Estado de alarma

  • Alto ahí, ¿dónde van?
  • Estoy paseando a mi amo, señor agente. Lleva quince días encerrado en casa y empieza a perder la cabeza.
  • De acuerdo… pero ya sabe. Paseos cortos y que no se acerque a otros humanos. Estamos en estado de alarma.
  • Guau.
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Benidorm, Fish&Chips: el día

Benidorm. Diciembre de 2019.

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Benidorm, Fish&Chips: la noche

Benidorm. Diciembre de 2019.

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Free Sahara

Sáhara y paisajes de Marruecos. Enero de 2020.

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El moro

Marrakech y Rissani. Enero de 2020.

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El escritor

Es un hombre tranquilo, solitario. Divorciado, por supuesto. Con pocos amigos, la mayoría viudos o también separados.

Un ser de costumbres. Vive solo y utiliza las mismas piezas de la vajilla, que friega a mano justo después de cada comida. Trasnocha y madruga. Padece de insomnio. Le gusta escuchar programas conspiratorios hasta que se queda dormido, la mayoría de veces de madrugada, con la radio puesta.

Se cobija bajo una aburrida rutina, un opaco vidrio a través del cual ve siempre la misma pequeña porción de realidad. Como un domingo de lluvia que se repite cada tarde. Ahí se siente seguro.

Tiene una gran sensibilidad hacia cualquier expresión artística. Es inteligente, crítico y culto.

De carácter huraño. No se le dan bien las relaciones personales y pasa la mayoría de tiempo en casa. Cuando sale, suele coger un taxi, en contadas ocasiones el autobús o el metro, y siempre lleva consigo un pequeño cuaderno en el que anota cualquier experiencia o idea digna de ser el inicio de una gran historia.

Vive en un pequeño apartamento en el centro. Su casa es caótica, un gran desorden en el que encuentra, inexplicablemente, la calma. El escritorio está tomado por una montaña infinita de papeles que lo copan todo excepto el hueco medido para el portátil.

A pesar de que no es un hombre de avanzada edad, hace tiempo que dejó de ser un chaval. Su desafección y desinterés por el mundo corriente se suman, desde hace unos años, a problemas más tangibles como el azúcar, la tensión y un principio de depresión autodiagnosticada.

Piensa con frecuencia en la muerte, pero no desde el temor. Trata de imaginar cómo y cuándo le llegará el momento y, si la idea no le convence, fantasea con la opción de ser él mismo quien le ponga fin a su vida.

Devora libros. Ha leído a los clásicos y también a sus coetáneos, algunos de los cuales se han convertido para él en objeto de admiración. Trata de ser meticuloso, paciente y constante. Como ellos.

Cumple, en fin, con todos los clichés y estereotipos del auténtico escritor.

Sin embargo, cada mañana que, de forma sistemática, se dispone a escribir, se queda más en blanco que el folio que contempla.

Quizá porque, en realidad, ese prototipo de escritor diste mucho de su verdadero ser, y no sea más que un personaje que él mismo ha construido.

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El moro

Habían recorrido los pasadizos de esa ciudad, de día y de noche, perdiéndose por un entramado infinito de calles sin salida. La medina les había tragado en la entrada del mercado, dejando atrás a los encantadores de serpientes y a los vendedores de monos, y les escupió unas cuantas horas más allá, en la puerta trasera de un bar cuya cocina respiraba cúrcuma, cilantro y azafrán. El sol les cegó cuando, después de horas, abandonaron las callejuelas techadas y retomaron el camino a la plaza.

Habían andado tanto que abandonaron, sin darse en cuenta, el núcleo turístico, y se encontraban ahora en una zona un tanto alejada del anillo reservado para los extranjeros. En territorio puramente local, la gente los miraba con un cierto grado de extrañeza, como si ni unos ni otros estuvieran en el lugar que les correspondía. Incluso el iPhone parecía confundido cuando captaba las estampas de aquella cara B de la ciudad. Un padre y su hijo, sentados sobre dos neumáticos en un diminuto local cubierto de grasa y con la persiana a medio subir, reparaban lo que parecían las piezas de un motor. Por su lado pasó un hombre con una carreta en cuyo interior una oveja esperaba, resignada, que llegara su hora. Más allá, un grupo de niños jugaba con una pelota de papel. Y de vez en cuando, alguna mujer se dejaba ver entre las cortinas de algún balcón mientras asomaba los brazos para tender la colada. Al fondo, un chico descansaba apoyado en un carro de tres ruedas.

Cuando llegaron de nuevo a la plaza, todo parecía estar teñido por un suave maquillaje que escondía parte de la realidad. Debajo de los jóvenes que te gritaban al otro lado del mostrador para que probaras su fruta, comieras en su bar o compraras sus tarjetas de teléfono, había algo de verdad, pero no toda ella. La plaza, que algún día fue el verdadero corazón de este pueblo, se había convertido en un escaparate al servicio del turista en el que sacar una foto, probar un cuscús o regatear tres dirhams por un cinturón de piel de cabra. Quizá en unos años, un McDonald’s abra su primer local y ofrezca hamburguesas con sabor a curry, pensaron.

Ya por la tarde, sentados en la azotea del Riad, apuraban las últimas caladas de un canuto que el mismo guía les había conseguido en uno de los rincones más profundos del barrio. Tenéis que vivir el moro auténtico, les había dicho. Y eso creían haber hecho, pero no podían evitar sentir el regusto de haber conocido tan solo una parte muy minúscula de una cultura que se escondía detrás de esos vendedores de especias.

Mientras veían el sol ponerse por el último tejado, alguien se inclinó sobre el sillón, cogió el mando y cambio de canal.

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