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La sobremesa
La sobremesa, ese extraño intervalo de tiempo que transcurre justo en el momento del día en que la comida pesa tanto como los párpados de los ojos, viene marcada por el último sorbo que damos a la taza de café. En ese mismo instante, un inminente sopor se adueña de nosotros, obligándonos a tomar el sofá tan pronto como podamos librarnos de las tareas domésticas.
Ya en él, poco a poco y de manera inconsciente, adoptamos una postura cada vez menos protocolaria. El hecho de subir los pies a la mesa es un claro indicativo de que nos disponemos a dormir la clásica siesta. Este rictus, casi mágico y habitual en cualquier casa de vecino, consiste en dormir, a poder ser en voz alta, hasta que alguien viene a arroparte o bajarle el volumen al televisor. El caso es dormir poco y, sobretodo, mal.
Hay quien (y esto resulta especialmente raro y sospechoso) es capaz de hacerlo en silencio. Pero la norma general dictamina que se debe roncar, y cuanto más mejor. La tele es un elemento imprescindible a la hora de llevar a cabo esta actividad. Muchos prefieren recurrir a lo más fácil: los documentales de la 2 aseguran un sueño placentero y profundo. La voz en off pausada y dulce, y el suave movimiento del halcón que planea en busca de su presa harán que caigas rendido antes incluso de que éste haya empezado su particular banquete.
No obstante, resulta especialmente llamativo, y a veces incluso de mal gusto, aquellas personas a las que les gusta dormir acompañados. Por lo general, buscan un cómplice al que proponen ver una película. Además, suelen ser ellos mismos quienes elijen el título. Y, justo cuando acaban los títulos del inicio, te percatas de que se encuentran en estado de trance. Pero este primer sueño es engañoso, pues si intentas cambiar de film, se despiertan amenazantes. Así que debes mirar la película de principio a fin. Eres incapaz de cerrar los ojos, y a medida que transcurre la trama, los ronquidos son cada vez más sonoros. Sin embargo, aguantas porque, al fin y al cabo, la historia ha conseguido engancharte. Pese a ello, de forma casi matemática y debido a un extraño fenómeno que nadie alcanza a comprender, el reloj biológico de tu compañero marca la hora a pocos minutos del final. Se despierta aturdido, e inocentemente pregunta: “¿qué ha pasado?”. Procuras contener la ira, te armas de paciencia y no dejas que la situación te sobrepase. Con toda la buena intención, y sin dejar de prestar atención a la pantalla, tratas de exponer en una buena sinopsis lo acontecido hasta el momento. Sin omitir ningún tipo de detalle, caes en la cuenta de que ha vuelto a dormirse justo cuando los créditos marcan el final de la película.
Algo irritado te levantas del sofá y te diriges a tu habitación. Sentado ante la pantalla del ordenador, al menos tienes una buena excusa para escribir el artículo de este mes. Pero de nuevo aparece esa bestia insaciable, el dormilón de siesta por excelencia y, con una sonrisa maléfica, se atreve a decir: “Pues al final me he dormido un ratito… Mañana la volvemos a poner, que me he quedado a mitad”. Suspiras, qué remedio.
Soy de aquellas personas a las que, ni les gusta la tortilla de patatas, ni tienen la costumbre de dormir la siesta después de comer. Por ello, a veces dudo de mi condición de persona humana. Aunque, pensándolo bien, quizá sea preferible así. La sobremesa suele convertirse, y más en verano, en el momento más insoportable del día. Lo bueno es que con suerte, y sin recurrir a Morfeo, puede aprovecharse para descubrir que la siesta es sólo una excusa más que algunos utilizan para sacar de quicio a propios y extraños.
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La necessitat o no de conèixer el valencià
Per tal de celebrar l’aprovat a l’examen mitjà de coneixements en valencià del meu amic Benja Blanch, penje aquesta acertada reflexió que ell mateix va fer a propòsit de les raons que li van dur a conèixer, estudiar i parlar la nostra llengua. Gràcies, i enhorabona.
