Fiebre

Hace no tanto, cuando marcaba a lápiz en el marco de la puerta hasta dónde alcanzaba mi brazo estirado, cuando los techos de casa los medía en función de si llegaba o no a tocarlos de un salto, cuando más allá de mis pies todavía sobraba cama, cuando era, en definitiva, un niño, solía tener de tanto en tanto episodios de fiebre alta. Eso es porque está creciendo el chiquillo, decía alguien. (El clásico estirón de la infancia, supe años después, entendiendo entonces que no crecería de forma indefinida). Habrá cogido frío por la noche, apuntaba otro. Es un moñas, sentenciaba el de más allá.

Fuera de una manera o de otra, aquellos periodos febriles traían consigo alucinaciones de todo tipo. Tumbado en la cama no tenía escapatoria. Si miraba al suelo, los mosaicos de piedra dibujaban figuras geométricas. Si alzaba la vista al techo, el gotelé me descubría rostros de personas desconocidas. Cerrar los ojos tampoco mejoraba la situación, pues en la oscuridad se organizaba un baile de círculos de colores que cambiaban de tamaño acercándose y alejándose, y conseguían marearme todavía más. A veces asomaba un pie por la ventana y, cerrando un ojo y luego el otro, jugaba a tapar los balcones del edificio de enfrente.

Pero uno de estos delirios que más me sorprendía era el que llegaba en el momento álgido de la enfermedad, justo cuando mi ejército de leucocitos peor lo estaba pasando en la batalla interna de mi organismo. Era un instante tan desconcertante como difícil de describir. Y lo recuerdo más o menos del siguiente modo: después de unos cuantos paños húmedos que mi madre -con la mejor de las intenciones pero sin efecto alguno-, había postrado sobre mi frente, y cuando el calor de mi cuerpo ya no soportaba más (unido esto a las necesidades fisiológicas propias de alguien que lleva más de quince horas en cama), me levantaba, no sin muchas dificultades, decidido a lavarme la cara y aliviar aquel instinto innato. Cuando el grifo del agua empezaba a fluir, sucedía lo que años después he acertado a bautizar como la “realidad aumentada”. Ese goteo incesante pronto se tornaba sólido. La pila del baño crecía exponencialmente de tamaño, hasta el punto de notar que se abalanzaba sobre mí, y yo comenzaba a notar la circulación y el bombeo de mi sangre en la cara, en las manos e incluso en el cepillo de dientes que a duras penas lograba sostener.

Esta sensación tan tremendamente violenta dejé de experimentarla, por suerte, con el paso de los años. Todavía me descubro comparando aquellas rallas del marco de la puerta, y donde antes solo llegaba la punta de los dedos, ahora lo hace la cabeza. Crecí, y la fiebre, el estirón y todos aquellos delirios quedaron atrás. Pero aún hoy hay momentos en los que, de vez en cuando, recuerdo esos ataques de viva ficción.

En realidad no ha pasado tanto tiempo desde los bolsos de Vuitton. Hemos madurado, y aquella angustiosa patología parece que, por fin, ha sido aliviada. Pero que las nuevas recetas, que acabaron, después de tantos años, con esos inútiles parches de paños húmedos, no nos curen de la desconfianza. Los viejos virus siempre están al acecho.

Rita Barberá y Alberto Fabra

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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