Sílabas

A Rosita.

Ro-si-ta.

La erre suena rota, como si el aire se escapara por una rendija, entre dientes, por un hueco que no le toca. Como si le precediera una ge. Como la pronunciaría un gabacho.

Ro-si-ta.

La ese líquida, como el suave silbido de una serpiente.

Ro-si-ta.

La te es un golpe seco.

Ro-si-ta.

Repite una y otra vez Ceci, una de sus cuidadoras, haciendo especial énfasis en cada sílaba.

Ro-si-ta.

Pero Rosita está ausente.

Rosita, ojos cerrados, boca entreabierta, sostiene en una mano una pelota antiestrés y en la otra a Pepito. Así llaman al peluche azul, con forma de ratón, que le acaban de regalar. Porque la doctora dice que es bueno que agarre algún objeto para evitar que se atrofien los flexores de los dedos. También dice que es bueno que las manos estén colocadas más o menos a la altura del corazón para facilitar la circulación. Parece irónico llamar Pepito al peluche que Rosita no suelta ni para dormir. O quizá no. Quizá es solo una excusa para seguir pronunciando su nombre.

Ro-si-ta.

Las sílabas se repiten. Golpe a golpe, letra a letra. Como las letras que adornaban los sobres de las cartas que Pepito le escribía durante sus años en la mili.

La erre es el capitán, un hombre grande y gordo, con una barriga pronunciada que a Rosita le recuerda al Chato, el sereno de Novetlè, aquel que paseaba las calles pregonando la hora y el tiempo -las cuatro y lloviendo-, y al que podías pedir que te despertara colocando tantas piedras en la puerta de tu casa como horas debiera marcar la manija del reloj.

La o es un balón de cuero, cosido a retazos, con el que los soldados juegan durante sus ratos libres en el cuartel.

La ese una serpiente, una culebra como las que en ocasiones veían correteando por las afueras del campamento.

La i, un cadete muy delgado que sostiene un fusil afilado casi tan largo como él.

La te es un soldado forzudo con los brazos extendidos; y en cada mano una bola de cañón.

La a, un recluta castigado, haciendo abdominales.

Ro-si-ta.

La afición de Pepito por el dibujo encontraba en esos sobres el espacio ideal para explayarse. A veces, la carta no era más que un pretexto, y donde realmente estaba el mensaje era en el continente, más que en el contenido. La imaginación del joven Pepito en aquellos años de mili parecía no tener límites. Un mapa del pueblo en el que indicaba el camino hasta la casa de la destinataria, un dibujo de la casa misma donde debiera ser entregada la carta, y uniformes, muchos uniformes que servían para contar el día a día de aquel tedioso sinsentido. Soldados jurando bandera, descargando sacos de tierra de un camión para apilarlos en un gran descampado, limpiando baños, suelos y ventanas, desfilando, descansando a la sombra de algún árbol, o cogiendo un tren de camino a casa en alguno de los pocos permisos que tenían. Estos últimos dibujos eran los preferidos de Rosita.

Durante un tiempo fueron novios por correspondencia, como muchas otras parejas a las que la mili había separado. Rosita corría a la puerta cada vez que escuchaba el sonido metálico del timbre de la bici del cartero. A veces había suerte. Otras, la espera se convertía en una carga más a sumar a la distancia, en la lucha contra el olvido.

Suena el timbre. Rosita abre instintivamente los ojos. De pronto un flash peina sus entrañas. Se estremece, y un frío temblor sacude cada una de sus vértebras hasta llegar a la nuca, desde donde la paraliza. No recuerda la última vez que le escribió, pero tampoco cree estar esperando ninguna carta de Pepito. Aun así, lleva su mirada hacia la puerta, que ya está cerrándose. Fina regresa hacia el salón con un paquete de Amazon en la mano.

Ro-si-ta. ¿Estás despierta?

La afilada voz de Tania la devuelve a un letargo del que no quiso haber salido.