És necessari conèixer el valencià en una comunitat on està reconegut com a llengua oficial? Sembla que només cap una resposta, però no, eixa necessitat no existeix realment, és més una qüestió recomanable o convenient, que certament ajuda en l’obtenció d’alguns objectius, però que es fa més que res per la voluntat de conèixer-lo i per satisfacció personal. Així que hauré de trobar motius d’eixos íntims, d’eixos que estan darrere de la pell, amagats, perquè no els fa falta ser públics. Però hui els trac a la llum, ells ho entendran, per explicar la meua necessitat:
Perquè mon pare el parlava i ara el parla el meu fill.
Perquè m’agrada parlar-lo, encara més escoltar-lo, també m’agrada llegir-lo i escriure-lo es un destí.
Perquè la Rita no el parla.
Per compromís, coherència; per enlairar-me, per xafar la terra.
Perquè el parlen a Morella, a Serra i a la Mariola.
Perquè estic fart de la “eñe”. Perquè té vocals obertes i és més discret quan pregunta.
Per tornar a seure a escola, per somiar en altra llengua i recordar el “tio canya”.
Perquè he nascut a Russafa, molt lluny de “Puerta del Sol” i molt propet de la mar.
Perquè no sé cuinar la paella en castellà.
Per l’Estellés, per l’Ovidi, pel Pellicer, per l’Anna…
Pel “XE”, d‘ací, d’estes hortes, sense “l’arraaaaastre” argentí.
Perquè és dolç, i estic perdut.
Per prohibit, per menyspreat i utilitzat amb cinisme per llestos i violents.
Perquè és de poble, perquè no té amo.
I sobre tot, perquè em ve de gust, perquè em dona la gana, perquè m’ix de… les entranyes. Sí, d’allà dintre, d’on aneu a tornar ara mateix.
B. Blanch
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Hasta el rabo todo es toro
El rojo, tradicionalmente asociado a la pasión, a la vitalidad, a la fuerza, pero también al peligro y a la vergüenza, inunda desde hace unas semanas no sólo las calles de las ciudades españolas, sino también la práctica totalidad del tiempo que ocupa la sección de deportes (y no sólo ésta) en los telediarios nacionales. La Roja es el nombre por el que se conoce la selección española de fútbol, que ayer debutó con derrota en el Mundial de Sudáfrica.
Y disculpen que me permita este juego de significados, pero resulta que de un tiempo a esta parte vengo notando una cierta devoción (quizá incluso fanatismo) hacia ese color tan bravo. Y como dicen que nada en extremo es bueno, no creo que esté de más replantearse este brote de nacionalismo que todo el mundo experimenta cuando se aproxima un acontecimiento deportivo de tal calibre.
La derrota de ayer por la tarde no habría resultado tan humillante si los medios de comunicación no hubieran estado durante semanas acribillándonos con el mensaje de la furia brava con que nuestra selección arrasaría el torneo. Los Manolos de Cuatro son un claro ejemplo de lo que no significa la palabra humildad. Lama ya nos deleitó con la humillación a aquel mendigo en la final de Hamburgo, pero junto con su inseparable Manu, tan dados ambos a este tipo de espectáculos, han llegado aún más lejos, riéndose mientras nativos africanos animaban al equipo español con banderas y bufandas rojigualdas.
Pero ni con esas. El inestimable apoyo extranjero no iba a resultar suficiente. España está en crisis, y el fútbol no podía ser menos. Los jugadores, casi funcionarios, quizá negociaran un recorte del 5% en el resultado final. Los números rojos del electrónico alarman. Lástima que no se vean las mismas cifras en las cartillas bancarias de los futbolistas. La Roja (eufemismo que parece querer evitar la carga política que supone la palabra España, aunque a muchos se les llena la boca con ella) será la selección que mayores primas reciba si logra alzarse con el título. 550.000 euros por barba no resultan fáciles de justificar ante una opinión pública que, sin embargo, se siente profundamente identificada con este grupo de nuevos ricos.
