El Plan F

Conocido casi exclusivamente por La Terremoto, este pequeño municipio del área metropolitana de Madrid pasará, a partir de hoy, a estar en boca de todos (aunque tan sólo sea por unos días, pues ya se sabe de la corta duración de las noticas actualmente) gracias a la gesta lograda por su equipo de fútbol.

El Alcorcón, un modesto club de Segunda B ha logrado vencer a uno de los equipos con más presupuesto de Europa. ¡Con razón El País titulaba su artículo como «Real Alcorcón«! Y es que no es tan sólo lo que el mérito deportivo por parte de estos jugadores supone, sino más bien la desacreditación que conlleva de la mano de todo aficionado merengue (y me sé más de uno) hacia su querido equipo.
Sorprendieron ganando en casa, pero quizá lo más relevante es que lograron sobreponerse a toda la presión mediática levantada desde entonces. Consiguieron vencer a los flashes de las cámaras, a los titulares de los periódicos y al ensordecedor ambiente del Bernabéu para poner en entredicho lo que ya desde este verano se preveía más como un negocio rentable que no tanto como un producto deportivo. De hecho, fue el propio Florentino quien, sonriente ante las cámaras y orgulloso con cada nuevo fichaje (a cada cual más caro y opulento) se mostraba convencido de que lo que construía era en realidad no más que una gigantesca campaña publicitaria; tan sólo un compendio de futbolistas guapos y atractivos capaces de vender camisetas como churros.

Y así ha resultado. Los cerca de 300 millones invertidos en el Plan F (de Florentino) se habrán convertido en muchos más, gracias al negocio del marketing comercial. Pero esta barbaridad de dinero (incalculable para un ciudadano de a pie) se ha convertido también, por otra parte, en tan sólo un gol marcado, por cuatro recibidos, en un total de 180 minutos jugados ante todo un poderoso Real Alcorcón (sin ánimo, por supuesto, de restar mérito a nadie). Y lo que ello supone: caras largas y silbidos, muchos silbidos pidiendo la dimisión de nadie sabe quién.

El caso es que, a fin de cuentas, cada cual tiene lo que se merece. Unos obtendrán beneficio en forma de dinero, y otros los obtendrán en forma de títulos. Con ambiciones económicas más que deportivas, injusto y también extraño me parecería que este club ganara nada este año. Con todo, sólo queda decir: Hala, Madrid…

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Qüestió d’accents

El mateix dia en què el govern de Santa Rita es compromet a posar l’accent a València, en el logotip de l’ajuntament (inclús restant-li importància al debat), el Consell dóna deu dies de termini a Acció Cultural per a acabar amb les emissions de TV3 al País Valencià.
A què juguem? D’una banda, som tan progres que escrivim València com toca i, d’una altra, ens carreguem l’única televisió que tracta de difondre el bon ús de la llengua. Amb quina cara de la moneda he de quedar-me?

Em sembla realment increïble que es tracte d’enganyar a la població d’esta manera. D’un costat, mostre la meua faceta més compromesa amb les demandes socials pel que fa a la propagació de la llengua (que tampoc cal clamar el sant al cel perquè s’hagen dignat a tornar un accent al lloc que li corresponia… però bo, en qualsevol cas cal mencionar-ho); i de l’altre destruïsc una de les eines més eficaces de difusió de la mateixa.

No sé si som vertaderament conscients del que la supressió de la televisió catalana en la comunitat significa. Almenys per a mi, no poder veure els partits el diumenge al matí…
Fora bromes, amb la desaparició de TV3 (i la resta de cadenes catalanes) del panorama audiovisual valencià, Canal 9 (i les seues amigues) es desmarca i es queda com a única televisió de parla valenciana a València. Què significa açò?

De primeres, un desprestigi total de la llengua. Però, més enllà d’això, és per tots sabut el fort control que el govern autonòmic exerceix sobre esta televisió pública (si realment se li anomenar així). Ens quedarem, doncs, amb un únic punt de vista, una sola veu capaç d’informar-nos (o de privar-nos d’informació) de temes com el sagnant cas de corrupció de què estem sent testimonis, i no precisament gràcies a esta casa.

