Teorizando sobre la manipulación mediática

Entre poco y nada me sorprendió ver el otro día este cartel en una cabina telefónica cerca de mi casa. Bajo el lema «La prevención es la mejor medida», trata de concienciar a la población de que es importante tomar medidas preventivas contra la famosa Gripe A: estornudar tapándose la boca y la nariz con un pañuelo, lavarse las manos con agua y jabón, usar los servicios de salud de forma responsable… (al fin y al cabo, medidas que para muchos podrían resultar de lo más banales, pues estamos o deberíamos estar acostumbrados a realizarlas diariamente).
En este documental (http://www.youtube.com/watch?v=vSxP_30kkd8), Julián Alterini trata de explicar qué se esconde detrás de toda esta alarma social, generada en muy poco tiempo por los medios de comunicación. Y la respuesta, una vez más, parece estar muy clara: NEGOCIO.
Tal y como ya dijo Michael Moore en su conocido documental Bowling for Columbine, la clave de todo reside en el miedo. Una sociedad atemorizada actúa conforme los medios y los políticos desean que actúe. Es tan fácil como bombardear con noticias catastróficas y alarmar continuamente a toda una población para inculcar ese miedo necesario que nos permitirá posteriormente poder manejarla a nuestro antojo.
Si lo que interesa es vender un fármaco contra la Gripe A, bastará con advertir de los peligros de la misma. Si queremos vender una loción antipiojos, será suficiente con pasar circulares en los colegios, comunicando a los padres de las medidas preventivas que deberán tomar sobre sus hijos (esto es, aplicarles nuestra loción). Y lo mismo ocurre con muchísimos otros productos (porque al fin y al cabo, los medicamentos son productos).

Alterini lo plantea de una forma ejemplar en el vídeo. ¿No resulta extraño que, después de toda la preocupación que se generó en torno a la gripe aviar, ahora ya nadie hable de ella?
Una sociedad con miedo es una sociedad oprimida, incapaz de pensar y actuar por sí misma. Y esto es lo que realmente interesa a los que están «ahí arriba», a los que tienen intereses en juego.

Pero cuidado, con todo esto no quiero restarle importancia a esta ¿pandemia? (no sé si diría tanto). Es por todos sabido el peligro de esta gripe, pero no tan sabido es el peligro de otras enfermedades. Muere muchísima más gente al año por gripe normal que por Gripe A (en el documental están las cifras exactas). Sin embargo, nos empeñamos en mirar hacia otro lado… hacia su lado. Porque sin duda, están ganando esta batalla psicológica, y si no somos un poco críticos con esto, podrán hacer con nosotros todo aquello que les venga en gana.
Es muy importante tomar medidas preventivas contra esta nueva enfermedad. Por supuesto que lo es. Pero es igual de importante saber qué se esconde detrás de todo esto. De nada sirve alarmarse sin saber por qué.
En cualquier caso, vivimos en un país en que me atrevería a decir que somos especialmente «peculiares». En China, por ejemplo, son los propios ciudadanos, previamente educados bajo unas consignas de responsabilidad cívica, los que llevan mascarillas; no para no contagiarse ellos (que también), si no para no contagiar a los demás.
Pero esto no es China. En un país en que se trata de incluir en el plan de estudios una asignatura llamada «Educación para la ciudadanía», y pasa lo que pasa… quizá sería mucho más útil llenar nuestras cabinas de teléfonos con carteles como este. Seguro que más de uno se lo tomaba en serio.

