Cambio de cocina

A mi amigo Pepe

Cambiar de cocina. El cambio de sexo de mi padre, del que os hablaba hace unas semanas, se queda en un chiste al lado de esto. Tener una madre que en algún momento dado decida que quiere cambiar de cocina es la cosa más horrible que os puede pasar en esta vida.

Uno puede cambiarse el móvil. Cambiar su forma de vestir. Cambiar de amigos. Cambiar de coche, si me apuras. Pero cambiar de cocina… eso sí que es un cambio y no lo de Michael Jackson.

La primera fase por la que pasa toda persona que decide tomar una decisión tan drástica es precisamente esa. Tomar la decisión. Algo que podría parecer, a priori, una cosa profundamente meditada y estudiada, muchas veces se sustenta en argumentos tan ridículos como “desde que tenemos la casa, aún no hemos hecho ni una reforma”, o “¿pero no la ves? está que se cae”, o simplemente “Amparo la del tercero ya se la cambió hace dos veranos, y ahora va a por los baños”.

Es por eso que cuando la decisión está tomada, no se puede hacer absolutamente nada. No hay marcha atrás. El diseñador de interiores que tu madre lleva dentro, se apodera de ella. Una furia creativa copa su cabeza, y pronto las revistas de baños y cocinas inundan la casa. Pero eso no es lo más grave. Tu padre se convierte en la voz de la conciencia. El angelito que lucha, en vano, para evitar que el despilfarro pueda más que la razón.

Así, entre uno y otro, empiezan a dibujar unos planos que siempre quedan fenomenal, salvo por un detalle. Las medidas, ese gran enemigo. Qué fácil sería si la nevera ocupara, tal y como dice el papel, unos pocos centímetros. Por fin, conscientes de que no pueden jugar a ser arquitectos, llaman a uno de verdad.

Yo siempre había imaginado al señor arquitecto con gorra y un lápiz en la oreja. Pero lejos de eso, aparece en casa a los pocos días un chico joven, moderno, con gafas de pasta y una carpeta de dimensiones exageradas. Trae planos, esta vez bien hechos, y la labia suficiente como para convencernos de que convendría, además, cambiar los baños. Pero no sólo eso. También trae el papel que de ahora en adelante será motivo de innumerables conflictos. El presupuesto. Mis padres se marean de ver tantos ceros juntos. Pese a todo, y como ya sabíamos, la idea está en la cabeza, y de ahí no va a salir.

Es ahora cuando se empiezan a rebajar un poco las expectativas. Aquella cocina con barra americana, donde no se puede desayunar otra cosa más que panceta y huevos fritos, parece que se queda ahora un poco lejos. Tendremos que conformarnos con algo bastante similar a lo que hay ahora. Pero nuevo.

Otro tema delicado son las obras. Surge pues la gran pregunta de qué hacer todo el mes en que la casa, inundada de escombros, se convierte en inhabitable. Como Jorge Fernández no ha traído a todo su equipo de “Esta casa es una ruina”, y por tanto nadie nos va a pagar un viaje a Disneylandia, toca buscar una alternativa. Alternativa que encuentras alquilando un modesto apartamento en la Patacona. El caso es que, a fin de cuentas, empiezas pensando en cambiar de cocina, luego reformas también los baños y, para celebrarlo y pese a que vas hasta el cuello haciendo cuentas, te vas un mes de vacaciones.

No obstante, sin duda lo peor llega cuando alguien, en algún momento, pronuncia la palabra mágica. IKEA. ¿Murcia o Barcelona? Es evidente. Y así de paso, vemos la ciudad. Total, que cocina nueva, baños nuevos, un mes en la playa y un par de noches en Barna. Como reyes. Lo único triste es que en septiembre estaremos igual que estábamos. Igual de pobres, un poco más endeudados, y con un par de reformas como señales de guerra. 