Como la crítica es el otro deporte rey de nuestro país, critiquemos. ¿Quién tiene la culpa de la derrota? ¿Las trompetas africanas? ¿Zapatero, como de costumbre? ¿Sara Carbonero por sacar a Iker de sus Casillas? Quizá fuera Manolo el del bombo (¿por qué se empeña en enfundarse en una camiseta dos tallas más pequeña?) el gafe de tan desafortunado tropiezo. En una imagen para la posteridad, que dice mucho de la comunión que esta selección inspira, el forofo se acercó a la Princesa antes del partido y le arreó un par de besos. Y es que por unos colores… algunos pierden hasta las formas.
No obstante, por un motivo u otro, al final de la corrida, la vaca suiza pudo con el toro español, aquel torito bravo del Fari que parecía iba a comerse el mundo. La vaca, a la suya, hizo lo que debía. Sin ostentación, ni acritud, ni soberbia. Sin hacer mucho ruido dejó manso a su rival.
Casualidad o no, el rojo también resulta ser el color de Media Markt, empresa que, si España ganaba todos los partidos, prometía devolver el dinero a todos aquellos que se hubieran comprado una tele en el plazo estipulado. Vaya desilusión deben de haberse llevado los 13.500 espabilados. Quizá los jugadores podrían haberse estirado un poco y ser ellos quienes corrieran con tales gastos. Pero como el marketing resulta ser la manera más moderna de embaucar a los tontos (aunque el lema de Media Markt se empeñe en decir lo contrario), y en una muestra casi irónica de la poca confianza que se le tiene a la Roja, esta empresa ha decidido reformular la promoción: se devolverá el precio de las teles compradas entre hoy y el lunes si España gana el Mundial. Apresúrense, hasta el rabo todo es toro.
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La buena educación
Porque nunca está de más recordar que tras el color de la piel, la religión o la lengua, hay personas. Juanvi Blázquez nos regala con su segunda colaboración un artículo que debería hacernos recapacitar sobre muchas actitudes, prejuicios y valores. Gracias, amigo.
Mi respiración se mantenía agitada hasta que llegué al banco más cercano para hacer un ingreso. Allí, sólo pude suspirar y recuperar poco a poco el aliento. Me esperaba una cola de quince personas hasta la única ventanilla abierta de la que disponía la entidad debido a la gastroenteritis inesperada de uno de sus empleados; esto, lejos de deprimirme por no llevar en ese momento un aliado con algunas hojas, me animó a observar con detenimiento a todos los que allí se encontraban.
El colorido era inmenso en aquella cola única: pañuelos, pantalones cortos, tatuajes, morenos, claros, rubios, pequeños y grandes. Desde luego, era una buena muestra de la aldea global que nos rodea. Pasados unos cinco minutos entró una mujer, bajita, de unos cincuenta años y con unas muletas, debido a que tenía una minusvalía en uno de sus pies. Casi todos, hicimos el mismo gesto, miramos a la mujer, y ensimismados volvimos nuestra mirada de nuevo al infinito de la desconexión emocional, al infinito que tantas y tantas veces nos han enseñado a tomar en la mayoría de situaciones que se salen de la “normalidad”. Y digo que casi todos, porque otra mujer, de tez oscura y pañuelo envuelto en la cabeza no lo hizo. Esa mujer reflejó en sus ojos algo que va más allá de toda la descripción que antes he hecho, reflejó empatía, reflejó humanidad, reflejó emoción.
Todos se quedaron atónitos al ver esa mujer haciendo un gesto que invitaba a la mujer con minusvalía a pasar la segunda en esa cola, y tras ese estado de atontamiento momentáneo acompañaron con un gesto la propuesta de la mujer de tez oscura para que la mujer con la minusvalía pasara.
Posteriormente sus caras cambiaron, yo las observaba y ya no parecían mirar a ninguna parte, se les veía pensativos. Posiblemente ese hecho les reconectó a lo que somos, seres humanos.
