El mono de la casa de pinturas

Fue siempre un personaje entrañable, alguien muy especial durante toda mi infancia. Nuestra relación, fría y distante, siempre mediada por un grueso cristal que mantenía las distancias, era a la vez intensa e incondicional. Todos los días, puntual como un reloj, al salir de la guardería iba a verlo con mi padre, que me esperaba paciente mientras intercambiábamos miradas y también alguna palabra de complicidad. Él vivía un par de portales más allá, en el comercio de la esquina. Era el mono de la casa de pinturas.
El mono de la casa de pinturas era adorable. Pequeño y perezoso, pasaba la mayor parte del tiempo sentado en su particular trono. Nunca supe su nombre. Tampoco fui capaz de entrar en la tienda para preguntarlo. Pero no era necesario. Siempre conseguía arrancarme una sonrisa con el simple hecho de seguir allí, donde siempre, saludando a los clientes.
Solía verlo por la mañana y por la tarde, coincidiendo con mi entrada y salida del jardín de infancia, ya que me quedaba a comer allí. Ningún otro niño sabía de su existencia. Al menos no por mi parte, pues no quería compartir con nadie aquel amigo tan peculiar.
El mono tenía unos ojos muy llamativos. Eran grandes y marrones, y su mirada penetrante parecía tener poderes hipnóticos. Pese a estar cubierto de pelo, no era un animal feo, como sí pudiera serlo su primo el narigudo. Sus dueños, siempre tan detallistas, acostumbraban a vestirlo casi diariamente. Su atuendo habitual lo conformaban una gorra y un mono (de trabajo), normalmente sucio. En la mano derecha sostenía una brocha que movía enérgicamente, y que explicaba las continuas manchas de pintura en su ropa. Resultaba especialmente gracioso verlo cuando lo ponía todo perdido de colores.
Pero no siempre llevaba el uniforme de pintor. En navidad se vestía de Papá Noel. Cuando llovía le endosaban un chubasquero y botas de agua, no fuera a ser. En verano, bañador, gafas de sol, manguitos y flotador, por si acaso. En carnavales, disfrazado. Por Fallas, blusón y pañuelo. Si ganaba el Valencia, hacía gala de su equipaje. Su fondo de armario era la envidia de la Barbie más presumida y caprichosa.
Con el paso del tiempo, y siguiendo el desarrollo habitual de un niño considerado normal dentro de unos parámetros tipo, dejé de ir a la guardería. Camino hacia el colegio, la tienda de pinturas ya no pillaba de paso. Tampoco más tarde, yendo al instituto. Ni siquiera ahora, en la facultad. Pese a ello, nunca pude evitar la tentación, casi inconsciente, de asomarme siempre que pasaba por allí. Un pequeño instante era siempre suficiente para cerciorarme de que el mono seguía en su sitio. Incansable, seguía saludando a los clientes con la misma sonrisa que tenía cuando lo conocí.
Hoy, después de muchos años, he vuelto a cruzar la calle para toparme con la casa de pinturas. Y una vez más, no he podido resistirme y me he acercado al vidrio. De lejos, he llegado a sobresaltarme. No he visto al mono, al menos en un primer momento. Sí lo he hecho, para mi alivio, cuando he andado unos pocos metros más.
Seguía allí, pero algo había cambiado. Ahora, medio oculto por unas cajas de herramientas, sucio y descuidado, vestía una camiseta arrugada, fea, horrible. Viejo, con una gran barba blanca. Los ojos, casi rotos, me miraban cansados. Agaché la cabeza. La volví a alzar, y entonces era yo quien estaba allí. Mi reflejo en el cristal. Triste, alicaído, lejos de ser aquel inocente niño, perdido para siempre. El mono, casi sin fuerzas, alzó la mano como hacía antaño. Devolví el saludo. Y me marché de allí. Pensé, tristemente, que todos nos hacemos mayores. Incluso los muñecos.
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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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3 respuestas a El mono de la casa de pinturas

  1. Anonymous dijo:

    Nos vamos haciendo mayores, sí, pero tampoco es para tanto. ¡La vida empieza a los cincuenta, chaval!. Ánimo, disfruta del paso de los años. Todo es experiencia….Un abrazo. Ramón Barreiro.

  2. Ada dijo:

    No me gusta nada que hayas escrito sobre el paso del tiempo. Así que te digo que yo no creo que el mono estuviera viejo y roñoso… simplemente que tenía un mal día!

  3. Amparo dijo:

    Porque no queremos reconocer que nos hacemos viejos?y que aquello de que la juventud se lleva por dentro es solo un consuelo?. Ojala tuviera 20 años!. Lo siento amigos, la cruda realidad.Caray Pau con el mono…!

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