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Limón ácido

La historia que voy a contaros tiene su comienzo en una calurosa noche de verano, allá por el mes de julio.
Como ya narré en su día, tuvimos la oportunidad de pasar gratis a la mejor terraza chill out de Valencia: L’Umbracle Terraza; no sin antes hacer una pequeña parada en uno de los pubs que están al otro lado del río: el On the rocks.
El ambiente, como podéis imaginar, era de lo más elitista. Al lado de todos aquellos treintañeros trajeados, mis dos queridos amigos y yo parecíamos los «aparcacoches» del local. Pese a todo, nos hicimos el ánimo, y entramos.
Nada más hacerlo, un hombre que superaba con creces la edad media de 30 años que allí reinaba, se acerco a Ángel y empezó a hablar con él.
«Ya le han tirado los trastos», le comenté yo a Luis, entre risas. Al poco, Ángel volvió con una sonrisa sospechosa y, tras preguntarle por su nuevo amigo, nos dijo: «nos invitan a la fiesta vip de Ferrari».
Incrédulos, preguntamos por más detalles, y antes de que Ángel pudiera abrir la boca, aparecieron dos rubias despampanantes, nos dieron una pulserita muy elegante a cada uno, y empezaron a recitar, cual contestador automático…
«Como ya sabéis, los días 21, 22 y 23 de agosto, se celebra en Valencia el Gran Premio de Europa de Fórmula 1. Ferrari está buscando gente joven para invitarla al paddock privado de la escudería, con barra libre, entrada a la zona vip del circuito, encuentros con los pilotos e infinidad de sorpresas».
Sin ni siquiera esperar a oir nuestra contestación, nos pidieron el número de móvil y el DNI. «Recibiréis un sms con todas las instrucciones para ir a por las acreditaciones». Después de dedicarnos un guiño de ojos de lo más erótico, se fueron por donde habían venido. Nosotros, seguimos a lo nuestro.
La noche acabó sin mayor novedad, y al cabo de unos días sonó el móvil: «INFO. Recoge tu programa personal para el evento de la F1 mañana en el meeting point en el hotel Marina Atarazanas de la av. del puerto desde las 10.30 a 21.30». Tras agradecer las comas a quién había escrito aquello, y recuperar el aliento, decidí que debía ir a por mi programa personal. Ángel, ya en Canarias, no pudo acudir al meeting point, pero Luis se dignó a acompañarme.
El hotel era de lo más lujoso. Nuestros amigos de Ferrari tenían montado un stand (como así lo llaman) en recepción. Una mesa y cuatro o cinco ordenadores para tres personas, que no daban abasto. La espera mereció la pena. Una chica muy guapa me atendió, no sin antes preguntarme si era mayor de edad. No sé quién de los dos se rió más del otro. «Verás… se trata de una fiesta en la que combinamos racing para los chicos y glamour para las chicas… y sólo pueden ir mayores de 18 años», intentó excusarse. En cualquier caso, el DNI solucionó el problema.
La joven comprobó en la base de datos que estaba en la lista de los privilegiados (privilegiados para ellos, supongo) y me explicó, una vez más, en qué iba a consistir el evento. «Racing y glamour, ya lo sé».
Su compañero fue el encargado de darme un pen (ellos lo llaman llave usb) con el programa detallado. Un pdf, con el título de «Friday», hacía prever lo que guardaba en su interior:
VLC: Valencia Street’s Circuit. Friday, 21th August.
Formula One, Grand Prix of Europe.
El espacio más de moda en el Mundial de la formula uno , la mejor gente de Valencia, ven a degustar la deliciosa combinación de Party & Racing que hemos preparado para ti.
Vive toda la pasión del automovilismo desde la ubicación más privilegiada con una perspectiva única del circuito padock y pilotos.
Disfruta de una selección exquisita de los más sublimes platos de nuestra carta internacional con el acompañamiento de los mejores cócteles y la música más exquisita.
Drescode:
Jugando con los colores blancos, platas y acidos.
Very Important People, está a tu disposición del 10 al 20 deAgosto en AC Valencia, AV. Francia 67,
Valencia o en tu teléfono de contacto +34 608 069 866. Se ruega siempre puntualidad. Es una invitación personal e intransferible y sólo valida para mayores de 18 años.
También incluía el horario de entrenamientos, todo en inglés, por supuesto. Me vi tentado de preguntar si tenían un programa en valencià, pero incomprensiblemente desaproveché la oportunidad de hacerlo.
Después de darme la llave mágica, el simpático señor ferrari, nos explicó detalladamente en qué consistía el código de vestimenta (el drescode, para entendernos). «Jugaremos con la combinación de blancos y platas; y también queremos que llevéis algún detalle en limón ácido o naranja ácido. Los chicos podéis haceros un pequeño tattoo, o un detalle en las gafas… las chicas podéis pintaros las uñas o maquillaros sutilmente con uno de estos colores…» (¡qué diver!, exclamó la que estaba a mi lado. La miré de reojo y vi que llevaba una banderita de España en la muñeca. Suficiente). El chico continuó y, mirándome, preguntó: «¿Sabéis qué colores son el limón y el naranja ácido, no?». «Por supuesto», contesté.
Tras darnos mutuamente las gracias, abandonamos aquel extraño lugar y acordamos vernos el día del evento, que casualmente es hoy. Pero aquí estoy, delante del ordenador, escribiendo estas líneas, pudiendo estar codeándome con la élite de la ciudad que, al fin y al cabo, es lo que ellos pretenden.
No sé en qué nos hemos convertido, pero creo sinceramente que este tipo de cosas no están hechas para nosotros… ¡Mejor que las disfruten todos aquellos que sepan qué color es el limón ácido!
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¿Grupo de amigos o intereses de grupo?

