huidiza, y otras una presencia infinita, tan grande e imponente que solo nombrarla provocaba pavor.

Cuando por fin, después de años de preparación, estuvo lista para trabajar, no pudo tener más mala suerte. Le había tocado ser la sombra de un vampiro.

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Entrevista de trabajo

Fue el primero en llegar.

Vestía camisa a cuadros y pantalones chinos recién planchados. Se había perfumado y peinado.

Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. Se decía, una y otra vez, mientras esperaba sentado en una esquina de la sala.

Pasaban diez minutos de la hora a la que le habían citado y del otro lado del cristal translucido de la puerta seguían sin llegar señales de vida. Un sudor frío empezó a abrirse paso, desde la nuca hasta la última vértebra de la espalda, tomando un pequeño desvío hasta las axilas para empaparlas lo suficiente como para hacer visible ese nerviosismo a través de sus poros. Un nerviosismo que, de forma repentina pero inevitable, había quedado fijado después de la aparente calma inicial. Un nerviosismo que incluso le había hecho cambiar el semblante de la cara.

Sudaba. Y cuanto mayor era el esfuerzo que creía invertir en tratar de evitarlo, más sudaba. La frente, las manos. Si nadie ponía remedio pronto, acabaría diluido, convertido en un charco en el suelo o evaporado hacia el falso techo blanco que parecía perder altura por momentos.

Por fortuna, la puerta se abrió y, tras ella, una mano le indicó que pasara. Al levantarse, sus piernas vacilaron en no querer seguirle. Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. Pero ya no surtió efecto, y de forma autómata se dirigió al interior de esa habitación que desprendía una luz fría y hostil, como el cordero que, consciente del fatal destino que le espera, entra al matadero sin rechistar, sumiso, siguiendo el camino que se le ha marcado incluso antes de nacer, sin tener la capacidad ni la voluntad para elegir uno diferente.

Cruzó la puerta un hombre de unos cincuenta años, con más de treinta de experiencia, pero ya desde hacía unos cuantos en el paro. Un hombre que había liderado equipos, ostentado cargos de responsabilidad y que, años después, se había visto en la obligación de reciclarse para poder competir en esta entrevista de trabajo con jóvenes que nacieron sabiendo lo que él tuvo que estudiar en un curso de cuarenta horas del INEM.

Cuando la mirada del entrevistador se clavó sobre la suya, sus ojos saltones se arrugaron como el hocico de un perro. Todavía en silencio, su interlocutor repasaba unos papeles y tomaba notas. Trabajó usted para Windows desde el 97 hasta 2003, dijo por fin. Sí, se limitó a contestar. Pero enseguida entendió que debía seguir hablando para llenar el incómodo vacío de palabras que dominaba esa horrible atmósfera. Entré como ayudante… Si tuviera que hacer un análisis DAFO sobre su perfil profesional, le cortó, ¿qué aspectos destacaría? ¿Perdón? ¿Qué cuáles cree que son sus fortalezas, debilidades, amenazas y oportunidades como posible trabajador de esta empresa?, repreguntó el entrevistador con un notable tono de estar empezando a perder la paciencia. Bueno, yo…, titubeó. Lo que mejor se me daba era ayudar a la gente. Trabajaba de cara al público, y atendía cualquier petición. Les ayudaba a encontrar aquello que necesitaran, fuera lo que fuera. Se había envalentonado. Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. ¿Así que ayudaba usted a la gente?, y aquí el tono de mofa fue más evidente si cabe.

El zumbido casi imperceptible del tubo de neón se adueñó de su cabeza hasta dejarlo en blanco. Más en blanco que la luz que emitía y que había empezado a cegarle. A partir de ese momento, vio pasar por delante suyo un desfile de tecnicismos que lo dejó del todo noqueado. CMO, B2B, CRM, CTA, SMO, SEO, SEM, ROI. Y otros más comunes, pero en ese estado catatónico le sonaron igual de extraños. Spam, Social Media Manager, widget, bug, lead, mailing.

El entrevistador hablaba y escribía a una velocidad endiablada. Finalmente, tras unos tachones, firmó la ficha que estaba rellenando y se la tendió a su ayudante, que había permanecido invisible a su lado durante toda la entrevista. Guardó la ficha en una carpeta y se levantó para acompañarlo a la puerta.

Al salir, cabizbajo y completamente derrotado por las inherentes exigencias del mercado laboral actual, se cruzó con una mujer algo más joven que él, pero a la vista estaba que con las mismas posibilidades. Nulas.

Un cruce de miradas entre los dos candidatos bastó para saber que tanto él, el Clip de Windows, como ella, Irene de RENFE, continuarían destinados a dominar el único nicho de mercado que les había sido asignado de un tiempo a esta parte. El de los memes.