Significa privar de llibertat d’expressió a l’únic mitjà de comunicació que oferia una programació alternativa a la de Canal 9, on els assassinats, robatoris i violacions ocupaven gran part (o pràcticament la totalitat) dels seus telenotícies. Significa, per tant, donar carta blanca a una cadena perquè continue manipulant i ocultant informació com li vinga en gana, creant una alarma contínua en la societat valenciana i duent a terme un periodisme sectari, partidista i que respon a uns interessos més que clars: els del govern autonòmic.

Significa, al cap i a la fi, tancar el cercle; tancar el sistema de tal manera que només puguem escoltar i veure la informació que el propi sistema ens oferix. Significa fer-nos desfilar com a borrecs per la senda de la ignorància i de la desinformació.
És sens dubte una estratègia política molt intel·ligent per a tractar de pal·liar l’hostión mediàtic que està suposant per al PP l’escàndol del cas Gürtel. Basta d’eliminar els punts de vista contraris al partit, per a quedar-nos únicament amb allò que és afí al mateix.

Podem conformar-nos i deixar-nos portar per on volen que anem. O podem, simplement, apagar la televisió, perquè sens dubte preferisc la desinformació a la mala informació. I el pitjor de tot és que la senyora Barberá i el seu amic Camps tornaran a eixir somrients a la foto, després d’haver guanyat, una vegada més, les eleccions.

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Paella de marisco

Oigo el ruido de la persiana. Mi padre parece estar cansado de verme dormir y ha decidido despertarme. Los primeros rayos de sol que penetran en mi habitación iluminan el despertador. Son las doce del mediodía. Anoche salí, pero deberé darme prisa si quiero ver el partido que todos los domingos por la mañana emiten en la catalana.
Mientras desayuno, pienso que él ya debe de llevar varias horas despierto. Seguramente habrá bajado a por el periódico y estará leyendo en el salón de su casa, solo, mientras escucha la tele de fondo. Puede que por el camino se haya parado en la pastelería de la esquina a comprar algún que otro manjar para el postre. Quién sabe.
Termino de desayunar, sin ganas. Me duele la cabeza, pero una ducha fría lo cura todo. Llego al sofá a tiempo para ver empezar el espectáculo. Él estará esperando al autobús. Justo cuando Rovirosa anuncia el fin de la primera parte, suena el timbre. Dos veces, como siempre. Es él, sin duda. Abre mi madre y le da dos besos.
Al entrar en el salón, y verme tumbado en el sofá, como “caído de arriba” (como así le gusta decirme), me saluda y comienza el repertorio rutinario de preguntas. Preguntas que se repiten todos y cada uno de los domingos que viene a comer, pero que nunca me canso de contestar:
– ¿Estás viendo el básquet?
– Sí, está jugando el Barça.
– A ver cuándo te veo jugando en la tele. ¿No te van a volver a llamar del Pamesa?
– No… – sonrío – Ya hace mucho que no juego allí.
– Voy a saludar a Marineta.

Pero vuelve a los dos minutos, y continúa el interrogatorio.
– Bueno, ¿y de chiquitas qué tal?
– Bien, descansando – bromeo -.
– ¿Qué tal le va a Alba? ¿Aún hablas con ella?
– Estará estudiando – (en realidad hace meses que no tengo noticias suyas, pero sé que así él se queda algo más tranquilo) -.
– ¿Y Dolça?
– También estudiando.
– ¿Qué estudiaba?
– Agrónomos, en el poli – (y sé que ahora viene la pregunta mágica, aquella que no falla nunca y que en ocasiones dudo de que, pese a ser consciente de que la pregunta cada vez, no se cansa de repetirla) -.
– ¿Perito o ingeniera superior?
– Superior… – se me escapa una sonrisa -.