Hace ya unos cuantos veranos veíamos todos desde nuestro sofá esta entrañable imagen. Gasol y compañía levantando el título de campeones del mundo (que se dice pronto).
Casi tres años más tarde podíamos deleitarnos con esta otra. Gasol y los suyos (los otros suyos) levantando el trofeo de campeones de la NBA, considerada por muchos como la mejor liga del mundo; por lo que podríamos decir que Pau Gasol es, ahora mismo, campéon del mundo por partida doble.

Hasta aquí todo parece color de rosa. Pero, ¿qué pasa cuando los intereses de un grupo confrontan con los intereses de otro grupo? Me estoy refiriendo a la ya conocida lesión y posible ausencia de Pau en el Eurobasket, que se disputará el próximo mes de septiembre en Polonia.

Gasol se lesionó el dedo índice de su mano izquierda durante un entrenamiento y tuvo que ser operado de urgencia. Ahora deberá estar entre 12 y 14 días de reposo, hasta la retirada de sus puntos; y un total de 20 con una férula en el dedo. Sólo a partir de entonces podrá empezar a tocar balón, por lo que llegaría muy justo al inicio de la competición.
Pese a todo, nuestro Super-Pau se muestra optimista ante los medios. «No veo por qué abandonar», afirma (declaración, a mi entender, algo egoísta; pues otros jugadores lesionados, como Berni, conscientes de su limitación, han decidido renunciar de antemano. Pero bueno, eso es otro tema y no entraré en más detalles de los necesarios).

El caso es que el jugador parece estar más ilusionado que nunca. Y, cómo no, el maravilloso grupo de amigos que es nuestra selección (porque, no lo olvidemos, aquí nadie juega por intereses lucrativos o económicos, NO, tan sólo son un grupo de amigos que se divierten jugando a esto) también se han mostrado muy optimistas con la presencia de Pau en el torneo (véanse declaraciones de Scariolo y Navarro).

Pero, ¿qué ocurre con «los otros», con su equipo, con los Lakers? Como era de esperar, el médico del equipo ya ha viajado a España para ver en qué estado se encuentra su pequeño gran diamante. Según parece, el equipo angelino está demasiado pendiente (resulta comprensible) y han decidido hablar con el médico español para seguir el tema más de cerca.

Volvemos pues a lo de siempre. No interesa que un jugador de la talla de Gasol, recién campeón de la NBA, cobrando lo que cobra, y siendo tan importante para su equipo; se lesione jugando una «pachanga» con sus «amiguetes» en Polonia.
De la misma forma que no va Dirk, ni va Luol Deng, ni Ben Gordon, ni Kirilenko, ni un largo etcétera; mucho me temo que tampoco irá nuestro querido hermano mayor. Porque el dinero es lo que tiene, y un contrato multimillonario está por encima de cualquier cosa.
La NBA, una vez más, tiñe Europa con su poderío económico y sus salarios desorbitados. La NBA hace que un torneo (el Eurobasket) que podría ser de los mejores, si no el mejor, a nivel de baloncesto profesional, se convierta en un mero desfile de «secundones» (y perdón por la expresión) que no contarán con la presencia de sus amiguitos los ÑBA simplemente porque el magnate de turno así lo quiere (y aún diría más, no sólo el magnate… me aventuraría a decir que el propio Pau prefiere no forzar, digan lo que digan).
Pase lo que pase, no hay por qué preocuparse. El señor Gominolo tiene la solución perfecta: llevar cuatro bases y jugar cinco abiertos. Sin duda me parece la selección más floja de todas las de la era post-pepu. Pero no importa, el resto de selecciones tampoco contarán con sus «Gasoles», y ya sabemos por qué…
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"E’cclesón" unos sinvergüenzas

Resulta curioso lo que hace el dinero. Quizá más que curioso, sorprendente.

