El sueño de las mariposas

Al desplegar sus alas, las mariposas exhiben colores vivos e intensos, que hacen de ellas unos de los más bellos insectos de la tierra. Cuando alzan el vuelo estas flores aladas, baten con fuerza, sin complejos, haciendo gala de un poderío estético que embriaga.

Hoy hace 55 años, Patria, Minerva y Mª Teresa Mirabal -Las Mariposas, como se hacían llamar para luchar de forma clandestina por la libertad de su pueblo -, fueron brutalmente asesinadas por el régimen del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Un grupo ejecutor de seis hombres las ahorcó, apaleó y lanzó desde dentro de un coche por un acantilado, haciendo que todo pareciera un accidente. Pero el cruel plan de Trujillo, que quiso librarse de estas mujeres que habían encabezado la oposición contra su régimen, no resultó, y pronto fue descubierta la verdad. Fue el 25 de noviembre de 1960 cuando las jóvenes hermanas Mirabal dejaban cinco niños huérfanos. En el momento de su muerte, las tres mujeres tenían 25, 34 y 36 años.

Pero, según dice un proverbio chino, «el simple aleteo de una mariposa puede cambiar el mundo». Y así fue. Poco antes de su asesinato, que se había convertido en un secreto a voces, Minerva Mirabal advirtió: «Si me matan, sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte». Como una mariposa.

Minerva y sus hermanas hicieron batir sus alas después de muertas. El dictador Trujillo fue asesinado seis meses después por un grupo de conspiradores que vengaron a las tres mujeres y pusieron fin a 30 años de dictadura, abusos, torturas y corrupción.

El efecto mariposa continúo después, en una República Dominicana que vio renacer la democracia. Bélgica Adela «Dedé» Mirabal, la cuarta hermana que pudo salvarse por no tener un papel tan activo en la lucha contra la dictadura, dio a conocer la historia de sus hermanas. Pronto esta historia se convirtió en un ejemplo no solo para el pueblo dominicano sino también para todo el mundo. Y en 1999, las Naciones Unidas declararon el 25 de noviembre como el Día Internacional de la Violencia contra la Mujer. Las hermanas Mirabal, que habían sido silenciadas ferozmente, acabaron venciendo.

Hoy, cada día, cientos de mariposas que sufren malos tratos encuentran la fuerza necesaria para batir sus alas y denunciar sin miedo. Hoy al menos podemos gritar por el fin de esta lacra, hoy podemos soñar que así suceda.  Recordando su sueño. El sueño de Las Mariposas.

25 de noviembre

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Involución

Hace aproximadamente diez mil años, cuando la especie humana afrontaba el importante cambio de convertirse en una sociedad agrícola-ganadera, con la consiguiente aparición de los excedentes de producción y el trueque, pocos o ninguno de aquellos seres neolíticos podrían imaginarse que en un futuro muy lejano, en el que el Internet de las cosas gobernaría la vida de unas personas que poco tenían que ver con ellos, aquel eficiente sistema de intercambio de bienes evolucionaría hasta lo que hoy se conoce como economía colaborativa.

Diez mil años no alcanzan a ser ni siquiera un suspiro si los comparamos con la historia del universo. Y en este relativo corto periodo de tiempo, aquella alfarería que comenzaba a desarrollarse en la Edad de Piedra ha evolucionado hasta lo que hoy llamamos robots de cocina. Del mimbre a las fibras de nylon. De las primeras hachas a las guerras inteligentes. De las danzas rituales a la música de reggaetón. De las pequeñas ciudades al imponente Burj Khalifa de Dubai.

En los pequeños mercados, nuestros antepasados intercambiaban lana por madera y carne por herramientas. Ahora, inmersos en una gran crisis económica -término que debiera aparecer miles de años después-, las personas comparten coche para viajar, viajan a casas que no son suyas, y reciben en sus jardines a completos desconocidos a cambio de un vaso de zumo.

Habrá quien piense que con la economía colaborativa recuperamos la esencia más pura de aquella época lejana. Serán, seguramente, los acompañantes del asiento trasero del coche los que crean que este truque moderno es tan inocente como aquel primero. Pero puede que la empresa que está detrás de ello, que cobra un euro a cada uno de estos aventureros 2.0 y que invierte millones en publicidad, no sea tan ingenua. Como tampoco lo debe de ser quien, haciendo cálculos, llega a la conclusión que viajando un par de veces cada día puede sacarse una más que aceptable nómina como taxista pirata.

