Salvem el Cabanyal

Aquell trist dia de primavera, les ones del mar van gemegar de dolor. D’un sospir, es van acostar tímidament fins tocar la sorra, i van ser tèstics d’una de les actuacions policials més vergonyoses que recorden. Van voler lluitar per la causa, però no van poder. El mar va tirar elles, una vegada més. Però esta vegada van tornar tenyides de sang, i es van emportar amb si més d’un sanglot i alguna runa. La ferida estava oberta, i la sal de la platja feia que la coentor fóra quasi insuportable.

Aquell matí en el Cabanyal, molts van recordar temps passats. Van recordar l’opressió, la violència, l’autoritarisme i el silenci. Van cridar, però ningú estava allí per escoltar-los. Un exèrcit d’homes de negre, armats amb tota la potestat que suposa el suport d’un partit, van callar els manifestants a base de violència. Ningú va preguntar. Es van oblidar les bones formes. La milícia, estesa en el sòl, alçant les mans, demanant allò que li pertanyia, va ser sotmesa a una pluja de colps de porra i reduïda a un parell de valents que no es van rendir fins quedar inconscients.

Lluny d’allí, en els despatxos, es lliurava una altra batalla. Era la lluita jurídica, el pols polític que uns ignorants tractaven de guanyar a una la llei que ja feia molt havia declarat aquell lloc Patrimoni Cultural. Però de res van servir els papers. Els tancs ja estaven en el carrer, com en aquella nit de febrer, disposats a actuar. I aquesta vegada sí ho van fer. Van disparar, i van derrocar diversos objectius. Junt amb eixes cases, va caure una part de la història que aquest barri històric havia escrit a València. Van caure anys d’esforç i dedicació, de vides anònimes entregades al mar, del treball humil de famílies de pescadors de classe mitjana-baixa. Va caure també el somriure i l’esperança de tots els allí presents. Però sobretot va caure la dignitat d’una gent que aquell dia va veure morir una part de la seua vida.

Aquell matí en el Cabanyal van caure molt més que un parell de cases. I el que vinga a continuació no servirà de molt, doncs el dany ja està fet. La ferida continua sagnant, i el fet que s’aconseguisquen rentar la cara els dos o tres polítics de torn amb declaracions positivistes no repararà el que ha passat. Un barri que ha sigut completament abandonat per les autoritats, pel que ningú ha mogut mai un dit per preservar-lo i recompondre’l, és un barri podrit. Però ho és precisament perquè mai s’ha fet res per evitar-ho. És ara, darrere d’anys de treball, quan el PP arreplega els seus fruits i ix victoriós. Ha aconseguit el que volia. Ha enverinat el Cabanyal, i té l’excusa perfecta per, per fi, acabar amb ell.

Molts continuen plorant i no perden l’esperança. Però en el fons tan sols les ones del mar saben que aquell matí en el Cabanyal va començar una guerra que, si seguix pel camí de la desídia política i la repressió policial, té un final escrit. Amb tot, Salvem el Cabanyal.
Fotografia de Juanvi Blàzquez
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Homo homini lupus

La cinta blanca representa la pureza y la rectitud. Se ata en el brazo de un niño que ha cometido un acto malvado o pecaminoso, como castigo para que todos sepan de su fechoría, y para que él recapacite al respecto.

Michael Haneke nos trae una verdadera maravilla cinematográfica que trata sobre los orígenes del fascismo, sin necesidad siquiera de mencionarlo. En un desconocido pueblo de la Alemania anterior a la I Guerra Mundial empiezan a ocurrir sucesos misteriosos: violaciones, maltratos, incendios… Un anciano narrador recuerda sus años en la aldea, cuando trabajaba de maestro y aún era demasiado joven e ingenuo para percatarse de lo que en realidad sucedía. Esta voz en off acompaña unas fascinantes imágenes en blanco y negro durante los 145 minutos de metraje. Pese a la duración, el ritmo de la trama, la belleza de la fotografía y el impacto visual es tal que no podemos más que permanecer sentados, expectantes, testigos de cómo se engendró la sociedad podrida que fue la madre del ideario nazi.

Pero no esperen ver imágenes bélicas, majestuosos desfiles militares ni esvásticas luciendo en la chapa de algún uniforme alemán. No se trata de la típica película que nos habla de la historia de las dos Grandes Guerras y de cómo el imperio nacional socialista acabó con la vida de millones de inocentes. No. Esta película muestra las causas, no las consecuencias. Presenciaremos el antes, no el después. Y es precisamente esto lo que la hace diferente, y la convierte en una obra del todo admirable, por no encontrar claros precedentes en la gran pantalla.

