Déjà vu

El otro día me desperté algo nervioso, intranquilo. A duras penas logré escapar de un sueño del todo desconcertante. Mi madre era la propietaria de un bar en el cual yo trabajaba como camarero. Abrimos a media tarde, y al iniciar mi rutinario recorrido por las mesas para tomar nota de las bebidas, los clientes me miraban con el ceño fruncido y me espetaban: “No, gracias, ya nos vamos, que son las doce”. Extrañado, miré el reloj, que aún marcaba las cinco de la tarde. Por la ventana entraba un radiante sol que cegaba la vista. Así que pregunté, pero la respuesta fue de nuevo rotunda: “Son las doce. Esto está grabado y ahora lo estás viendo en diferido”.

Aliviado, salí de la cama. Me deshice, no sólo de mis dudas, al comprender que se trataba de un sueño. Pero no pude evitar imaginar lo que significaría el hecho de que todo trascurriera siempre como yo pude percibirlo aquella noche. No pude evitar pensar qué pasaría si viviéramos así, en diferido.

Seguro que más de uno asiente si vaticino que alguna vez ha dicho aquello de “esto ya lo he vivido”, o “aquí me da la sensación de que ya he estado antes”. Es el famoso déjà vu, la sensación del momento vivido. Desde la ciencia se atribuye este fenómeno a un fallo de la memoria, el solapamiento entre la memoria a corto y largo plazo. Suele ser una sensación que produce extrañeza, pero que no dura más que unos pocos segundos.

Imaginen, pese a ello, la posibilidad de vivir eternamente en diferido, en un continuo déjà vu. La película de nuestras vidas se convertiría en una cinta gastada, grabada con anterioridad que se reproduce ahora, tiempo después, en nuestra cabeza, sin que podamos si quiera darnos cuenta de qué ha acontecido ya y qué sucede ahora. Imaginen por un instante un mundo grabado. Todo se antojaría caótico e inestable.

Los trenes nunca llegarían a su hora. Nuestros hábitos alimenticios se verían continuamente alterados. Las horas, los días de la semana, los meses. El calendario entero dejaría de tener sentido. La programación televisiva y los horarios escolares serían incumplidos de manera sistemática. Reconocidos escritores volverían a componer sus obras sin saberlo. Políticos y autoridades repetirían incesantemente sus discursos, tratando de defenderse siempre ante un peligro continuamente acechante. El periodismo, la ciencia de la actualidad por antonomasia, se vería condenado a desaparecer. Los tiempos verbales venderían sus formas al caos absoluto. El día y la noche bailarían a su antojo. Todo, en fin, pasaría a regirse por la ilógica de la anarquía, sádica y caprichosa.

Imaginen qué ocurriría en un mundo tan vil. Vivimos presos del tiempo, esclavos del aquí y ahora al que pertenecemos. Con unos horarios impuestos, comemos cuando hay que comer, dormimos cuando hay que dormir. Los días trascurren, uno tras otros, siempre bajo las mismas reglas. Y nadie puede hacer nada por desafiar al futuro incierto. Sin embargo, más de una vez me parece tener de nuevo ese mismo sueño. Y quizá así sea. Puede que avancemos, sin saberlo, sobre una gran cinta de correr que siempre nos devuelva al mismo sitio. Quizá todo esto ya lo he vivido antes. Quizá ya lo haya escrito. Y quizás tú mismo que lees estas palabras no puedas evitar la sensación de haberlas oído ya en alguna parte.

 

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Superioridad numérica

Fue un día atípico, como tenía que ser. Me desperté tarde y cansado. Salí a pasear por el centro de la ciudad. De camino, y dando un pequeño rodeo, pasé por la facultad. Un gran grupo de estudiantes se manifestaban con pancartas, cánticos y silbatos. En el centro el panorama no era muy diferente. Piquetes informativos y grupos de sindicalistas merodeaban por las puertas de los grandes comercios. Frente a ellos, y como si de un western se tratara, los policías esperaban impasibles, con gesto amenazante y la impresión de estar deseando el mínimo altercado para poder sacar a pasear la vara de la autoridad.

