La zona de llegada de los aeropuertos, esa sala de espera -posiblemente la única sala de espera donde se espera de pie, con la ansiedad con la que el perro espera a su dueño a la vuelta del trabajo-, esa sala de espera en la que los padres abrazan al hijo que se fue a estudiar fuera, donde dos enamorados a distancia se reencuentran después de interminables semanas de promesas al teléfono, una sala de espera a la que todos vuelven por Navidad, donde suena una música como de película y todo sucede a cámara lenta, esa sala de espera, es uno de mis lugares preferidos del mundo. Y, sin embargo, nunca soy yo uno de esos protagonistas que dan o que reciben el abrazo soñado.
Pero hay un juego al que me gusta jugar cada vez que llego a un aeropuerto, sin importar si se trata del de mi ciudad o del de otra cualquiera, incluso de un país extranjero con el que no me une ningún vínculo más que el de haber sido, por casualidad o no, el destino en el que pasaré la próxima semana por trabajo. Da igual todo esto e igual da si conozco o no a nadie en esa ciudad o en ese país. Cada nueva vez espero, sin convicción, pero de manera indefectible, con la emoción adolescente que se tiene frente a las cosas que suceden por primera vez, que alguien me esté esperando también a mí. Y no me refiero necesariamente a un ser querido, me conformaría con mucho menos. Sería feliz viendo mi nombre escrito en uno de esos carteles que sostiene un chófer que nunca pedí.
De hecho, el juego continúa tras la decepción de ver que esta vez tampoco nadie esperaba por mí, imaginando qué pasaría si al menos por una vez me atreviera a saludar a uno de esos conductores identificándome con el nombre que aparece en su cartel. ¿Señor Morales? Sí, soy. Vámonos.
Me imagino suplantando identidades y viviendo vidas que no me tocaba vivir. Subiendo en ese taxi y siendo un farsante que se deja llevar allá donde quisiera el azar esa vez. A una suite en lujoso hotel en el centro donde espera una amante que dice no conocerme de nada, al palacio presidencial para encontrarme con el ministro de exteriores y posar frente a las cámaras con un apretón de manos después de un acuerdo histórico que nunca alcanzamos, a un estadio de fútbol lleno hasta los topes que se cae cuando aparezco en escena para dar el concierto de esa noche y enmudece cuando me descubro al no saber coger la guitarra, a un estrado en el que tengo que presentar los avances de una importante investigación que estoy liderando y que no da crédito cuando me quedo en blanco.
O también al contrario. Imagino una habitación que despierta con olor a esa noche de sexo salvaje, una portada de periódico tras el fructífero encuentro oficial, cincuenta mil gargantas cantando mi canción, felicitaciones de mis colegas a la salida del simposio.
Y por último imagino al señor Morales aterrizando en mi ciudad, haciéndose pasar por mí, llegando a mi casa, sacándose los zapatos y usando mi cepillo de dientes después de una ducha de agua hirviendo, metiéndose en mi cama y soñando mis sueños.
Ahí acaba el juego, pensando que tal vez será mejor así, sin nadie que me espere.
En la última planta de un hotel encajado entre dos grandes avenidas, como una grieta luminosa en medio del ruido.
Soñaba con pasar horas asomado a un gran ventanal, viendo llover en la ciudad mientras semáforos, coches, peatones y autobuses interpretaban una coreografía caótica bajo mis pies.
Soñaba con soñar en una cama king size de sábanas perfumadas. Ducharme con vistas a la suite, pasear descalzo del baño al dormitorio, llamar al room service y cenar en albornoz. Visitar al barman cada noche y que me preguntara, Lo de siempre, señor. Quedarme dormido con la tele encendida.
Bajar a desayunar en pantuflas. Que nadie me pida el número de habitación a la entrada del restaurante porque ya todos lo sabían, ponerme morado de gofres en el bufé libre, pasarme horas leyendo en el sillón giratorio del vestíbulo, viendo entrar y salir maletas con ruedas, trajes con prisas, cámaras de fotos sin carrete, planos y guías turísticas, borrachos, puteros, repartidores de Glovo, bohemios solitarios, noches de pasión y amaneceres con extraños. Y yo, un personaje con contrato fijo en esa novela de actores secundarios que van y vienen, pero que nunca se quedan.
Compartir ascensor con un vecino nuevo cada día, mirar de reojo a ese extraño y tratar de adivinar a qué ha venido, qué hace aquí y cuántos días piensa quedarse. Bajar al spa, bañarme en un masaje de aceite y dormir una larga siesta con la tensión baja y la nostalgia llena.