Y es que con lo que no contaban nuestros abuelos del neolítico era con la pillería de sus descendientes. Aquella idea romántica del trueque murió con la llegada del dinero. La avaricia, sentada en el asiento de algún coche compartido, convirtió nuestra historia en una triste involución.

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El viaje

Era una noche del mes de julio, pero podría haber sido cualquier otra. El calor abrumador que venían soportando desde su travesía por el desierto y el cansancio de aquel largo viaje que comenzó hace ya dos semanas con una amarga despedida, se esfumaron de inmediato con la primera brisa que llegó del mar. Ese olor a sal era el olor a victoria y libertad del que tanto habían oído hablar.

Llovía, como llueve en esos días llamados a marcar un antes y un después en la vida de las personas. Llovía como cualquier otro día de tormenta extraviada en medio de un caluroso verano. Y mientras llovía, las gotas que caían con fuerza bailaban con el sudor que se deslizaba poco a poco por sus cuerpos. Y ese ruido seco de tormenta se mezclaba con sus cánticos triunfales, salidos de gargantas que aún tenían fuerzas para celebrar que habían ganado su primera batalla. En el mar, un mar que se rompía en mil pedazos con el impacto hueco de cada trueno, les esperaba la segunda.

Embarcaron de noche, con prisas y con una extraña sensación confrontada entre el miedo y la ilusión. Allí no hubo ningún adiós, ninguna mano agitándose lentamente a sus espaldas. Ni nadie que llorara su marcha. Por eso no miraron atrás. Sabían que nunca más lo volverían a hacer.

Poco a poco, la euforia fue dejando paso a la expectativa, y más tarde al más oscuro de los terrores. Más negro incluso que el de aquella noche, solo perturbado por un tímido foco que alumbraba las olas que pisaban. Instintivamente, en esa neblina ciega, sus manos se buscaron y se agarraron con fuerza. Decenas de manos unidas por un mismo sueño. Cerraron los ojos y permanecieron en silencio el resto del trayecto.

Algunos, quizá los más pequeños, consiguieron dormir. Soñaban que viajaban en un barco con un amplio salón de moquetas rojas, como el que algún día vieron en aquella famosa película americana. Justo en el centro de esa imperial estancia, los tacones y las faldas danzaban al ritmo de una música alegre pero elegante. Unos metros más arriba, en el techo, la gigantesca lámpara dorada presenciaba la escena. La gente, alegre, brindaba, fumaba y bebía.

Los que permanecieron despiertos sabían que en el negror de la noche no había orquesta, ni salón, ni cóctel. Solamente ellos, el mar y la tormenta. El ruido despiadado de los truenos se encargaba de recordarles que seguían allí,  y, donde debiera estar esa lámpara, los rayos descargaban su ira contra un agua cada vez más salvaje.

Lo primero que notaron al naufragar fue el helor del mar. Y justo unas décimas de segundo más tarde, su fuerza. Allí, en algún punto inconcreto a escasos metros de la costa, murieron. Murieron tras una larga lucha por sobrevivir, vaciando sus fuerzas ante un agua que los devoraba sin piedad.

Después de un viaje que había durado toda una vida, el destino quiso arrebatárselo todo mientras ansiaban acariciar la arena. Como un relámpago, con la misma fuerza, la misma crueldad, la misma rapidez. Como aquella tormenta. Así acabó su sueño.

Ya de día, mientras los servicios de rescate hacían lo posible por recuperar los restos de decenas de vidas rotas, más allá, en aquella costa a la que debían haber llegado, muchas familias se agolpaban para despedir a los suyos. Cientos de cruceristas cargaban sus maletas en el barco más grande que jamás se recuerda, rumbo a cualquier paraíso, ajenos a todo cuanto pudo pasar aquella noche. Y en la televisión, más distante todavía, un sinvergüenza trajeado hablaba de no sé qué derechos, de no sé qué limpieza, y de no sé qué invasión.

Al otro lado del estrecho seguía lloviendo.

 

Inmigración

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Fiebre

Hace no tanto, cuando marcaba a lápiz en el marco de la puerta hasta dónde alcanzaba mi brazo estirado, cuando los techos de casa los medía en función de si llegaba o no a tocarlos de un salto, cuando más allá de mis pies todavía sobraba cama, cuando era, en definitiva, un niño, solía tener de tanto en tanto episodios de fiebre alta. Eso es porque está creciendo el chiquillo, decía alguien. (El clásico estirón de la infancia, supe años después, entendiendo entonces que no crecería de forma indefinida). Habrá cogido frío por la noche, apuntaba otro. Es un moñas, sentenciaba el de más allá.