Cuando la mujer de tez morena y pañuelo en la cabeza acabó, al pasar por mi lado le pregunté, ¿de dónde es?, a lo que ella me preguntó, ¿se refiere a donde nací o de dónde soy?, yo, algo sorprendido todo hay que decirlo, le sugerí que me respondiera a ambas preguntas, a lo que ella cortésmente me respondió, -nací en Israel, pero soy ciudadana del mundo.
Este hecho, ocurrió, y ocurrió enfrente de mis narices, aunque estoy seguro que sucede más a menudo de lo que pensamos, únicamente es necesario observar y reflexionar.
Es bueno prohibir lo injusto, lo banal, lo que coarta las libertades independientemente del sexo, pero es mejor aún potenciar aquello que nos une, aquello que es ejemplo más allá de un color, de una ropa, de una lengua y de un país. Y sí, me gustaría que todo aquello que nos une también se viera reflejado en una ley, en una propuesta, o en la misma constitución.
¡Buenas noches, y buena suerte!
Juanvi Blázquez Garcés
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12 points for Jimmy
No pude evitar la risa floja cuando escuché por primera vez la canción que España iba a presentar este año a Eurovisión. Como tampoco pude evitarla al leer la noticia de que un tal Jimmy Jump había boicoteado nuestra espléndida actuación.
Tras dejar atrás la broma pesada de Rodolfo Chikilicuatre, esta vez sí íbamos en serio. Algo pequeñito, interpretada por un Daniel Diges que parece una cutre imitación de Bisbal, era una canción de verdad, con opciones reales de repetir la histórica hazaña de Massiel. O al menos eso querían hacernos creer. España, con el único propósito de lavarse la cara tras el “chikidesastre” de hace un par de años, buscaba presentar un tema desenfadado de acuerdo al canon del festival. Tan en serio nos lo tomamos, que incluso se hizo un casting en que quedó fuera el mismísimo John Cobra.
Y así fue como Diges, enfundado en un traje plateado y con un ejército de bailarines que recordaban los personajes de El mago de Oz, subió al escenario con ganas de comerse Noruega. Desafortunadamente, fue un descerebrado catalán (eso sí, profesional del género) quien se comió su actuación en un acto claro de boicot musical. Nuestro simpático cantante se mostró algo decepcionado, pero satisfecho por tener la oportunidad de cantar de nuevo, hecho sin precedentes en la historia de Eurovisión. Esta vez no hubo trampa ni cartón, y la gloriosa actuación del pequeñito finalizó en un decepcionante 15º lugar.
Analizando a posteriori lo que ocurrió el sábado en el Telenor Arena de Oslo, no puedo evitar una extraña sensación de confusión. No sé qué me parece más patético: el increíble boom mediático (en España, con Uribarri a la cabeza, se rozó el 50% de cuota de pantalla) que se le da a un festival rancio, anticuado, hortera y teñido de presunciones de alta política; o el hecho de que se presente esta broma de canción como algo serio y alejado del tema propuesto el año anterior. Sin bailarinas torpes ni guitarras de juguete, el ridículo ha sido el mismo.
Lo que es innegable, en cualquier caso, es que se aprovecha este acontecimiento para reafirmar las señas de toda identidad nacional, lo cual, por otra parte, es totalmente lícito. No es raro ver alguna que otra bandera roja y gualda entre la multitud, y el hecho de que medio país esté a esas horas pendiente de la televisión no hace más que reafirmar la identificación que muchos tienen con ciertos elementos de agitación popular patriótica. El sábado no cantó Daniel Diges. Cantamos todos. Cantó España. Y es precisamente esta gente la que luego se siente profundamente ofendida al ver que un desalmado con barretina les (nos) fastidió la actuación.
Pues igual de absurdo me parece el hecho de identificarse con cualquier elemento que represente (y más de una manera tan irrisoria) la cohesión nacional. Me alegro. Por Uribarri y su discurso patriótico. Por Jimmy y su barretina. Por John Cobra, a quien no le dejaron boicotear su propio espectáculo. Por el desprestigio de un festival que se pretende vanguardista y resulta un verdadero fiasco año tras año. Por la canción tan ridícula que cantó, por partida doble, nuestro querido Bisbal de pega. Y, sobretodo, por todos aquellos que se les iba la vida en ello, y se sintieron tremendamente dolidos y boicoteados. Seguro que se quedaron algo estafaditos. Por todos ellos, 12 points for Jimmy.