Mi padre anuncia desde la cocina que la comida ya está lista. Esta vez me ahorro el preguntar qué hay de comer. Como cada domingo, paella de marisco.
Y una vez más se repite la misma escena de siempre. Él sentado a mi lado, con el cojín en la espalda, come callado. Yo, de tanto en tanto, bromeo con mi hermana, que se enfada con suma facilidad. Y mi padre me mira con mala cara. Mi madre se limita a resoplar.

Llega el postre. Él, por no faltar al ritual, se enjuaga la boca con agua (ni fría ni templada; mezclada) y se mete un palillo entre los dientes. Yo trato de no mirar.
Las torrijas de mi madre las toma con mucho azúcar. Ella le regaña, pero él se limita a contestar que “ya es mayorcito”.
Y, por último, el café. En su caso, azúcar con un poco de café. Lo toma en el sofá, mientras me pide que le ponga el Canal 9. Parece que hoy prefiere dormirse viendo l’oratge, que no la vuelta ciclista. Me siento a su lado, y cuando se duerme pongo una película. “Últimamente hay mucho periodista joven en los telediarios, eh. A ver si te colocas pronto” – dice al despertarse -.
Pero se vuelve a dormir de inmediato. Los ronquidos no me permiten seguir el diálogo, aunque poco importa; es Pulp Fiction, y me la sé de memoria.
A media tarde mi madre me propone que lo acerque a casa. No me importa, ¿cómo va a importarme? Me calzo y salimos.
Nada más pisar la calle se enciende un cigarrillo. Sabe que mi madre no le deja fumar en casa, así que aprovecha la más mínima ocasión. Aunque poco le durará, pues tengo el coche a escasos metros de la puerta.
Durante el trayecto se interesa de nuevo por mis ligues. También me pregunta qué tal de “dinerito”, y en un alarde de generosidad, me tiende 10 euros que agradezco con una sonrisa. Al llegar a Peris y Valero, por si lo había olvidado, me indica por qué bocacalle he de meterme. Y justo al girar, añade: “Déjame a éste lado, en la esquina”. Como si no lo supiera…
Paro el coche y nos despedimos.
– Ves con cuidado, Pauet, que la gente va como loca.
– Sí. Adiós yayo.

Nos damos dos besos y arranco de nuevo el coche. Al avanzar unos metros miro por el retrovisor. Lo veo de pie, esperando a que me vaya, con otro cigarro a punto de ser encendido. Encorbado, con las gafas de sol puestas, me dice adiós con la mano.

Me da la sensación de haberlo conocido así siempre; solo, viudo. Tan sólo son las cinco de la tarde. Me pregunto qué hará en casa el resto del día. Es más, me pregunto que hará el domingo que, por lo que sea, no estemos en casa y no pueda venir a comer. Se me hace un nudo en la garganta y me quedo pensativo durante unos segundos que parecen horas. Pero vuelvo la vista al frente, y continúo conduciendo.

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El niño del globo

Una casa de campo con garaje. Un globo de helio que vuela descontroladamente por el cielo de Colorado durante un par de horas a 3.000 metros de altura. Un niño de 6 años con cara de buen chico. Un hermano que dice haberlo visto dentro del aparato. Un padre irresponsable. Una familia con afán de protagonismo. Cámaras de televisión, cientos de periodistas. Y americanos. Muchos americanos.

Son los ingredientes de lujo de una receta yanki que tiene un cierto regusto a farsa y a engaño barato. «El niño del globo», como así se han apresurado a bautizarle, es sólo una muestra más del daño que han causado todos los programas tipo «El diario de Patricia» (versión made in USA, por supuesto). Es sólo la punta del iceberg de una sociedad que se ha criado bajo la máxima de que «aquello que no sale por televisión, no existe». Es el súmmum de todos aquellos don nadies que están dispuestos a vender (incluso regalar) su dignidad por unos míseros minutos de fama. Éste es el claro ejemplo de una familia que daría lo que fuera (incluida la imagen de su propio hijo) por aparecer en los telediarios vespertinos de las principales cadenas de todo el globo.