En este film, Haneke nos habla de los valores que imperaban en este pueblecito aparentemente agradable y tranquilo, y de cómo el exceso de los mismos puede acarrear comportamientos extremistas. La religión, la envidia, el odio, la prudencia, la violencia, la violación, el desprecio, la sumisión, e incluso la educación y el respeto. Nada en exceso es bueno. En La cinta blanca reinan las apariencias. Las cosas no son lo que parecen ser. Lo que realmente cuenta es lo que se predica hacia el exterior, porque en realidad, de puertas para adentro, todo es válido. Un doctor que abusa de su amante y su hija, un niño deficiente que es maltratado de manera cruel, un barón desengañado y un pastor que predica sin el ejemplo. Todos ellos son cómplices de múltiples celos y envidias en una población que se engulle a sí misma.

Thomas Hobbes, en el siglo XVII dijo: “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre). Michael Haneke se limita a coger la cámara y colocarla en el momento y lugar idóneo para ilustrar esta frase tan certera. Como hizo en Funny Games (1995), el director alemán recurre a la violencia para mostrar los problemas menos visibles de un pueblo ignorante. Según dice, “no puede obviarse” esta cuestión, pues “simplemente forma parte de la vida cotidiana”. Es por ello por lo que no sorprende que se utilicen muchos recursos ya presentes en aquel trhiller de crueldad doméstica que dejó a toda la crítica boquiabierta a mitad de los noventa. La cámara, inmóvil, y nosotros con ella, somos testigos directos, de una violencia que no por quedar fuera de plano deja de ser menos impactante.

Los secretos de un guión que ofrece más preguntas que respuestas, quedarán por resolver en la mente del público. Las interpretaciones son diversas, y no será el protagonista (si es que lo hay) quien desvele la suya. Él, al tratar de investigar e ir un poco más allá de las costumbres morales y opresoras que imperan en el pueblo, será rápidamente advertido y frenado en seco. Quizá nadie excepto él sepa qué fue lo que verdaderamente ocurrió con aquellos extraños acontecimientos. O quizá todo el mundo lo sepa, y el director se toma la licencia de no descubrirlo. En cualquier caso, y precisamente por ello, será usted, el espectador, el encargado de descifrar el enigma de los ideales extremistas, totalitarios y absolutistas que dan razón de ser a esta maravillosa película.
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Vitoria en Fallas

