Homo homini lupus

La cinta blanca representa la pureza y la rectitud. Se ata en el brazo de un niño que ha cometido un acto malvado o pecaminoso, como castigo para que todos sepan de su fechoría, y para que él recapacite al respecto.

Michael Haneke nos trae una verdadera maravilla cinematográfica que trata sobre los orígenes del fascismo, sin necesidad siquiera de mencionarlo. En un desconocido pueblo de la Alemania anterior a la I Guerra Mundial empiezan a ocurrir sucesos misteriosos: violaciones, maltratos, incendios… Un anciano narrador recuerda sus años en la aldea, cuando trabajaba de maestro y aún era demasiado joven e ingenuo para percatarse de lo que en realidad sucedía. Esta voz en off acompaña unas fascinantes imágenes en blanco y negro durante los 145 minutos de metraje. Pese a la duración, el ritmo de la trama, la belleza de la fotografía y el impacto visual es tal que no podemos más que permanecer sentados, expectantes, testigos de cómo se engendró la sociedad podrida que fue la madre del ideario nazi.

Pero no esperen ver imágenes bélicas, majestuosos desfiles militares ni esvásticas luciendo en la chapa de algún uniforme alemán. No se trata de la típica película que nos habla de la historia de las dos Grandes Guerras y de cómo el imperio nacional socialista acabó con la vida de millones de inocentes. No. Esta película muestra las causas, no las consecuencias. Presenciaremos el antes, no el después. Y es precisamente esto lo que la hace diferente, y la convierte en una obra del todo admirable, por no encontrar claros precedentes en la gran pantalla.

En este film, Haneke nos habla de los valores que imperaban en este pueblecito aparentemente agradable y tranquilo, y de cómo el exceso de los mismos puede acarrear comportamientos extremistas. La religión, la envidia, el odio, la prudencia, la violencia, la violación, el desprecio, la sumisión, e incluso la educación y el respeto. Nada en exceso es bueno. En La cinta blanca reinan las apariencias. Las cosas no son lo que parecen ser. Lo que realmente cuenta es lo que se predica hacia el exterior, porque en realidad, de puertas para adentro, todo es válido. Un doctor que abusa de su amante y su hija, un niño deficiente que es maltratado de manera cruel, un barón desengañado y un pastor que predica sin el ejemplo. Todos ellos son cómplices de múltiples celos y envidias en una población que se engulle a sí misma.

Thomas Hobbes, en el siglo XVII dijo: “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre). Michael Haneke se limita a coger la cámara y colocarla en el momento y lugar idóneo para ilustrar esta frase tan certera. Como hizo en Funny Games (1995), el director alemán recurre a la violencia para mostrar los problemas menos visibles de un pueblo ignorante. Según dice, “no puede obviarse” esta cuestión, pues “simplemente forma parte de la vida cotidiana”. Es por ello por lo que no sorprende que se utilicen muchos recursos ya presentes en aquel trhiller de crueldad doméstica que dejó a toda la crítica boquiabierta a mitad de los noventa. La cámara, inmóvil, y nosotros con ella, somos testigos directos, de una violencia que no por quedar fuera de plano deja de ser menos impactante.

Los secretos de un guión que ofrece más preguntas que respuestas, quedarán por resolver en la mente del público. Las interpretaciones son diversas, y no será el protagonista (si es que lo hay) quien desvele la suya. Él, al tratar de investigar e ir un poco más allá de las costumbres morales y opresoras que imperan en el pueblo, será rápidamente advertido y frenado en seco. Quizá nadie excepto él sepa qué fue lo que verdaderamente ocurrió con aquellos extraños acontecimientos. O quizá todo el mundo lo sepa, y el director se toma la licencia de no descubrirlo. En cualquier caso, y precisamente por ello, será usted, el espectador, el encargado de descifrar el enigma de los ideales extremistas, totalitarios y absolutistas que dan razón de ser a esta maravillosa película.
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Periodista en Valencia
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