Vivir en un hotel. Sentirme parte de él. Transitar como un sonámbulo por sus pasillos interminables, rozar con la mano el papel pintado de la pared, encender luces a mi paso, reconocer cada cuadro como si lo hubiera elegido yo mismo. Memorizar las salidas de emergencia marcadas del plano de evacuación. Tener un chip por cerradura y una tarjeta por llave. Colgarme el cartel de no molestar y beber whisky sin hielo del minibar en el vaso de plástico de mi cepillo de dientes. Quedarme dormido con la tele encendida.
De pequeño soñaba con vivir en un hotel. No tardé demasiado en darme cuenta de que se trataba de un sueño irrealizable, al menos para mí. Un privilegio al alcance de muy pocos, mientras que yo, con suerte, tendría que conformarme con trabajar en un hotel. Poner cada noche la misma voz impostada y saludar, Lo de siempre, señor. Pero yo quería ser el que respondiera Lo de siempre, pero hoy me sentaré al lado de la ventana, junto al piano.
Al final, no he sido ni uno ni otro. Ahora viajo por trabajo y visito hoteles con frecuencia. Me he convertido en una de esas maletas con ruedas que llegan, duermen y se van. Un extraño incapaz de reconocerse en ninguna cama, en ningún espejo de ascensor. Un viajero que tiene que consultar cada vez el cartel. De la 201 a la 210, por el pasillo de la derecha. Soy un apellido, un número de reserva, una tarjeta de crédito, un Ha consumido usted algo del minibar, un late check out, una consigna. Una calurosa bienvenida, Está usted en su casa, y una fría despedida, Hasta pronto, gracias por visitarnos.
De pequeño soñaba con vivir en un hotel. Ahora, mi único consuelo es dejar que el niño que alguna vez fui salte sobre el colchón al llegar a la habitación, mientras yo lo observo con nostalgia desde el armario, donde cuelgo mis anhelos.
“Demà, agafem una barra de pa amb oli i anxoves i unes llaunes de cervesa i pugem a la penya. Eh o no, Rosita?”.
Y Rosita sonreía. Se limitaba a sonreír, porque esa no era la primera vez, ni sería la última, que escuchaba aquella propuesta. Y porque posiblemente le daba tanta pereza buscar una respuesta a la altura de las expectativas del seu home, como subir a la montaña.
Infinidad de puntitos negros bailan sobre un fondo blanco durante apenas un segundo, una transición que nos anuncia que Pepito, su hijo, había dejado de grabar. Quizá al entender que con aquella sonrisa y el silencio del resto de los que estábamos en la mesa se daba por finalizada la escena. O quizá, simplemente, por miedo a dejar constancia de una promesa que, al menos él, no pensaba cumplir.
En el siguiente plano aparezco yo con un jersey de lana horrible, repeinado y con chupete, removiendo cajones en busca de las bolas de colores del árbol de Navidad, que todavía no había echado raíces. De pronto, es verano, y mi madre me cambia el pañal mientras cantamos juntos ‘La chica ye-ye’.
Del yayo Pepe no guardo demasiados recuerdos. Y los pocos que guardo los confundo con aquel vídeo que mi padre, que ni era un gran aficionado a los aparatos tecnológicos ni, por supuesto, le había guiñado el ojo a un visor en su vida, grabó con una cámara analógica que a veces sueño con encontrar, perdida, en algún cajón de alguna mesa en la casa del pueblo.
O con las fotos que todavía conservamos en álbumes, más o menos ordenados y datados, como si todos esos instantes no hubieran sucedido en realidad y el recuerdo no fueran más que eso, una imagen en un papel. La foto en la que me reconozco sentado junto a él en la mesa camilla -esa mesa que escondía un hornillo y que a mí tanto me fascinaba cuando era pequeño- mientras merendábamos chocolate caliente con buñuelos.
Las tardes en las que, sin soltar la pipa, se empeñaba en enseñarme a dibujar y a coger el lápiz “no como te dicen en la escuela que se coge, sino como lo cogen los pintores”.
Esos besos que pinchaban y que rehuía, como rehuía los silbidos ensordecedores que yo, pese al miedo, le pedía que repitiera. “Ay, Pepito, no li xiules al xiquet, que li fa por”, le reñía Rosita. Pero a él le gustaba hacerme rabiar. Y a mí, en el fondo, también.
O como su rincón de trabajo en el garaje. Todas aquellas herramientas que, colgadas en un tablón de madera, se correspondían fielmente con su respectiva silueta marcada a lápiz. Y las pinturas, los pinceles despeinados, la mesa manchada de mil colores, y los caballetes con lienzos que esperaban a ser pensados. La casa entera sigue llena de cuadros, de esculturas y de blocs de dibujos que consiguieron sobrevivirle.
Del yayo Pepe no guardo demasiados recuerdos. Pero hace poco rescaté una guitarra vieja, vieja y rota, que durante tantos años había visto olvidada en uno de esos armarios de la época, con patas finas y curvas atrevidas, y que nunca me había atrevido a tocar. Quizá porque tampoco recuerdo que él lo hiciera nunca.