Y así fue. Después de cortar la calle Colón y diluidas las primeras tensiones, los sindicalistas se dirigieron a la Delegación del Gobierno, donde se hicieron notar con mayor énfasis. Sus gritos y protestas no pasaron desapercibidos, y pronto estalló el conflicto. La policía por fin sacó a relucir una violencia seguramente desmesurada. Por suerte, aquí no hubo un sector de exaltados que descargaron su furia contra escaparates y mobiliario urbano. El hambre pesaba demasiado, y pasado el mediodía, se aparcaron las protestas. Urgía coger fueras renovadas para las manifestaciones de la tarde.

De regreso a casa, aún por el centro se oían comentarios de mujeres que salían de El Corte Inglés, casi blindadas por una nube de policías. “Sí, han cortado la calle, pero eran cuatro gatos”. Y quizá lo fueran, pero ningún otro juicio cabría esperar de alguien que, en un día de huelga general, acude a hacer sus compras, dudosamente sin intención alguna.

El caso es que la cosa fue a menos durante las últimas horas de la mañana y las primeras de la tarde. Los comercios seguían abiertos (algunos de manera intermitente), las calzadas poco concurridas, y las estaciones de transportes públicos casi desiertas. Pero avanzada la tarde tendrían lugar un par de acontecimientos que cambiarían el discurrir del día.

Por una parte, San Agustín acogía la manifestación sindical. Por otra, y casi a la misma hora, Mestalla hacía lo propio con el partido entre el Valencia y el Manchester United. El centro de la ciudad estaba repleto de manifestantes que, ataviados de camisetas y pancartas rojas del sindicato, protestaban contra la reforma laboral del gobierno. Pero también había una gran masa de gente (de estómagos prominentes) que, al igual que aquellos, vestían camisetas rojas y circulaban por las principales calles de la ciudad. Pero éstos nada tenían que ver con la huelga (muy probablemente desconocieran de qué iba el asunto). Simplemente eran aficionados ingleses que habían venido a ver jugar a su equipo.

De forma irónica, unos y otros conformaban una amplia mancha roja que inundaba la ciudad. Desde la distancia, donde resultaba imposible distinguir quién era un trabajador enfurecido y quién un futbolero eufórico, parecía que todos estaban allí por lo mismo. En cualquier caso, y como bien sugirió Millás en su columna del viernes, poco iba a importar cuántos fueran de un bando y cuántos de otro. Al fin y al cabo eran sólo números. Números de manifestantes, números de hinchas ingleses. Una correlación de gente anónima. Un cúmulo de camisetas, fuera cual fuera el nombre del sindicato o club de fútbol que en ellas figurara.

Sin duda fue una situación cómica el hecho de ver a gente tan distinta, pero a la vez tan unida por la mera casualidad. El Manchester vino e hizo los deberes. No sólo ganó en el terreno de juego, sino que también contribuyó a que la movilización obrera venciera la siempre importante (pero nimia) batalla de cifras.
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La almendra

El último fin de semana de cada septiembre, el casco antiguo de Vitoria, más conocido como “la almendra” por la forma de sus calles, se transforma para acoger el mercado medieval más grande de España. Más de 250 puestos de artesanía y venta de productos inundan un entramado de calles estrechas y repletas de gente, que nos hace viajar hasta la entonces ciudad medieval de Gasteiz, a finales del s. XIV. Ahora, tal como entonces, durante un par de días, conviven en el centro de la ciudad las culturas cristiana, árabe y judía.

Más de 150.000 personas son testigos directos de los juegos que muchos malabaristas practican en plena calle. Juglares, tragafuegos, cuentacuentos, saltimbanquis, princesas y dragones conforman un escenario inigualable que por momentos nos hace olvidar en qué época vivimos (tan sólo las cámaras y demás atuendos de los turistas pueden recordárnoslo).

La Plaza del Machete, a caballo entre el casco medieval y la Plaza de la Virgen Blanca, acoge los actos inaugurales de este espectacular regreso al pasado. Aquí podemos disfrutar de representaciones teatrales y espectáculos de cetrería. Además, una pequeña granja con ocas, burros, gallinas y búhos entretienen a los niños, quienes también podrán participar en multitud de juegos de habilidad como el tiro con arco.