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Cambio de sexo

Nunca le gustaron los grandes cambios. Acomodado en una vida rutinaria pero envidiable, se dejaba mecer por el devenir de los días. Tan sólo unas vacaciones, que solía aprovechar para viajar o estar con la familia, rompían con una existencia tranquila y placentera. Una forma de ser y estar humilde, sin lujos ni pretensiones.
Era una persona tranquila a la que le gustaba, y mucho, la lectura. Solía dedicar las tardes a largos paseos, solo o en compañía, que se prolongaban hasta bien llegado el anochecer.
Alguien realmente normal, que vivía de forma normal, en una casa normal, situada relativamente céntrica en una ciudad normal, con una familia normal. Bueno, quizá su hijo mayor no lo fuera tanto.
Mi padre (aunque ahora, y precisamente por lo que voy a contaros, dudo de ello), recibió la semana pasada una curiosa sorpresa que rompía con todos aquellos esquemas sobre los que había logrado levantar esta vida feliz y aparentemente estándar de la que hablamos. Mi padre es, en realidad, una mujer.
O al menos eso es lo que figura en su DNI, bien debido a un simple error administrativo, o bien como causa de un fenómeno natural que yo, e incluso muy probablemente también él mismo, desconocíamos hasta la fecha. Fue hace pocos días, al ir a renovar ese documento que nos acredita como ciudadanos de un país quizá excesiva (e inútilmente) burocratizado, cuando las pegas y los inconvenientes empezaron a crecer.
Lo que parecía a primera vista una anécdota más propia de una comedia de ficción, acabó por convertirse en un verdadero dolor de cabeza, una lucha absurda para cambiar el sexo de una persona que no era más que una víctima de un fallo funcionarial. Papeleos, envío de documentación a Madrid, idas y venidas a la oficina de policía, más papeleos. Y finalmente, la desesperación.
Quizá por ello mi padre decidió tomar la decisión atrevida pero firme que por fin tomó. Ahora yo, un chico que supera por poco la veintena, edad por otra parte vulnerable a todo tipo de perversiones y malversaciones, me enfrento a una realidad nada fácil de asumir. He pasado de vivir en una familia que yo creía normal, a tener dos madres. Porque la palabra normal no siempre debe significar lo que los cánones y las convenciones sociales se empeñan en que signifique. Porque él, o ella, o lo que quiera que sea, harto de tantas trabas oficiales por determinar una identidad que, en el fondo, ¿qué más dará?, prefirió quedarse tal y como estaba, como realmente es, o como los papeles dicen que es.
Sin embargo, cuando anoche lo/la descubrí mirándose en el espejo del cuarto de baño, me pareció verle guiñar un ojo mientras decía tampoco está tan mal. Y una fina línea de carmín contorneaba sus labios.

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Donde habita el olvido

Con un café como único compañero en la tediosa espera antes de entrar al trabajo, jugueteaba con el sobre de azúcar entre sus dedos. Tenía la mirada perdida. Estaba cansado. No había pasado una buena noche. Sólo el hombre que, sentado a su lado en la barra de aquel bar, abrió el periódico de forma escandalosa por una página cualquiera, pudo arrebatarle de su ensimismamiento.
La noticia, reducida a un pequeño recuadro en una de las esquinas inferiores, se hacía eco de una sentencia de la Audiencia Nacional, que enfrentaba al todopoderoso buscador Google con la Agencia Española de Protección de Datos, quizá ésta última algo menos ilustre. Cinco ingenuos, de manera un tanto incomprensible, habían decidido reclamar al gigante norteamericano que su nombre no apareciera en ninguna búsqueda, alegando su derecho al olvido. La empresa respondía a esta particular queja, inédita hasta la fecha, argumentando que retirar ese contenido sería nada menos que una forma de censura y que, en cualquier caso, Google no era responsable del contenido de otras páginas, sino un simple nexo de unión.
Un simple nexo de unión, pensó él, aún perdido en el fondo de su taza de café. Un inocente nexo de unión. ¿Qué culpa podía tener, pues, un inofensivo buscador, más que la de proporcionar a sus usuarios la práctica totalidad de la información que flota perdida en la red? Pero pronto cayó en la cuenta de lo absurdo de su pensamiento. Google, autoerigido como el mayor detective de todos los tiempos, pretendidamente neutro, era en realidad el ojo que todo lo ve. Un semidios con potestad de acceder hasta al ápice más íntimo de cada uno de nosotros. Alguien, o algo, que no conoce de fronteras, pero tampoco de privacidad y respeto.
Desconcertado, aturdido, también rabioso por saber que poco o nada se podía hacer ante tan cruda realidad, abrió su maletín y de él extrajo un pequeño ordenador portátil que, al instante, estaba listo y sumiso al poder de su amo. Internet Explorer dejó a la vista sus entrañas, como no podía ser de otra manera, con el dichoso Google en primer término. Así que, casi sin pensarlo, decidió escribir una palabra, al azar. Puesto que era lo que más a mano tenía, con pulso firme y decidido, tecleó café. Y mayúscula fue su sorpresa al ver lo que ocurrió tan sólo un segundo después de que presionara la tecla de entrada.
Una mujer, sentada en una mesa a escasos metros de nuestro personaje, se decidía a llevarse la taza a los labios. Al hacerlo, un gesto de extrañeza invadió su rostro. La taza, seca, virgen, había dejado de contender aquel líquido parduzco que de repente él era ahora incapaz de pronunciar. Se detuvo un momento a pensarlo, tratando de concienciarse de lo que acababa de ocurrir, intentando inútilmente recuperar de su mente unas palabras perdidas para siempre, palabras que enunciaban una realidad que se había esfumado, ante su mirada atónita, como por arte de magia.
Volvió la vista a la pantalla de su ordenador. Y de nuevo a la mujer, que permanecía sentada, sin lograr comprender qué acababa de acontecer. Y miró también, instintivamente al resto de mesas. Y en la mayoría de los casos se dio de bruces con el mismo panorama. Y prestó una vez más atención a la pantalla, que seguía mostrando las letras coloridas del buscador, sin rastro alguno en la casilla de texto. En un acto de desesperación y picardía, hizo click en la flecha que permite volver a la página anterior, pero como se temía, la máquina le anunciaba que esa página había dejado de existir. Suspiró.
Negándose a cerrar el portátil y acabar con lo que parecía un relato fantástico, escribió otra palabra más, esta vez instado por la curiosidad. Mesa, y como había sucedido antes, el local se quedó sin ese mueble tan imprescindible. Y él, como resultaba previsible, mudo de esas cuatro letras.
La gente entró en cólera al comprobar cómo todo aquello que antes yacía inerte sobre los tablones de mármol, ahora caía al suelo, provocando un estruendo insoportable. Platos, vasos, cubiertos, estallaron al impactar con el pavimento, cojos de un tablón que hasta entonces se ocupaba de mantenerlos vivos. Aquello era del todo surrealista.
Pero él, inconsciente del caos que acababa de provocar, no sólo en aquel bar, sino también en tantos y tantos lugares que no podían imaginarse sin esos dos objetos, siguió con el juego del olvido. Y así escribió, esta vez ahogado en una risa loca, tantas otras palabras, sin orden ni lógica. Botella, televisión, libro, dinero, ilusión, zapato, reloj, maldad, amistad, música, sol. Y se hizo la noche.
Y él se dio cuenta de que aquello se le había escapado de las manos. Entonces, consciente de que sólo una acción podía poner fin a todo aquel sinsentido, respiró profundamente, cerró los ojos, y de memoria escribió su propio nombre. 