Sin cuerdas y con el culo astillado, así la traje a casa. Muda, como los recuerdos que se perdieron en alguna parte de la memoria con el paso de los años. Ahora la he encordado y he empezado a tomar clases. Y cada vez que la cojo y me hago la promesa de aprender a tocar, sonrío, como aquella tarde sonreía Rosita al pensar en la montaña.
Barro. Fango. Barro en el barro. Agua, tierra y mierda. Mucha mierda. Mierda y sangre.
Un lamento sordo de quienes lo han perdido todo, incluso las ganas. Un grito, un clamor ensordecedor de los que buscan justicia, con angustia y desesperación, como se busca, todavía hoy, vida entre los escombros.
Barro y más barro. Barro donde antes hubo casa. Barro donde antes hubo la sobremesa de un domingo por la tarde. Barro donde ya no queda nada.
Un olor metálico, un sudor seco y una pena tan profunda, tan enquistada y tan negra que no se irá con agua.
Agua de noche. Agua que vuelve a arrasar con todo, vuelve con toda su fuerza y con ella vuelven las imágenes de aquel martes de octubre.
Y de día, barro. Otra vez barro. El barro con el que Dios, en el Génesis, moldeó al hombre a su imagen y semejanza, es el barro con el que hoy lo ahoga, el barro que lo sigue matando poco a poco. Con cada pozal de barro que se saca, con cada mueble enfangado que se tira, morimos un poquito más cada día.
Pero hay quienes se mueven en el barro como pez en el agua. En el barro proliferan las bacterias. Crecen los gusanos como crecen las mentiras. Han pasado tantos días, y tan pocos a la vez, que resulta difícil distinguir el barro de la vida. Contra quién luchamos y por qué es algo que ha dejado de importar mientras no podamos ver más que con este filtro marrón terroso.
Pero saldremos. Nos decimos que saldremos, y saldremos más fuertes. Y nos convencemos de una mentira tan necesaria como la que nos inyectamos hace años para poder tirar adelante. Y tiramos, y seguimos tirando, con los pies embarrados y la rabia intacta. Seguimos achicando agua, con el agua al cuello, empujando con fuerzas que ya ni siquiera son nuestras, hasta que no quede barro. Y hasta que el barro vuelva.
Septiembre, cansado de ser mes, se convirtió en día. En lunes, claro. En un Lunes con mayúscula. Un Lunes que, después de haber fagocitado todos los lunes del año, se nos atraviesa como una mala digestión.
En este Lunes que es septiembre, nos llenamos el estómago de promesas líquidas para tratar de llegar al martes de la forma más volátil posible. Pero no. El Lunes es tan denso, tan oscuro, que pronto nos perdemos en la nostalgia de un verano que se sabe ya demasiado lejano.
Septiembre es volver. Y en este volver, vuelven también, en mi caso, los viajes de trabajo.
Viajo por trabajo. O quizá, más que viajar, me desplazó como un autómata, recorriendo en bucle espacios vacíos que pasan por delante de mí sin que me dé tiempo siquiera a visitarlos. Madrid, Oporto, Costa Brava, Frankfurt, Barcelona, y vuelta a empezar. Como la pantalla infinita de un videojuego en la que, al llegar al final, te ves lanzado, de manera irremediable, de nuevo al principio.
Viajo por trabajo. Frecuento no-lugares, tan fríos como este Lunes que es septiembre. Aeropuertos, estaciones de tren, salas de espera, recepciones de hotel, taxis. La vida en Lunes pasa lenta entre asientos traseros, tarjetas de crédito y cafés en vasos de cartón. La distancia entre un gracias y un adiós se dilata y gira, como gira el tambor de cada lavadora que sabe a tregua.
En todos estos no-lugares, otro autómata me pide la identificación. Y cada vez que la entrego siento que pierdo una parte de ella. ¿Me estaré convirtiendo en una no-persona? Como septiembre, que cansado de ser mes, se convirtió en día.
Acabo de salir del agua. Estoy tumbado boca arriba, mirando un cielo que se recorta sobre los bordes de los edificios que rodean la piscina.
Hay una luz bonita, cálida, la de la última hora de la tarde en verano, que se refleja en algunas de las pocas ventanas que tienen la persiana subida. No corre aire. No hace calor ni tampoco frío.
Silencio.
Únicamente roto en breves intervalos por el piar de unos pájaros o el arrullo de una paloma. No hay ni una sola nube. El cielo tiene un azul tan plano que me resulta imposible pensar que vaya a llover mañana.