Fuera de una manera o de otra, aquellos periodos febriles traían consigo alucinaciones de todo tipo. Tumbado en la cama no tenía escapatoria. Si miraba al suelo, los mosaicos de piedra dibujaban figuras geométricas. Si alzaba la vista al techo, el gotelé me descubría rostros de personas desconocidas. Cerrar los ojos tampoco mejoraba la situación, pues en la oscuridad se organizaba un baile de círculos de colores que cambiaban de tamaño acercándose y alejándose, y conseguían marearme todavía más. A veces asomaba un pie por la ventana y, cerrando un ojo y luego el otro, jugaba a tapar los balcones del edificio de enfrente.

Pero uno de estos delirios que más me sorprendía era el que llegaba en el momento álgido de la enfermedad, justo cuando mi ejército de leucocitos peor lo estaba pasando en la batalla interna de mi organismo. Era un instante tan desconcertante como difícil de describir. Y lo recuerdo más o menos del siguiente modo: después de unos cuantos paños húmedos que mi madre -con la mejor de las intenciones pero sin efecto alguno-, había postrado sobre mi frente, y cuando el calor de mi cuerpo ya no soportaba más (unido esto a las necesidades fisiológicas propias de alguien que lleva más de quince horas en cama), me levantaba, no sin muchas dificultades, decidido a lavarme la cara y aliviar aquel instinto innato. Cuando el grifo del agua empezaba a fluir, sucedía lo que años después he acertado a bautizar como la «realidad aumentada». Ese goteo incesante pronto se tornaba sólido. La pila del baño crecía exponencialmente de tamaño, hasta el punto de notar que se abalanzaba sobre mí, y yo comenzaba a notar la circulación y el bombeo de mi sangre en la cara, en las manos e incluso en el cepillo de dientes que a duras penas lograba sostener.

Esta sensación tan tremendamente violenta dejé de experimentarla, por suerte, con el paso de los años. Todavía me descubro comparando aquellas rallas del marco de la puerta, y donde antes solo llegaba la punta de los dedos, ahora lo hace la cabeza. Crecí, y la fiebre, el estirón y todos aquellos delirios quedaron atrás. Pero aún hoy hay momentos en los que, de vez en cuando, recuerdo esos ataques de viva ficción.

En realidad no ha pasado tanto tiempo desde los bolsos de Vuitton. Hemos madurado, y aquella angustiosa patología parece que, por fin, ha sido aliviada. Pero que las nuevas recetas, que acabaron, después de tantos años, con esos inútiles parches de paños húmedos, no nos curen de la desconfianza. Los viejos virus siempre están al acecho.

Rita Barberá y Alberto Fabra

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Maricón

La de hoy será nuestra última noche juntos. Quién lo iba a decir, después de tantos años, tantas emociones. Hoy, de repente, me voy. De la mano hemos crecido, como si el paso del tiempo solo hubiera sido un testigo, y nosotros los verdaderos protagonistas de esta historia. Desde aquellas noches contándonos los sueños en voz baja, escondidos tras la manta de la vergüenza, nuestros primeros besos, nuestros primeros llantos, los llantos ahogados y mudos de la adolescencia, las risas traviesas de quien pierde el velo de la inocencia. Besos y más besos bajo un mar de sábanas. Largas, larguísimas conversaciones telefónicas con la mirada perdida en la ventana. Tardes de verano, tardes de otoño lluviosas. Devorando libros, bebiéndonos las películas a oscuras. Simplemente viviendo.

Todavía me acuerdo de nuestro primer encuentro. Parecíamos no encajar del todo bien, pero bastaron dos noches para conocernos a fondo. El roce de los cuerpos, la respiración profunda y perdida en el silencio de la noche. Piel con piel, sudor con sudor. Todo lo que en ese instante ocurría más allá de nosotros sobraba por completo. Nos teníamos el uno al otro, y una mirada era siempre suficiente para comprendernos. Pero se acabó. ¿Qué fue de aquellas promesas, los besos en la almohada? ¿Qué de los abrazos? ¿Queda algo de aquellos años en que parecíamos inseparables? Quizá ya no seas aquel inocente niño que conocí, que soñaba con historias imposibles, que pensaba que algo así sería para siempre.