A mitad de agosto, nuestra gran ciudad, sede española (y cuando digo española se me llena la boca) de la Fórmula 1, acogerá los circuitos de no sé qué campeonato.
Mira tú por dónde, precisamente en su país, el pobre Fernando Alonso no podrá competir. Parece ser que tiene un equipo de mecánicos ineptos que a punto estuvieron de pegarle un susto a cualquier otro pobre piloto (que, digo yo, ¿sería demasiado cruel pensar que esa rueda fue mal apretada a propósito?).

En cualquier caso, eso es tema aparte. La cuestión es que nuestro piloto (y digo nuestro porque nos representa a todos nosotros, a todos los españoles) no podrá competir en nuestro país. Por una cosa o por otra, «Alonso no correrá en Valencia», que bien podría ser y fue la portada de cualquier periódico nacional.

Hasta aquí todo medianamente normal. Pero a los pocos días de conocerse la trágica noticia que os acabo de relatar, se lanza otra no menos impactante. Michael Schumacher, quien fuera el piloto más laureado de la historia, y retirado desde 2006, anunciaba que volvería al asfalto para sustituir a su (ex)compañero Felipe Massa. Y lo haría precisamente aquí, en Valencia, donde no olvidemos que no correra nuestro querido Fernandito.

Llamadme excéntrico, retorcido o mal pensado… Pero, precisamente en estos tiempos difíciles que corren, con una coyuntura económica tan delicada, y sabiendo además que el único piloto español no iba a estar presente en el campeonato que se celebra en su país… ¿acaso no resulta, cuanto menos lógico, cuestionarse que alguien haya hecho coincidir el retorno de Schumacher con la ausencia de Alonso?

Contando con que (bastante) más de la mitad del turismo nacional que iba a venir a Valencia a ver el Gran Premio, lo hacía por ver al asturiano; y que probablemente de no estar él, las gradas de nuestro precioso circuito urbano iban a sufrir un más que notable descenso de público… ¿de verdad es tan retorcido preguntarse: y si es que Schumacher vuelve únicamente para que al menos haya un mísero argumento para comprar una entrada?
¿Alguien se cree que el Kaiser prefiere venir a pasar calor a Valencia, en pleno mes de agosto, pudiendo estar en una isla perdida con un mojito en la mano?

No sé por qué, pero me huele que «la pela, es la pela». Y quedaría muy feo ver a Lobato haciendo un speech con las gradas a su espalda, medio vacías. Después de todo el esfuerzo y sacrificio que nuestra Rita ha puesto para que esto salga lo mejor posible. Después de todo el empeño por construir una «Valencia del futur»…

¡A los boxes!

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L’umbracle Terraza

Cool.
Creo que esa es la palabra más apropiada para referirse a esta agradable terraza de verano. Buena música, buena gente, excelente decoración, zona vip, zona chill out y pista de baile… ¿Qué más se puede pedir? Sin duda un sitio puntero en lo que a la noche valenciana se refiere.
Se respira un clima elitista, de un elevado caché y un «buenrollismo» sospechoso. Pero, fuera bromas, la verdad es que el sitio está muy bien montado. El único problema es dónde.
L’umbracle es un paseo ajardinado en la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Cuenta con una superficie total de unos 7.000 metros cuadrados, de los cuales 3.000 se han transformado en L’umbracle Terraza. Es decir, en una discoteca privada con vocación de proporcionar un ambiente cosmopolita y contemporáneo.
Por tanto, lo que en principio era un lugar público, pagado con los impuestos de todos los ciudadanos, ha pasado a ser un lugar privado, hábilmente explotado por una empresa privada.
Pero, ¿cómo es posible que se haya permitido privatizar un espacio público? ¿Por qué se ha consentido que un jardín público, de todos, sea ahora una discoteca privada, de unos pocos empresarios (y, por cierto, con una política de derecho de admisión un tanto discriminatoria…)?
No creo que se trate de un problema de la empresa en cuestión. La empresa, como cualquier otra, pretende ganar dinero, y poco o nada le importa cómo hacerlo. Creo más bien que el problema deriva de otro sitio. ¿Del gobierno municipal? Probablemente.
Es realmente vergonzoso que hayan levantado la mano de esa forma. Es inadmisible que hayan permitido la privatización de un lugar público de una manera tan sumamente descarada.
No me sorprende en absoluto leer que para los días 22, 23 y 24 de agosto, L’umbracle Terraza será la sede de inumerables fiestas que se celebrarán con motivo de las carreras de Fórmula 1, y a las cuales acudirán alrededor de unos 1200 invitados entre empresarios, personalidades, vips, deportistas…
Y no me sorprende, como tampoco me sorprendería en uno o dos veranos encontrarme con un Viveros Sessions o un Parterre Night Club.
Lo peor de todo es que el PP lleva al cargo de la alcaldía de Valencia no sé cuántos años. Y los que nos quedan. ¿Culpables? Si con cosas como esta, se nos cae la baba, vaya usted a saber…

