Der Herbst

Munich, Bonn, Stuttgart. Alemania. Octubre de 2019.

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Campistas

Agosto/Septiembre de 2019.

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El balneario

Septiembre de 2019.

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Noruega: paisajes y caminantes

Bergen, Odda, Stavanger. Noruega. Agosto-septiembre de 2019.

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Contratiempo

Nunca fue protagonista. Siempre en un segundo plano. A veces ni eso.

Pero no le importaba. Ya no.

Había asumido e interiorizado la condición de su existencia. Por fin había comprendido su razón de ser. Estaba preparada.

Sumisa, fácilmente adaptable a cualquier entorno, con el tiempo había desarrollado la habilidad de ser, a veces esquiva y huidiza, y otras una presencia infinita, tan grande e imponente que solo nombrarla provocaba pavor.

Cuando por fin, después de años de preparación, estuvo lista para trabajar, no pudo tener más mala suerte. Le había tocado ser la sombra de un vampiro.

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Entrevista de trabajo

Fue el primero en llegar.

Vestía camisa a cuadros y pantalones chinos recién planchados. Se había perfumado y peinado.

Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. Se decía, una y otra vez, mientras esperaba sentado en una esquina de la sala.

Pasaban diez minutos de la hora a la que le habían citado y del otro lado del cristal translucido de la puerta seguían sin llegar señales de vida. Un sudor frío empezó a abrirse paso, desde la nuca hasta la última vértebra de la espalda, tomando un pequeño desvío hasta las axilas para empaparlas lo suficiente como para hacer visible ese nerviosismo a través de sus poros. Un nerviosismo que, de forma repentina pero inevitable, había quedado fijado después de la aparente calma inicial. Un nerviosismo que incluso le había hecho cambiar el semblante de la cara.

Sudaba. Y cuanto mayor era el esfuerzo que creía invertir en tratar de evitarlo, más sudaba. La frente, las manos. Si nadie ponía remedio pronto, acabaría diluido, convertido en un charco en el suelo o evaporado hacia el falso techo blanco que parecía perder altura por momentos.

Por fortuna, la puerta se abrió y, tras ella, una mano le indicó que pasara. Al levantarse, sus piernas vacilaron en no querer seguirle. Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. Pero ya no surtió efecto, y de forma autómata se dirigió al interior de esa habitación que desprendía una luz fría y hostil, como el cordero que, consciente del fatal destino que le espera, entra al matadero sin rechistar, sumiso, siguiendo el camino que se le ha marcado incluso antes de nacer, sin tener la capacidad ni la voluntad para elegir uno diferente.

Cruzó la puerta un hombre de unos cincuenta años, con más de treinta de experiencia, pero ya desde hacía unos cuantos en el paro. Un hombre que había liderado equipos, ostentado cargos de responsabilidad y que, años después, se había visto en la obligación de reciclarse para poder competir en esta entrevista de trabajo con jóvenes que nacieron sabiendo lo que él tuvo que estudiar en un curso de cuarenta horas del INEM.

Cuando la mirada del entrevistador se clavó sobre la suya, sus ojos saltones se arrugaron como el hocico de un perro. Todavía en silencio, su interlocutor repasaba unos papeles y tomaba notas. Trabajó usted para Windows desde el 97 hasta 2003, dijo por fin. Sí, se limitó a contestar. Pero enseguida entendió que debía seguir hablando para llenar el incómodo vacío de palabras que dominaba esa horrible atmósfera. Entré como ayudante… Si tuviera que hacer un análisis DAFO sobre su perfil profesional, le cortó, ¿qué aspectos destacaría? ¿Perdón? ¿Qué cuáles cree que son sus fortalezas, debilidades, amenazas y oportunidades como posible trabajador de esta empresa?, repreguntó el entrevistador con un notable tono de estar empezando a perder la paciencia. Bueno, yo…, titubeó. Lo que mejor se me daba era ayudar a la gente. Trabajaba de cara al público, y atendía cualquier petición. Les ayudaba a encontrar aquello que necesitaran, fuera lo que fuera. Se había envalentonado. Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. ¿Así que ayudaba usted a la gente?, y aquí el tono de mofa fue más evidente si cabe.