La noticia, que ayer mismo anunciaba que un niño de 6 años se había montado en un globo de helio diseñado por su padre y se había elevado hasta los tres kilómetros de altitud, era una auténtica farsa, un simple montaje de una familia norteamericana con mucho afán de protagonismo. Y es que así se ha demostrado hoy mismo, cuando el propio niño ha confesado a la CNN que lo hicieron «por el show«. El padre, ruborizado, ha intentado desmentir las palabras del inocente chico, pero ha quedado en evidencia. ¿Para qué tienes si no un gigantesco globo de gas guardado en el garaje de tu casa? Ya que te has tomado la molestia de construirlo, al menos sácale partido y haz que todo el mundo sepa que lo tienes.

Sólo hay que fijarse en la repercusión que se le ha dado a esta simple anécdota (ha sido una de las más mediáticas de estos últimos años) para darse cuenta de que esto es precisamente lo que buscan los medios, y también los mismos espectadores. Buscamos la noticia, sea al precio que sea. Incluso si ésta son tan sólo hechos sin verificar.

Señores medios de comunicación de todo el mundo, sepan que un mocoso (con perdón) de seis añitos «se la ha colado». Se han hecho ustedes eco de un engaño.
Pero creo que no tienen ustedes tanta culpa como sí la tenemos todos nosotros; una sociedad que se alimenta día tras día de «programas basura», en los que cualquiera puede llegar a ser alguien por unos instantes. Resulta muy triste, pero hay gente que está decididamente loca por ser noticia, obsesionada con que alguien les vea en la pantalla y poder mandar así un crudo mensaje al mundo entero, desde un pequeñito rincón de Colorado: «sois (somos) todos unos ingenuos».
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Un día en bicicleta

Querida señora alcaldesa de Valencia:
Como ciudadano de bien, le escribo para disculparme por no haber acudido el pasado domingo a la fiesta celebrada en la Alameda: “El día de la bicicleta”.
No pude asistir, pero sí pude hablar con unos cuantos “domingueros” (en el buen sentido de la palabra) que lo hicieron. Me comentaron que el índice de participación de este año fue de lo más preocupante. Y, como tiene que ser, me preocupé. Pero hasta cierto punto, pues también por otra parte me alegré de que esta ¿fiesta? no saliera todo lo bien que se esperaba. Y me explico.
En primer lugar, si a este evento puede llamársele fiesta, deja mucho que desear; pues en mi humilde opinión es tan sólo una de sus múltiples estrategias propagandísticas, mi amiga Rita, un mero cartel para quedar bien (o al menos intentarlo) delante de la opinión pública. Para salir guapa en la foto, vaya. Y a ser posible sin mancharse demasiado ese bonito traje rojo (unos maillots hubiera sido, supongo, más adecuados).

