Cerveza fría

Allá donde se cruzan los caminos, que diría Joaquín… Allá donde nace el barrio del Carmen, y mueren los arrullos de decenas de palomas. Allá donde los niños juegan, los adultos beben y los ancianos pasean. Allá, entre las Cortes y la plaza de la Reina, se encuentra uno de los rincones más bellos y emblemáticos de Valencia. La plaza de la Virgen es la ventana indiscreta que mira sin ser vista la parte trasera de la catedral (alzada, como la tradición cristiana manda, sobre la antigua mezquita). Lo hace a través de una puerta gótica que sostiene desde hace más de siete siglos los doce apóstoles que la conforman.

La plaza de la Virgen es un abanico de contrastes. Y quizá sea ahí donde radique su encanto. De día, sobretodo los fines de semana, alberga a los críos que, instados por sus yayos, se acercan a dar de comer a las palomas. Tres generaciones unidas por las migas del pan de ayer. Muchos son los turistas que deciden perderse por el entramado de callejuelas del barrio, y tantos otros los que, desde una de las terrazas de la plaza, observan el ir y venir de los transeúntes que simplemente pasan por ahí, sin rumbo ni destino. De noche, mil farolas dan luz a un escenario con trazas de bohemio que bien podría recordarnos al ambiente que se vive, a la misma hora, unos cuantos kilómetros más allá, en Barcelona. Aprendices de acróbatas, niños que hacen virguerías imposibles con su patinete, parejas de enamorados compartiendo un cucurucho de helado y algún que otro beso, grupos de estudiantes tratando de ahogar lo aprendido en una botella de vodka, cantantes que con su voz arañan el viento, payasos, mimos, hombres que juegan con fuego y demás criaturas de la noche.

A lo lejos, Neptuno y sus ocho acequias observan, expectantes, el panorama. Roto el momento, congelado el tiempo. Mientras tanto, incansables, sin prisas y sin papeles, más de diez hombres ofrecen cerveza fría a cualquiera que pase por su zona de influencia. Con ellos, otro gran grupo pasea, rodeando la plaza, mientras tratan de vender pulseras, relojes, gafas y sombreros. Cuando la luz azul del coche patrulla hace acto de presencia, todos se sientan, y esperan pacientes para volver a levantarse y retomar su tarea. Y así, de manera tristemente automática, repiten aquello de “cerveza, beer, cerveza fría”, una y otra vez, sin ganas ni casi esperanza, como si una voz interior hablara por ellos.

Nosotros, sentados, con una lata en la mano, apenas sin hablar, nos limitamos a observar cómo fluye la vida que la plaza lleva por dentro. Somos dos maniquíes en este decorado. Piezas inertes, anónimos como tantos otros. Formamos parte del mármol que tras nuestros pies recubre el suelo, sólo manchado éste por alguna que otra colilla mal tirada y un par de papeles.

Mañana, el Tribunal de las Aguas se reunirá, como cada jueves desde hace más de mil años, puntual a las doce de la mañana, bajo la Puerta de los Apóstoles. Las palomas revolotearán curiosas. Algunas bajarán a beber a la fuente. Y todo seguirá su curso.

 

Fotografía de Ángel Solaz
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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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