 

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Píndoles

Relat per al concurs #DescriuContinua de ScitoEdicions i Descriu

Comence a sospitar que no és la classe de persona que em pensava. Després de tota una vida d’amistat, estava convençut de que el coneixia millor que a mi mateix. Però l’altre dia, de sobte, em digué que no tenia ben clar què fer d’ací en endavant. En quin sentit?, li vaig dir. En cap, i en tots alhora, contestà. Resulta que no sabia si era feliç. Que només pensava en deixar el treball, plantar a la dona i agafar l’antiga moto per perdre’s una temporada. Perdre’t on? On siga, tant s’hi val. Perdre’m, només vull perdre’m. Agafar la motxilla, els estalvis i viure a la carretera. Sí, com Miguel Rios!, li vaig dir. Hippy als setanta! Ja no tenim edat d’eixes coses, no creus? Edat de què, de gaudir realment d’allò que ens fa sentir-nos vius? Ah, i no tinc setanta, cabró! Pocs te’n queden, contestí. Apa, deixa’t d’històries. Però… va continuar, realment vols malgastar els pocs anys que et resten abans de la jubilació amb els ulls pegats a una pantalla? I després què? No tindràs forces ni per alçar el cul del sofà. Recordes els estius a Xàbia? No ho trobes a faltar?

Quin tros de fill de puta. Clar que ho trobava a faltar, i tant! Teníem menys diners que anys, i menys preocupacions que diners. Solíem viatjar amb un sac de dormir i la roba justa per passar el mes. Recorde banyar-me en pilotes a la cala del Francès, quedar-me dormit mirant les estrelles a Portixol i bussejar fins que el sol s’amagava per darrere de les muntanyes de la cala Barraca. Quan els pocs turistes que hi havia encara en aquella època marxaven cap al poble, ens quedàvem allí, esperant la foscor amb dos cerveses i la sensació de no necessitar res més que això per passar la vida. Potser no érem massa conscients del que hauria de vindre després, però precisament per això sé que érem feliços.

Saps què? Que tens raó. No sé com hem pogut estar tant cecs durant tots estos anys. Ens han venut la vida que ens deien que ens convenia. L’han empaquetat i ens l’han servit en píndoles de colors que, a poc a poc, hem anat tragant sense piular. Una llicenciatura, una dona guapa que ens estima, un gosset -per què no-, xiquets també en vols?, diners, un viatge a l’any, un restaurant pijo per al nostre aniversari, la mort del pare, més diners, un bon treball, el futbol del diumenge, una exposició -que de moderns en som un tros-, els llibres, la música, i, quan et vols donar compte, arriba un nét. Tires la vista enrere, i on has quedat tu? Soterrat entre tota eixa muntanya de desitjos complits?

No! Prou!

Te’n vas? Doncs jo me’n vaig amb tu!

Fou llavors quan vaig tornar a reconèixer-lo. Amb una picada d’ull fou suficient. Vaig agafar l’antiga xupa, el casc de la moto i vaig tancar l’armari que guardava al seu interior l’espill amb qui parlava.

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IDEA 1

A Benja, Juanvi y Javi.

Al terminar el que posiblemente -a mi entender- sea el mejor libro de Millás hasta la fecha, ‘La vida a ratos’, me viene a la memoria aquel bonito cuaderno que recibí como regalo por mi treinta cumpleaños. Para escribir, me dijeron. Como si esa redonda cifra trajera consigo, de manera inexorable, tamaña responsabilidad.

Hace ya unos cuantos meses que cumplí las tres decenas y aún no he tenido el valor de estrenar el cuaderno. Por esa absurda idea autoimpuesta de manchar sus páginas, aún vírgenes, con un texto que no estuviera a la altura de su belleza, lo cierto es que desde ese día en que lo recibí, sigue sin abrirse.

Es un cuaderno tamaño cuartilla, con las tapas de cuero y una correa, también de cuero, que lo cierra en un perfecto nudo que se me antoja imposible de reproducir en caso de abrirlo. Aún así, decido correr el riesgo. Lo saco de la caja de madera en que venía, junto con un bolígrafo, y lo examino detenidamente. Deshago el nudo con cuidado y aspiro profundamente el olor a cuero.

Las páginas, de un color amarillento que imita el papel reciclado, son de un gramaje considerable. ¿Doscientos gramos? ¿Doscientos cincuenta? Finjo calcularlo a ojo, pero no tengo ni idea. Hay un marcapáginas. De cuero.

La encuadernación, de cuero, divide el cuaderno en librillos de treinta páginas cada uno. Ciento cincuenta páginas. ¿Se escribirán algún día?

Intuyo, todavía con el cuaderno en la mano, que por su morfología resultará especialmente complicado escribir en las páginas pares, en las que el extremo derecho de las líneas se presume demasiado cerca del pliegue central, dibujando una corvatura difícil de expugnar. Me prometo guardar siempre una sangría prudencial, por miedo a que alguna palabra aguda se precipite al vacío. ¿Dónde iría, en todo caso? ¿Dónde van todas aquellas palabras que no caben en una línea y que acaban siendo engullidas por un cuaderno como este?