Me hago mayor. Ahora me ves como una vieja, estropeada e inútil cama. ¿Qué será de mí?  Con suerte, encontraré mi sitio junto a un contenedor de ropa usada. Y tendré que soportar, desnuda, el frío y los caprichos fisiológicos de los perros. Me abandonas. Y me cambias, después de tanto, por uno de esos arrogantes y engreídos viscoelásticos. Pues ahí te quedas. Maricón.

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Anochecer

A ella. A ti

La ciudad lo recibe fría y extraña. El sol, cada vez más cerca de apagarse, todavía tiene fuerzas para impactar directamente en sus ojos y cegarle la vista. Tiñe un paisaje pictórico, con el cielo en llamas a un lado, y congelado por el azul polar, morado, casi negro al otro. La luna, perfectamente redonda, brilla con fuerza, muy por encima del bullicioso tráfico, que no cesa a esas horas. Las prisas por ir se han convertido ahora en las prisas por volver, nueve o diez horas más tarde. Todo transcurre a un ritmo frenético, aunque parece detenerse el tiempo cuando él lo atraviesa con su moto. De pronto la luz verde anuncia un rugido, y dos hojas secas se levantan a su paso, bailando una danza mágica durante un breve instante. El frío, corriendo por su ropa, le recuerda a ella. A aquellas noches de invierno en que jugaban a perderse entre las sábanas. Justo allí, en el abismo que separaba las dos camas, se encontraban sus manos. Y luego sus labios. Y con pasión combatían el helor de aquella oscura habitación.

Mientras conduce de memoria por las mismas calles que siempre, le vienen a la cabeza infinidad de recuerdos. Un primer beso, un primer viaje, la tarta de queso con sabor a tímida inocencia. Un día en la playa, los ojos cerrados y la suave brisa jugando con ellos, juntos los tres en la sombra, hablando sin hablar, escuchando en silencio el susurro de cada ola que moría en la orilla. También los reencuentros cargados de emociones, y aquel terrible adiós en la estación que parecería el último. La Alhambra que nunca vieron, los canales y el Big Ben mezclándose con el azúcar de aquel mojito a los pies de África, iluminada, desconocida e inmensa. Las dulces sorpresas y las amargas punzadas en el estómago cargadas de una buena dosis de cruel realidad.

Se detiene en un semáforo con un nudo en la garganta. A su lado, la ventanilla bajada canta los primeros acordes de aquel Contigo, sin ti, de Sabina, que no escucharían. Y arranca sin pensarlo. Y huye, como los días, que pasan sin orden ni sentido. Como pasan los meses, como se suceden los dolores de cabeza y los desvelos. Como pasa la vida. Y piensa entonces en aquella cala, que ahora está desierta. Hace callar el motor en la puerta de su casa, pero el ruido no cesa. La ciudad ya muestra una noche negra, negra noche, no me trates así. En el horizonte de Saona aún no se ha puesto el sol.

Formentera

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Puzle

A mi yaya. A mi yayo. Y a todas las yayas y yayos

Recuerdos, como las piezas desordenadas de un puzle. Había pasado tantas horas en aquel salón, mirando fotos antiguas de la familia, inventando historias con juguetes olvidados de su infancia, leyendo sin orden viejas cartas, creyendo que el tiempo nunca atravesaría aquel fortín, blindado frente al paso de los años. Bastaría con recordar esos momentos para congelar el reloj en un instante eterno: y se vio a sí mismo apilando coches de metal mientras su padre lo grababa con esa joya que fue la Súper 8, recordó las carreras por el pasillo con su patinete, los tiros a canasta bajo un sol abrasador, las tardes de piscina con su hermana, las siestas de verano, las cenas a la fresca en la puerta de la casa, el olor a romero del monte, a azahar de aquel camino a la entrada del pueblo, a pan recién hecho en la cocina. El sabor del arroz de los domingos, el escozor del agua helada cuando el calor más quemaba, las frías tardes paseando en Noche Buena, los naranjos en el patio, las tejas coloridas del resto de casas vistas desde lo más alto de la azotea, el vuelo alocado de los palomos y sus colombaires, los tiros huecos con que rugía la montaña, el camino al cementerio buscando caracoles los días de lluvia, el silencio de las noches más tranquilas del mundo. Recordaba, por supuesto, aquellas ávidas meriendas, compartiendo churros y chocolate al calor de la chimenea, en la mesa camilla del salón. Los silbidos ensordecedores de su abuelo, sus dibujos en libretas repletas de garabatos. No podía olvidar tampoco los rincones de la casa: la oscura y temible despensa que en su interior albergaba montones de delicias, el hueco inhóspito de la lavadora, las habitaciones vacías, llenas de muebles huecos, en el piso superior, el trastero con todos aquellos objetos que desde hacía años creía perdidos, las mecedoras gemelas al pie de la escalera, la parte de atrás de la palmera a la que solo él podía acceder, el escondite en la cochera. Y recordaba también todas aquellas caras que le habían acompañado desde siempre, pero las recordaba con el mismo semblante con que ahora las veía en vídeo, en ese viejo vídeo que logró parar el tiempo para siempre.

