Cinco horas

Cinco horas. Trescientos minutos. Dieciocho mil segundos. Tiempo suficiente para recorrer medio país. De Madrid a Sevilla. Del calor de Jaén al frío invierno en Teruel. En cinco horas podríamos subir y bajar la Torre Eiffel unas cuantas veces, ver por duplicado nuestra película preferida, aprovechar al máximo una noche de fiesta, dormir lo suficiente como para evaporar todo el alcohol ingerido, o disfrutar de un agradable día de playa. Cinco horas dan para correr una primera maratón y estar orgulloso de ello, para ver dos partidos de fútbol seguidos o, simplemente, para perder el tiempo. Cinco horas se quedarían cortas para visitar una gran ciudad, y sin embargo se harían eternas si lo que hacemos es esperar durante una escala aérea. En cinco horas puedes conquistar al amor de tu vida, perderlo todo en una mala noche de póker o disfrutar de una agradable conversación en una velada de verano. Cinco horas para escribir un capítulo, cinco horas para resolver un enigma, cinco horas para componer una canción. Cinco horas para disfrutar de un concierto y recordarlo. Cinco horas.

Cinco horas. Trescientos minutos. Dieciocho mil segundos. Puede parecer mucho tiempo. Cinco horas. Pero pensándolo bien, cinco horas son tan solo un poco más que una quinta parte del día. ¿Pero dónde están las otras cuatro? ¿Dónde están los otros seis días de la semana? ¿Y los treinta restantes del mes, dónde están? ¿Dónde están los trescientos sesenta y cuatro más que completarían un año? Quizá cinco horas no serán más que un suspiro si lo que queda es recoger cadáveres, atender heridos, consolar viudas, huérfanos, padres sin niños. Contemplar el rostro amargo y podrido de la muerte. ¿Qué son cinco horas en una guerra? ¿Qué son cinco horas de tregua, si les siguen mil más de genocidios? Cinco horas de silencio, rotas tan solo por el llanto roto de la muerte. Cinco horas de trabajo, de luto. Cinco horas llenas de impotencia, de ira, de sangre. Fotografías que nos hablan del ruido seco de los tanques, del olor a pólvora de las balas. Cinco horas tras la muerte de cuatro niños en la playa.

Cinco horas. Trescientos minutos. Dieciocho mil segundos que caen como caen las bombas tras su último silbido. Cinco horas.

Palestina

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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