En la entrada del mercado, a los pies de tres calles que suben decididas hasta la Catedral, encontramos los puestos de los oficios medievales como carpinteros, herreros, panaderos y vidrieros, entre otros, que demuestran en vivo sus grandes dotes. Curioso es ver cómo se hace el pan en plena calle y se vende de inmediato, o cómo un anciano fabrica una bota de vino en apenas un par de minutos.

Pero si hay algo que impresione de este singular mercadillo, es sin duda el ambiente que en él se vive. Una masa inacabable de gente atraviesa “la almendra” de día, cámara en mano, sonrisa perenne, estómago lleno y cartera vacía. De noche, tantos otros son los que colman los puestos de comida. Por una noche nos olvidamos de los tradicionales pintxos, y no dudamos en atrevernos con una buena parrillada. Una cena exquisita, copiosa y bañada en cerveza por un módico precio.

La música no cesa, y cuando sólo en ocasiones lo hace, es para dejar paso a un murmullo incansable del cual asoman sorpresas y alegrías por igual. Por mera casualidad, estuve en la ciudad justo cuando se celebró el mercado. Ni siquiera sabía de su existencia, pero una vez allí es del todo imposible no toparte con él. El mercado te absorbe, te atrapa, te convierte en parte de sí mismo. Cuando por primera vez pones el pie en las calles de “la almendra”, ésta se rompe a tu paso. Se rompe y te descubre un mundo totalmente fascinante: el de una ciudad que mira con orgullo a su pasado y sus gentes. Una fiel reproducción de lo que fueron antaño formas de vida y de comercio. Una maravilla poco conocida y sin duda recomendable en el inicio del otoño, en Vitoria-Gasteiz.

 

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¿Existe vida más allá del kebab?

En un fin de semana atípico y sin duda memorable, he tenido la suerte de poder disfrutar del espectáculo del mejor baloncesto del país. Gracias a un cúmulo de circunstancias que van desde la casualidad y la suerte hasta el mismísimo mérito, un querido amigo y yo fuimos invitados a la Supercopa de la ACB, celebrada en Vitoria.

Vivimos el evento y lo hicimos de cerca, pero desde una perspectiva hasta ahora ajena y desconocida para mí. Un hotel de cuatro estrellas en pleno corazón de la ciudad, desplazamiento y entradas para los partidos. Todos los gastos pagados se habrían quedado en anécdota si no fuera por la mejor de las guindillas. Una pulsera que nos acreditaba como espectadores VIP para poder deleitarnos durante los descansos en una sala oculta, repleta de maravillas culinarias. Ese era sin duda el verdadero premio.

No sólo en el pabellón sino también en el hotel (donde disponíamos de media pensión), tuve acceso a ese extraño mundo repleto de criaturas de alta gama (probablemente ya nacidos con traje en lugar de pañales), con buen comer, buen beber y saber estar. Personas hechas para estos grandes eventos, pequeños burgueses que adoptan actitudes protocolarias hasta para ir al baño. Muchos de ellos famosos o conocidos en el mundillo, parecían extrañarse ante la presencia de otro grupo no tan numeroso (el nuestro) y sin duda poco habitual que, dotados de una pulsera, podían asomar cabeza por un día en este universo elitista que no les era propio. Invitados de lujo en un estilo de vida del cual debían despertar a primera hora del domingo, de regreso a casa y, por tanto también, a la realidad.

En cualquier caso, nobles y plebeyos, extraños y habituales, unos y otros disfrutaban por igual del buen manjar que la organización ofrecía durante la competición (ésta resultaba ser algo secundario). Curioso era observar cómo entrenadores, ex jugadores, diferenciados miembros en esto del baloncesto profesional, disfrutaban tanto o más que nosotros con el vino, la cerveza y los pintxos. Bajo los trajes caros, las pulseritas con banderas patrias (a quién si no debían estar agradecidos) y las grandes apariencias, asomaban personas hambrientas que devoraban con ansia cada nuevo plato de comida que entraba en la mesa. Igual que nosotros, por supuesto (no íbamos a quedarnos atrás). Pero la única diferencia resultaba ser la máscara bajo la que ellos escondían un humano tan humano y burdo como el que cualquiera puede llevar dentro.