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¡A segunda fila!
Indignado. Así es como me siento ahora mismo. Después de casi tres años de carrera, escuchando día tras días los mismos sermones que apelan a un periodismo responsable, ético y sometido a un código deontológico que parece no cumplirse en la realidad. Indignado y temeroso por no saber qué es con lo que deberé enfrentarme en un futuro inmediato.
Resulta muy desconcertante descubrir que de nada sirve ceñirse a la teoría cuando, en última instancia, quedas sometido a las reglas del mercado. No importa cómo, pero el objetivo final es vender, y cuanto más mejor. Para ello, cualquier fórmula es válida, incluida aquella que recurre a las técnicas más macabras, sensacionalistas y morbosas que podamos imaginarnos.
Me siento verdaderamente ofendido al ver que todavía hoy triunfa el periodismo amarillo, aquel que resalta el morbo banal por encima de la información verdaderamente significativa y sustanciosa. Realmente dolido al descubrir la imagen que destiñe hoy la portada de la gran mayoría de periódicos. Es la cogida de Julio Aparicio en Las Ventas de Madrid. En ella se puede observar como el asta del toro atraviesa su garganta y sale por su boca. Además, gracias a la avanzada tecnología de las cámaras fotográficas, podemos incluso apreciar las diminutas gotas de sangre que salpican la cara del diestro.
Es del todo incomprensible que esta triste imagen esté a la vista de todos, incluso del niño cuya moral paradójicamente intentan resguardar de la tentación carnal de otras publicaciones hábilmente camufladas en la segunda fila de la estantería.
En cualquier caso, al margen de un debate lamentablemente estéril sobre la prohibición de la pretendida Fiesta, lo que sí debería ser discutible y discutido es el hecho de acabar con la información taurina en los medios de comunicación. Muchos periodistas son elogiados por su particular estilo a la hora de escribir en esta sección, y una importante parte de los ingresos televisivos de algunas cadenas deben venir de la retransmisión de las corridas. El lector de prensa o el telespectador corriente no tiene por qué ser testigo de un espectáculo tan gratuitamente sangriento como son estas celebraciones. Máxime cuando muchos de aquellos aficionados taurinos se sienten especialmente ofendidos si a media tarde se emite una película de Tarantino, que resulta ser ficción y no cruel realidad.
Por eso, precisamente en un día de primavera tan soleado como el de hoy, debería reivindicarse la carne más tierna y no la más muerta. Deberían ser esas revistas, siempre ocultas, las que pasaran a ocupar los sitios privilegiados en nuestros quioscos. Y que las astas de toro, las heridas abiertas y la sangre en las luces se llenen de polvo. Porque, al fin y al cabo, ¿qué daño le pueden hacer a ese niño un par de tetas siliconeras? Seguro que no más que el que hoy le ha hecho esta fotografía.
Iba a poner la imagen del torero, pero no sería coherente con lo expuesto en el artículo. Ésta me ha parecido mucho más apropiada y agradable.
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Réquiem por un cine
En 1986 abrían sus puertas los cines Albatros con la pretensión de ofrecer un servicio atractivo y distinto del cine comercial. Con la proyección de películas en versión original, e intentando acoger los estrenos de referencia de todo el panorama europeo, los Albatros han sido durante todos estos años pioneros en la labor de acercarnos a un cine de autor fresco, moderno, dinámico y vanguardista.
Este fin de semana, cuando a punto estaban de cumplir los veinticinco años de existencia, morirán tristemente abandonados por la falta de público. Los jóvenes, dicen, han sido los principales culpables de tal abandono, tentados tal vez por el cine doméstico y las descargas de Internet, y tal otra por el cine comercial, desenfadado, hueco pero rico en recursos vistosos e innovadores.