Pero recordaba todo esto con un único propósito. Contarlo, escribirlo, hacerlo imborrable. Solo por si algún día le viene también a él a visitar ese cruel monstruo que prohíbe recordar.

Alzheimer

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Cinco horas

Cinco horas. Trescientos minutos. Dieciocho mil segundos. Tiempo suficiente para recorrer medio país. De Madrid a Sevilla. Del calor de Jaén al frío invierno en Teruel. En cinco horas podríamos subir y bajar la Torre Eiffel unas cuantas veces, ver por duplicado nuestra película preferida, aprovechar al máximo una noche de fiesta, dormir lo suficiente como para evaporar todo el alcohol ingerido, o disfrutar de un agradable día de playa. Cinco horas dan para correr una primera maratón y estar orgulloso de ello, para ver dos partidos de fútbol seguidos o, simplemente, para perder el tiempo. Cinco horas se quedarían cortas para visitar una gran ciudad, y sin embargo se harían eternas si lo que hacemos es esperar durante una escala aérea. En cinco horas puedes conquistar al amor de tu vida, perderlo todo en una mala noche de póker o disfrutar de una agradable conversación en una velada de verano. Cinco horas para escribir un capítulo, cinco horas para resolver un enigma, cinco horas para componer una canción. Cinco horas para disfrutar de un concierto y recordarlo. Cinco horas.

Cinco horas. Trescientos minutos. Dieciocho mil segundos. Puede parecer mucho tiempo. Cinco horas. Pero pensándolo bien, cinco horas son tan solo un poco más que una quinta parte del día. ¿Pero dónde están las otras cuatro? ¿Dónde están los otros seis días de la semana? ¿Y los treinta restantes del mes, dónde están? ¿Dónde están los trescientos sesenta y cuatro más que completarían un año? Quizá cinco horas no serán más que un suspiro si lo que queda es recoger cadáveres, atender heridos, consolar viudas, huérfanos, padres sin niños. Contemplar el rostro amargo y podrido de la muerte. ¿Qué son cinco horas en una guerra? ¿Qué son cinco horas de tregua, si les siguen mil más de genocidios? Cinco horas de silencio, rotas tan solo por el llanto roto de la muerte. Cinco horas de trabajo, de luto. Cinco horas llenas de impotencia, de ira, de sangre. Fotografías que nos hablan del ruido seco de los tanques, del olor a pólvora de las balas. Cinco horas tras la muerte de cuatro niños en la playa.

Cinco horas. Trescientos minutos. Dieciocho mil segundos que caen como caen las bombas tras su último silbido. Cinco horas.

Palestina

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Caprichos

En realidad, podría haber sido todo cuestión de horas. Imaginen, justo en el momento en el que Casillas despejaba de puños para brindar una magnífica asistencia al gol de Aránguiz, el nuevo Rey saludaba desde el papamóvil a sus súbditos. Las palabras de Machado volvían a estar de actualidad: «Una España que muere y otra España que bosteza».

O apenas unos días antes, cuando también el mismo Íker se veía desbordado por una Holanda insultantemente superior, en cualquier otro lugar el gobierno de Rajoy ultimaba los detalles de una reforma fiscal que se presentaría justo después, mientras la euforia de unos y la decepción de otros no dejaba a nadie ver más allá.

Una imagen para la posteridad, la de Juan Carlos con su hijo Felipe, que transmitía la fortaleza de un país unido, coincidía con los gritos en la calle de unos cuantos locos que la policía calló de inmediato. Ese día solo podían ondear banderas bicolores, no fuera a ser que se estropeara la fiesta. «Viva la República», gritaban los rebeldes, sin saber la que se les venía encima.