Las cartas eran ese rincón al que solían acudir para reencontrarse. Solo ellos dos, a solas, y compartir con tinta todos esos anhelos, esos deseos inconfesables, los sueños de un futuro que en ocasiones se antojaba tan incierto como lejano. Una intimidad que muchas veces se veía violada por la curiosidad inocente de familiares y vecinos que, con la excusa de admirar los dibujos con los que Pepito decoraba los sobres, se dejaban ir un poco más allá, hasta acabar leyendo el contenido de la carta antes incluso que la propia Rosita. Quizás por ello, la pareja ideó una contraseña, tres dígitos que hacían referencia al número de sílabas de un secreto que gustaban decirse al oído.

357. Te quiero. Te quiero mucho. Te quiero muchísimo.

El correo era el medio de comunicación por excelencia de la época, si bien es cierto que Rosita era una de las pocas chicas del pueblo que tenía teléfono. Más bien, su madre se encargaba de operar las llamadas encajando las clavijas en el clavijero de la centralita. En Novetlè, esta centralita estaba en casa de Rosita, pero Pepito no tenía forma de llamar desde el cuartel de Manises. Así que las cartas eran el único modo de permanecer en contacto y declararse su amor.

Mi queridísima Rosita:

Te escribo hoy otra vez porque como mañana, que es cuando yo espero tener tu carta, no podré contestarte porque tengo guardia, y hasta pasado mañana no podré venir a casa, no quiero retrasarme ningún día en decirte que te quiero más que a mi propia vida y que a todas horas estoy pensando en ti.

Pepito seguía teniendo la misma caligrafía, fina y picuda, que le maravilló en aquella primera carta en la que, siendo dos adolescentes, le pidió ser novios. Rosita se había fijado en él, lo conocía del pueblo, pero jamás se habría atrevido a tomar esa iniciativa, entonces reservada exclusivamente para los chicos.

La carta pasó, por supuesto por unas cuantas manos antes que por las suyas. Y ella, cuando por fin pudo leerla, y con la indecisión que le caracterizaba, le pidió a su abuela que le dictara la respuesta, después de que esta autorizara el noviazgo. Pepito era un chico amable, educado, humilde y trabajador. Algo le decía a su abuela que podía ser un buen novio para su nieta, y esa intuición no falló. Así que juntas escribieron una respuesta y así empezó todo.

La inocencia propia de la edad se veía muy pronto rota por una madurez que, en la mayoría de las ocasiones, venía impuesta. Rosita no tuvo juventud. Pasó de ser una niña a ser una mujer, de jugar con muñecas a ayudar a su madre en casa, cuando aún ni siquiera tenía edad para saber qué quería. Aunque al menos ella sí tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir, e incluso más tarde pudo estudiar mecanografía en una escuela de Xàtiva.

La Hispano Olivetti que adorna la estantería del salón no es más que un lejano recuerdo de aquellos años en los que Rosita, junto con un par de amigas de Novetlè, pedaleaban hasta la entrada de Xàtiva para acudir a la academia, donde aprendían la escritura a máquina. El sonido de los dientes percutiendo el papel doblado, impregnándolo de tinta antes de regresar a su posición inicial, contrasta ahora con el silencioso clic del ratón en ese portátil delgado, de curvas elegantes y diseño futurista que Fina acaba de estrenar.

Igual que en aquella primera carta, no eran pocas las veces en las que las palabras que Rosita escribía habían salido, previamente, de la boca de su abuela. Como siempre, necesitaba del permiso o la aprobación de otra persona que decidiera por ella. Y la mayoría de veces, esa persona era su abuela.

Pepito, sin embargo, no necesitaba de nadie que escribiera por él. A veces no tenía grandes novedades que contarle a su Rosita, pero cualquier excusa era buena para repetirle una y otra vez cuánto la echaba de menos.