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Bufanda de lino

Lo vi en verano con un bañador floreado y una toalla al cuello. Tenía los ojos marrones, una melena perfectamente engominada y la mirada clavada a mis espaldas. Un cuerpo realmente perfecto. Debió estar trabajando duro en el gimnasio para lograr esas abdominales tan pulidas, pensé. Tal era su atractivo, que mucha gente se acercaba. Incluso alguno se atrevía a tocar su bañador y mirar la etiqueta, quién sabe en busca de qué.
Volví a coincidir con él bien entrado el otoño. Esta vez, con unos vaqueros ceñidos, de esos con múltiples bolsillos y arrugados por bajo. Última generación, oiga. Arriba, el cuello de una camisa blanca se asomaba por los extremos de un elegante suéter de algodón. Una chaqueta larga, que bien podría ser considerada gabardina, y una bufanda de lino color beige, remataban su vestuario, cuidado y pensado hasta en el último detalle. De nuevo, la gente no podía evitar quitarle la vista de encima. Pero él, tan ancho. Allí estaba, plantado. Quizá esperando a alguien. No parecía tener prisa.
La última vez que me crucé con él fue hace apenas una semana. La víspera de Nochevieja. Ya vestía de etiqueta. Fiel a su estilo, elegante, desenfadado, juvenil, moderno. Sin corbata y con el último botón de la camisa sin abrochar, se mostraba, a ojos de buena parte del público, tan seductor como de costumbre. A buen seguro que aquella última noche del año acabaría durmiendo con alguna de sus amigas. Aquellas que siempre estaban merodeándolo con la mirada empapada de pasión.
Esa fue la última vez que pude verlo. Pero hoy, me he quedado sorprendido al ver que aquel joven apuesto ocupaba la portada de un diario local. Sí, era él. No cabía duda. La noticia rezaba que anoche, cuando nadie quedaba ya por las calles, cuando todos los comercios habían cerrado sus puertas, aquel chico de mirada perdida había sido, muy probablemente contra su voluntad, maltratado, desnudado, despojado de todos sus bienes, vejado y humillado con total impunidad.
Como si de un muñeco se tratara, los indeseables que tuvieron valor de cometer tan atroz acto de desprecio, no contentos con ello, decidieron ataviarle con los más sucios trapos que encontraron por el lugar. Entonces, después de colgarle un cartel que mostraba un enorme “50%” en colores vistosos, abandonaron el lugar, huyendo como cobardes. El chico, según dicen, poco pudo hacer ante sus malhechores. Nada, salvo callar, mantener la compostura y sonreír como un idiota, como sonríen las estatuas. Como lo hacen los maniquís cuando empiezan las rebajas.