Así que no hizo falta esperar a oírlo en boca de otros. Pude comprobar en primera persona que efectivamente existe vida más allá del kebab. Se trata de una vida de cuentos de hadas, un fin de semana lleno de todo tipo de lujos pero alargado indefinidamente. Mucha tontería y demasiadas apariencias en un mundo que se pretende lejano y poco alcanzable, pero que quizá no lo sea tanto. Es más, juraría que alguno de aquellos pintxos de diseño, confitados con virutas de glamour, tenían un cierto regusto al kebab de todos los viernes.

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La nieta del señor Linh

Se esfuma el verano. Y con él, el placer de poder leer hasta coger un empacho. Saborear cada palabra como si fuera la última. Devorar novelas a orillas del mar. Pasar noches en vela con un libro en las manos. El verano llega a su fin. Como también lo hace la lectura de mi última novela en este periodo estival.

Tras Mark Haddock y su inmejorable trabajo retratando a un autista en El curioso incidente del perro a medianoche, el nobel José Saramago y su Ensayo sobre la ceguera, llegó a mis manos un pequeño ejemplar de un poco conocido Philippe Claudel. La nieta del señor Linh es una novela que nos habla sobre el olvido, la soledad, la desesperación, la amistad y el cariño. El señor Linh es un refugiado que viaja, junto con su nieta de seis semanas, a un país desconocido y cuya lengua ignora.

Con un estilo depurado, sencillo y sin más pretensiones de las necesarias, Claudel dibuja un relato que encandila y emociona. Una bella historia que nos invita a reflexionar a propósito de las raíces de un pueblo, de la guerra y la destrucción, pero también de la esperanza y la alegría. Un viaje hacia un futuro incierto, un canto al optimismo tan intenso y sincero en ocasiones que podrá tocar la sensibilidad de muchos.

La historia del señor Linh acaba en primavera, donde florece la vida y no encuentra camino la tragedia. Me acabo este libro con cierta nostalgia, en una época en que empieza la primavera allá de donde probablemente proceda el señor Linh. Allá, más, allá del mar, el dolor y la tristeza.

El anciano, retratado como una persona tranquila, apacible y con un gran corazón, pasa de héroe a mendigo, de derrotado a vencedor en apenas un par de capítulos. Él, sereno, calmado, colocado cuidadosamente sobre esas páginas para decirnos que en ocasiones una simple sonrisa está por encima de cualquier frontera. El señor Linh nos enseña a vivir con humildad, a sobrevivir con coraje, a luchar por lo que es de uno mismo, a amar y ser amado.

Pero si hay algo que merece especial atención, es sin duda el final. En él, descubrimos con asombro, como también lo hace el señor Linh, que aquello que pensábamos tan real, tan humano, tan hermoso, no es más que una ilusión. Pero, al fin y al cabo ¿qué es la realidad si no una cosa frágil, efímera, subjetiva, un engaño asumido por cada uno de nosotros (en este caso cómplices del viejo Linh)? La realidad es aquello a lo que nos aferramos para seguir creyendo, para seguir luchando como hace el señor Linh. Para que ningún obstáculo pueda antojarse imposible. Y, sobretodo, para tener un buen motivo por el que sonreír a cada adversidad.

Termino el libro con un remolino de sensaciones. Tristeza, alegría. Certeza por saber que no caerá en el olvido. Alegría, sobretodo alegría. Recupero en la memoria la canción que el señor Linh le cantaba a su nieta para hacerla dormir. Y sonrío.
La mañana siempre vuelve,
siempre vuelve con su luz,
siempre hay un nuevo día,
y un día serás madre tú.

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El síndrome postvacacional

Se acabó lo bueno. Muchos de los que tienen la suerte de poder trabajar, vuelven a ello tras unas calurosas vacaciones. El verano acaba con un pico de calor que hace más insoportable si cabe la vuelta a la rutina. De nuevo a madrugar, a no dormir o dormir mal, a ver las mismas caras y a aplicarse lejos de la brisa marina, el calor del sol y los pies a remojo. Y todo ello en un primero de septiembre que todavía sabe a treinta y dos de agosto.