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Mi nuevo ídolo

ADVERTENCIA

El último superviviente es una guía sobre las técnicas de supervivencia en situaciones extremas. Algunas escenas han sido dramatizadas. Tanto el equipo como el protagonista han sido asistidos durante la grabación por razones sanitarias. Antes de adentrarse en cualquier entorno potencialmente peligroso consulte un guía profesional.

Es decir, niños, no intentéis esto en casa.

Bear Grylls (1974) es un británico, ex soldado de las fuerzas especiales y conocido por su famosa serie Man VS Wild, traducida en España como El último superviviente.

La serie en cuestión suele adquirir siempre el mismo formato en todos sus capítulos: Bear se adentra en uno de los lugares más inhóspitos y peligrosos de la tierra, poniéndose en la piel de un aventurero perdido, y trata de enseñarnos cómo salir con vida de allí.
Cualquier cosa es válida para conseguirlo. Y cuando digo cualquier cosa… quiero decir cualquier cosa; desde beber los fluídos de un excremento de camello, hasta comer testículos de cabra o adentrarse en el Pacífico con una pequeña balsa, rodeado de tiburones tigre…
Para hacernos una idea, las serpientes son uno de los manjares más habituales que forman parte de su peculiar (y escasa) dieta en cada una de las aventuras que corre.

Al margen de todo, lo que más me sorprende de este simpático inglés es la tremenda capacidad que tiene para meterse en el papel de un turista perdido, sin más herramientas que un cuchillo, un pedernal y una cantimplora, y hacer que el espectador, desde el sofá de su casa, pueda pasar verdadera angustia viendo como su vida peligra en cada minuto.

Lógicamente, un equipo de cámaras y al menos un médico le acompañan. Está documentado y sabe lo que hace en todo momento. Incluso dramatiza en ciertas escenas. Pero ello no le quita mérito, ni mucho menos. Lo fascinante es que consigue abstraerse, y si tiene que comerse una larva de gusano de diez centímetros de largo, lo hace, sin mayor contemplación. Eso sí, no siempre consigue digerir todo lo que come (creo recordar que en Ecuador sufre una diarrea un tanto inoportuna).

En definitiva, quería rendir un pequeño homenaje al que considero, al menos por estos aburridos días de verano, mi nuevo ídolo. Un tío capaz de hacer cualquier cosa para demostrarse y demostrarnos que no es ni mucho menos imposible sobrevivir, aún en las condiciones más adversas. Y, sobretodo, alguien capaz de (a su manera) transmitirnos una valiosa lección para cualquier ámbito de la vida: nunca se debe perder la esperanza, porque cuando parece que está todo en tu contra, justo cuando cualquier otro tiraría la toalla, quizá merezca la pena seguir luchando. Porque el final del camino está al alcance de todos. La única diferencia, en muchos casos, tan sólo radica en la fuerza de voluntad de cada uno. Y, sin duda, habrá merecido la pena.
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Crónica de una noche antiFIB

16.00 Con un billete de ida y vuelta a Benicassim, un bocata, poco dinero y muchas ganas de fiesta, pusimos rumbo hacia el FIB. El tren salía a las 17.00 y volvía a las 9.00 de la mañana siguiente. Sin entrada y con una sola idea (absurda) en la cabeza: hacer una foto cada hora.

17.00 El viaje no fue todo lo cómodo que podría haber sido, pero un regional no daba para más. Una simpática señora amenizó el trayecto. Como no podía ser de otra manera, el básquet fue el tema de conversación más recurrente.