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El pato de plástico

Todos los años, más o menos por estas fechas, crece en el centro de la Alameda de Xàtiva un belén único en el mundo. El belén de Xàtiva difícilmente puede ser descrito con palabras. Merece la pena visitarlo in situ y poder deleitarse con tan singular obra de arte. Lo que empezó siendo un pequeño y tradicional portal con las figuras a tamaño real, poco a poco ha ido recibiendo la visita de burros, gallinas y ocas reales. Labradores, artesanos, mercaderes de cartón. Tampoco podían faltar los Reyes Magos. Ni por supuesto el inconfundible cagaoret, que en este caso es un ninot de metro ochenta y noventa kilos, de cuyo trasero cuelga una inacabable longaniza negra que se desliza arriba y abajo, de manera continuada.
En las cercanías del portal hay también un pequeño huerto con hortalizas. Y el plato fuerte de la falla. Un río con patos. Lo mejor de todo es que, siguiendo la tónica del resto del belén, algunos son reales, y otros son de plástico. El término surrealista parece quedarse corto. Pero no tiene desperdicio ver a ese pobre pato, perdido, desubicado, arrastrado sin rumbo por el devenir de las aguas. El pato de plástico es el gran protagonista de la escena. Es, con diferencia, mi actor preferido. Quizá porque representa mejor que cualquier otro aquello del espíritu navideño.
El pato de plástico simboliza la gran mentira de estas fiestas. Significa que la magia y la ilusión no son más que los grandes carteles con que titulamos estos días de engaño consentido. Mentiras piadosas, por hacer feliz a un niño. Pero mentiras, al fin y al cabo. El pato de plástico me gusta porque me recuerda a las figuritas del belén que solíamos poner en el mueble del comedor. Un pollo transgénico del tamaño del buey. Unos camellos mutantes más altos que las casas del pueblo. Un río de papel de aluminio que bajaba de una montaña de cartulina. El niño Jesús amputado de un brazo, y la Virgen María defectuosa, incapaz de mantenerse en equilibrio si no era apoyada en la mula. Una palmera coja que a mí me gustaba colocar en la esquina de la estantería. Y un ángel anunciador con una cara de felicidad un tanto sospechosa.
Toda una farsa, en fin, oculta bajo la alegría y las buenas intenciones que se adueñan ahora incluso del rostro más huraño. Porque la Navidad es una fiesta mágica, capaz de transformar al arisco en agradable, experta en hacer olvidar las malas caras y dejar de lado las diferencias, doctorada en el arte del perdón, reina de la  mentira, maestra en el engaño. Por eso me gusta el pato de plástico del belén de Xàtiva. Porque nos recuerda que todos, en alguna u otra parte, tenemos escondido un trozo de ese pato podrido. Porque la realidad, aunque tapada por Navidad, está llena de plástico.
Imagen real del pato de plástico del belén de Xàtiva

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La llei antitabac

El nostre amic Benja Blanch ens regala una altra col·laboració. Aquesta a propòsit de la llei antitabac. Com sempre, gràcies.
Vos parlaré de la Llei antitabac. En estos dies s’està parlant molt a la premsa, a la ràdio i és notícia als telediaris. Se li està fent molta propaganda, donat que l’entrada en vigor de estes mesures està ahí mateix, al Gener.
S’augmentaran de manera considerable les restriccions als fumadors. No només no es podrà fumar en cap establiment públic tancat, si no que al carrer, en espais oberts com parcs infantils o portes d’hospitals i centres educatius, tampoc. Curiosament s’habilitaran llocs per a fumadors en centres penitenciaris, hospitals psiquiàtrics i residències geriàtriques. Tot un detall. Bé, independentment de la conveniència d’estes mesures, que es fonamenten en la protecció de la salut dels no fumadors, sembla que s’està arribant a crear una situació de persecució dels fumadors una miqueta exagerada, i a alguns ja se’ls mira buscant-los la cua i les banyes.

