Atención al cliente

Basado en hechos reales

Llamaron a la hora de la siesta y eso, para ella, resultaba intolerable. Más si cabe en verano, cuando el calor abrasa de tal manera que la digestión se convierte casi en un trance hasta que el sol se pone y puedes salir a la calle.


Ella, una mujer cuya única preocupación después de comer era tumbarse a dormir, con pijama incluido, para tratar de abstraerse de todos sus problemas, estaba ya bastante harta de tener que descolgar el teléfono justo cuando los párpados más pesan, y enfrentarse a la voz robótica de una máquina (o de una operadora con tono estridente) que le ofrecía cualquier cosa menos un placentero sueño. Eso era justo lo que necesitaba. Dormir. 

Quizá por esa razón, o también por alguna otra que desconocemos, decidió, esta vez, no dejarse sorprender y tomar la iniciativa. Pero lo hizo de una forma tan contundente que pronto se vio sorprendida por sí misma: “La enterramos ayer mismo”, dijo sin titubear, cuando alguien al otro lado del aparato preguntaba por ella. Ese alguien resultó ser un joven que inauguraba de manera tan tétrica y desafortunada su primer día de trabajo.

Tras un silencio incómodo y sostenido, fue él quien salió del paso, tan hábilmente como pudo. “Lo siento”. Simplemente eso. Colgó, y al hacerlo un escalofrío recorrió su cuerpo.

Ella, por el contrario, logró conciliar el sueño sin demasiadas complicaciones. Satisfecha pero a la vez algo incrédula por lo que acababa de suceder, se tumbó de nuevo en la cama y cerró los ojos, dejando que el cansancio se apoderara de su cuerpo casi (o no tanto) inerte.

Apenas habían pasado unos minutos cuando el teléfono sonó de nuevo. Esta vez, estando casi en estado de trance, la despertó bruscamente. Lo cogió enfurecida, sin atender quién era.

“En nombre del director de la compañía, y de todos los trabajadores de la casa, queremos transmitirle nuestro más sentido pésame. Seguiremos a su disposición para cualquier cosa que necesite. No dude en llamar si lo considera oportuno”. Oyó el mensaje sin poder articular palabra y entonces pensó que quizá se había pasado un poco con aquella respuesta que solo los nervios le llevaron a tomar de manera tan inocente como irreflexiva.

Sin ya poder dormir, con un nudo en el estómago y unas cuantas gotas de sudor que viajaban lentamente por su frente, se sentó en el sofá y enchufó la tele, con no muchas esperanzas de encontrar algo que le hiciera pasar un buen rato. No se equivocaba.

Con el mando a distancia a pleno rendimiento, se perdió por canales que ni ella misma conocía. Entre tertulias de media tarde, tarots y algún que otro reality, decidió que lo mejor sería entornar la vista con los anuncios, que se sucedían sin descanso.

De pronto un spot llamó su atención. Notó cómo su cuerpo, instintivamente, se tensaba sobre el asiento. Prácticamente levitando sobre el sofá, frotándose los ojos, ensimismada, puso toda su atención en la pantalla.

Un flash negro inauguraba el anuncio. La cámara abría su zoom para mostrarnos un paisaje lúgubre y tenebroso. A medida que avanzábamos por aquel oscuro bosque, una música fúnebre acompañaba nuestro lento caminar. De pronto llegábamos a una puerta de metal que abría sus rejas oxidadas a nuestro paso.

No cabía duda. Aquello era un cementerio. Casi más propio de una película de terror que de una campaña publicitaria. Continuábamos avanzando y, a nuestras espaldas, la música aumentaba progresivamente de volumen. Finalmente, se hacía el silencio, justo cuando nos deteníamos ante una tumba repleta de flores, todavía frescas.

No pudo evitar dejar escapar un leve chillido al ver que en aquella esquela figuraba nada menos que su nombre. Efectivamente, era ella. Su fecha de nacimiento coincidía, y un guión la separaba del día de hoy. El anuncio continuaba.

De nuevo otro pantallaza negro. Ahora, junto con el logo de la compañía, figuraba tan sólo su nombre. Justo debajo, con una tipografía muy característica, un mensaje que decía: “Todo un ejemplo de fidelidad. Su compañía de confianza fue testigo directo de su última voluntad. Descanse en paz”.

Tan sólo transcurrieron unos segundos, para ella eternos, cuando de nuevo sonó el móvil. Esta vez se quedó mirándolo. Él, mientras bailaba desafiante sobre la mesa, le gritaba con soberbia. Temblorosa, estiró el brazo hasta que lo cogió. Pudo sentir cómo vibraba, y cómo esa vibración recorría también su cuerpo.

Esta vez, para su alivio (o quizá ni eso), era una amiga que, también anonadada, le preguntaba si había visto lo mismo que ella acababa de ver. Afirmó con un murmullo cargado de desesperación.

Pasaron los días. Las llamadas se sucedían, y a su puerta acudían vecinos, familiares y amigos en busca de explicaciones. Siempre la misma historia, contada con idénticas palabras, y siempre la misma respuesta. “Chica, me habías dado un susto de muerte”. Todo aquello era surrealista.

Al poco tiempo, se personó en su casa el mismísimo director general de la compañía. Portaba consigo una corona de flores y, confundiéndola con un familiar de la difunta, se la entregó, seguida de un convincente abrazo.

El anuncio continuaba repitiéndose una y otra vez en la televisión. Incluso salió en la prensa, ya que alguien lo denunció por ser considerado un ejemplo de publicidad controvertida. Atentaba contra la imagen personal de alguien que no había dado su consentimiento.

Pero a ella eso poco le importaba. Sentía rabia, pero a la vez un remordimiento tan grande que le impedía ofrecer una explicación coherente de manera pública. Impotente, aprendió a convivir con ello. Como todo, esa extraña situación tenía sus ventajas y sus inconvenientes.

Le habían cortado la línea de teléfono. Apenas podía salir a la calle y hacer vida normal. Alguna gente en el pueblo dejó de tomarla en serio, y entre los habitantes más jóvenes creció la leyenda del fantasma de la calle Mayor.

Pese a todo, y pensándolo fríamente, a fin de cuentas se había salido con la suya. Desde aquel mismo día en que su astucia se apoderó de su sentido común, pudo dormir todos los días una placentera siesta sin ser interrumpida por aquellas llamadas tan irritantes como innecesarias.  


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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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