Esta foto fija, que observo desde un plano nadir, solo se ve interrumpida por el vuelo de un avión, o por el pasar de un vencejo, de dos, de cuatro, a veces planeando de manera elegante, otras con un breve pero enérgico aleteo. No sé si son vencejos, golondrinas o cualquier otro pájaro, pero me gusta pensar que quizá sí lo sean porque ese animal, el vencejo, me trae a la memoria la novela de Aramburu, uno de los libros que más he disfrutado en los últimos años.
Es viernes por la tarde. Hace ya rato que he acabado de trabajar y no tengo absolutamente nada que hacer. Esta noche toca en la plaza del pueblo un grupo tributo a The Beatles. Los vi hace años en Valencia. Me gustaron. Eran buenos y tengo ganas de escucharlos de nuevo, aunque me asalta la duda de que quizá esta vez su actuación no esté a la altura de la que guarda mi memoria. Qué más da.
Los vencejos siguen volando sobre mi cabeza. Un pequeño grupo de tres o cuatro se posa sobre la cornisa de uno de los edificios, parece que se dicen algo, y después retoman la marcha. Pasa otro avión, este vuela mucho más alto que el primero.
El sol sigue bajando. La silueta de un edificio se dibuja gris sobre el de enfrente. De nuevo el silencio. Y yo, tumbado boca arriba, con los pies colgando sobre el borde de la piscina, trato de retener todos estos pensamientos, estas imágenes. Me incorporo, subo a casa y las escribo, todavía con el bañador mojado.
Hace años que no escribo. Me parece un bonito reencuentro.
Alzheimer. Qué palabra tan bella y qué enfermedad tan puta.
Pocas palabras tienen esa sonoridad, con una hache intercalada precedida de una zeta que quizá en otra vida fue ce. Pocas enfermedades se sufren así, con un dolor también intercalado, profundo y mudo como la hache, tan oscuro que más que propio parece ajeno.
Leí recientemente a Bárbara Blasco en su novela ‘Dicen los síntomas’ comparar el coma con el hecho de ser enterrado vivo. Unas vacaciones de uno mismo, decía, con la salvedad de que por más que quieras no puedes huir de tu propio cuerpo. Y creo que el Alzheimer, en cierta medida, tiene también algo de eso. Un yo prisionero dentro de ese mismo yo.
Dice Bárbara que sería terrible pensar que las leyes que rigen ahí dentro son en realidad las mismas que rigen aquí fuera. Que el comatoso fuera capaz de captar los estímulos, comprender lo que sucede fuera de él y razonar como si estuviera completamente sano, pero sin poder comunicarse de ninguna forma, sería completamente angustioso. Y me pregunto si no pasa lo mismo con una persona que sufre Alzheimer.
Fisiológicamente, el cuerpo de Rosita envejece, pero sus funciones vitales parecen haber rejuvenecido a marchas forzadas hasta el punto de tener la misma autonomía que un bebé. Es completamente dependiente para todas y cada una de las arduas tareas que nuestro organismo nos exige cada día con el empeño de seguir viviendo. Para todas excepto para respirar, parece que eso es lo único que todavía puede hacer por sí misma. Pero si el Alzheimer se pudiera acoger también a esa hipótesis que plantea Bárbara, si el cerebro de Rosita fuera capaz de procesar todo cuanto ocurre a su alrededor, aunque no pudiera pedir socorro… Me cuesta imaginar qué pasaría por su cabeza cada vez que se ve auxiliada, irremediablemente, en cada momento del día. A la hora de levantarse, para vestirse, para ir al baño, para comer, de nuevo para acostarse… Ella, que había sido capaz de ocultar que se había roto un dedo del pie contra el canto del sofá con tal de no dar faena. No sé qué pensaría al ver que todo el mundo la trata como a una niña. Le cantan canciones infantiles para comer, le hacen carantoñas al despertar, le ponen dibujos animados en la tele… Si quien hay ahí dentro es realmente una persona de casi noventa años, o bien todo esto le estará pareciendo surrealista o bien, simplemente, se ha resignado a dejarse llevar.
Hoy la encuentro quizá algo más espabilada que las últimas veces que la he visitado. Y aún así siento una profunda tristeza al verla. Siento una negra pena, una pena que duele, al ver a mi padre afrontar una rutina que, por más años que lleve instalada en esta casa, no deja de pesar como un manto de silencio que nadie es capaz de romper. Odio verla así. Odio tener que quedarme con este recuerdo de Rosita cuando ya no esté, pero al mismo tiempo caigo una y otra vez en la inevitable contradicción de ir a visitarla de vez en cuando, aun sabiendo que el panorama que encontraré al llegar nunca mejorará al de la última vez.