Muchas horas de autobús y muy pocas de sueño. Ese fue el precio que tuvimos que pagar por librarnos, un año más, de las Fallas valencianas. Allí, muy lejos de las noches en vela y del olor a orín en las esquinas, encontramos una ciudad que todavía dormía a nuestra llegada.
Vitoria era aún más bonita al amanecer. Pequeña pero agradable. Su centro histórico, presidido por la Plaza de la Virgen Blanca, se alza en forma de almendra. Las callejuelas que lo atraviesan son un claro ejemplo de la integración social y la diversidad cultural que caracteriza el barrio y el resto de la ciudad. Todo es paz y armonía en esta tranquila localidad. Las obras, escasas; coches, los justos; y ruido, menos del necesario.
En la parte alta del casco viejo, por encima de todos los tejados, la torre de la antigua catedral permanece impasible, vigilando la capital. A medida que el sol hace acto de presencia, Vitoria despierta con casi veinte grados en los termómetros. El temporal ha pasado, y las calles se inundan de gente. Muchos van a trabajar y otros tantos cumplen con sus obligaciones académicas. Pero no es raro ver, también como nosotros, algún que otro turista, cámara en mano, que anda perdido entre las páginas del plano.
Ya de día, la capital vasca vive a un ritmo frenético, pero es víspera de festivo y no deja de respirarse un cierto aroma a fin de semana. El resto del centro se ve en apenas medio día. La Plaza de España, casi cerrada por completo y ajena a todo cuanto ocurre en su exterior, sostiene una pancarta que rechaza la violencia de la banda terrorista. Esa misma mañana, no muy lejos de allí, al sureste de París, ETA había asesinado al primer policía francés.
Subimos al hotel antes de comer. Las vistas desde un séptimo piso a las puertas del parque de la Florida no tenían precio. La nueva catedral, y la pérgola rodeada de árboles me hacían recordar que quizá la ventana de mi casa no ofreciera el mismo panorama. Aquí, el aleteo de una paloma o el silbido del viento apenas podían romper un silencio casi sepulcral. Allá, el incesante tronar de los petardos y las desafortunadas consecuencias de una noche borracha eran los primeros síntomas de flaqueza de una Valencia que todavía estaba por quemar.
El jueves era la gran noche. La nit del foc se celebraba en Euskadi de una manera muy especial. Desde la plaza Lovaina nacía una calle repleta de bares. La gente se apelotonaba a ambos lados de la calzada, y apenas se podía entrever la entrada a los locales. La razón era bien sencilla. Los zuritos y los pintxos eran la pólvora de aquellos inmejorables fuegos artificiales. El buen ambiente de la noche vitoriana se podía disfrutar, por un módico precio, en aquella avenida repleta de sabores.
San José despertó algo nublado, pero las pocas nubes que rondaban nuestras cabezas no pudieron empañar un día que se preveía perfecto. El tren hacía Donosti salía pronto. La estación estaba cerca, y no tardamos mucho en aclamar la belleza y la inmensidad de la playa de la Concha. Este pulmón salado, situado en el corazón de la ciudad, resultaba si cabe más hermoso vista desde el Castillo, a lo alto del pequeño Monte Urgull, que abrazaba toda la costa donostiarra. A un lado la bahía, y al otro el casco viejo. A lo lejos, justo al otro extremo del arenal, el Peine del Viento, de Chillida, ponía punto y final a las olas donostiarras. Esta escultura, compuesta por tres piezas de acero, representa el presente, el pasado y el futuro del pueblo vasco, y plantea un espacio de preguntas que ni siquiera el mar que lo baña ha podido responder.
Así es San Sebastián. Una ciudad costera que al atardecer nos muestra su otra cara, totalmente distinta. Con la subida de la marea, la playa se transforma, y el agua acaba devorando gran parte de la arena. El paseo marítimo se llena de colores, y el mejor regalo es un banco a orillas del mar que nos brinda un atardecer maravilloso. Cuando cae la tarde y empieza a soplar el viento, las farolas nos iluminan el camino de regreso. El río ya hace un rato que duerme, y nosotros no tardaremos en hacerlo. De nuevo en Vitoria, veremos quemar las Fallas desde la almohada. Un merecido descanso, y la tranquilidad de poder dormir sin preocupación y de tirón, cierran esta jornada fallera, un tanto atípica pero sin duda preferible.
Agur al fuego, al ruido y al miedo. ¡Gora Vitoria en Fallas!

 

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Confianza, respeto e igualdad

Se cierra la jornada del 8 de marzo, día de la mujer trabajadora. Este gélido lunes de 2010 también ha coincidido con un acontecimiento mucho más importante de lo que parece. Kathryn Bigelow ha sido la primera mujer de la historia del cine en ganar un Óscar (mejor dirección, por En tierra hostil).

Echando la vista atrás, quizá a día de hoy podríamos haber avanzado algo más. Siendo realistas, los casos de violencia de género aún ocupan gran parte de los telediarios, para muchas mujeres resulta muy complicado acceder a los cargos de mayor responsabilidad a nivel laboral, sus sueldos siguen siendo bajos en comparación con los de los hombres, y los casos de discriminación, tanto en el empleo como en el hogar, no han sido del todo erradicados. Las mujeres siguen ocupando los puestos más precarios en el sector de los servicios, continúan siendo las que se encargan mayoritariamente de la atención social de niños y ancianos, y en la televisión (sobretodo en la publicidad) sobreviven, escondidos entre eufemismos, muchos de los estereotipos de mujer-objeto, tan propios de décadas pasadas.

Pero también es cierto que proyectos como el de la Ley de Igualdad empiezan a dar sus tan esperados frutos, sobretodo en el sector de la administración pública. Cada vez hay más mujeres con altos cargos en los gobiernos y en las grandes empresas, y esta situación parece que por fin empieza a ser vista con cierta naturalidad. Ya podemos decir con la boca bien abierta que la incorporación de la mujer al mercado de trabajo está superada con creces. Pero cabe dar un paso más allá. Debemos seguir luchando por esa meta del todo alcanzable que es la plena igualdad entre hombres y mujeres. Y el primer paso para conseguirlo, legislación a parte, radica en la mentalidad de cada individuo. Se debe entender este 8 de marzo como un día de celebraciones, una día en que sentirnos orgullosos de todos los logros alcanzados, pero también como un punto de inflexión. Es un buen momento para pararse a reflexionar sobre hasta dónde hemos llegado, cómo lo hemos hecho, y qué debemos hacer para seguir avanzando.