En este memorable día, tan sólo unos pocos acuden aún llenos de ilusión, con la esperanza de que siga significando lo que nunca habría debido dejar de significar; esto es, un día en que se reivindique el uso de la bicicleta. El uso más saludable, respetuoso y sostenible con el medio ambiente, de la bicicleta.
De poco o nada sirve que estas personas celebren lo que sin duda debería ser una fiesta, un motivo para sentirse orgullosos de vivir en una ciudad que apuesta por este medio de transporte tan antiguo y a la vez tan ecológico.
Y no sirve de nada, señora alcaldesa, porque aquí (a diferencia de en otras ciudades españolas, y qué decir europeas) no existe una conciencia de la bicicleta, una ciudadanía segura y comprometida con los valores que el uso de la bicicleta supone. Porque la bicicleta no es, como supongo que usted acostumbrará a pensar, un mero medio de transporte. La bicicleta es, o al menos debería de ser, el medio de transporte por excelencia en una ciudad como esta. La bicicleta debería de ser una forma de vida, y una manera vanguardista de entender la estructura social y ciudadana.
Pero, por desgracia, esto no es así. O al menos no es así aquí. Aquí, donde celebramos “El día de la bicicleta” y somos incapaces de cortar las calles. Aquí, donde el carril bici aparece y desaparece según le venga en gana. Aquí, donde se multa a los ciclistas por circular por la acera, y no a los coches por aparcar en ella los días de fútbol.
En cualquier caso, señora Barberá, puesto que no pude asistir a su fiesta, le explicaré la mía. Le explicaré lo que es, no “El día de la bicicleta”, sino “un día en bicicleta”. Un día en bicicleta es esquivar peatones que cruzan el carril bici como si cruzaran el comedor de su casa. Un día en bicicleta es decidir circular por la calzada (puesto que el carril bici está colmado de viandantes) y tener que soportar las riñas y los insultos de todos aquellos que van al volante. Un día en bicicleta es no encontrar ningún sitio donde poder atarla. Un día en bicicleta, querida amiga, puede convertirse en una verdadera odisea.
Quizá usted no entienda qué significa un día en bicicleta. Es más, estoy sumamente convencido de que así es. No lo entiende, y dudo mucho que lo llegue a entender algún día. Pero no se preocupe, pues el año que viene acudiré a su particular celebración. Eso sí, espero verla por allí, porque iré andando y con un silbato en la mano.
Sociedad de la información. 3º de Periodismo.

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En el límite entre el periodismo y la propaganda

Existe una sutil barrera que separa la mera información de aquello que podría ser considerado como, quizá llamado de una manera un tanto brusca, propaganda.
Existe una diferencia, en ocasiones inapreciable, entre contar los hechos tal y como han ocurrido, y contarlos añadiéndoles ciertos matices que, de una manera más o menos consciente, nos hagan ver las cosas desde un determinado punto de vista; este es, el punto de vista que le interese al medio en cuestión. El punto de vista de quien realmente manda en un modelo comunicativo capitalista: el punto de vista del emisor.

Me estoy refiriendo con esto a las distintas formas que hay de tratar una misma noticia. En ocasiones, como es el caso que me ocupa hoy, la diferencia tan sólo radica en la presencia o ausencia de una fotografía.

Por ponernos rápidamente en contexto, cabe entender, a grandes rasgos, la situación política que se vive hoy en día en la Italia de Berlusconi. El primer ministro, además de primer ministro, resulta que es uno de los mayores magnates de medios de comunicación que existen hoy en día en Europa.
Es por ello por lo que puede salir en cualquiera de sus múltiples televisiones (o incluso en la tele pública, como es éste el caso) insultando y descalificando a todo aquel que cuestione alguna de sus actuaciones.

Pues bien, Rosy Bindi (diputada del Partido Demócrata), al defender al jefe de la República, precisamente de unas declaraciones del bueno de Silvio, fue objeto de agravio por parte de éste mismo.

El caso es que no es la discusión en sí lo que quiero tratar (que, de todas formas, también daría para largo). Me gustaría simplemente reflexionar acerca de la manera en que los diferentes medios de nuestro país se han hecho eco de las declaraciones de Berlusconi, que son las siguientes:

«Es (usted) más guapa que inteligente»

En el periódico A, se ha dado la información utilizando únicamente texto. Sin embargo, el periódico B ha decidido añadir una fotografía de la susodicha, por si acaso no nos quedaba claro lo sumamente fea (con mil perdones, no encontraba otra palabra) que es, a parecer de Berlusconi, la diputada Bindi.
La foto, además, se las trae. Pues creo que, de entre todas las fotos de archivo a las que ha podido acceder el periódico, han escogido sin duda en la que peor parada sale la pobre mujer:
Hay una clara diferencia entre dar esta información con o sin foto. Sin duda, la fotografía es una parte más del periodismo, y también aporta (en ocasiones mucha) información. Pero hay momentos en los que se podría prescindir de ella, y máxime aún cuando puede dañar, más si cabe, la imagen personal de una persona.

