Despiertas empapada. Boca seca, ojos hinchados y un punzante dolor de cabeza que no recordabas desde tus años en la facultad. El sol ya hace rato que ilumina una habitación que no reconoces. Estás desnuda. John Travolta y Samuel L. Jackson apuntan desde un póster a un lugar indeterminado del dormitorio. Sigues la trayectoria de la bala y encuentras tu tanga colgando de una silla gamer. En el escritorio, claro, un ordenador con luces. La mesa está repleta de papeles, bolsas de patatas y lo que intuyes debe ser el resto de tu ropa. También alguna botella, unas cuantas latas y un cenicero. A tu lado, sobre la mesilla de noche, tu móvil apagado -lo coges, lo enciendes-, unas gafas de sol de plástico y un condón. Temes lo peor y, efectivamente, al girarte lo descubres. Un muchacho que bien podría ser un amigo de tu hijo. Sueño profundo en calzoncillos. Pero oye, está bastante bueno. Una noche es una noche, te dices. Te levantas de la cama tratando de no despertarlo. Tomas un poco de distancia e inmortalizas el momento. Le lanzas un beso y guardas la foto junto con tantas otras si no iguales, muy parecidas. Sonríe, por qué no. Es sábado, anoche parece que te lo pasaste bien. Sigue siendo sábado, tienes cosas que hacer. Ponte algo y busca un ibuprofeno. En tu bolso debe de haber algo, lo tienes ahí, en el suelo, junto a la puerta. Agua, en la nevera, supongo. La nevera, en la cocina, dónde si no. No hagas ruido, no sabemos si hay más gente en esta casa. Pues sí, cómo no iba a haber. Otro postadolescente te pega un buen repaso desde la puerta de su habitación. Eso, tú no te cortes, ráscate los huevos, que yo voy a hacer como que no te he visto. Buenos días. Buenos días, contestas. Qué bien sienta el agua helada para la resaca. Pero despacio, no seas ansia, que te va a sentar mal… Claro, joder, te estaba avisando. Qué asco, tía. ¿Tendrán una fregona en esta casa? Supongo que ahí, en la galería. Anda, cógela y limpia esta mierda. Qué vergüenza, por favor. De vuelta a la cocina os dais de bruces otra vez, pero ahora es él el que actúa como si aquí no pasara nada. ¿Antes te estaba desnudando con la mirada y ahora te repudia? Esquiva de un salto tu estropicio, coge un cartón de zumo de la nevera, y se va por donde había venido. Deben de estar acostumbrados, piensas. Eso, tú quítale importancia a lo ridícula que te ves ahora mismo. Va, cabeza arriba. Lo friegas y te vas, eh. El café, ya si eso, buscamos un bar. Pero primero averigua dónde coño estás y cómo volvemos a casa, por favor. Si te meas te aguantas. Coge tus cosas, que por suerte el príncipe aún está en coma, y andando. Móvil, bolso, zapatos en la mano que harás ruido con esos taconazos, llaves del coche, ¿y el coche?, llaves de casa y uy, qué pelos. Venga, vámonos, campeona. Qué bien te sienta la separación. O bueno, igual no tanto. Cierra despacio, no hagas ruido. Corre, huye. En el rellano coincides con una mujer que también te pega tremendo repaso. ¿Usted no tiene algo que rascarse, señora? Mejor baja andando. ¿Cuántos pisos son? Joder, qué calor. Joder, qué mareo. No vomites aquí, ni se te ocurra. Eso, mejor siéntate en la escalera. Llora, mujer, llora. Si es que eres patética. ¿Qué coño estás haciendo? ¿Te crees que tienes 20 años? Llora fuerte, esto es lamentable, de verdad. Está sonando el móvil. Tu móvil. ¡Que lo cojas, que está sonando! Espera, respira. Sécate los ojos. Toma aire. Contesta, ahora sí. ¿Diga? ¿Es usted Laura López? Sí. ¿La madre de Daniel Giménez? Sí. Llamo del hospital.