Todo pasa por cada uno. Conductas tan reprochables, pero a la vez tan cotidianas, como es la clásica escena de la mujer en la cocina y el marido en el sofá (todavía observable en muchos de los hogares españoles), sólo se cambian con el mero afán de colaboración por parte del hombre. Y no sólo de ayuda, sino de división equitativa de tareas, de respeto mutuo y tolerancia entre ambas personas.

Porque tan sólo de esta forma, siendo conscientes de que vivimos en una sociedad en principio moderna y del siglo XXI, podremos continuar celebrando este día con cada vez más motivos. Se ha hecho mucho, pero queda mucho por hacer. El camino está trazado, tan sólo debemos procurar seguirlo con paso firme como hasta ahora hemos hecho. Las premisas son muy claras: confianza, respeto e igualdad.

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Freeman al rescate

Las comparaciones son odiosas, pero Invictus no será la película que haga olvidar la otra última gran obra maestra del director norteamericano, Gran Torino. Cierto es que no veremos al mejor Clint Eastwood en esta película, pero sólo por la excelente interpretación de Morgan Freeman (Nelson Mandela), y un no menos brillante Matt Damon (François Pienaar), sin duda merece la pena.

Pese a ello, Eastwood deja su sello personal en múltiples escenas, con preciosas panorámicas y planos secuencia imposibles. En el partido de rugby, el director se deleita con movimientos de cámara que siguen el balón hasta el cielo del estadio, y es capaz de transmitir la emoción con detalles precisos del sudor y los placajes de los jugadores. El partido, pese a largo, resulta creíble gracias a todos estos recursos. De otra forma habría sido imposible.

Pero donde más se deja notar el talento y el buen hacer de Clint Eastwood es precisamente fuera de cámara. El hecho de haber elegido a Freeman y a Damon, hace que la película merezca ser tenida en cuenta, y no que se convierta en otro de tantos “intentos de”, como ha ocurrido con muchos otros personajes históricos. Adaptar un libro a la gran pantalla, y más si no se trata de una novela, no es nada fácil. Pero en este caso la interpretación supera al contenido. Las formas están por encima del fondo.

La presencia de Morgan Freeman como protagonista del film nos reporta un clima de tranquilidad, una bocanada de aire fresco ante un panorama inicialmente desolador. Partiendo de los años venideros a la eliminación de la política Apartheid, el actor nos enseña, igual que hizo Mandela, que siempre es mejor saber perdonar a tiempo que no dejar fluir un precipitado río de sangre alimentado de venganza. Encarnando a la perfección la figura del líder en su máxima expresión, Morgan Freeman es el hilo conductor de toda la trama narrativa. Sobrio, calmado, inteligente y, cuando es necesario, contundente. Así se nos muestra en una excelsa dramatización que bien podría llevarle al Óscar. Por su parte, Matt Damon es la guinda que corona ese gran pastel. De nuevo la figura del líder, esta vez vista desde otro ángulo. Un hombre capaz de liderar un grupo humano desde la perspectiva del deporte. El capitán por excelencia. Alguien que no tira la toalla, y que en ningún momento duda de sus posibilidades y las de sus compañeros.

Ambos, el presidente de Sudáfrica y el líder del equipo de rugby del país, conforman un equipo invencible. Junto con el director del largometraje, un triángulo casi tan perfecto como el resto a que nos tenía acostumbrados, pero que sólo cojea de una pata: el único pero de la historia es que resulta excesivamente predecible. En el camino de Nelson Mandela por alcanzar sus objetivos no encontramos la más mínima traba. Todo transcurre según lo previsto, y el final no hace más que cerrar ese círculo iniciado desde el primer minuto. Quizá precisamente por esto, determinadas escenas resulten algo inverosímiles (la relación entre los guardaespaldas no se entiende de otra forma que no sea mediante un cierto toque de humor, y el momento en que toda la nación anima incondicionalmente a los Springboks parece algo forzado).

En cualquier caso, pese a que se pudiera esperar un poco más de este largometraje, es comprensible un supuesto tropiezo, pues el listón de Eastwood estaba realmente alto. No nos hará olvidar el precioso Gran Torino en el jardín de Kowalski, ni la dulce muerte de Maggie en la habitación del hospital, pero Invictus es diferente a las anteriores. Ni mejor ni peor, distinta. Invictus es una película de personajes, de héroes y vencedores. Invictus es, sobretodo, un verdadero decálogo de los valores más puros del ser humano.
Título: Invictus
Título original: Invictus
Dirección: Clint Eastwood
País: Estados Unidos
Año: 2009
Duración: 133 min.
Género: Drama, Biográfico
Calificación: Apta para todos los públicos
Reparto: Matt Damon, Morgan Freeman, Scott Eastwood, Langley Kirkwood, Robert Hobbs, Tony Kgoroge, Bonnie Henna, Grant Roberts, Patrick Holland, Patrick Mofokeng, Matt Stern
Guión: Anthony Peckham
Distribuidora: Warner Bros. Pictures
Productora: Warner Bros. Pictures, Mace Neufeld Productions, Malpaso Productions, Revelations Entertainment, Spyglass Entertainment
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Valencia en Fallas

