Sala de espera

A mi gran amigo Txemi

Eran casi las seis de la tarde de un caluroso día de verano. Quizá del mes de julio.
Había comido con una amiga y, ya de camino a casa, empecé a encontrarme mal. No me asusté, pues no venía de nuevas. Mareo, dolor de cabeza, cansancio… era ya la tónica más repetida durante las últimas semanas. Cosas de la edad, supongo.

El caso es que aquella tarde no tenía absolutamente nada que hacer. Opté por ir a urgencias. Aquello cada vez iba a más y no me daba muy buena espina. Al fin y al cabo, me daba lo mismo estar sentado en la sala de espera que en el sofá de mi casa.

El panorama era desolador. Estaba lleno de personas mayores. Una anciana, rechoncha y con la tez pálida, gemía de dolor cada vez que la enfermera pasaba por su lado.
Unos cuantos asientos más allá, una niña me miraba con los ojos enrojecidos y llorosos. Llevaba un gotero en su brazo derecho.
También había un matrimonio de avanzada edad. Él ojeaba el periódico mientras ella sostenía con una mano una gasa en su ojo, y con la otra se abanicaba impacientemente.

Pasaban las siete de la tarde. Ya me habían tomado la tensión. Todo en orden. Esperaba a ser atendido con la mirada puesta en el infinito. No podía leer, me dolía demasiado la cabeza y el mareo era insoportable. Tampoco podía escuchar música, pues si me llamaban no me iba a enterar…

Para tratar de combatir el aburrimiento, fui al baño. Me refresqué la cara y me miré en el espejo. Pensé que quizá tampoco era para tanto. Toda la gente que allí había seguramente tendría muchos más motivos que yo para haber ido a urgencias un viernes por la tarde. Se me pasó por la cabeza fingir un desmayo… pero descarté la idea.
Volví a mi asiento con la esperanza de que, al volver a salir la enfermera, pronunciaría mi nombre y sería yo el siguiente en entrar a la consulta. Pero no fue así. La gente se iba, y llegaba nueva.

De pronto, un inmenso ajetreo inundó la sala. Gritos, jaleo. Unos cuatro enfermeros pasaron rápidamente por mi lado. Sujetaban una camilla con un joven que no podía parar de lamentarse. Olía a dolor. Desaparecieron por una puerta, al fondo del pasillo. Y luego, de nuevo la calma.

Silencio. La espera cada vez resultaba más insostenible. Miré de nuevo el reloj, que ya marcaba las diez de la noche. Tenía hambre, pero decidí aguantar un poco más, porque cada vez quedaba menos gente por ser atendida.

Al cabo de un rato, fui a preguntar a la enfermera. Ésta me dijo que hablara con el señor de secretaría y aquel, a su vez, me remitió a la enfermera. Volví de nuevo a mi asiento.

Ya no me quedaban uñas por morder. Ahora, más que hambre tenía sueño. Pero el dolor de cabeza no me permitía ni siquiera cerrar los ojos. Cada vez que lo hacía, notaba como un centenar de agujas se clavaban en mi cabeza, y toda la sala de espera me daba vueltas.
Fui de nuevo al baño, con la intención de vomitar. Pero estaba ocupado y volví a sentarme.

A las once y media volví a intentar establecer contacto con la simpática mujer de bata blanca. Esta vez me dijo que hacían todo lo que podían, y que la consulta no daba más de sí. “No podemos atender a todos a la vez, ¿comprende?”
Giré la vista hacia donde había estado sentado hasta entonces. Vi la sala completamente vacía. Tan sólo había un hombre con la pierna escayolada, haciendo crucigramas en un periódico. Esbocé una media sonrisa y regresé a mi sitio.

A las doce menos cuarto de la noche ya no quedaba nadie. Salió de nuevo la mujer ajetreada. Nos miramos. La interrogué con los ojos. Ella hizo un intento de acercarse hacia donde yo estaba y, con la boca a medio abrir, dió media vuelta y volvió a entrar por donde había salido.
En ese instante me sentí completamente vacío por dentro. Como un muñeco de trapo olvidado, como un perro abandonado… Traté de soportar el nudo en la garganta, pero se me escapó una lágrima, que inmediatamente sequé con la manga de la camisa.