La miro tratando de dejar a un lado todos estos sentimientos y ofreciendo una sonrisa que no quiere salir, pero que lo hace con la única esperanza de llegar hasta esa Rosita presa de sí misma. La miro y en su cara intuyo una sonrisa, una leve mueca cómplice que me hace guardar la esperanza de creer que ahí dentro, detrás de esos ojos vacíos, más allá de ese mar de bruma blanca, sigue estando ella. Prisionera pero viva. Rosita.
Las gotas impactan con fuerza, rompiendo en mil pedazos los últimos días de verano. Las nubes, lejos de dejarse caer, parece que escupan con rabia, que tiren a dar con esa mala hostia que les caracteriza en este agosto que quiere ser ya septiembre. Como si se empeñaran en recordarnos la efímera fragilidad de la belleza que encontramos en los pequeños detalles. Ese libro que nos lleva, ese río que nos trae con su gélido punzar. Esas cosas tan livianas que solo pueden percibirse en esta época del año, cuando el tiempo tiene la habilidad de dilatarse hasta tornarse de goma. El mismo tiempo que con la llegada del otoño vuelve a contraerse con prisas, empujándonos irremediablemente a una rutina que nos espera con su habitual mala cara de mirada lánguida y morro torcido. Seguro que hasta ella misma se odia.
Llueve. Llueve en Pirineos.
Cae el agua y corre. Corre el agua por mis entrañas, inundándolo todo de una espesa amargura. Una oscura tristeza de domingo por la tarde, de cien domingos por la tarde seguidos. Corre el agua y tras su paso solo queda una profunda apnea de nostalgia en la que termino hundiéndome.
Llueve. El río desborda ya su caudal por todo el valle, mientras en el pico de la montaña resuenan las burlonas risas de unos cuervos que nos miran con una compasión camuflada de sorna. Me cuesta respirar en esta agua negra y melancólica. Salgo a flote. Me hundo y salgo a flote y noto como una mano me abofetea la cara, tratando de ayudarme.
A lo lejos veo una multitud desesperada que se agolpa frente a unos botes salvavidas. La mano tira de mí en esa dirección. No cabremos todos, pienso mientras braceo con resignación hacia una de esas barcas que prometen la salvación. Consigo subir y flotando abandonamos el valle, que desaparece tras de mí como lo haría un flan en un desagüe, con agónica pero imparable calma.
Dejamos atrás la tormenta y navegamos río abajo hasta unas aguas más calmadas. Horas después llegamos, finalmente al destino. Estoy de nuevo en la oficina. Las mismas caras, las mismas rutinas. El mismo crujir de un presente inestable que avanza con paso errático hacia delante. Busco un resquicio de pausa y tecleo:
El día que encontremos el tesoro, saldremos de pobres. Dice Pepe, con una sonrisa burlona, mientras rebusca entre calcetines y bragas, en la cómoda del dormitorio de Rosita. La cómoda que la vio vestirse de festera aquel verano del 93, aprovechando la jubilación de Pepito. La cómoda frente a la que, aquellos sábados por la mañana en los que decidían coger el coche sin rumbo, antes de salir de casa, se daba unos ligeros toques de colorete y se perfilaba la sombra de ojos. Porque le gustaba estar guapa para él. La cómoda que hoy, perdidas ya muchas de las razones de su existencia, sirve de soporte a esa foto en blanco y negro de la pareja que sigue desprendiendo la misma fuerza del momento en el que fue tomada.
En esta fase de la enfermedad, es bastante común que escondan cosas -no necesariamente de valor-, muchas veces buscando la seguridad ante una amenaza invisible o, simplemente, por temor a perderlas. Así lo había explicado la doctora en la última visita. Y así, durante las siguientes semanas, fueron desapareciendo y apareciendo de nuevo, entre cajones y armarios, objetos que no debieran estar ahí. Cosas desconcertadas, extrañadas por no saber cómo habían llegado a parar a esa nueva ubicación que les resultaba ajena. Las cartas del banco entre los cubiertos de la cocina, el envoltorio de una tableta de chocolate junto a los rollos de papel higiénico, ese cepillo de dientes despeinado entre las prendas de ropa… Pero nunca joyas ni dinero, ese tesoro con el que Pepe, más en broma que en serio, fantaseaba. Como casi siempre que era el centro de atención, Rosita permanecía ajena a todo.
A todos, que jugaban a imaginar lo que harían con esa incalculable pero quimérica fortuna de la abuela. Mientras removía camisas, Pepe no pudo evitar dejarse llevar por un recuerdo que lo trasportó hasta aquellos veranos eternos que pasaba, junto a sus padres y su hermana, en la casa familiar del Pla de Corrals.