18.00 La estación de Benicassim estaba un poco más lejos de lo esperado. A unos 15 minutos del recinto, pero a más de media hora del resto de la civilización. La primera idea era ir a la playa. Nos esperaba un largo paseo.

19.00 Llegamos al pueblo después de haber inspeccionado levemente las afueras del FIB. El ambiente era realmente espectacular. Lleno de gente (sobretodo guiris) que se apelotonaba a las puertas de un Mercadona bastante céntrico. Desestimamos la opción de entrar y seguimos hacia la playa en busca de otro supermercado. Acabamos en un ultramarino, en medio de inmensos bloques de apartamentos veraniegos.



20.00 Llegamos a la playa. Cenamos y bebemos allí. La idea de Ángel (bebernos una de las dos botellas de vodka-naranja sorbo a sorbo, por turnos y sin parar) parece tener los efectos esperados a corto plazo.

21.00 He aquí los efectos. Se empiezan a oir las primeras tonterías, como que aquel humo que se ve a lo lejos debe de ser «de una torrá en un chalet de por ahí arriba». Abandonamos la playa en busca de la torrá.

22.00 La torrá en cuestión resultó ser un incendio en la zona de acampada del festival. Como diría Franz Ferdinand la noche siguiente, «this fire is out of control». Pero la fiesta continuaba.

23.00 Pese al fuerte viento conseguimos llegar a la explanada en la que estaban las puertas del recinto, es decir, nuestro final del camino. Allí se dieron cita una elevada cifra de jóvenes de todas partes. En la foto, con Sophie, una simpática neozelandesa, que hizo que el cursillo intensivo de inglés sirviera para algo.

00.00 Medianoche. En esta foto, con el que sin duda fue el personaje más entrañable de todo el viaje. Se consideraba a sí mismo un poeta, bohemio y vividor. «¿Buscas un sentido a la vida? Bonita forma de perderla», acertaba a decir su camiseta.

01.00 He aquí la antítesis a nuestra noche. Unas malagueñas que habían ido a disfrutar de la fiesta los cuatro días, en avión y alojándose en un apartamento en segunda línea de playa. Otro nivel…

02.00 Las fuertes ráfagas de viento obligan a suspender el concierto estrella de la noche: Kings of Leon. La gente empieza a marcharse de la explanada, pero a nosotros nos quedaban todavía siete horas de larga noche. Decidimos continuar la fiesta en el pueblo, de pub en pub.

03.00 No, esta no es la foto de las cinco de la mañana. A las tres decaímos un poco, pero «Servesita fría un euro» nos ayudó a mantenernos despiertos un rato más.

04.00 Si te pasas, te lo pierdes.

05.00 Se nos acabaron las pilas. Segunda genial idea de Ángel: «vamos a la estación a dormir, que seguro que está abierta, y cuando nos despertemos ya estamos allí». El único problema es que la estación estaba cerrada. Nos tocó dormir en el suelo, realmente congelados de frío, abrazaditos unos a otros.

06.00 Con el viento y el frío era imposible conciliar el sueño. Tan sólo podíamos mirar con los dientes largos a los ingleses que dormían en una tienda de campaña, tapaditos con mantas, a medio metro de nosotros.

07.00 Tras una cabezadita de diez minutos, nos despierta alguien. Van a abrir la estación. Dormimos sentados en los bancos de dentro. Al menos no hacía frío, pero casi prefería el suelo.

08.00 Dormimos, unos más que otros.

09.00 Sale el tren y seguimos durmiendo, esta vez un poco más cómodos. El viaje de vuelta se hace bastante llevadero. Nos despertamos ya en Valencia.

10.00 Llegamos a casa. Ha sido duro y no ha habido concierto, pero sin duda ha merecido la pena. El año que viene más.

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"Pobre de mí"

Porque una imagen vale más que mil palabras. Y nadie mejor que los medios de comunicación saben de la importancia de esta máxima.

Ayer acabaron los San Fermines de 2009. Se saldaron con un muerto y otros tantos heridos. Pero más allá de la muerte de Daniel Gimeno, recordaré tristemente estos San Fermines por el particular tratamiento mediático que se les ha dado.