Seria millor vetlar per la salut de tots, i donat que és inqüestionable que fumar és nociu, prohibir la venda. O tal volta l’Estat no vol renunciar als ingressos que els impostos que graven este producte generen a les arques públiques? La situació no deixa de ser contradictòria: a un Estat on es privatitzen serveis bàsics com la sanitat, l’educació o el transport, es manté el monopoli públic de la fabricació i venda del tabac. Això sí, t’adverteixen a la caixeta que “Fumar mata”.
Caldria valorar si eixos ingressos es compensarien amb l’estalvi en despeses de tractament de les malalties produïdes pel tabaquisme: medicaments, teràpies, ingressos hospitalaris… I en qualsevol cas, si no fora així, valorar l’interes general per damunt de quadrar els comptes.
Als hostalers se’ls ha denegat la possibilitat de mantindre espais adaptats per a fumadors, ara bé, la màquina expenedora no fa falta que la lleven. Pots comprar-te l’entrepà i el tabac i anar-te’n a sopar al Club del Fumador que t’has fet soci. Apartat i ben identificat.
Una de les notícies que vaig llegir fa pocs dies al diari, contava que havien arribat queixes a Televisió Espanyola perquè a la sèrie “Amar en tiempos revueltos”, que fan de vesprada amb un bon índex d’audiència, es fumava massa i es donava un mal exemple. Bé, em preocupa, no sé si dins de poc tornarà la censura i els directors tindran greus problemes per a desenrotllar la seua tasca, i ambientar adequadament i amb naturalitat determinades escenes. No m’imagine una partida de pòquer entre gàngsters sense fum, ni a Popeye sense pipa.
Al teatre, si algun actor fuma mentre representa l’obra, s’ha d’avisar a l’entrada i a les taquilles ficant cartells, no siga cosa que després qualsevol espectador, quan està xerrant amb el del costat o li sona el mòbil, se senta molest perquè li arriba un filet de fum des de l’escenari.
Protegir els drets dels no fumadors només per la via de la prohibició i la sanció econòmica corresponent, no sembla el camí correcte. Ha d’anar necessariament acompanyat del més important: l’educació. És la clau, des de l’escola aprendre el respecte als altres, en aquest i en tots els aspectes que afecten a la convivència. Si no és així, sospitarem que aquesta llei, com d’altres, té més un objectiu recaptatori que de protecció als ciutadans.
Sembla que la pujada del preu és una mesura especialment efectiva en els joves, i en els temps que corren també en molts adults, ja que un 1 per cent de pujada produeix un 10 per cent de baixada del consum en esta franja d’edat. I a Espanya s’inicien vora 400 xiquets al dia en el consum de tabac, amb una edat mitjana de 13,6 anys.
Bé, el debat està obert. Jo sóc dels que pensen que, encara que semble paradoxal, tindre algun vici és molt sà, i este de fumar és, com va dir Oscar Wilde, un plaer perfecte: “és exquisit i ens deixa insatisfets. Què més volem?” I no em negareu que aquest rotllet que vos he soltat, m’hauria quedat molt millor amb un cigarret a la mà.
                                                                                                                             B. Blanch
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Bar Manolo

A la salud de mi amigo Vicent
Una de ibéricos. Dos de bravas. Una de verduras. Dos de calamares. Y una de sepia. Pica, pica, toca, toca. Mucha cerveza y cinco espléndidos bocadillos. Todo ello cocido al baño Di María durante 90 minutos. Era el menú perfecto de la cena de anoche en el Bar Manolo. El cheff Pep acertó con los ingredientes y nos brindó un banquete redondo del que sólo quedaba disfrutar sin mayor preocupación.
Pero los postres llegarían incluso antes que el mantel. Mi amigo Leo tenía hambre y, nada más entrar en el bar, se relamió con un buen palo catalán. Poco tardaron en aparecer los bocatas. Xavi abrió boca con un Chivito, y Pedro se endosó una jugosa hamburguesa completa. Sin apenas darnos cuenta y con el estómago medio lleno, llegaba el descanso.
Por las ventanas del Bar Manolo, en Alboraia, se podía ver cómo afuera llovía con intensidad. Aunque, según comentaban, nada tenía que ver con la que estaba cayendo en Barcelona. El Bar Manolo es el típico bar de pueblo. Cutre, grande y sonoro. Una densa nube de humo que flotaba en el techo, hacía prever tormenta, también dentro del local. Y es que no paró de llover cerveza a cántaros durante toda la noche. Empapados pero aún hambrientos, continuamos comiendo a mesa y mantel.
A falta de una, buenas fueron las dos Brascadas que el pillo de David se metió entre pecho y espalda. Se quedaría a gusto, pensamos. Uno de estos manjares se lo sirvió en bandeja Leo, que ya había tenido bastante con su palo y decidió hacer de camarero durante el resto de la velada.
El Bar Manolo puede parecer, a ojos del lector, un bar como otro cualquiera. Y lo es, salvo por una excepción. Manolo es chino. Instado por la crisis, el antiguo Manolo, suponemos, se vio obligado a vender su negocio. La todopoderosa familia oriental del Manolo actual que lo adquirió, decidió no cambiar el nombre. Y anoche hicieron el noviembre.
Llovía, de manera incansable, jarra tras jarra. En la televisión interrumpían la programación para ofrecer una noticia de última hora. Allí, en Barcelona, la caprichosa casualidad quiso que una nube blaugrana se posara sobre unos perdidos y desorientados católicos cristianos que visitaban la ciudad, y descargara sobre ellos, sin piedad, una copiosa lluvia dorada. Parecía cómico. Pero hubo un pequeño sector del bar al que la tragedia no le hizo ninguna gracia.
Cuando estábamos ya a punto de pedir la cuenta, el cachondo de Jeffren puso la guindilla a la cena. El postre, esta vez sí, fue de diseño. Revuelto de merengue flameado con vino blanco. Acabado el festín, un sonoro eructo en forma de Força Barça rompía el caos formado en la sala. El empacho era tal que sólo quedaba irse a dormir, con la barriga llena, hinchados de cerveza, borrachos de alegría.