Con la cabeza gacha, me levanté y me fui a casa. Peor no podía estar, pensé. El reloj de la salita marcaba las doce en punto.

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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Una respuesta a Sala de espera

  1. GRACIAS POR ESTA ENTRADA A TU ECLECTICO BLOG, DON PABLO. EMPIEZO A SOSPECHAR QUE DETRAS DE ESTOS TEXTOS NO SE ESCONDE LA FIGURA DEL GRAN PEPUS, SINO UN NARRADOR QUE PODRIA GANAR ALGUN QUE OTRO VIAJE MAS A PORTAVENTURA. EN ESTE BASADO EN HECHOS REALES (O CASI)REFLEJAS UNO DE LOS LUGARES MAS DEPRIMENTES QUE UNO TIENE QUE VISITAR ALGUNA VEZ EN SU VIDA COMO ES UNA SALA DE ESPERA DE UN HOSPITAL, HABITADA POR PERSONAS ENFERMAS E IMPACIENTES POR TENER UNA RESPUESTA A SUS DOLENCIAS. SOLO PUEDO IMAGINAR UN SITIO PEOR, QUE ES UN TANATORIO. DURANTE LAS HORAS DE ESPERA, SOBRE TODO CUANDO UNO ESTA ASUSTADO, UNO PASA POR DISTINTAS FASES, DESDE LA COMPRENSIÓN ANTE LA GRAVEDAD DE LAS ENFERMEDADES DE LOS DEMAS, DEL TRABAJO QUE SE LES ACUMULA A LOS MEDICOS, LA IMPACIENCIA CON EL PASO DE LOS MINUTOS, ACABANDO EN INDIGNACION E IMPOTENCIA ANTE CIERTAS SITUACIONES. TE PLANTEAS QUE CON UN SEGURO PRIVADO TODO SERIA MAS FACIL, PORQUE EL DINERO DE LOS CONTRIBUYENTES ESTA CLARO QUE ES MEJOR INVERTIRLO EN LOS Q YA SE PUEDEN PAGAR UN SEGURO PRIVADO, QUE ADEMAS DESDE SU BUENA SALUD (TB LA ECONOMICA) PUEDEN DISFRUTAR EN NUESTRA CIUDAD DE LA COPA AMERICA, LA F1 O TANTOS OTROS ACONTECIMIENTOS CON UN COSTE TAN ESCASO. SI A ME INDIGNABA MI PROPIA SITUACION PERSONAL, VER LAS CARAS DE LOS ANCIANOS EN ALGUN CASO LLORANDO DE RABIA TRAS PASAR 5 O 6 HORAS ESPERANDO SU TURNO, TE HACE REFLEXIONAR SOBRE COMO HACEMOS LAS COSAS. NO TENGO DUDA DE QUE PARTE DEL CAOS SERA RESPONSABLE EL HOSPITAL EN CUESTION, PERO QUE LOS GRANDES CULPABLES SON OTROS, PQ NUESTROS POLITICOS PREFIEREN MALGASTAR EL DINERO PUBLICO EN OTRAS AREAS, DEJANDO LA SANIDAD, LA EDUCACION, LA AYUDA SOCIAL A LOS MENOS FAVORECIDOS (NIÑOS, ANCIANOS, DISCAPACITADOS) EN UN SEGUNDO O TERCER PLANO. CASOS COMO EL DEL NIÑO MARROQUI QUE HA MUERTO HOY SON MUESTRAS DE QUE ALGO ESTA FALLANDO, ERRAR ES HUMANO, NO ADMINISTRAR BIEN LOS RECURSOS ES OTRA COSA. SALUD PARA TODOS (SOBRE TODO LOS QUE TENGAN QUE IR A LA SEGURIDAD SOCIAL). GRACIAS, AMIGO PAU

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