Recuerdo años atrás cuando el olor a pólvora de los primeros petardos venía acompañado de una cálida brisa y un espléndido sol primaveral que no hacían más que recordarnos que las Fallas habían llegado a la ciudad. No era siquiera marzo y los más ansiosos salían a la calle para llenar de ruido y humo las aceras. Este año, sin embargo, ha sido distinto. El aviso de la alcaldesa que daba pie a la primera mascletà de la temporada resultó empañado por unas nubes grises que trajeron consigo lluvias y caras largas. Yo, por no perder la costumbre, enfurecí el mismo día que vi desfilar, rumbo a las Torres, decenas de falleritos y falleritas por debajo de mi casa.

Este fin de semana tuvo lugar la particular Cridà, un acto en el que Rita, borracha de alegría, aboga desde las alturas por la participación de todos los valencianos en esta fiesta tan nuestra. Así empiezan las Fallas de Valencia, un negocio que mueve alrededor de un millón de turistas cada año. Visto desde la distancia, cuesta averiguar qué es lo que realmente atrae a toda esta gente que viene desde fuera… ¿Las supuestas obras de arte de cartón piedra que crecen en el asfalto y esperan durante días a ser devoradas por el fuego? ¿La multitud que se reúne cada día, puntual en el ayuntamiento, para ver cómo explota la plaza? ¿Los millones de vatios que iluminan la calle Sueca? ¿Acaso el chocolate con churros? ¿O quizá las verbenas, el alcohol y el descontrol hasta altas horas de la madrugada? Sí, puede que sea esto último.

Porque las Fallas realmente son Fallas para unos pocos. Una fiesta que tradicionalmente había sido pagana, celebrada con motivo del inicio de la primavera, se ha convertido con el tiempo en una celebración plagada de elementos religiosos donde la ofrenda es el máximo exponente. Y son cada vez menos los que ven y celebran este acontecimiento tal y como es, y cada vez más los que aprovechan la excusa para emborracharse y, de paso, tratar de embriagar a alguna jovencita de tez pálida venida de tierras del norte.

Para el resto de ciudadanos, que tal vez nos resulte indiferente todo este ruidoso circo, es un verdadero desafío poner los pies en la calle sin evitar tener que estar alerta ante cualquier artefacto explosivo que haga peligrar nuestros tímpanos. Pasear por la ciudad se convierte en un auténtico reto. Y circular por ella es la más terrible de las pesadillas. Calles cortadas por culpa de los gigantes de cartón, cuando no por una carpa privada en que los adultos beben y los niños incordian, y decenas de atascos incluso en las grandes avenidas acaban con la paciencia de cualquiera.

En ocasiones la única alternativa no es otra que una buena huída a cualquier otro rincón de la península. Buscando unos días de tranquilidad y evasión, merece la pena disfrutar del folclore valenciano desde la distancia. Tan sólo seré capaz de regresar cuando todo haya acabado. Cuando los servicios de limpieza tengan que hacer horas extra para devolver a la ciudad una imagen mínimamente decente. Y cuando el silencio vuelva a reinar, al menos, en mi habitación. Al fin y al cabo habré visto exactamente las mismas fallas que si me hubiera quedado. Ninguna.
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XXL

De los creadores del ofertón del verano “Pizza individual, 1€”, y del “2×1 hasta fin de existencias”… llega a nuestros locales “Come todo lo que puedas por 4.95€”. Ya disponible en las mejores pocilgas.
El último invento de Telepizza bien merece un pequeño análisis. Se trata de llevar a otro nivel el concepto de buffet libre. Un cartel advierte de la prohibición de entrar a la zona buffet sin haber efectuado antes el pago correspondiente. Tras haberlo hecho, recibes un par de servilletas y otros tantos cartones para las porciones de pizza. Y empieza el festival.