Con razón o sin ella, seguramente por simple costumbre, desde un tiempo a esta parte se ha puesto de moda alegar aquello del síndrome postvacacional como excusa remolona para evitar cumplir con las pertinentes obligaciones. Igual que un niño que patalea porque no quiere volver al colegio, los adultos hacen lo propio cuando llega también su hora.

La vieja táctica de poner el termómetro en la estufa para simular la fiebre parece haberse quedado anticuada. Ahora se apela a conceptos mucho más modernos y creíbles, como la depresión, el insomnio, el estrés, la astenia y la desidia. Y parece surtir efecto, pues esta extraña enfermedad del mes de septiembre, aunque no haya sido de momento considerada como tal, sí ha pasado a formar parte de las preocupaciones de algunos médicos, quienes ya han realizado numerosos estudios al respecto.

Pero, ¿cuál es la solución? ¿Eliminar o acortar las vacaciones? ¿Repartirlas a lo largo del año de manera más equitativa? ¿O, simplemente y como siempre se ha hecho en las escuelas, al menos durante los primeros días, motivar a los trabajadores para que, formando un círculo y siguiendo un estricto orden, cuenten sus vacaciones y enseñen los souvenirs más significativos de éstas? Al fin y al cabo, si los niños, que son los que practican estos métodos, no sufren el extraño síndrome postvacacional, por algo será.

En cualquier caso, y pese a la tediosa insistencia que muchos hacen apelando al carácter clínico de esta supuesta enfermedad, lo que es seguro es que quienes no la padecen son aquellos que, día tras día, hacen engordar la lista del paro, y pasan el año tristemente desocupados, en unas supuestas eternas vacaciones.

El síndrome postvacacional, únicamente sufrido por aquellos capaces de escapar del desempleo, tan sólo puede ser combatido con una pequeña dosis de optimismo. Recuerdo que un profesor despedía el curso deseándonos un feliz verano, y recordando que el día de mañana nos quedaría un día menos de vacaciones. Visto de otro modo, al volver de ellas, cada día de trabajo debería ser concebido como un pequeño paso para volver a disfrutar de no tener mayor obligación que la de no tener obligaciones.

 

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Cerveza fría

Allá donde se cruzan los caminos, que diría Joaquín… Allá donde nace el barrio del Carmen, y mueren los arrullos de decenas de palomas. Allá donde los niños juegan, los adultos beben y los ancianos pasean. Allá, entre las Cortes y la plaza de la Reina, se encuentra uno de los rincones más bellos y emblemáticos de Valencia. La plaza de la Virgen es la ventana indiscreta que mira sin ser vista la parte trasera de la catedral (alzada, como la tradición cristiana manda, sobre la antigua mezquita). Lo hace a través de una puerta gótica que sostiene desde hace más de siete siglos los doce apóstoles que la conforman.

La plaza de la Virgen es un abanico de contrastes. Y quizá sea ahí donde radique su encanto. De día, sobretodo los fines de semana, alberga a los críos que, instados por sus yayos, se acercan a dar de comer a las palomas. Tres generaciones unidas por las migas del pan de ayer. Muchos son los turistas que deciden perderse por el entramado de callejuelas del barrio, y tantos otros los que, desde una de las terrazas de la plaza, observan el ir y venir de los transeúntes que simplemente pasan por ahí, sin rumbo ni destino. De noche, mil farolas dan luz a un escenario con trazas de bohemio que bien podría recordarnos al ambiente que se vive, a la misma hora, unos cuantos kilómetros más allá, en Barcelona. Aprendices de acróbatas, niños que hacen virguerías imposibles con su patinete, parejas de enamorados compartiendo un cucurucho de helado y algún que otro beso, grupos de estudiantes tratando de ahogar lo aprendido en una botella de vodka, cantantes que con su voz arañan el viento, payasos, mimos, hombres que juegan con fuego y demás criaturas de la noche.

