Días de playa

Suena el despertador y empieza la carrera. Todavía con las sábanas pegadas por el calor, desayunas y te vistes a tientas, casi dormido. Sales de casa guiado por una extraña fuerza que te empuja hasta la parada. Allí, mientras esperas el autobús, intentas abrir los ojos, pero el sol te ciega e impide que lo consigas. El calor es insoportable, y todavía no son las nueve. Otro soporífero día de playa.

Con la ayuda de las gafas, observas cómo tu hermana, vestidito, bikini y sandalias a conjunto, te mira con un gesto raro, casi insultante. Lo comprendes cuando agachas la mirada y percibes que has bajado con las zapatillas de estar por casa. Pero ya es tarde, el bus llega. Mi madre, ahogada en un mar de trastos inútiles, consigue sacar del bolso el bonobús. Pagamos, y toca sentarse. Tarea imposible, pues ya son más de veinte las familias que, como nosotros, ataviadas de la cabeza a los pies con todos los accesorios necesarios, lucen un ridículo look playero. Así que permanecemos de pie.

La primera discusión surge en el momento que alguien pronuncia esas dos palabras mágicas: “tengo sed”. Tras un pequeño resoplido, cada cual comienza a buscar en la bolsa de dimensiones astronómicas que le ha tocado llevar. Lógicamente se abstiene aquel que se ocupa de la silla y las sombrillas, que suele ser mi padre, y que nos mira apenado, como si no tuviéramos remedio. Tras unos cuantos minutos de ardua lucha con cremas, gorros y gorritas, se llega a la conclusión de que nadie ha cogido el agua. Y, como es de esperar, comienzan los reproches, que poco a poco se convierten en gritos y que no cesan hasta que la señora del asiento reservado para ancianos nos hace entender que la estamos montando buena.

Una vez en la playa, tras haber sobrevivido a un viaje en autobús de cuarenta minutos y otros tantos grados de temperatura, debemos buscar sitio. Con la estúpida idea en la cabeza de que nadie sería capaz de madrugar tanto para disfrutar del mar, nos damos de frente con un panorama desolador. Desde el paseo apenas puede verse el agua. Las coloridas sombrillas se adueñan por completo de toda la primera, segunda y tercera línea de arena. Pese a la insistencia de un atractivo cubano con grandes dotes de seductor, preferimos declinar la oferta de las hamacas y conformarnos con un deprimente hueco, donde la arena más quema, a escasos metros de la basura.

Por fin asentados y después de una sesión de crema que ni el pobre Iniesta, da comienzo el ritual. Mi hermana, una precoz adolescente que hoy luce su nuevo bikini de rebajas, se enchufa el iPod y no sabremos más de ella hasta pasadas unas cuantas horas cuando vuelva a sufrir un inminente ataque de sed. Mi madre se adentra en la lectura del último Milenium, y mi padre se une al grupo de los andadores profesionales de la Malvarrosa. Como si hubiera perdido el último tren, se apresura a andar, playa arriba, playa abajo, de espigón a espigón sin descanso alguno. Todo un atleta.

Yo, con la pereza que me caracteriza, me limito a sentarme en la silla, cara al mar, y observo con rareza todos los especímenes que pasan ante mí: el típico individuo que trata de aguantar la respiración para que no se le escapen los michelines mientras clava su mirada en los pechos de pega de alguna Barbie, los jóvenes modelos encantados de conocerse que lucen en la espalda un inmenso tatuaje con su nombre (por si se les olvida, imagino) y los niños constructores que, entre toda esta maraña de gente, corren hasta la orilla en busca de suministros para sus espectaculares obras arquitectónicas de arena.

Abrumado ante tal variopinto espectáculo, giro la mirada. Unas cuantas sombrillas más allá, veo otro chico de mi misma edad. Al ver que ambos nos encontramos en la misma situación, intercambiamos una pequeña sonrisa de complejidad. Pero esa sonrisa se convierte en carcajada cuando los dos nos damos cuenta de que el otro también tiene a sus pies unas cutres zapatillas de estar por casa.

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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Una respuesta a Días de playa

  1. Anonymous dijo:

    Yo soy un andador profesional de la Playa de Silgar. Andar sin parar es la única forma en la que soporto la playa. Y menos mal, por que la Playa de Silgar ya da un poco de sí. Durante años fuí incansable andador de la Playa de la Panadeira, junto al portal de mi casa, pero con sus escasos 80 metros de largo, era un sinvivir para el resto del personal, que acababa mareado de verme pasar una y otra vez, sin tregua ni descanso. Ahora bien, si hay que tomarse todas esas molestias y sacrificios que cuentas para ir a la playa, no voy a la playa. Ramón Barreiro.

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