No conocemos (o al menos yo no conozco) a Rosy Bindi. No sabemos cuán inteligente es. Pero lo que está haciendo este periódico al adjuntar la foto es, ni más ni menos, que riéndole la gracia al primer ministro.

No pretendo decir con ello que la información esté mejor o peor dada de una u otra forma. Simplemente que en el fondo nada (o casi nada) es 100% objetivo. Detrás de cada detalle, de cada frase, de cada fotografía; existirá una intención, una razón de por qué el autor ha decidido poner u omitir ciertos detalles. La forma en que se expresa una noticia, su colocación física en el diario… todo tiene una importancia, a la postre, decisiva.

Cada uno es libre de leer el periódico A, o decantarse por el B. Cada lector podrá elegir de boca de quién quiere escuchar las cosas. Pero es importante no olvidar que detrás de todo esto hay personas, y esas personas tienen unos intereses económicos y políticos que, de alguna manera u otra, siempre estarán presentes en aquello que escriben y publican.

Es así de triste, pero mucho me temo que no existe (y por el camino que vamos, dudo que pueda llegar a existir) un periodismo puramente ecuánime y objetivo.

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Lluvia

Lluvia es todo aquello que tú deseas que sea. Lluvia es agua. Lluvia es humedad. Es frío. Lluvia es tormenta. Son rayos y truenos. Lluvia es ruido. Y luz.
Lluvia es belleza. Lluvia es fuerza. Naturaleza. Lluvia es el día. Y la noche. Lluvia es dormir cuando llueve. Es dormir. Lluvia es llegar mojado. Secarse. Lluvia es despertar de una pesadilla. Lluvia es un baño de agua caliente.
Lluvia es primavera, otoño, invierno. Lluvia es verano. Lluvia son enfados y alegrías. Lluvia es arcoiris. Largos paseos mientras anochece. Son caracoles. Tempestad.
Lluvia es la calma. Lluvia es la montaña. Y el mar. Lluvia es una tarde de domingo. Es aburrirse. Lluvia es monotonía. Es diversidad.
Lluvia son gotas en el cristal. Son gotas. Lluvia es la nube. Es el sol. Lluvia es correr. Huir.
Lluvia es pensar. Escribir. Recordar. Lluvia eres tú. Lluvia son los niños. Charcos. Lluvia es cantar. Es la Virgen de la Cueva.
Lluvia es cerrar los ojos. Es escuchar. Lluvia es la carretera. Lluvia es granizo, tormenta y nieve. Calabobos. Lluvia es chispear. Es dejar de llover.
Muerte. Lluvia es vida. Llueve… Lluvia es lluvia.
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La matanza de las Feroe

Las Feroe son un conjunto de 18 pequeñas islas situadas en el Atlántico norte, entre Escocia e Islandia.
Inmensas praderas verdes, aire puro y abruptos acantilados hacen que estas islas ofrezcan un paisaje acogedor e idóneo para recibir cada año grandes cifras de turistas de todo el mundo.
Pero, tal y como se observa en la imagen, lejos de ser un lugar para visitar, podría recordarnos al escenario perfecto en que rodar una película de terror.
Un pequeño pueblo prácticamente incomunicado, estrechas y sinuosas carreteras que bailan con las curvas de las montañas… y un mar teñido de sangre. Pero, ¿de dónde procede tal cantidad de agua roja?
Como bien podría narrar cualquier viejo marinero de alguna isla vecina… «cuenta la leyenda» que cada año, allá por primavera, los simpáticos y hospitalarios habitantes de las Feroe se transforman en auténticos cromañones, encarnan a sus más lejanos antepasados, y se lanzan al mar con el objetivo único de acorralar y matar, sin escrúpulo alguno, a las poblaciones de delfines que entran en la bahía.
Este hecho, que perfectamente podría ser introducido en cualquier película del género fantástico, dista mucho de ser algo ficticio. Y es que así ocurre. En efecto, cada año, los habitantes de estos pueblos dejados de la mano de Dios, asesinan brutalmente a decenas de estos ingenuos mamíferos que se acercan a la costa en busca de aguas cálidas y alimento.
Piedras, arpones, cuchillos… todo vale para atraerlos hacia la orilla, donde serán degollados con un corte seco y limpio. Fluirá la sangre y teñirá la playa. Incluso los niños chapotearán sobre el agua salada.