A lo lejos, Neptuno y sus ocho acequias observan, expectantes, el panorama. Roto el momento, congelado el tiempo. Mientras tanto, incansables, sin prisas y sin papeles, más de diez hombres ofrecen cerveza fría a cualquiera que pase por su zona de influencia. Con ellos, otro gran grupo pasea, rodeando la plaza, mientras tratan de vender pulseras, relojes, gafas y sombreros. Cuando la luz azul del coche patrulla hace acto de presencia, todos se sientan, y esperan pacientes para volver a levantarse y retomar su tarea. Y así, de manera tristemente automática, repiten aquello de “cerveza, beer, cerveza fría”, una y otra vez, sin ganas ni casi esperanza, como si una voz interior hablara por ellos.

Nosotros, sentados, con una lata en la mano, apenas sin hablar, nos limitamos a observar cómo fluye la vida que la plaza lleva por dentro. Somos dos maniquíes en este decorado. Piezas inertes, anónimos como tantos otros. Formamos parte del mármol que tras nuestros pies recubre el suelo, sólo manchado éste por alguna que otra colilla mal tirada y un par de papeles.

Mañana, el Tribunal de las Aguas se reunirá, como cada jueves desde hace más de mil años, puntual a las doce de la mañana, bajo la Puerta de los Apóstoles. Las palomas revolotearán curiosas. Algunas bajarán a beber a la fuente. Y todo seguirá su curso.

 

Fotografía de Ángel Solaz
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Buffet libre

Es curioso. Dedicamos gran parte del invierno a cuidar nuestra figura, cegados por aquello que algunos llaman Operación Bikini (supongo que de forma errónea, pues aún no he visto a ningún hombre, por muy metrosexual que sea, luciendo una de estas prendas). Hacemos ejercicio, vigilamos bajo lupa nuestra dieta y no nos permitimos ni un solo capricho hipercalórico.

Cuando se acercan los meses decisivos, a escasas semanas vista del examen final que supondrá julio y agosto, muchos optan por un sprint final en la alocada carrera hacia la vigorexia. Ellos; arroz blanco, clara de huevo y batidos de proteínas. Ellas; ensaladas y productos light. Parece ser que todo vale con el fin de poder lucir el cuerpo perfecto.

No obstante, llega el verano y muchos de estos maniquíes hormonados viajan a exóticos destinos. Playas paradisíacas en que poder sacar a relucir el sacrificado trabajo de todo un año. Hoteles con jacuzzi, piscinas y hamacas con vistas al mar. Su particular paraíso, salvo por un detalle. El más temido de los monstruos. El único capaz de desafiar todas las leyes del colesterol…

El buffet libre, estrella invitada tanto en hoteles de lujo como en alojamientos para guiris, es el causante de largas colas, prisas y nervios por hacerse con un animal de cada especie, como si el restaurante si hubiera transformado en la mismísima Arca de Noé. Pero que los filetes estén secos, el pan duro o la sopa insípida poco importa. La calidad de la comida no suele ser, salvo excepciones, motivo de preocupación para todos aquellos que deciden tirar al traste la operación bikini en estos comedores. Tan sólo se busca la cantidad. Cuanto más, mejor. Y si para ello es necesario que el arroz al horno comparta plato con la tarta de chocolate, que así sea.

Algunos asiduos a este tipo de manjares, no vacilan ni un instante a la hora de cometer auténticos crímenes contra la lógica de la buena dieta. Extra de salsas, platos interminables de pasta, montañas de patatas fritas, hamburguesas triples y huevos fritos con bacon en el desayuno. Pasamos más tiempo de pie que en la mesa. El hecho de sentarse a comer es un mero trámite para poder terminar con un plato e ir inmediatamente a por otro. Un viaje tras otro, de la silla a la cocina, y posteriormente al baño hasta acabar exhaustos.