El pequeño Froilán no perdía detalle de tan casposo acto, escondido tras las cortinas del balcón de su habitación. Mientras tanto, sus primas saludaban a los flashes de los periodistas, que solo atendían a la llamada de la agenda setting. La emoción de la reina, la decepción de la Roja.

Y todo esto sucedía al tiempo que Alberto Fabra competía por montar una silla infantil en el nuevo y aclamado Ikea Valencia. «Por fin los ciudadanos de la Comunidad podrán ver cubiertas sus necesidades, y no tendrán que ir a Murcia para probar nuestras exquisitas albóndigas de caballo», se aventuraba a afirmar la embajadora de Suecia en España.

Y el capricho del destino quiso que todo esto sucediera justo en el instante en que, muchos kilómetros al oeste, de nuevo nuestro amigo, el Santo Casillas, daba la cara ante la nación pidiendo disculpas por lo ocurrido: «Lo siento mucho… me he equivocado y no volverá a ocurrir». El fútbol es el opio del pueblo, como perfectamente podría haber dicho Groucho Marx, parafraseando a su tocayo.

Felipe VI

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Contraseñas

¿Y tú de dónde vienes?, me preguntó con un cierto tono de prepotencia. Aproveché los eternos segundos de silencio que siguieron a aquella primera y violenta toma de contacto para detenerme a mirar a mi alrededor. Era incapaz de recordar cómo había llegado hasta esa lúgubre habitación repleta de papeles desordenados, álbumes de fotos y discos de música antiguos. Un perfecto caos dispuesto cuidadosamente en cuatro estanterías que cubrían del suelo al techo las paredes. Tan solo quedaba espacio para una ventana y una puerta que permanecían cerradas. Estaba anocheciendo, y la poca luz que conseguía llegar hasta nosotros apenas me permitía distinguir el rostro de mi misteriosa acompañante.

¿Recuerdas aquellas páginas web que se pusieron tan de moda hace algunos años, en las que podías hacer tu pedido de comida y te lo traían a casa? Sí, afirmó. Pues en una de esas trabajaba yo, le conté, esperando una segunda respuesta que no se dio. Quebró al poco tiempo de empezar, y desde entonces no he vuelto a saber nada más de mis antiguos compañeros, tuve que añadir, obligada, para no prolongar todavía más ese incómodo vacío que dejaban nuestras palabras. Me llamo ÁfriKa, por cierto, dije esperando que ella también me revelara su nombre. Y lo hizo: yo soy 27006513-J. Qué nombre tan extraño, y tan incómodo de pronunciar, contesté. Tú tampoco puedes hablar, guapa, me espetó. Y después de una pequeña pausa, añadió: Puedes llamarme J.

Las horas se fueron sucediendo, y tras su paso dejaron una oscuridad cerrada y fría. Continuamos hablando a ciegas, lanzando nuestras palabras por aquel vacío negro, esperando sin suerte que llegaran a buen puerto. Hasta que por fin nos quedamos dormidas.

El día llegó de pronto, y con la primera luz recordé algunas partes inconexas de la conversación de la noche anterior. Supe que ella ejercía de administradora en un foro de moda y belleza. Aquello de los foros encontró su final tan pronto como había encontrado su éxito. Me contó poco más de su anterior vida.

Los días pasaron lentamente. Matábamos el tiempo leyendo, mirando fotos. Aquel lugar estaba lleno de documentos, muchos de ellos de carácter personal. Pero su dueño nunca apareció para reclamarnos nada.

Llegó un día en que ya lo habíamos devorado todo. Justo en el momento en que cerré la última página del último libro se abrió la puerta. Una intensa luz azul nos cegó durante unos segundos. Entonces lo supe. Era él, el mail de confirmación que durante tanto tiempo había estado esperando. Se acercó a mí, y con una dulce voz me preguntó al oído: ¿eres ÁfriKa? Asentí enérgicamente. Y él simplemente pronunció las palabras con las que tantas veces había soñado. Tu usuario ha venido a por ti. Te ha encontrado. Acompáñame.

Mientras abandonaba aquel lugar, aliviada y orgullosa por tan agraciado destino, eché la mirada atrás para ver por última vez a J. Entonces supe que tan solo era una contraseña más, una de tantas en la red, que continuaba esperando al usuario que algún día la perdió.

contraseña

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