La cima del olvido

Murió dulcemente arropado por una sábana blanca. O quizá la angustia, el dolor y la rabia le acompañaron en sus últimos momentos de vida. Eso nunca lo sabremos, porque lo indudable es que Tolo Calafat murió solo, abandonado sobre un desierto de nieve a más de 7.500 metros de altura. Allá donde cielo y tierra se confunden, el alpinista mallorquín sucumbió tras haber sufrido un edema cerebral, fruto del cansancio extremo al que se somete cualquiera que es capaz de arriesgar su vida por un empeño que cuesta bastante justificar.

Cuando la noticia bajó hasta el nivel del mar, las reacciones y confesiones, tanto de los compañeros del fallecido como de otros profesionales, fueron muchas y muy diversas. El indudable protagonista del terremoto mediático posterior ha sido Juanito Oiarzábal, compañero de expedición de Calafat. Primero nos sorprendió con unas agresivas declaraciones contra la montañista coreana Eun-Sun Oh, quien también se encontraba en el monte Annapurna, a la que amenazó con “arrancar la cabeza” por no dejar que sus sherpas regresaran a socorrer al extraviado. Posteriormente, y pese a haber pedido disculpas públicamente, Oiarzábal se ha visto inmediatamente atacado por un aluvión de improperios vertidos por la prensa y por otros escaladores veteranos.

Y no es para menos. Con sus desafortunadas afirmaciones, por poco dio a entender que los sherpas son animales de los que disponer a cambio de dinero, animales útiles para arriesgar su vida en favor de la de otro. Pero lo que este hombre ignora, o al menos prefiere olvidar, es que estos animales son en realidad personas, con familia, orgullo y dignidad, personas cuya vida no se calcula en miles de euros. Reciben dinero (y no fama) a cambio de un trabajo sacrificado y peligroso, pero no son esclavos de nadie.

Además, Juanito hablaba de Tolo como un compañero, y no como un amigo. Un deporte que tradicionalmente se veía guiado por valores tales como la amistad, el sacrificio, la generosidad y el trabajo colectivo, ahora está teñido por las prisas y los intereses económicos. Antes era un grupo de colegas los que se aventuraban en una excursión peligrosa y, conscientes de ello, iban y regresaban juntos. Ahora son profesionales que llevan detrás incontables empresas privadas, que ponen dinero para subvencionar la expedición y que premian con copiosas sumas a aquel que logre coronar antes la cima. Juanito y Tolo no eran amigos. Simplemente eran dos escaladores que formaban parte de un grupo, unido en principio con el único objetivo de abaratar costes. Una vez en la salvaje montaña, cada uno va por su lado, velando por sus propios intereses, ansiosos por alcanzar su objetivo, pero a la vez tranquilos porque si alguien se pierde, siempre se podrá disponer de un sherpa que acuda en su ayuda.

Pero hay ocasiones en que no todo sale según lo previsto. Los nervios afloran cuando alguien no puede seguir el ritmo y su cuerpo dice basta. La tensión y la impotencia son aún mayores al ver que nadie está en condiciones de regresar a por él, y que el sherpa con quien contabas prefiere dormir esa noche en casa, y no congelado nadie sabe dónde. Es entonces cuando reflexionas y valoras cuánto cuesta una vida. En cualquier caso, sabes que la tuya no es más barata que la de ningún otro. Así que finalmente decides apretar bien los dientes y seguir bajando. Una vez llegues al final del camino, tendrás que justificar tu actuación, aunque no es fácil. Pero te alivia pensar que algún día todos olvidarán lo ocurrido. En la cima del Annapurna permanecerá olvidado el cadáver de Tolo, pero aún presente la bandera con que ambos coronasteis el pico de la victoria como único testigo del éxito. Y lamentablemente quizás eso sea lo único que realmente importe.

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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Una respuesta a La cima del olvido

  1. Anonymous dijo:

    Estupenda columna. Tienes toda la razón. Los valores del deporte y la solidaridad ya no tienen nada que ver con lo que fueron. Denscanse en paz Calafat, y esperemos que situaciones como esta nunca vuelvan a ocurrir. De los alpinistas, en buena parte, depende. Ramón Barreiro.

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