Aquí en Valencia el tiempo ha cambiado y ya hace bastante calor, supongo que allí pasará lo mismo. ¡Ah! Dime si has recibido mi carta de ayer con la fotografía del cuartel (…). Hoy he comido gamba a la plancha y un chorizo frito con una ensalada para almorzar, y para comer nos hemos hecho clóchinas al vapor, una ensalada muy buena y una paella. Como verás me cuido bastante bien y yo lo que quiero es que tú también te cuides, amor mío. Te quiero mucho y pienso mucho en ti. Recuerdos a todos.

Aunque en persona se hablaban en valenciano, era entonces impensable escribir en la lengua en la que también pensaban. De eso ya habían tomado buena nota en la escuela, donde el maestro de turno se encargaba de acallar, a golpe de regla, cada intento de expresarse en valenciano.

Así que, aunque tenían que hacer un ejercicio previo de traducción mental, se escribían en castellano. Quizá, de no haber sido así, las cartas nunca habrían llegado a su destino. Y hablaban de todo y de nada.

Rosita, ¿conoces tú a una chica llamada Marita García (creo que es así) de Quatretonda? Es que resulta que uno de mis amigos es de allí y festea con ella, y al decirle que con él había un chico que festeaba en Novetlè, ella le dijo que conocía a una tal Rosita del Pla, que tenía una carnicería en Novetlè y que es familia de la tía Ana. Como verás, ha dado la coincidencia de que tú y ella os conocéis, y como resulta que ella va todos los veranos al Pla, este amigo mío y yo nos pasamos el día hablando de vosotras y haciendo planes para este verano, si nos dan permiso, para ir a pasar unos días juntos al Pla.

Pepito se refería a Eliseo, un chico de Quatretonda con el que rápidamente entabló amistad al llegar al ejército.

Eliseo venía de una familia de tradición chocolatera. Y, al contrario de lo que cabría esperar de un muchacho que se había criado en una fábrica de chocolate, era alto, delgado, de complexión atlética. Chocolates Benavent era una empresa familiar fundada en 1925 que, con el tiempo, ganó cierta fama no solo en el pueblo y alrededores, sino por toda la provincia de Valencia. El negocio pasó de padres a hijos, y así llegó a Eliseo que, años después, acabaría haciendo algo de dinero al alquilar la nave de la fábrica a la discoteca Apache, una de las más famosas de la ruta del Bacalao, a pesar de estar en La Costera. 

La amistad que Pepito y Eliseo tejieron en el cuartel de Manises fue para toda la vida. Quizá eso fue lo único positivo que ellos, y muchos otros chicos de su edad, pudieron sacar del servicio militar. Los planes de pasar los veranos en el Plà de Corrals se hicieron realidad, y las dos parejas compartieron muchos momentos juntos.

Eliseo seguía visitando a Rosita aún después de la muerte de su mujer y de Pepito. Solía regalarle unas cestas de mimbre que él mismo tejía, y esa compañía mutua seguramente ayudó a llevar mejor una viudedad que, hasta entonces, había sido una travesía por la noche más oscura.

Juntos pasaban tardes enteras en el sofá, en ocasiones charlando de tiempos pasados y en otras, simplemente, compartiendo silencios. A Eliseo le gustaba coger la mano de Rosita, y sus nietos bromeaban cuchicheando que la abuela se había echado novio. Pero lo cierto es que ella, aunque agradecía ese amparo, era incapaz de olvidar a Pepito. Que vuelva Pepito, se repetía una y otra vez, y alguna de estas veces no podía evitar dejar escapar unas lágrimas que, fuera de contexto, nadie entendía a cuento de qué venían.

Que vuelva Pepito, se repite todavía hoy Rosita, ausente, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, mientras sostiene en una mano una pelota antiestrés y en la otra ese peluche azul, con forma de ratón, que le acaban de regalar.

Porque la doctora dice que es bueno que agarre algún objeto para evitar que se atrofien los flexores de los dedos. Su hermana y sus hijos a veces no entienden lo que dice la doctora, pero acuerdan que es bueno que Rosita tenga algo a lo que agarrarse. Y, de paso, ellos también.

Acerca de pauborreda

Periodista y fotógrafo
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