Han sido más de mil largometrajes proyectados, todos ellos con su respectivo folleto informativo que incluía una sinopsis, una ficha técnica y una breve nota del autor (algo insólito en los cines de ocio). Han sido muchas las presentaciones de películas, con la presencia de sus propios directores, como también muchas las visitas de todos aquellos colegios que apostaban por estos cines como herramienta de difusión cultural y de ocio.
Más allá de la cuestión económica, los responsables de los Albatros priorizaron el valor sentimental que estas salas ofrecían, y trataron de resistir el máximo tiempo posible antes de echar un cierre que podría haber venido mucho antes. Pero finalmente, la crisis acabará con ellos, como con tantos otros, y tan sólo podremos recordarlos de manera melancólica y con un sabor de boca quizá un tanto agridulce.
Por otra parte, y al margen de la crisis económica, Joan Ribó, candidato a la alcaldía de Valencia por Compromís, acierta al señalar la política cultural de nuestro Ayuntamiento como otra de las causantes del abandono de este local. Durante mucho tiempo, los Albatros se han visto desprestigiados y relegados a un segundo plano, muy por detrás de los Lys y ABC, y de todos aquellos cines de centro comercial que llenan sus taquillas sábado tras sábado. Con la pérdida de los Albatros, perdemos también una gran parte de la poca oferta cultural que quedaba en la vida de barrio. Perdemos, en definitiva, un reducto del buen cine, uno de los pocos espacios que, junto con las filmotecas, velan por la conservación y preservación de las películas que, por presupuesto o simplemente por aquello de las modas, no tienen cabida en las grandes salas comerciales.
Este domingo mueren los Albatros. Y con ellos muere una pequeña parte de nosotros. Reivindiquemos pues aquello que fue nuestro, y llenemos de orgullo las salas en este último pase, que bien merecerá un sonoro aplauso. Aunque yo soy de los que prefieren no aplaudir en los entierros.
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La cima del olvido
Murió dulcemente arropado por una sábana blanca. O quizá la angustia, el dolor y la rabia le acompañaron en sus últimos momentos de vida. Eso nunca lo sabremos, porque lo indudable es que Tolo Calafat murió solo, abandonado sobre un desierto de nieve a más de 7.500 metros de altura. Allá donde cielo y tierra se confunden, el alpinista mallorquín sucumbió tras haber sufrido un edema cerebral, fruto del cansancio extremo al que se somete cualquiera que es capaz de arriesgar su vida por un empeño que cuesta bastante justificar.
Cuando la noticia bajó hasta el nivel del mar, las reacciones y confesiones, tanto de los compañeros del fallecido como de otros profesionales, fueron muchas y muy diversas. El indudable protagonista del terremoto mediático posterior ha sido Juanito Oiarzábal, compañero de expedición de Calafat. Primero nos sorprendió con unas agresivas declaraciones contra la montañista coreana Eun-Sun Oh, quien también se encontraba en el monte Annapurna, a la que amenazó con “arrancar la cabeza” por no dejar que sus sherpas regresaran a socorrer al extraviado. Posteriormente, y pese a haber pedido disculpas públicamente, Oiarzábal se ha visto inmediatamente atacado por un aluvión de improperios vertidos por la prensa y por otros escaladores veteranos.
Y no es para menos. Con sus desafortunadas afirmaciones, por poco dio a entender que los sherpas son animales de los que disponer a cambio de dinero, animales útiles para arriesgar su vida en favor de la de otro. Pero lo que este hombre ignora, o al menos prefiere olvidar, es que estos animales son en realidad personas, con familia, orgullo y dignidad, personas cuya vida no se calcula en miles de euros. Reciben dinero (y no fama) a cambio de un trabajo sacrificado y peligroso, pero no son esclavos de nadie.