Una zona caótica y sucia de mesas de juguete desordenadas que nos recuerda a los cumpleaños de nuestra tierna infancia, nos recibe. Pero poco importa. La aventura está un poco más allá, en la barra, donde los adolescentes hambrientos se pelean por una porción del suculento manjar. Cuando la camarera saca una pizza recién salida del horno, los individuos rompen la cola que mantenía mínimamente el orden y se abalanzan sobre la comida. Ni los jóvenes ni la propia señorita de la gorra roja entienden de modales, ni tampoco de cubiertos. Ella se desentiende, mientras ellos mancillan la indefensa pizza con las manos. Dos, tres y hasta cuatro porciones pueden llegar a caber en un solo cartón. Si a ello le sumamos que cada carnívoro es capaz de transportar dos cartones en un mismo viaje, el motín es de escándalo.

Una vez en las mesas (o incluso de pie, si el espacio escasea), el único objetivo es engullir para volver de nuevo a por más ración. Nadie habla, y muchos ni siquiera beben para no perder tiempo. Este proceso se repite una y otra vez. La camarera saca más pizzas, y los clientes tragan cada vez más rápido. Y saca, y zampa, y saca y zampa hasta explotar. Una vez quedas saciado, en el mejor de los casos, un buen eructo te deja como nuevo. En el peor, al fondo del pasillo te espera el baño.

Lo más significativo es la calidad del producto. Quesos que se enfrían al minuto, trozos de jamón duros, masa plastiquera y virutas de carne chamuscadas. Además, con un par de porciones, una persona normal puede verse saturada. Parece además incomprensible que un cartel al fondo del pasillo nos mire sonriente mientras nos advierte que Telepizza es una empresa que vela por una alimentación saludable y equilibrada. Una empresa que satura de grasas y de conservantes sus pizzas precocinadas, que nos da de comer como si fuéramos auténticos marranos, y que además se burla de nosotros con unos precios que parecen irrisorios pero que en realidad no lo son (a Telepizza, lógicamente, le sale muy rentable esta oferta de buffet libre), no es una empresa que se preocupe por la salud de sus clientes.

Y como esta casa, muchas. McDonald’s, Burguer King, Kentucky Fried Chicken, Pizza Hut, Domino’s Pizza… son conocidas las multinacionales del sector que ofrecen este moderno servicio de comida rápida o comida basura, como se prefiera. Pero también son muchos los millones de dólares que gastan en ejercer presión a la Organización Mundial de la Salud para evitar informes en su contra. Quizá por esta razón a McDonald’s España se le haya otorgado el premio a la seguridad alimentaria. Basta con ver el ilustrativo documental de Morgar Spurlock; Super size me, para pensar que tal vez “no sea para tanto”. Es la cultura XXL, la del “cuanto más mejor”, la que ha pasado a regir nuestra forma de comer.

Pero mientras el bolsillo apriete y no importe más comer bien que comer barato, negocios como estos van a seguir funcionando. Y lo realmente importante no es, en un acto de heroicidad, dejar de consumir este tipo de comida (porque todos, alguna vez, lo hemos hecho, y seguramente sigamos haciéndolo), sino simplemente ser conscientes de lo que, al hacerlo, nos llevamos a la boca.
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Ciudad de monos

Un frío ártico nos recibía a las puertas del viejo cauce del río Turia. Hacía ya unas horas que la noche había alcanzado la ciudad de Valencia y algunas tímidas gotas de lluvia caían sin demasiada continuidad.

Miles de curiosos se acercaban a ver la tercera edición del MTV Winter, un festival de música que ayer celebraba su tercera edición en esta ciudad. Cada año viene a deleitarnos con su música uno de los grupos punteros en el panorama internacional (siempre medido éste, claro, bajo la particular vara de la cadena de televisión norteamericana). Este año le llegó el turno a los Arctic Monkeys, una banda inglesa de indie rock compuesta por dos guitarristas, un batería y un bajista muy modernos, quizá mucho más modernos que todos los allí presentes.

Tras una breve espera protocolaria, confiando en que se llenara una de las piscinas vacías de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, empezó el espectáculo. Una buena puesta en escena, un escenario luminoso y el sonido metálico de las guitarras escondían la voz tímida de Alex Turner, que sólo se dejaba notar en las canciones lentas. Los miles de “fans” (y digo “fans” porque si el concierto no hubiera sido gratuito, habría bastado con hacerlo un poco más allá, en la rotonda donde muere la Alameda) saltaban cuando había que saltar y movían los brazos al compás de la música cuando ésta así lo requería. La gran mayoría no se sabía las letras y muchos otros chapurreaban un spanglish de andar por casa, pero todos parecían disfrutar de un ambiente vanguardista. En cualquier caso, todo lo gratis es bueno, dicen.