Creo no haberme levantado ni una sola vez este año para ver los encierros en directo. Pero tampoco ha sido necesario. Al mediodía, a la hora de comer, o mientras cenaba, ya se encargaban todos los telediarios de recordarme cuántos habían caído esa mañana.
Poco o nada importaba que no hubieras visto en vivo la muerte de este joven. Youtube y todas las webs de las cadenas de televisión se empeñaban en recoger rápidamente las imágenes y hacerse eco del acontecimiento.
En este sentido, no puedo evitar hacer una mención especial a Cuatro, que incluso hacía alarde de ser la cadena que ofrecía las imágenes de la muerte del joven en rigurosa exclusiva. Gracias, de verdad.
Pero, pensándolo fríamente, ¿no es el espectador quien demanda este tipo de contenidos audiovisuales? Sinceramente, si el encierro en cuestión consistiera en que salen los toros, corren únicamente los que saben correr (como así lo pide cada vez más gente) y llegan a la plaza sin que pase absolutamente nada, ni un tropiezo, ni un mínimo rasguño… si así fuera, ¿alguien cree que la gente se levantaría por la mañana para ver como lo televisan? O, más aún… ¿alguien cree que lo televisarían?
Quizá el problema no está en que corra gente borracha, descalza o desnuda. Quizá el problema está en que muchos (los primeros, los medios de comunicación) quieren que sea este tipo de gente la que corra el encierro. Porque lo que realmente importa es ver qué pasa cuando llegan a la curva peligrosa. O ver qué pasa cuando se tropieza el primero. O ver qué pasa cuando un toro da media vuelta y mira desafiante a la decena de guiris que tiene a sus espaldas…
Somos pues nosotros, los espectadores; y son los medios los que demandan que esto pase. Queremos sangre. Porque, amigos, ahí está el negocio.

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Sala de espera

A mi gran amigo Txemi

Eran casi las seis de la tarde de un caluroso día de verano. Quizá del mes de julio.
Había comido con una amiga y, ya de camino a casa, empecé a encontrarme mal. No me asusté, pues no venía de nuevas. Mareo, dolor de cabeza, cansancio… era ya la tónica más repetida durante las últimas semanas. Cosas de la edad, supongo.

El caso es que aquella tarde no tenía absolutamente nada que hacer. Opté por ir a urgencias. Aquello cada vez iba a más y no me daba muy buena espina. Al fin y al cabo, me daba lo mismo estar sentado en la sala de espera que en el sofá de mi casa.

El panorama era desolador. Estaba lleno de personas mayores. Una anciana, rechoncha y con la tez pálida, gemía de dolor cada vez que la enfermera pasaba por su lado.
Unos cuantos asientos más allá, una niña me miraba con los ojos enrojecidos y llorosos. Llevaba un gotero en su brazo derecho.
También había un matrimonio de avanzada edad. Él ojeaba el periódico mientras ella sostenía con una mano una gasa en su ojo, y con la otra se abanicaba impacientemente.

Pasaban las siete de la tarde. Ya me habían tomado la tensión. Todo en orden. Esperaba a ser atendido con la mirada puesta en el infinito. No podía leer, me dolía demasiado la cabeza y el mareo era insoportable. Tampoco podía escuchar música, pues si me llamaban no me iba a enterar…

Para tratar de combatir el aburrimiento, fui al baño. Me refresqué la cara y me miré en el espejo. Pensé que quizá tampoco era para tanto. Toda la gente que allí había seguramente tendría muchos más motivos que yo para haber ido a urgencias un viernes por la tarde. Se me pasó por la cabeza fingir un desmayo… pero descarté la idea.
Volví a mi asiento con la esperanza de que, al volver a salir la enfermera, pronunciaría mi nombre y sería yo el siguiente en entrar a la consulta. Pero no fue así. La gente se iba, y llegaba nueva.

De pronto, un inmenso ajetreo inundó la sala. Gritos, jaleo. Unos cuatro enfermeros pasaron rápidamente por mi lado. Sujetaban una camilla con un joven que no podía parar de lamentarse. Olía a dolor. Desaparecieron por una puerta, al fondo del pasillo. Y luego, de nuevo la calma.

Silencio. La espera cada vez resultaba más insostenible. Miré de nuevo el reloj, que ya marcaba las diez de la noche. Tenía hambre, pero decidí aguantar un poco más, porque cada vez quedaba menos gente por ser atendida.