El sol de media tarde refulgía mientras Rosita retiraba los platos de la comida y Pepito y Rosa se echaban la siesta. Pepe jugaba fuera, donde comenzaba la ladera del pequeño cerro que se alzaba a espaldas de la casa. En una bolsita de tela que le había cosido su madre, guardaba unas cuantas figuritas de indios y vaqueros con las que recreaba algunas de las batallas que solían poner en la 1: El bueno, el feo y el malo, El jinete pálido, Río Bravo. Algunas de estas películas, que reponían hasta la saciedad, se las sabía casi de memoria. Después de incontables batallas, los indios y vaqueros llegaban maltrechos al final del verano. Entonces Pepe los metía de vuelta a la bolsa de tela, los enterraba a la sombra de un pino, y marcaba con una cruz sobre la tierra las coordenadas del tesoro secreto, con la ilusión de poder rescatarlos al año siguiente. Pero eso nunca sucedía, y con el fin del curso escolar, Rosita siempre le sorprendía con una nueva bolsa de tela, repleta de nuevos muñecos, a sabiendas de que se acabaría perdiendo, invariablemente, como cada año.
Pepe nunca encontró sus indios y vaqueros, igual que tampoco encontraría los tesoros escondidos de su madre.
Aquella tarde, al finalizar la visita y abandonar el pueblo de vuelta a Valencia, Pepe decidió dar un pequeño rodeo para enseñarles a sus hijos el Pla de Corrals. La zona había cambiado mucho en los últimos cuarenta años, hasta tal punto de tornarse prácticamente irreconocible por la falta de referencias con las que ubicarse. Allá donde debiera estar el cerro, la pinada y esa estrecha carretera que zigzagueaba entre los árboles, se alzaba una pequeña urbanización, con sus calles, sus farolas y sus unifamiliares de dos plantas con garaje y jardín. El asfalto había sustituido al campo, lo había engullido y había regurgitado pequeños fragmentos de verde que servían para dibujar las líneas rectas que separaban las distintas propiedades.
Tras deambular por varias de esas calles vacías, Pepe frenó en seco. Había reconocido el pino bajo el que solía jugar. La casa, que había sufrido una notable reforma, estaba franqueada por una valla en la que se podía leer “cuidado con el perro”. Pepe salió del coche y se acercó, tímidamente, hasta los límites de la propiedad. Al fondo, a espaldas de la casa, bajo ese pino que permanecía ajeno al paso del tiempo, jugaba un niño. A esa distancia no pudo apreciarlo bien, pero habría jurado que las figuras que sostenía en la mano eran unos muñecos de indios y vaqueros. Como alertado por una presencia invisible, el niño alzó la vista, pero el coche de Pepe ya se había ido.
La erre suena rota, como si el aire se escapara por una rendija, entre dientes, por un hueco que no le toca. Como si le precediera una ge. Como la pronunciaría un gabacho.
Ro-si-ta.
La ese líquida, como el suave silbido de una serpiente.
Ro-si-ta.
La te es un golpe seco.
Ro-si-ta.
Repite una y otra vez Ceci, una de sus cuidadoras, haciendo especial énfasis en cada sílaba.
Ro-si-ta.
Pero Rosita está ausente.
Rosita, ojos cerrados, boca entreabierta, sostiene en una mano una pelota antiestrés y en la otra a Pepito. Así llaman al peluche azul, con forma de ratón, que le acaban de regalar. Porque la doctora dice que es bueno que agarre algún objeto para evitar que se atrofien los flexores de los dedos. También dice que es bueno que las manos estén colocadas más o menos a la altura del corazón para facilitar la circulación. Parece irónico llamar Pepito al peluche que Rosita no suelta ni para dormir. O quizá no. Quizá es solo una excusa para seguir pronunciando su nombre.
Ro-si-ta.
Las sílabas se repiten. Golpe a golpe, letra a letra. Como las letras que adornaban los sobres de las cartas que Pepito le escribía durante sus años en la mili.
La erre es el capitán, un hombre grande y gordo, con una barriga pronunciada que a Rosita le recuerda al Chato, el sereno de Novetlè, aquel que paseaba las calles pregonando la hora y el tiempo -las cuatro y lloviendo-, y al que podías pedir que te despertara colocando tantas piedras en la puerta de tu casa como horas debiera marcar la manija del reloj.
La o es un balón de cuero, cosido a retazos, con el que los soldados juegan durante sus ratos libres en el cuartel.
La ese una serpiente, una culebra como las que en ocasiones veían correteando por las afueras del campamento.
La i, un cadete muy delgado que sostiene un fusil afilado casi tan largo como él.
La te es un soldado forzudo con los brazos extendidos; y en cada mano una bola de cañón.
La a, un recluta castigado, haciendo abdominales.
Ro-si-ta.