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El coleccionista de aires

Coleccionar. Recopilar pequeños trocitos de realidad con el afán, quizá, de dejar un legado más allá de nuestra efímera existencia. Pero, ¿a qué se debe esta anhelo insaciable? ¿Por qué empeñarnos en perdurar para siempre? ¿Por qué no conformarnos con lo fugaz? Dudo que haya nada más bonito que no ser eternos. Y sin embargo, gastamos gran parte de nuestro tiempo en hacernos con infinidad de frivolidades con la única pretensión de que queden, bajo el sucio polvo, intactas para siempre. Para que, al menos, lleven nuestro sello cuando dejemos de poder ponerlo.
Las colecciones suelen ser, por lo general, trivialidades sin mayor sentido que el que el propio coleccionista quiera darle. Hay quien colecciona monedas de países con el deseo de poder visitar algún día. Otros reúnen autógrafos de ídolos con los que rara vez podrán intercambiar palabra alguna. Posavasos, los melancólicos de los bares. Zapatos, los fetichistas de los pies. Mapas, discos, películas, aviones de guerra en miniatura. Los hay que prefieren llenar los armarios con camisetas deportivas. Las estanterías, de libros y, sólo quien pueda, de trofeos. Colecciones hay para todos y de todos los gustos, más o menos ambiciosas, más o menos frikis.
Pero lo cierto es que aún no he conocido a nadie, por original o por raro, capaz de tener una colección similar siquiera a la que mi padre guarda, con cariño, en la estantería que encabeza su cama. Mi padre colecciona aire. Lo guarda en pequeños botes, en frasquitos que lacra y etiqueta con suma delicadeza. En ellos escribe el nombre del lugar al cual robó aquel preciado tesoro y el año en que lo hizo. La lista, aunque limitada, reúne rincones tan bellos como recónditos.
En los botes hay aires que hablan francés, inglés, català, euskera, alemán. Aires empapados del Niágara, aires que han surcado los canales de Brujas y subido hasta Notre Dame. En los frascos hay recuerdos, fotos, largas caminatas. Si te fijas bien, puedes incluso creer ver esas ciudades por dentro, recorrer su esencia tan sólo con un leve parpadeo. De pequeño, solía mirar, asombrado, desde esa cama, cada uno de los botes, preguntando a mi padre por la ubicación de aquellos desconocidos lugares, imaginando estar allí sin saber nada más de lo que una etiqueta decía. 
¿Qué recuerdos pretendía mi padre arrebatarle a la memoria con aquellos frascos? Alguna vez leí que algún presocrático hablaba del aire como el origen vital, lo que los griegos llamaban “arjé”. Quizás fueran por ahí los tiros, dadas las rarezas filosóficas del coleccionista. Puede que una colección tan absurda no sirva más que para recordarnos lo absurdo de cualquier colección. De cualquier manera, acabamos siendo lo que coleccionamos. Acabamos, en fin, coleccionándonos a nosotros mismos. O, en otros casos, nos coleccionamos unos a otros. Y lo peor que nos puede pasar es ser la colección de alguien. Recibimos de nuestros mayores sus colecciones. Los hay que tendrán en su salón una preciada pinacoteca. Yo… unos frascos de aire. Pero que no se olviden: quien respira último, respira mejor.