Pronto caigo en la cuenta de que, al igual que podría ocurrir en las páginas pares con las palabras agudas, cuya tilde las empujaría hacia un oscuro final, es muy probable que sucediera lo mismo con las esdrújulas en las páginas impares. El inicio de línea sería absorbido por una extraña fuerza que sale del centro del cuaderno, ayudada por la tensión de las cintas que lo encuadernan. Y que son de cuero. ¿Podrían correr idéntica suerte los márgenes exteriores? ¿Y los bordes superior e inferior?

Una profunda angustia se apodera de mí. De pronto el cuaderno se muestra como un desierto de hielo en el que, con solo poner un pie, estaría perdido. Mi bolígrafo, con tinta de aceite, lanzaría palabras muertas, que resbalarían por el hielo sin tener dónde agarrarse, hasta perderse en uno u otro extremo. No puedo correr ese riesgo.

Cierro el cuaderno de golpe y pronuncio para mí un “joder” sordo. Tan sordo que no suena. Temo que también el habla se haya precipitado.

Devuelvo el cuaderno en blanco a la caja. Tomo un folio sucio y escribo: IDEA 1.

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Lobos

Vacaciones en la playa. Un grupo de adolescentes ha enterrado una boya en la arena. Hacen una fila y esperan pacientemente su turno. Algunos, los mayores del grupo, llevan la voz cantante.

Echa más arena, quita de en medio, ponte que te salto. Idéntico peinado y una actitud chulesca ante un grupo de chicas que les observan desde las toallas.

El ejercicio consiste en correr hacia la boya, saltar sobre ella y aprovechar el impulso para dibujar imposibles piruetas aéreas antes de caer de una pieza sobre la arena. Tienen cierta gracia, lo reconozco, pero una parte de mí desea que algo salga mal.

Nada grave, claro. Solo una mala caída, un paso en falso o un morrazo contra el suelo, no pido más. Un pequeño susto que les baje los humos. Con cada salto, con cada giro y con cada acrobacia perfectamente medida, mi odio aumenta. Ni a su edad, ni mucho menos ahora, he sido capaz de hacer tal gala de psicomotricidad y coordinación. Quizá de ahí esa rabia que me quema por dentro.

Trato de abstraerme y centrarme en la lectura. Imposible. Esos saltos atrapan mi atención y me hacen levantar la mirada del libro una y otra vez.

Se hace tarde, pero mis oscuros deseos no se han cumplido.

Camino al hotel, vemos pasar una ambulancia. Fantaseo con una macabra idea, y me lamento por no haber estado presente.

Al cruzar la calle, dos niñas juegan con sus helados. Una de ellas muerde el extremo inferior del cono y lo vuelve a introducir en el papel. Entiendo que este es el helado de una tercera, y supongo que cuando vaya a saborearlo descubrirá que la crema ha caído inevitablemente por ese agujero en el cucurucho. Siento complicidad y lástima al mismo tiempo.

¿Somos lobos? Pienso en Hobbes mientras me ducho.

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Pésame

Hoy, una compañera de trabajo con la que apenas he hablado un par de veces en estos últimos tres años, se ha acercado a mi mesa. Buscaba a otro chico, que lleva incluso menos tiempo que yo en la oficina.

Ella se ha mostrado muy contenta al verlo. Quizá, extrañamente demasiado. No sabía que tuvieran tanta relación. Me alegro mucho de verte, ha dicho ella. Y yo, ha contestado él. ¿Qué tal, todo bien?, ha preguntado. Y entonces ella ha roto a llorar.

En ese momento he caído en la cuenta de que la mujer de la que hablaban otros compañeros hace tan solo unos días era ella. Algo de un ramo de flores, un tanatorio y un entierro. Acababa de morir su marido.

Él le ha dado el pésame. Yo estaba justo detrás, a menos de un metro, y no me he atrevido a decir nada. La conversación no iba conmigo. Oficialmente no sabía nada. ¿Cómo debe actuarse en estos casos?

Ella ha regresado a su silla. Al rato ha vuelto. Entonces sí, me he visto moralmente obligado a acercarme y transmitirle mis condolencias. Como dando a entender que mi compañero me lo había explicado. Antes no podía hacerlo, nadie me lo había contado. ¿O sí? ¿Escuchar de fondo una conversación e imaginar de quién se está hablando ya me legitima a mostrarle mi apoyo?

Un apoyo que, si lo pensamos fríamente, es en cierto modo fingido. No conozco a esta mujer y no he hablado con ella más que de trabajo, y en contadas ocasiones. Una compañera lejana, como uno de esos familiares con los que coincides en una boda y quizá no vuelvas a ver nunca más. ¿Qué código social debe regir una relación así?

Dos besos, un estoy aquí para lo que necesites y un gracias de cortesía. Es extraño cómo el protocolo no escrito se abre paso en estos casos. De ser al revés, ¿me gustaría que respetaran mi intimidad aquellos con los que ni siquiera tengo relación? ¿O preferiría una muestra de apoyo de algún desconocido, aún a sabiendas de que no es más que un mero trámite?

No he sabido contestarme.

He apagado el ordenador y me he ido a casa.

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