Pálpitos intermitentes de luces de colores iluminaban lo que parecía el escenario perfecto. Una enorme plataforma de millones de vatios se alzaba gloriosa entre l’Umbracle y el Príncipe Felipe a los lados, y l’Hemisfèric y el Ágora a norte y sur. Resultaba comprensible que el puente Jamonero protagonizara muchas más fotos que los propios Arctic en las cámaras de las quinceañeras exultantes. Pues era (es) la Valencia del siglo XXI, la ciudad moderna que todos queremos, donde lucir es mucho más importante que tener. Pero todo esto ¿a costa de qué? En las alturas, un enorme y colorido cartel en tres dimensiones, con el logo de la MTV, nos recordaba quién estaba recibiendo una cuantiosa cantidad de dinero por ubicar aquí y no allá un concierto que se nos vendía como de audición obligatoria.

Lo cierto es que estuvo entretenido. A quién le gustara el grupo inglés seguro que disfrutó con la parafernalia. Pero cabe preguntarse si ese derroche de dinero por parte de quien lo pagara era o no prescindible. Lo que no es prescindible es dejar pasar por alto el hecho de que quizá haya cosas mejores en las que invertir el presupuesto destinado al ocio y a los espectáculos. Sin ir más lejos, a más de un teatro de la ciudad no le vendría nada mal una buena reforma o, cuanto menos, una fuerte campaña de promoción.

Pero tenemos lo que queremos. O al menos lo que la mayoría dice que quiere. Por eso nadie se queja. Y por eso a los que se quejan no se les hace caso. Por eso ayer, pese al frío y a la traducción forzosa, los Monos del Ártico estaban en su salsa.

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Justos por pecadores

Esta mañana me he despertado con un regalito llamando a la puerta de forma incesante. No eran los reyes magos, que se habían despistado en el calendario. Ni tampoco unos de esos grupitos de jóvenes con muy buen ver que venden religiones por las aceras. No era la última promoción de Carrefour, ni Nuria Roca con ganas de hacerme una reforma ideal y dejarme la casa como si del más lujoso hotel se tratara (¡lástima!). Ni siquiera era la vecina de abajo en busca de azúcar. Era el señor cartero, y traía un sobre certificado con un sello del Ayuntamiento.

Pese a que no iba a mi nombre, sino al de mi padre, me he tomado la libertad de echarle un ojo. Y al hacerlo, lo que me temía. Una multa de tráfico, que no ha podido evitar robarme una risita cruel. Pero he seguido leyendo. Muy ordenado, y de manera explícita se especificaba el día (16 de diciembre), el motivo (estacionamiento en un carril destinado al uso de transporte público urbano) y el importe a pagar (150 euros, que pueden quedarse en tan sólo 105 si lo abonas antes de una determinada fecha… qué generosos). Además, una nota explicativa añadía: No se pudo notificar la denuncia en el acto, al efectuarse la denuncia mediante captación de imágenes. ¡Dichosas nuevas tecnologías!

A propósito, tal día de diciembre resultaba ser un día de lluvia, en que mi hermana llamó al taxista de mi padre pidiéndole ayuda para que fuera a por ella a la salida del instituto. Casualidad o no, ese carril bus, como la inmensa mayoría de la ciudad, suele estar abarrotado de coches. Así que imagino, y espero, que en la misma fotografía recaudaran una buena cifra, porque mi padre no era el único pardillo que hacía un mal uso de la vía pública en ese momento.

En cualquier caso, al leer esta vil notificación, a uno se le vienen tantas cosas a la cabeza… En días como hoy recuerdo las tardes de domingos en que basta con asomarse a la ventana para observar el centenar de coches que inundan las aceras, parques y pasos de cebra de los alrededores de Mestalla. Pero si El Guaje marca gol, parece que todo vale. Recuerdo también las continuas amenazas y llamadas de atención a los ciclistas que circulan sin casco por la calle Colón. O los lujosos coches que estacionan literalmente en la puerta, invadiendo la calzada y la parada de autobús, de la lujosa cervecería La Principal, a la que acuden personalidades muy ilustres de nuestra trajeada política. Y, por supuesto, tampoco olvido (¿cómo iba a hacerlo…?) la veintena de todoterrenos que día tras día, a eso de las cinco de la tarde, hacen cola a las puertas del Guadalaviar, inutilizando gran parte del carril bus de la avenida de Aragón. Que, por cierto, cuán útil es tener un 4×4 para circular por la ciudad. Claro, el día menos pensado nieva en Valencia o, mejor aún, los acantilados se apoderan de los barrios marineros (aunque, pensándolo bien, poco les falta).