Ellos, dicen, lo hacen por tradición (tradición que, para ver nacer, deberíamos remontarnos unos 1000 años atrás). Por eso, y porque estos animales suponen una cuarta parte de su consumo total de carne.
Pero el problema no radica en que los habitantes de esta región coman la carne del delfín. Desde siempre, el ser humano ha matado para poder comer. Lo preocupante es que esta cacería no está regulada. Por tanto, podríamos preguntarnos, ¿dónde acaba la necesidad de comer, y dónde empieza la diversión y el espectáculo de la tradición misma?
Miles de periódicos se hacen eco de tan dantesca ceremonia. Greenpeace y demás organizaciones mundiales denuncian este hecho. Pero nadie parece obtener los resultados deseados.
Y yo me cuestiono, ¿por qué empeñarse en mantener tradiciones por el mero hecho de que así se han hecho desde hace cientos y miles de años? ¿Por qué no actuar bajo los parámetros de lo racional y saber distinguir entre lo que podría ser un acto ritual y lo que pasa a convertirse en una masacre y un auténtico atentado contra la naturaleza?
Lo más triste de todo es que no es necesario cruzar Europa para darse cuenta de la existencia de este tipo de «fiestas». Basta con girar la vista hacia la «España profunda» para percatarnos de que rituales como éste cobran vida cada año en cientos de pueblos a escasos kilómetros de nuestras casas.

Disfrutemos, mientras dure, de nuestro planeta. Pero respetemos y convivamos en equilibrio con todo aquello que la Naturaleza pone a nuestro alcance. Tan sólo así podremos ser tan humanos como se nos supone.
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Regreso al pasado (en las aulas): sobre el adoctrinamiento y la sumisión

La famosa «Vuelta al cole» ya ha llegado a nuestros grandes almacenes. Esta vez para traer una gratificante sorpresa: en nuestro caso, más de una decena de colegios públicos se harán eco de la propuesta sobre el uso del uniforme escolar (ni falta que hace hablar del resto de comunidades autónomas… en Madrid, por ejemplo, gracias a la iniciativa de Super-Esperanza, serán 30 los colegios agraciados).
Pero atención… estamos hablando de colegios públicos. Ya nada tendremos que envidiar a los Salesianos y Jesuítas de turno. ¡Por fin los pobres podremos dejar de aparentar ser pobres! Ahora todos nuestros niños, bien uniformados, militarizados, acudirán a las aulas en igualdad de condiciones. Eso sí, acudirán a las aulas como si de un rebaño de ovejas inútiles y sumisas se tratara.
Aunque tampoco podemos quejarnos, pues esta iniciativa ha venido acompañada de otra mucho más gratificante. La Generalitat Valenciana ayudará a cada niño matriculado con una donación económica de 20 euros (si su centro es nuevo participante del plan) ó 10 (si su centro ya ha participado anteriormente).
Esta noticia es verdaderamente confortable. De los 250 euros que puede llegar a costar el equipamiento completo de ropa y calzado, tan sólo tendremos que pagar 230 euros.
En cualquier caso, no creo que esto sea lo discutible, pues me parece bastante positivo que se dote de ayudas a aquellos alumnos cuyos centros decidan acogerse a esta nueva implantación. Lo discutible sería la necesidad de gastar dinero público en este proyecto. ¿O es que acaso la escuela pública está en tan buenas condiciones como para que nos podamos permitir el lujo de subvencionar los uniformes de los niños? ¿No creen que hay muchas otras necesidades que precisan de mayor prioridad?
Además, ¿qué es lo que se pretende uniformando a los niños? ¿Eliminar las desigualdades? Lo dudo mucho. En un uniforme se puede llevar un simple jersey… o un jersey de Lacoste. No nos engañemos; las desigualdades, los abusos y las envidias no van a desaparecer tan sólo con uniformar a los alumnos. Lo que sí desaparecería sería la esencia de la escuela pública, esto es, las propias diferencias entre los individuos, el pluralismo y la variedad.
La libertad de cada individuo radica en su derecho para la libre determinación. Libertad es decidir por tí mismo. Libertad es poder elegir qué ropa quieres llevar puesta cada día.
Uniformando a los niños no los estamos dotando de una mayor libertad, sino más bien todo lo contrario. Estamos privándoles de ella.
A mi entender, lo que se esconde en el fondo de todo esto, no es una forma de educar en que el estudiante sea cada vez más capaz de pensar y razonar por sí mismo…
Lo que se trata de inculcar, ya desde bien pronto, es un modelo de educación cuyo mayor exponente es el adoctrinamiento. Un modelo de educación en que el estudiante, lejos de actuar libremente, tan sólo podrá limitarse a recibir las lecciones magistrales (los sermones) del único poseedor de la verdad absoluta: el maestro, educador o instructor; en el sentido más cínico de la palabra. ¿Tan sólo a mi este prototipo educativo me hace recordar tiempos pasados?