Además, Juanito hablaba de Tolo como un compañero, y no como un amigo. Un deporte que tradicionalmente se veía guiado por valores tales como la amistad, el sacrificio, la generosidad y el trabajo colectivo, ahora está teñido por las prisas y los intereses económicos. Antes era un grupo de colegas los que se aventuraban en una excursión peligrosa y, conscientes de ello, iban y regresaban juntos. Ahora son profesionales que llevan detrás incontables empresas privadas, que ponen dinero para subvencionar la expedición y que premian con copiosas sumas a aquel que logre coronar antes la cima. Juanito y Tolo no eran amigos. Simplemente eran dos escaladores que formaban parte de un grupo, unido en principio con el único objetivo de abaratar costes. Una vez en la salvaje montaña, cada uno va por su lado, velando por sus propios intereses, ansiosos por alcanzar su objetivo, pero a la vez tranquilos porque si alguien se pierde, siempre se podrá disponer de un sherpa que acuda en su ayuda.
Pero hay ocasiones en que no todo sale según lo previsto. Los nervios afloran cuando alguien no puede seguir el ritmo y su cuerpo dice basta. La tensión y la impotencia son aún mayores al ver que nadie está en condiciones de regresar a por él, y que el sherpa con quien contabas prefiere dormir esa noche en casa, y no congelado nadie sabe dónde. Es entonces cuando reflexionas y valoras cuánto cuesta una vida. En cualquier caso, sabes que la tuya no es más barata que la de ningún otro. Así que finalmente decides apretar bien los dientes y seguir bajando. Una vez llegues al final del camino, tendrás que justificar tu actuación, aunque no es fácil. Pero te alivia pensar que algún día todos olvidarán lo ocurrido. En la cima del Annapurna permanecerá olvidado el cadáver de Tolo, pero aún presente la bandera con que ambos coronasteis el pico de la victoria como único testigo del éxito. Y lamentablemente quizás eso sea lo único que realmente importe.
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Targeta roja
“El Barça no arribarà al Bernabeu”. Eren les últimes paraules d’un periòdic qualsevol abans de morir en mans del contenidor. Avui, dos dies després de l’eliminació dels de Guardiola en la lliga europea, podem llegir: “Canal 9 aconseguix el seu rècord de l’era TDT després de prohibir el futbol en TV3”. L’emissió que oferia la televisió catalana tampoc va arribar massa lluny.
Casualitat o no, just abans de començar l’encontre entre el Barcelona i l’Inter, el senyal de TV3 es va esfumar, com per art de màgia, dels televisors valencians. Igual que ocorria amb el Plus quan no el tenies contractat, la televisió de Catalunya va deixar de veure’s al començar el partit. Almenys amb el Canal + sempre tenies la ingènua esperança que eixe dia s’anaven a oblidar de codificar el senyal (doncs sempre deixaven els primers segons en obert), però en aquest cas no es va deixar lloc al dubte, i l’emissió va ser tallada immediatament.
Per la seua banda, Canal 9, com a recompensa pel treball ben fet, el professionalisme informatiu i la llibertat de premsa per la que vetlen dia rere dia, va obtindre la seua recompensa. Registrà un 47’7% de quota de pantalla, i es va convertir en la cadena més vista del dia. Però cap membre de la casa, ni tampoc els informatius, van informar sobre l’estrany succés de la retransmissió fantasma.
Malgrat tot, aquest incident no hauria d’estranyar a ningú. Feia menys d’un mes, RTVV ja ens havia sorprés amb una altra de les seues gestes. El Power Electronics, equip de bàsquet de la ciutat de València, arribava i guanyava la final de la ULEB Cup (la segona lliga europea). Donc bé, en aquesta ocasió, el partit va ser retransmés pel segon dial d’Eurosport, que tenia l’exclusivitat dels drets. Els directius valencians afirmaven haver fet tot el possible per comprar aquests drets. Els d’Eurosport, titlaven de “ridícula” l’oferta de RTVV. Sembla un joc de xiquets, però resulta molt fàcil esbrinar qui mentia, sobretot tenint en compte els precedents.