Al cabo de un rato, fui a preguntar a la enfermera. Ésta me dijo que hablara con el señor de secretaría y aquel, a su vez, me remitió a la enfermera. Volví de nuevo a mi asiento.

Ya no me quedaban uñas por morder. Ahora, más que hambre tenía sueño. Pero el dolor de cabeza no me permitía ni siquiera cerrar los ojos. Cada vez que lo hacía, notaba como un centenar de agujas se clavaban en mi cabeza, y toda la sala de espera me daba vueltas.
Fui de nuevo al baño, con la intención de vomitar. Pero estaba ocupado y volví a sentarme.

A las once y media volví a intentar establecer contacto con la simpática mujer de bata blanca. Esta vez me dijo que hacían todo lo que podían, y que la consulta no daba más de sí. «No podemos atender a todos a la vez, ¿comprende?»
Giré la vista hacia donde había estado sentado hasta entonces. Vi la sala completamente vacía. Tan sólo había un hombre con la pierna escayolada, haciendo crucigramas en un periódico. Esbocé una media sonrisa y regresé a mi sitio.

A las doce menos cuarto de la noche ya no quedaba nadie. Salió de nuevo la mujer ajetreada. Nos miramos. La interrogué con los ojos. Ella hizo un intento de acercarse hacia donde yo estaba y, con la boca a medio abrir, dió media vuelta y volvió a entrar por donde había salido.
En ese instante me sentí completamente vacío por dentro. Como un muñeco de trapo olvidado, como un perro abandonado… Traté de soportar el nudo en la garganta, pero se me escapó una lágrima, que inmediatamente sequé con la manga de la camisa.

Con la cabeza gacha, me levanté y me fui a casa. Peor no podía estar, pensé. El reloj de la salita marcaba las doce en punto.

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2×1

Resulta curioso cómo, al llegar época de rebajas, nuestra única preocupación es consumir. No importa cuál sea la coyuntura económica, no importa nuestro estado de ánimo, ni siquiera importa si aquello que vamos dispuestos a comprar realmente sea algo que necesitemos de verdad.

Asímismo, resulta también curioso cómo el propio sistema es capaz de crear esa necesidad en las personas, ese «vacío» que sólo puede ser llenado mediante el consumo, no importa de qué ni por qué. Lo único que cuenta es gastar, comprar, consumir.

¿Cuántas veces hemos oído, a algún amigo o conocido, aquello de «joder, llevo toda la tarde de compras y todavía no me he comprado nada»? Quizá sea porque no necesites nada. Pero, entonces, ¿por qué esa obsesión por la compra?

Recuerdo que no hace demasiado pude leer en uno de esos folletos de propaganda algo así como: «Televisor de 42 pulgadas, con TDT incluído y altavoces con sistema de sonido envolvente. Necesario para poder disfrutar de todos los contenidos audiovisuales en el salón de tu casa».

Pero, ¿cómo que necesario? ¿Quién eres tú, más que un simple folleto arrugado, para aparecer de pronto en mi buzón y decidir por mí lo que me conviene y lo que no? ¿Quién mejor que yo va a saber qué necesito y de qué cosas puedo prescindir?

Si nos fijamos, es increíble la cantidad de anuncios, publicidad y mensajes que están escritos bajo esta misma lógica; tratando de imponer necesidades en los consumidores que no tienen por qué corresponderse con sus propios intereses. De esta manera, no es difícil entender a todas aquellas personas que hacen cola la mañana del día uno de julio, a las puertas de unos grandes almacenes…

Es tan sorprendente esta identificación de los intereses del sistema con los intereses de los individuos, que resulta incluso cómico la figura de los que a mí me gusta llamar «dependientes de incógnito».
Ahora, al ir una tienda, ya no te atiende un señor o una señora uniformada, inequívocamente empleado/a del establecimiento. Ahora, al ir a comprar (sobretodo a tiendas más dirigidas hacia un cliente juvenil), no hay dependientes. Tan sólo hay una decena (en el mejor de los casos) de jóvenes disfrazados de incógnito; con los vaqueros rasgados y una camiseta moderna, que se pasean mirando y, de vez en cuando, doblando ropa. Cuando menos te lo espera, se acercan mirándote como si te conocieran de algo y, con una sonrisa vacilona te susurran:

«Si necesitas cualquier talla, dímelo, vale? Yo estaré por aquí».

Ejemplo de «dependienta de incógnito»

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