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El mono de la casa de pinturas

Fue siempre un personaje entrañable, alguien muy especial durante toda mi infancia. Nuestra relación, fría y distante, siempre mediada por un grueso cristal que mantenía las distancias, era a la vez intensa e incondicional. Todos los días, puntual como un reloj, al salir de la guardería iba a verlo con mi padre, que me esperaba paciente mientras intercambiábamos miradas y también alguna palabra de complicidad. Él vivía un par de portales más allá, en el comercio de la esquina. Era el mono de la casa de pinturas.
El mono de la casa de pinturas era adorable. Pequeño y perezoso, pasaba la mayor parte del tiempo sentado en su particular trono. Nunca supe su nombre. Tampoco fui capaz de entrar en la tienda para preguntarlo. Pero no era necesario. Siempre conseguía arrancarme una sonrisa con el simple hecho de seguir allí, donde siempre, saludando a los clientes.
Solía verlo por la mañana y por la tarde, coincidiendo con mi entrada y salida del jardín de infancia, ya que me quedaba a comer allí. Ningún otro niño sabía de su existencia. Al menos no por mi parte, pues no quería compartir con nadie aquel amigo tan peculiar.
El mono tenía unos ojos muy llamativos. Eran grandes y marrones, y su mirada penetrante parecía tener poderes hipnóticos. Pese a estar cubierto de pelo, no era un animal feo, como sí pudiera serlo su primo el narigudo. Sus dueños, siempre tan detallistas, acostumbraban a vestirlo casi diariamente. Su atuendo habitual lo conformaban una gorra y un mono (de trabajo), normalmente sucio. En la mano derecha sostenía una brocha que movía enérgicamente, y que explicaba las continuas manchas de pintura en su ropa. Resultaba especialmente gracioso verlo cuando lo ponía todo perdido de colores.
Pero no siempre llevaba el uniforme de pintor. En navidad se vestía de Papá Noel. Cuando llovía le endosaban un chubasquero y botas de agua, no fuera a ser. En verano, bañador, gafas de sol, manguitos y flotador, por si acaso. En carnavales, disfrazado. Por Fallas, blusón y pañuelo. Si ganaba el Valencia, hacía gala de su equipaje. Su fondo de armario era la envidia de la Barbie más presumida y caprichosa.
Con el paso del tiempo, y siguiendo el desarrollo habitual de un niño considerado normal dentro de unos parámetros tipo, dejé de ir a la guardería. Camino hacia el colegio, la tienda de pinturas ya no pillaba de paso. Tampoco más tarde, yendo al instituto. Ni siquiera ahora, en la facultad. Pese a ello, nunca pude evitar la tentación, casi inconsciente, de asomarme siempre que pasaba por allí. Un pequeño instante era siempre suficiente para cerciorarme de que el mono seguía en su sitio. Incansable, seguía saludando a los clientes con la misma sonrisa que tenía cuando lo conocí.
Hoy, después de muchos años, he vuelto a cruzar la calle para toparme con la casa de pinturas. Y una vez más, no he podido resistirme y me he acercado al vidrio. De lejos, he llegado a sobresaltarme. No he visto al mono, al menos en un primer momento. Sí lo he hecho, para mi alivio, cuando he andado unos pocos metros más.
Seguía allí, pero algo había cambiado. Ahora, medio oculto por unas cajas de herramientas, sucio y descuidado, vestía una camiseta arrugada, fea, horrible. Viejo, con una gran barba blanca. Los ojos, casi rotos, me miraban cansados. Agaché la cabeza. La volví a alzar, y entonces era yo quien estaba allí. Mi reflejo en el cristal. Triste, alicaído, lejos de ser aquel inocente niño, perdido para siempre. El mono, casi sin fuerzas, alzó la mano como hacía antaño. Devolví el saludo. Y me marché de allí. Pensé, tristemente, que todos nos hacemos mayores. Incluso los muñecos.
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El Pobre de Mercadona