Por suerte, llega el día de volver a casa. Para algunos melancólicos resulta duro saber que no podrán volver a tomar siete creeps en el desayuno, al menos hasta el verano siguiente. Otros vuelven impacientes por comer de nuevo ensaladas, frutas y verduras. En cualquier caso, todos deberán enfrentarse a la maldita báscula, la única con agallas suficientes para decirles lo gordos que se han puesto sin riesgo de sufrir las consecuencias. Después de admitir tan cruda realidad, toca seguir el protocolo y empezar a enfrentarnos, una vez más, contra los botones del pantalón y las camisetas ajustadas. La operación bikini comienza de nuevo su curso y se repite, año tras año, de manera irremediable. Otra vez a perder esos kilos que un vil buffet nos devolverá con intereses las próximas vacaciones. Y así, por la senda del sinsentido, caminamos a tientas en busca de un engañoso cuerpo ideal que sólo existe en la ficción publicitaria. Quizás no nos quede más remedio que aceptar ese michelín de más como un souvenir de nuestro último viaje veraniego.

 

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Días de playa

Suena el despertador y empieza la carrera. Todavía con las sábanas pegadas por el calor, desayunas y te vistes a tientas, casi dormido. Sales de casa guiado por una extraña fuerza que te empuja hasta la parada. Allí, mientras esperas el autobús, intentas abrir los ojos, pero el sol te ciega e impide que lo consigas. El calor es insoportable, y todavía no son las nueve. Otro soporífero día de playa.

Con la ayuda de las gafas, observas cómo tu hermana, vestidito, bikini y sandalias a conjunto, te mira con un gesto raro, casi insultante. Lo comprendes cuando agachas la mirada y percibes que has bajado con las zapatillas de estar por casa. Pero ya es tarde, el bus llega. Mi madre, ahogada en un mar de trastos inútiles, consigue sacar del bolso el bonobús. Pagamos, y toca sentarse. Tarea imposible, pues ya son más de veinte las familias que, como nosotros, ataviadas de la cabeza a los pies con todos los accesorios necesarios, lucen un ridículo look playero. Así que permanecemos de pie.

La primera discusión surge en el momento que alguien pronuncia esas dos palabras mágicas: “tengo sed”. Tras un pequeño resoplido, cada cual comienza a buscar en la bolsa de dimensiones astronómicas que le ha tocado llevar. Lógicamente se abstiene aquel que se ocupa de la silla y las sombrillas, que suele ser mi padre, y que nos mira apenado, como si no tuviéramos remedio. Tras unos cuantos minutos de ardua lucha con cremas, gorros y gorritas, se llega a la conclusión de que nadie ha cogido el agua. Y, como es de esperar, comienzan los reproches, que poco a poco se convierten en gritos y que no cesan hasta que la señora del asiento reservado para ancianos nos hace entender que la estamos montando buena.

Una vez en la playa, tras haber sobrevivido a un viaje en autobús de cuarenta minutos y otros tantos grados de temperatura, debemos buscar sitio. Con la estúpida idea en la cabeza de que nadie sería capaz de madrugar tanto para disfrutar del mar, nos damos de frente con un panorama desolador. Desde el paseo apenas puede verse el agua. Las coloridas sombrillas se adueñan por completo de toda la primera, segunda y tercera línea de arena. Pese a la insistencia de un atractivo cubano con grandes dotes de seductor, preferimos declinar la oferta de las hamacas y conformarnos con un deprimente hueco, donde la arena más quema, a escasos metros de la basura.

Por fin asentados y después de una sesión de crema que ni el pobre Iniesta, da comienzo el ritual. Mi hermana, una precoz adolescente que hoy luce su nuevo bikini de rebajas, se enchufa el iPod y no sabremos más de ella hasta pasadas unas cuantas horas cuando vuelva a sufrir un inminente ataque de sed. Mi madre se adentra en la lectura del último Milenium, y mi padre se une al grupo de los andadores profesionales de la Malvarrosa. Como si hubiera perdido el último tren, se apresura a andar, playa arriba, playa abajo, de espigón a espigón sin descanso alguno. Todo un atleta.

Yo, con la pereza que me caracteriza, me limito a sentarme en la silla, cara al mar, y observo con rareza todos los especímenes que pasan ante mí: el típico individuo que trata de aguantar la respiración para que no se le escapen los michelines mientras clava su mirada en los pechos de pega de alguna Barbie, los jóvenes modelos encantados de conocerse que lucen en la espalda un inmenso tatuaje con su nombre (por si se les olvida, imagino) y los niños constructores que, entre toda esta maraña de gente, corren hasta la orilla en busca de suministros para sus espectaculares obras arquitectónicas de arena.