La afición de Pepito por el dibujo encontraba en esos sobres el espacio ideal para explayarse. A veces, la carta no era más que un pretexto, y donde realmente estaba el mensaje era en el continente, más que en el contenido. La imaginación del joven Pepito en aquellos años de mili parecía no tener límites. Un mapa del pueblo en el que indicaba el camino hasta la casa de la destinataria, un dibujo de la casa misma donde debiera ser entregada la carta, y uniformes, muchos uniformes que servían para contar el día a día de aquel tedioso sinsentido. Soldados jurando bandera, descargando sacos de tierra de un camión para apilarlos en un gran descampado, limpiando baños, suelos y ventanas, desfilando, descansando a la sombra de algún árbol, o cogiendo un tren de camino a casa en alguno de los pocos permisos que tenían. Estos últimos dibujos eran los preferidos de Rosita.
Durante un tiempo fueron novios por correspondencia, como muchas otras parejas a las que la mili había separado. Rosita corría a la puerta cada vez que escuchaba el sonido metálico del timbre de la bici del cartero. A veces había suerte. Otras, la espera se convertía en una carga más a sumar a la distancia, en la lucha contra el olvido.
Suena el timbre. Rosita abre instintivamente los ojos. De pronto un flash peina sus entrañas. Se estremece, y un frío temblor sacude cada una de sus vértebras hasta llegar a la nuca, desde donde la paraliza. No recuerda la última vez que le escribió, pero tampoco cree estar esperando ninguna carta de Pepito. Aun así, lleva su mirada hacia la puerta, que ya está cerrándose. Fina regresa hacia el salón con un paquete de Amazon en la mano.
Ro-si-ta. ¿Estás despierta?
La afilada voz de Tania la devuelve a un letargo del que no quiso haber salido.
Las cartas eran ese rincón al que solían acudir para reencontrarse. Solo ellos dos, a solas, y compartir con tinta todos esos anhelos, esos deseos inconfesables, los sueños de un futuro que en ocasiones se antojaba tan incierto como lejano. Una intimidad que muchas veces se veía violada por la curiosidad inocente de familiares y vecinos que, con la excusa de admirar los dibujos con los que Pepito decoraba los sobres, se dejaban ir un poco más allá, hasta acabar leyendo el contenido de la carta antes incluso que la propia Rosita. Quizás por ello, la pareja ideó una contraseña, tres dígitos que hacían referencia al número de sílabas de un secreto que gustaban decirse al oído.
357. Te quiero. Te quiero mucho. Te quiero muchísimo.
El correo era el medio de comunicación por excelencia de la época, si bien es cierto que Rosita era una de las pocas chicas del pueblo que tenía teléfono. Más bien, su madre se encargaba de operar las llamadas encajando las clavijas en el clavijero de la centralita. En Novetlè, esta centralita estaba en casa de Rosita, pero Pepito no tenía forma de llamar desde el cuartel de Manises. Así que las cartas eran el único modo de permanecer en contacto y declararse su amor.
Mi queridísima Rosita:
Te escribo hoy otra vez porque como mañana, que es cuando yo espero tener tu carta, no podré contestarte porque tengo guardia, y hasta pasado mañana no podré venir a casa, no quiero retrasarme ningún día en decirte que te quiero más que a mi propia vida y que a todas horas estoy pensando en ti.
Pepito seguía teniendo la misma caligrafía, fina y picuda, que le maravilló en aquella primera carta en la que, siendo dos adolescentes, le pidió ser novios. Rosita se había fijado en él, lo conocía del pueblo, pero jamás se habría atrevido a tomar esa iniciativa, entonces reservada exclusivamente para los chicos.
La carta pasó, por supuesto por unas cuantas manos antes que por las suyas. Y ella, cuando por fin pudo leerla, y con la indecisión que le caracterizaba, le pidió a su abuela que le dictara la respuesta, después de que esta autorizara el noviazgo. Pepito era un chico amable, educado, humilde y trabajador. Algo le decía a su abuela que podía ser un buen novio para su nieta, y esa intuición no falló. Así que juntas escribieron una respuesta y así empezó todo.
La inocencia propia de la edad se veía muy pronto rota por una madurez que, en la mayoría de las ocasiones, venía impuesta. Rosita no tuvo juventud. Pasó de ser una niña a ser una mujer, de jugar con muñecas a ayudar a su madre en casa, cuando aún ni siquiera tenía edad para saber qué quería. Aunque al menos ella sí tuvo la oportunidad de aprender a leer y escribir, e incluso más tarde pudo estudiar mecanografía en una escuela de Xàtiva.
La Hispano Olivetti que adorna la estantería del salón no es más que un lejano recuerdo de aquellos años en los que Rosita, junto con un par de amigas de Novetlè, pedaleaban hasta la entrada de Xàtiva para acudir a la academia, donde aprendían la escritura a máquina. El sonido de los dientes percutiendo el papel doblado, impregnándolo de tinta antes de regresar a su posición inicial, contrasta ahora con el silencioso clic del ratón en ese portátil delgado, de curvas elegantes y diseño futurista que Fina acaba de estrenar.