A mi amigo Christopher John Francis Boone
(es un secreto)
El Pobre de Mercadona es un hombre pobre que pide dinero en la puerta de Mercadona. Es sordomudo y tiene seis hijos. Lo sé porque la primera vez que lo vi tenía un Cartel Indicativo, como los productos de Mercadona. Tiene la piel muy morena y una Gran Panza debajo de la camisa. Siempre lleva la misma camisa. Sus manos son muy grandes, ásperas y fuertes, como las de un albañil. Y esto lo sé porque siempre que lo veo en La Puerta de Mercadona me Choca esos Cinco. Al principio sus manos me daban un poco de miedo. Ahora me gustan, y me alegro cuando me Choca esos Cinco cada vez que lo veo en La Puerta de Mercadona.
El Pobre de Mercadona va a trabajar en bici. Su bici es vieja, y en la parte de atrás tiene una pequeña cesta en la que él deja Sus Cosas, como por ejemplo Su Silla Plegable. Antes la aparcaba junto a él, justo al lado de La Puerta de Mercadona, pero ahora la deja en la acera de enfrente, donde hay un Aparcamiento para Bicis, y nadie se la quita, porque todo el mundo sabe quién es El Pobre de Mercadona.
El Pobre de Mercadona llegó a El Barrio hará aproximadamente dos años, dos meses y seis días. Desde entonces, todos los días, a primera hora de la mañana, despliega Su Silla Plegable y se sienta en La Puerta de Mercadona a ver pasar la gente. Alguna Gente lo mira con Desprecio, que es cuando no te gusta lo que ves. Otra Gente se para y le da una moneda. Mi Padre siempre decía que Esta Gente era Buena Gente. Ahora, casi todos los que pasan por La Puerta de Mercadona, se paran a darle una moneda, por lo que El Barrio se ha llenado de Buena Gente. Y eso me gusta y me tranquiliza.
Antes de estar El Pobre de Mercadona, había una Abuela de Pelo Blanco que te daba los Buenos Días, y te decía Que El Señor Esté Contigo, y Qué Hijos Más Bonitos Tienes, aunque no tuvieras hijos. Era muy amable, pero yo creo que decía todo eso porque en el fondo quería que la Buena Gente se parase a darle una moneda. Ahora está El Pobre de Mercadona, que no te dice todas esas cosas porque es sordomudo y ya tiene un Cartel Indicativo que lo dice por él. Por eso me gusta, porque no dice nada y se limita a sonreír, que es lo que haces con la boca cuando estás Feliz.
El Pobre de Mercadona tiene una mujer, que es La Mujer de El Pobre de Mercadona, y también es pobre. La Mujer de El Pobre de Mercadona despliega Su Silla Plegable en La Otra Puerta de Mercadona y ve pasar la gente. A veces, El Pobre de Mercadona y su mujer discuten. Mi Madre dice que él es un machista y, aunque no sé muy bien qué significa, eso no me gusta y me incomoda porque es algo malo. Pero en el fondo yo sé que no lo es, porque si lo fuera, la Buena Gente se daría cuenta y dejarían de darle monedas.
Al principio, El Pobre de Mercadona se limitaba a estar sentado todo el día y ver pasar la gente. Por eso su Gran Panza cada vez era más grande. Pero ahora ha encontrado otro trabajo. Aparca los coches que pasan por La Puerta de Mercadona, que no quiere decir que se meta en el coche y lo aparque, sino que desde fuera da instrucciones al conductor para que lo aparque él mismo. Los conductores, que suelen ser Buena Gente, cuando salen del coche le dan una moneda.
Mercadona es un Supermercado de Confianza, lo que quiere decir que puedes ir allí a hacer La Compra de la Semana, porque ofrecen confianza y eso es bueno. Mi Padre y yo siempre vamos los viernes por la tarde a hacer La Compra de la Semana. Mercadona se rige por La Ley de la Oferta y la Demanda. Eso quiere decir que en la puerta hay unas chicas que se llaman cajeras, porque trabajan en La Caja Registradora, y dejan que te lleves comida a casa a cambio de monedas y billetes. Mi Padre siempre guarda una moneda para dársela a El Pobre de Mercadona y éste nos Choca esos Cinco y sonríe, como signo de agradecimiento.
Desde hace aproximadamente tres meses y veintidós días, El Pobre de Mercadona ya no está en La Puerta de Mercadona. Ahora se sienta Unos Metros más Allá, porque un día salió El Encargado de Mercadona, que es un hombre que lleva traje y corbata y se cree muy importante, y le dijo que no podía estar ahí porque Molestaba a los Clientes. El Pobre de Mercadona es sordomudo, por lo que igual no le entendió, pero ya se encargó el otro de mirarle con Desprecio y hacerle gestos con las manos. Mi Padre dice que El Pobre de Mercadona no molesta a nadie, o que al único que molesta es a El Encargado de Mercadona. Mi Padre dice que lo que pasa es que es Rumano, de Rumanía, y que por eso a El Encargado de Mercadona no le gusta. Dice que igual, si en vez de Rumano fuera Hacendado, sí que le dejaban estar en La Puerta de Mercadona. Pero yo esto último no lo entiendo.
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