Abrumado ante tal variopinto espectáculo, giro la mirada. Unas cuantas sombrillas más allá, veo otro chico de mi misma edad. Al ver que ambos nos encontramos en la misma situación, intercambiamos una pequeña sonrisa de complejidad. Pero esa sonrisa se convierte en carcajada cuando los dos nos damos cuenta de que el otro también tiene a sus pies unas cutres zapatillas de estar por casa.

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Cadáveres

Era la primera vez que veía un cadáver, lejos de las pantallas de televisión, los efectos especiales y las vísceras de pega. Lo tenía frente a mí, apenas a unos cuantos centímetros. Nos mirábamos fijamente. Él tenía la mirada perdida. Yo trataba de contener la histeria. Jamás me había visto ante una situación similar. Hacía poco tiempo que había perecido, pero el cuerpo empezaba ya a desprender un notable hedor. Apagado, sin vida, yacía tendido sobre un enorme charco de agua. Se marchó sin avisar. Sorprendió muriéndose en silencio. Ni siquiera pude despedirme de él. Tampoco mi hermana, que a mi lado lo miraba tristemente. Se fue, y yo permanecí allí, inmóvil. Nunca antes había visto un cadáver. La sensación de tenerlo tan cerca, de casi poder sentir su aliento pese a que hacía ya horas que había dejado de latir, no era nada agradable. Memo (así solía llamarle de manera cariñosa), el pez de mi hermana, había muerto.

Igual que él, el ya famosísimo pulpo Paul, tenía los días contados. Firmó su sentencia de muerte justo el día en que decidió pronosticar el resultado de un importante partido de fútbol. Se trataba de la final del campeonato del mundo. España salió victoriosa de aquel encuentro, y hoy, tan sólo una semana después, muchos ya se rifan al inocente animal.

Este simpático cefalópodo inglés que actualmente reside en un acuario de Alemania, ha saltado a la fama por ser utilizado como oráculo para adivinar los resultados de la selección germana en Sudáfrica. Sus cuidadores, que vieron en él un talento innato, decidieron darle a elegir entre dos urnas con comida: una con la bandera alemana, y otra con la del equipo rival. Este experimento, que a priori podría parecer una broma pesada, ha sido sobredimensionado, y de qué manera, por los medios de comunicación, especialmente españoles. Cegados por el éxito de la Roja, fueron muchos los que, con un tono desenfadado, pedían la extradición del pulpo a nuestro país. Mientras tanto, éste era continuamente acosado por cámaras y flashes de los cientos de periodistas que, días antes del gran partido, llamaban de manera insistente al cristal de su pecera.

Parecía que, con el punto y final del mundial de fútbol, iba a acabar también esa locura colectiva por el pobre Paul. Pero lejos de ser así, todavía hoy los medios siguen dando cobertura a un anónimo animal que pasó tristemente a la posteridad el día en que España levantaba su primera copa del mundo, y el día también en que otras noticias, quizá algo más importante, trataban de hacerse un hueco entre el barullo mediático que monopolizaba televisiones y periódicos.

Paul, igual que Memo, pasará a ser un cadáver en un corto plazo de tiempo. En cualquier caso, podríamos pensar, “tan sólo” se trataba de animales. Pero como ellos, minutos antes de que Iniesta escribiera el futuro, 74 personas que veían el partido en un bar de Uganda, fueron convertidos en cenizas como consecuencia de una bomba puesta por el grupo terrorista Al Qaeda. Puede que muchos, locos por la euforia, desconocen de la existencia de este atentado. Los medios se hicieron eco, pero cabe preguntarse si lo hicieron con tanta contundencia como para dejar constancia de ello. Porque a nadie se le escapa que el bicho se llamaba Paul. Pulpos, estatuas mutiladas, calles literalmente ahogadas por la mierda… Muchos fueron los cadáveres que dejó tras de sí este mundial. Pero quizá ninguno tan grave como aquellos 74 aficionados que, como cualquiera de nosotros, disfrutaban del espectáculo en la terraza de un bar cualquiera.
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