Igual que en aquella primera carta, no eran pocas las veces en las que las palabras que Rosita escribía habían salido, previamente, de la boca de su abuela. Como siempre, necesitaba del permiso o la aprobación de otra persona que decidiera por ella. Y la mayoría de veces, esa persona era su abuela.
Pepito, sin embargo, no necesitaba de nadie que escribiera por él. A veces no tenía grandes novedades que contarle a su Rosita, pero cualquier excusa era buena para repetirle una y otra vez cuánto la echaba de menos.
Aquí en Valencia el tiempo ha cambiado y ya hace bastante calor, supongo que allí pasará lo mismo. ¡Ah! Dime si has recibido mi carta de ayer con la fotografía del cuartel (…). Hoy he comido gamba a la plancha y un chorizo frito con una ensalada para almorzar, y para comer nos hemos hecho clóchinas al vapor, una ensalada muy buena y una paella. Como verás me cuido bastante bien y yo lo que quiero es que tú también te cuides, amor mío. Te quiero mucho y pienso mucho en ti. Recuerdos a todos.
Aunque en persona se hablaban en valenciano, era entonces impensable escribir en la lengua en la que también pensaban. De eso ya habían tomado buena nota en la escuela, donde el maestro de turno se encargaba de acallar, a golpe de regla, cada intento de expresarse en valenciano.
Así que, aunque tenían que hacer un ejercicio previo de traducción mental, se escribían en castellano. Quizá, de no haber sido así, las cartas nunca habrían llegado a su destino. Y hablaban de todo y de nada.
Rosita, ¿conoces tú a una chica llamada Marita García (creo que es así) de Quatretonda? Es que resulta que uno de mis amigos es de allí y festea con ella, y al decirle que con él había un chico que festeaba en Novetlè, ella le dijo que conocía a una tal Rosita del Pla, que tenía una carnicería en Novetlè y que es familia de la tía Ana. Como verás, ha dado la coincidencia de que tú y ella os conocéis, y como resulta que ella va todos los veranos al Pla, este amigo mío y yo nos pasamos el día hablando de vosotras y haciendo planes para este verano, si nos dan permiso, para ir a pasar unos días juntos al Pla.
Pepito se refería a Eliseo, un chico de Quatretonda con el que rápidamente entabló amistad al llegar al ejército.
Eliseo venía de una familia de tradición chocolatera. Y, al contrario de lo que cabría esperar de un muchacho que se había criado en una fábrica de chocolate, era alto, delgado, de complexión atlética. Chocolates Benavent era una empresa familiar fundada en 1925 que, con el tiempo, ganó cierta fama no solo en el pueblo y alrededores, sino por toda la provincia de Valencia. El negocio pasó de padres a hijos, y así llegó a Eliseo que, años después, acabaría haciendo algo de dinero al alquilar la nave de la fábrica a la discoteca Apache, una de las más famosas de la ruta del Bacalao, a pesar de estar en La Costera.
La amistad que Pepito y Eliseo tejieron en el cuartel de Manises fue para toda la vida. Quizá eso fue lo único positivo que ellos, y muchos otros chicos de su edad, pudieron sacar del servicio militar. Los planes de pasar los veranos en el Plà de Corrals se hicieron realidad, y las dos parejas compartieron muchos momentos juntos.
Eliseo seguía visitando a Rosita aún después de la muerte de su mujer y de Pepito. Solía regalarle unas cestas de mimbre que él mismo tejía, y esa compañía mutua seguramente ayudó a llevar mejor una viudedad que, hasta entonces, había sido una travesía por la noche más oscura.
Juntos pasaban tardes enteras en el sofá, en ocasiones charlando de tiempos pasados y en otras, simplemente, compartiendo silencios. A Eliseo le gustaba coger la mano de Rosita, y sus nietos bromeaban cuchicheando que la abuela se había echado novio. Pero lo cierto es que ella, aunque agradecía ese amparo, era incapaz de olvidar a Pepito. Que vuelva Pepito, se repetía una y otra vez, y alguna de estas veces no podía evitar dejar escapar unas lágrimas que, fuera de contexto, nadie entendía a cuento de qué venían.
Que vuelva Pepito, se repite todavía hoy Rosita, ausente, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, mientras sostiene en una mano una pelota antiestrés y en la otra ese peluche azul, con forma de ratón, que le acaban de regalar.
Porque la doctora dice que es bueno que agarre algún objeto para evitar que se atrofien los flexores de los dedos. Su hermana y sus hijos a veces no entienden lo que dice la doctora, pero acuerdan que es bueno que Rosita tenga algo a lo que agarrarse. Y, de paso, ellos también.