El zumbido casi imperceptible del tubo de neón se adueñó de su cabeza hasta dejarlo en blanco. Más en blanco que la luz que emitía y que había empezado a cegarle. A partir de ese momento, vio pasar por delante suyo un desfile de tecnicismos que lo dejó del todo noqueado. CMO, B2B, CRM, CTA, SMO, SEO, SEM, ROI. Y otros más comunes, pero en ese estado catatónico le sonaron igual de extraños. Spam, Social Media Manager, widget, bug, lead, mailing.

El entrevistador hablaba y escribía a una velocidad endiablada. Finalmente, tras unos tachones, firmó la ficha que estaba rellenando y se la tendió a su ayudante, que había permanecido invisible a su lado durante toda la entrevista. Guardó la ficha en una carpeta y se levantó para acompañarlo a la puerta.

Al salir, cabizbajo y completamente derrotado por las inherentes exigencias del mercado laboral actual, se cruzó con una mujer algo más joven que él, pero a la vista estaba que con las mismas posibilidades. Nulas.

Un cruce de miradas entre los dos candidatos bastó para saber que tanto él, el Clip de Windows, como ella, Irene de RENFE, continuarían destinados a dominar el único nicho de mercado que les había sido asignado de un tiempo a esta parte. El de los memes.

 

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Píndoles

Relat per al concurs #DescriuContinua de ScitoEdicions i Descriu

Comence a sospitar que no és la classe de persona que em pensava. Després de tota una vida d’amistat, estava convençut de que el coneixia millor que a mi mateix. Però l’altre dia, de sobte, em digué que no tenia ben clar què fer d’ací en endavant. En quin sentit?, li vaig dir. En cap, i en tots alhora, contestà. Resulta que no sabia si era feliç. Que només pensava en deixar el treball, plantar a la dona i agafar l’antiga moto per perdre’s una temporada. Perdre’t on? On siga, tant s’hi val. Perdre’m, només vull perdre’m. Agafar la motxilla, els estalvis i viure a la carretera. Sí, com Miguel Rios!, li vaig dir. Hippy als setanta! Ja no tenim edat d’eixes coses, no creus? Edat de què, de gaudir realment d’allò que ens fa sentir-nos vius? Ah, i no tinc setanta, cabró! Pocs te’n queden, contestí. Apa, deixa’t d’històries. Però… va continuar, realment vols malgastar els pocs anys que et resten abans de la jubilació amb els ulls pegats a una pantalla? I després què? No tindràs forces ni per alçar el cul del sofà. Recordes els estius a Xàbia? No ho trobes a faltar?

Quin tros de fill de puta. Clar que ho trobava a faltar, i tant! Teníem menys diners que anys, i menys preocupacions que diners. Solíem viatjar amb un sac de dormir i la roba justa per passar el mes. Recorde banyar-me en pilotes a la cala del Francès, quedar-me dormit mirant les estrelles a Portixol i bussejar fins que el sol s’amagava per darrere de les muntanyes de la cala Barraca. Quan els pocs turistes que hi havia encara en aquella època marxaven cap al poble, ens quedàvem allí, esperant la foscor amb dos cerveses i la sensació de no necessitar res més que això per passar la vida. Potser no érem massa conscients del que hauria de vindre després, però precisament per això sé que érem feliços.

Saps què? Que tens raó. No sé com hem pogut estar tant cecs durant tots estos anys. Ens han venut la vida que ens deien que ens convenia. L’han empaquetat i ens l’han servit en píndoles de colors que, a poc a poc, hem anat tragant sense piular. Una llicenciatura, una dona guapa que ens estima, un gosset -per què no-, xiquets també en vols?, diners, un viatge a l’any, un restaurant pijo per al nostre aniversari, la mort del pare, més diners, un bon treball, el futbol del diumenge, una exposició -que de moderns en som un tros-, els llibres, la música, i, quan et vols donar compte, arriba un nét. Tires la vista enrere, i on has quedat tu? Soterrat entre tota eixa muntanya de desitjos complits?

No! Prou!

Te’n vas? Doncs jo me’n vaig amb tu!

Fou llavors quan vaig tornar a reconèixer-lo. Amb una picada d’ull fou suficient. Vaig agafar l’antiga xupa, el casc de la moto i vaig tancar l’armari que guardava al seu interior l’espill amb qui parlava.

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