El fet que moltes de les Falleres Majors de València es col•locaren com a «periodistes» en la televisió autonòmica durant el mandat de Zaplana sembla insignificant si ho comparem amb altres notícies protagonitzades per la nostra televisió pública al llarg de la seua curta existència. Sense anar més lluny, la visita del Papa en 2006 (visita que, d’altra banda, podria no ser considerada d’interés general) va costar 11 milions d’euros a Canal 9, ens que, tot i les contínues peticions de l’oposició, mai va oferir cap factura en les Corts, i tan sols ho va fer quan el “cas Gürtel” esquitxava a tots de forma més que evident.
El més indignant de la història és que resulta ineludible el fet que es tracta d’una televisió pública, de la nostra televisió, aquella que es construïx amb els impostos de tots els ciutadans. La mateixa televisió que, amb actes com el del dimecres i en tantes altres ocasions, nega la llibertat d’expressió, es taca les mans en trames corruptes, desprestigia i ridiculitza l’ús de la llengua, descuida la seua programació, i una llarga llista d’etcèteres. Jo, de moment, desintonitzaré Canal 9. Preferisc perdre’m el golàs de Piqué i el tan vergonyós espectacle de Mourinho que ser còmplice de les mentides i el joc brut d’aquesta televisió. Targeta roja per a Canal 9.
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Casi veinte siglos después
Casi veinte siglos después, el destino vuelve a darse cita con el rugir de las montañas. Fue un 24 de agosto del año 79 cuando el caprichoso Vesubio decidió eructar toneladas de lava y acabar con la historia de la antigua Pompeya, ciudad del todopoderoso imperio romano.
Hoy, en pleno siglo XXI, la casualidad vuelve a poner en jaque a otro gran imperio: el imperio de la sociedad contemporánea, donde cualquier altercado parece una nimiedad incapaz de trastocar el más mínimo detalle de nuestras vidas. Desde el pasado miércoles, cuando el volcán islandés situado sobre el glaciar Eyjafjalla despertar, puso en evidencia los grandes déficits de la vida moderna. Por mucha revolución tecnológica que haya posibilitado avances en el campo de la ciencia (del todo impensables hasta en los cuentos futuristas), paradójicamente seguimos dependiendo excesivamente del azar natural que nos rodea. Somos, en última instancia, esclavos del destino, y estamos a merced de que la casualidad caiga del lado opuesto (tal y como ha ocurrido), y haga estallar un glaciar que trastocará los planes de medio mundo durante nadie sabe cuántos días.
Tal y como ocurrió en la antigua Italia, donde millones de habitantes quedaron sepultados bajo las cenizas y los ríos de lava, hoy son más de 17.000 las personas que siguen atrapadas en los aeropuertos de toda Europa. Algunos desesperados por no poder hacer absolutamente nada para paliar este particular regalo de la Madre Naturaleza, otros que se deciden a pagar miles de euros por un taxi a su destino. Todos ellos con una excusa que, de nos ser por la repercusión mediática, podría parecer irrisoria: “una gigantesca nube volcánica no me permite volver a casa”. Y lo mejor de todo es que esta impetuosa nube de despojos ardientes ha demostrado no tener la más mínima delicadeza por afectar a una sociedad tan exquisita que se creía ajena a la catástrofe (para eso, igual que para expiar muchas otras culpas, siempre habíamos contado con el tercer mundo).
Los vuelos cancelados pueden contarse ya en decenas de miles, pero lo que resulta realmente impactante son los millones de euros que las compañías aéreas siguen perdiendo cada día que el nubarrón no se decide a desaparecer lo que, por otra parte, evidencia la gran cantidad de dinero que ganaban mientras todo funcionaba como debía.
Quizá los inocentes pompeyanos no fueron capaces de averiguar por qué sus dioses les castigaron con tan triste final. Ahora, justo en este momento en el que la nube sigue empeñada en continuar con su visita, me imagino a los ejecutivos de cualquiera de estas aerolíneas multinacionales, rabiosos en sus despachos, preguntándose a qué maldita divinidad hemos tenido que enfurecer casi veinte siglos después, cuando las creíamos dormidas a todas.
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