La cuestión es que, por pardillo o por honesto, mi padre pagará la multa. Y lo hará convencido de que con ello contribuirá al bien de la ciudad, al bien de todos aquellos que en un par de meses quieran ir a ver cómo gana Nadal en el Ágora, o lo bien que pilota Fernando Alonso en el circuito urbano. Con todo, cabe pensar que quizá la mejor solución sea cambiar el Citroën por un BMW, o el Ramón Lllul por un Guadalaviar. Pero, en lugar de ello, lo que haremos será callar y esperar, como hemos hecho siempre. Esperar que las autoridades y los agentes a su servicio se acuerden, como yo, de todas las infracciones que también se cometen diariamente en esta ciudad. Y que nosotros, por la cuenta que nos trae, nos acordemos de cosas como ésta a la hora de visitar las urnas. Porque al final, siempre acaban pagando justos por pecadores. Y los justos suelen ser siempre los mismos.

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De dos peligros debe cuidarse el hombre nuevo…

En ocasiones basta con oir una palabra cientos de veces para que ésta pierda su verdadero significado. La oratoria gratuíta queda muy bien en el titular del domingo, pero a su vez produce un cierto efecto de hipnotismo, que nos hace desentendernos del sentido real de las cosas. Política representa, hoy en día, cualquier cosa menos lo que por esencia es en realidad: «cuidado de la polis».
A menos de una hora vista de mi vigésimo primer cumpleaños, mi querido amigo Juanvi me (nos) regala una interesante reflexión, a propósito de una cita de Don Mario Benedetti. Por supuesto, huelga decir que estoy abierto a todo tipo de colaboraciones como ésta, siempre que hagan crecer este pequeño y humilde rincón que es, tanto vuestro como mío, de todos los que lo leéis con asiduidad. Gracias, señor Blázquez.
De dos peligros debe cuidarse el hombre nuevo…
Esta frase tiene un final, como todas pensarán ustedes, y haciendo otro recordatorio, en este caso en blanco y negro, apoyo el hecho de disculparme por llamarles de usted, porque sinceramente, no les conozco y podría estar equivocado, así que perdón de antemano; pero vayamos al meollo de la cuestión, éste, no es otro que el fin de esta frase, y les aviso, no se metan conmigo porque a Don Mario, antes también, pero ahora muerto, lo defiendo a capa y espada, cuál hidalgo levantino; curioso por cierto este adjetivo asumido por gran parte de nosotros, ¿será que ahora llamaré a los andaluces sureños y a los de Madrid centrales?, igual sí, pero por mí no, en fin, una vez caminado por los cerros volvamos al meollo, o al fin en este caso; y el fin de la frase que reza por título ahí arriba, y no por creyente, es “… de la derecha cuando es diestra y de la izquierda cuando es siniestra”.

El otro día hablaba con un buen amigo, con el que tomo pequeños sorbos de vino en forma de diálogo telefónico, de cómo está la política, la democracia, los valores… y todo aquello que me provoca escalofríos cada vez que se pronuncia en demasía por nuestros gobernantes. Porque ya lo dice el refranero hechos son amores y no buenas razones.

Pues bien, este buen amigo me preguntaba: -y tú, ¿si entraras en política… (y por favor busquen la etimología de esta palabra los que la hayan olvidado porque es de lo más importante que nos puede ofrecer) …qué tendencia tomarías?-, y yo le dije: -la otra amigo mío, la otra…-. Es difícil no buscar radicalismos y que te vean como alguien con ideales, es difícil ser firme con lo coherente de las cosas independientemente de su color, es difícil tomar partido por algo nuevo, irreverente, pero sin duda bonito. Es difícil asumir el cambio, pero escuchen estas tres últimas palabras, no es imposible.

Mi amigo también fue sincero al escuchar mis palabras: -así Juanvi no te querrán en política-. Pero yo no pude evitar sonreír sin que él me viese y decir, en esta no, pero en la que está por llegar sí, la política por y para el pueblo.

En mi cabeza estaba Benedetti, no podía estar otro…
Él como tantos otros, me recordaban que si el mundo sigue en pie después de tanta guerra, después de tanto sufrimiento es porque los sueños de los que mueren por sus sueños quedan en el aire y nos ayudan a respirar, es porque aún recordamos al guerrillero loco que mataron en Bolivia como susurra Ismael Serrano, o es porque Delacroix nos plasmó el camino de una rebelión que como tantas y tantas veces ha pasado en la historia y que hoy se ve necesaria.

Buenas noches y buena suerte.

Juan Vicente Blázquez Garcés.

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