Donde habita el olvido

Con un café como único compañero en la tediosa espera antes de entrar al trabajo, jugueteaba con el sobre de azúcar entre sus dedos. Tenía la mirada perdida. Estaba cansado. No había pasado una buena noche. Sólo el hombre que, sentado a su lado en la barra de aquel bar, abrió el periódico de forma escandalosa por una página cualquiera, pudo arrebatarle de su ensimismamiento.
La noticia, reducida a un pequeño recuadro en una de las esquinas inferiores, se hacía eco de una sentencia de la Audiencia Nacional, que enfrentaba al todopoderoso buscador Google con la Agencia Española de Protección de Datos, quizá ésta última algo menos ilustre. Cinco ingenuos, de manera un tanto incomprensible, habían decidido reclamar al gigante norteamericano que su nombre no apareciera en ninguna búsqueda, alegando su derecho al olvido. La empresa respondía a esta particular queja, inédita hasta la fecha, argumentando que retirar ese contenido sería nada menos que una forma de censura y que, en cualquier caso, Google no era responsable del contenido de otras páginas, sino un simple nexo de unión.
Un simple nexo de unión, pensó él, aún perdido en el fondo de su taza de café. Un inocente nexo de unión. ¿Qué culpa podía tener, pues, un inofensivo buscador, más que la de proporcionar a sus usuarios la práctica totalidad de la información que flota perdida en la red? Pero pronto cayó en la cuenta de lo absurdo de su pensamiento. Google, autoerigido como el mayor detective de todos los tiempos, pretendidamente neutro, era en realidad el ojo que todo lo ve. Un semidios con potestad de acceder hasta al ápice más íntimo de cada uno de nosotros. Alguien, o algo, que no conoce de fronteras, pero tampoco de privacidad y respeto.
Desconcertado, aturdido, también rabioso por saber que poco o nada se podía hacer ante tan cruda realidad, abrió su maletín y de él extrajo un pequeño ordenador portátil que, al instante, estaba listo y sumiso al poder de su amo. Internet Explorer dejó a la vista sus entrañas, como no podía ser de otra manera, con el dichoso Google en primer término. Así que, casi sin pensarlo, decidió escribir una palabra, al azar. Puesto que era lo que más a mano tenía, con pulso firme y decidido, tecleó café. Y mayúscula fue su sorpresa al ver lo que ocurrió tan sólo un segundo después de que presionara la tecla de entrada.
Una mujer, sentada en una mesa a escasos metros de nuestro personaje, se decidía a llevarse la taza a los labios. Al hacerlo, un gesto de extrañeza invadió su rostro. La taza, seca, virgen, había dejado de contender aquel líquido parduzco que de repente él era ahora incapaz de pronunciar. Se detuvo un momento a pensarlo, tratando de concienciarse de lo que acababa de ocurrir, intentando inútilmente recuperar de su mente unas palabras perdidas para siempre, palabras que enunciaban una realidad que se había esfumado, ante su mirada atónita, como por arte de magia.
Volvió la vista a la pantalla de su ordenador. Y de nuevo a la mujer, que permanecía sentada, sin lograr comprender qué acababa de acontecer. Y miró también, instintivamente al resto de mesas. Y en la mayoría de los casos se dio de bruces con el mismo panorama. Y prestó una vez más atención a la pantalla, que seguía mostrando las letras coloridas del buscador, sin rastro alguno en la casilla de texto. En un acto de desesperación y picardía, hizo click en la flecha que permite volver a la página anterior, pero como se temía, la máquina le anunciaba que esa página había dejado de existir. Suspiró.
Negándose a cerrar el portátil y acabar con lo que parecía un relato fantástico, escribió otra palabra más, esta vez instado por la curiosidad. Mesa, y como había sucedido antes, el local se quedó sin ese mueble tan imprescindible. Y él, como resultaba previsible, mudo de esas cuatro letras.
La gente entró en cólera al comprobar cómo todo aquello que antes yacía inerte sobre los tablones de mármol, ahora caía al suelo, provocando un estruendo insoportable. Platos, vasos, cubiertos, estallaron al impactar con el pavimento, cojos de un tablón que hasta entonces se ocupaba de mantenerlos vivos. Aquello era del todo surrealista.
Pero él, inconsciente del caos que acababa de provocar, no sólo en aquel bar, sino también en tantos y tantos lugares que no podían imaginarse sin esos dos objetos, siguió con el juego del olvido. Y así escribió, esta vez ahogado en una risa loca, tantas otras palabras, sin orden ni lógica. Botella, televisión, libro, dinero, ilusión, zapato, reloj, maldad, amistad, música, sol. Y se hizo la noche.
Y él se dio cuenta de que aquello se le había escapado de las manos. Entonces, consciente de que sólo una acción podía poner fin a todo aquel sinsentido, respiró profundamente, cerró los ojos, y de memoria escribió su propio nombre. 

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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2 respuestas a Donde habita el olvido

  1. Anonymous dijo:

    ¡Muy literario!

  2. Anonymous dijo:

    Google nos rastrea, nos espia, nos controla, nos indexa, y se lo cuenta a todo cristo…..Todo lo que de nosotros va quedando por ahí, de lo más fútil a lo más transcendente, en la pantalla de cada quisque…. Se acabó la discreción y el anonimato…..No somos nadie y somos todo….Ramón Barreiro

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