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¡Guau!

Querido señor dueño del perro que caga y mea en mi calle…

Le escribo para decirle que ayer paseando por el barrio me encontré esto en el suelo, y pensé que podría ser suyo:

Si le soy sincero, no me resultó nada fácil hacer la fotografía, pues me entraron arcadas tan sólo de ver semejante obra de arte (…abstracto). Pese a todo, pensé que podría resultar útil, pues puede que se le haya perdido, y si la está buscando me gustaría indicarle dónde encontrarla: ¡por todas partes!

Querido señor dueño del perro que caga y mea en mi calle (y en calle de todos), me gustaría aprovechar la ocasión para decirle que, quizá él tan sólo sea un animalito indefenso y con nula capacidad de raciocinio; pero usted, al igual que yo y que tantos otros, somos personas. Se nos supone ciudadanos. Y créame, no resulta nada agradable pasear por la calle y topar con una de estas.

Es por ello por lo que me gustaría rogarle que, puesto que seguramente a usted no le debe de hacer demasiada gracia las pintadas en su fachada, o el botellón de los viernes; comprenda que tampoco a mí me gusta que su perro cague y mee en mi (nuestro) entorno público.

¿Cómo se sentiría usted, querido señor, si yo hiciera lo mismo en el recibidor de su casa? Me alegra saber que me comprende.

No sé hasta qué punto es cierto aquello de que «el perro es el mejor amigo del hombre». Del hombre que no tiene que agacharse a limpiar sus estropicios, supongo. Porque del resto de hombres, que simplemente se dedican a observarlos incrédulos, imagino que no será objeto de elogio.

Comprenda pues, querido señor dueño del perro que caga y mea en mi calle, que me dirija a usted, y no a la criatura. Pues al fin y al cabo es usted quien (y esto es un verdadero atrevimiento) tiene «dos dedos de frente». Y si no, querido amigo, no tenga un perro.

Porque es muy bonito sacarlo a pasear, y lanzarle la pelota para que se la traiga con la boca. Pero tener un perro va mucho más allá. Conlleva una serie de responsabilidades que, si usted no se ve capacitado para cumplir (cosa que me parecería muy respetable, a la par que honrado por su parte), quizá sería mejor que tuviera uno de estos, pues le daría bastante menos faena y seríamos todos mucho más felices…

Muchas gracias por su atención y comprensión. Espero no tener que volver a ponerme en contacto con usted. Atentamente,

el ciudadano que tiene que convivir con ello.

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