Silencio

A mi amigo Benja, él sabe por qué



Anoche salí a dar una vuelta por el barrio del Carmen. Antes de ir a dormir, el destino quiso que entráramos en un sitio bastante peculiar. Una conocida discoteca del centro de la ciudad, que se ha convertido ahora, como por arte de magia, en una sala de meditación rebosante de misticismo.


Quizá debido a los problemas con los vecinos, o simplemente a una moda tan pasajera como absurda, en este antro ofrecen lo que no sería demasiado descabellado etiquetar de “música para sordos”. Se trata de un invento un tanto excéntrico, que consiste en dotar a cada cliente de un par de auriculares, mientras en medio de la sala reina el más profundo silencio.

Cada persona, equipada con sus cascos, baila al son de la música que prefiera. Mientras, los que hemos decidido dejar descansar nuestros tímpanos, miramos con extrañeza el ridículo que hacen aquellos que tratan de seguir un ritmo que sólo ellos conocen. Para que os hagáis una idea, se trata de una sensación muy parecida a cuando vas a un cine en 3D y decides quitarte las gafas. Al hacerlo, observas con una risa sostenida como todo el resto de la sala mueve los brazos tratando de cazar un elefante que en realidad sólo está en la pantalla. ¿Patético, verdad?

Hoy, aún con restos de la resaca muda de anoche, se celebraba en Valencia uno de los eventos más importantes del año. Marcado en el calendario, como no podía ser de otra manera, volvía a nuestra ciudad el Gran Premio de Europa de Fórmula 1. Una simpática y cruel anécdota me ha hecho relacionar ambas cosas.

Me despertaba bien avanzada la mañana, y como todos los domingos recibía en mi casa la siempre grata visita de mi abuelo, que venía a comer. Esta vez, además, pretendía ver la salida de la carrera. Las vistas aéreas mostraban un  puerto renovado y vanguardista, coronado por la guinda de dos banderas que dejaban claro cuál iba camino de ser la nueva capital de moda.

Pero el comentario sería el que todos esperábamos. Un comentario que no es la primera vez que oigo, y en torno al cual se iniciaría la conversación. “Se ve Valencia muy bonita”, decía mi yayo, puede que con una chispa de inocencia. Mi padre contaba con la pole, con lo que replicaba aventajado y con un denotado tono de ironía. “Sí, de hecho deja tanto dinero para todos los valencianos, hoy mismo he ido a recoger mi parte correspondiente. Nos han tocado cincuenta euros”. Mi madre no se lo acababa de creer.

Pocas horas después, y tras compartir tan polémica pero chisposa discusión con un amigo, el mito de los cincuenta euros ya campaba a sus anchas por las redes sociales. Y la sorpresa no fue tanto darme cuenta de que todavía hay gente que ignora el hecho de que, lejos de dejar beneficios a la ciudad, éste es un negocio que nos cuesta dinero y que estamos pagando entre todos. Había algo más. Estoy convencido de que mucha de la gente que hoy ha leído con ilusión y esperanza aquello de que a partir de hoy mismo puede ir al Ayuntamiento a recoger su parte proporcional de las ganancias, mañana se presentará allí mismo, DNI en mano, a recibir los frutos de unos cuantos votos sembrados semanas atrás.

Irónicamente, y volviendo a aquello del destino, quizá a estos ilusos más que a nadie les haga falta quitarse los auriculares para darse cuenta de cuál es la música que realmente suena en esta sala. Para dejar de bailar al son de un ritmo falso y vacío que alguien ha compuesto para la ocasión. 


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Origen

Nació después de una larga espera. Tan larga, que había durado toda la eternidad. Esperó por siempre su momento, podrido y arrugado en un cajón de madera. Cuando abrió los ojos estaba cansado. Yacía en una cama, en una habitación en penumbra. Junto a él, un hombre de mediana edad agarraba su mano con ternura. Su cara denotaba un evidente sentimiento de tristeza. Estaba tan exhausto, que sólo pudo suspirar y cerrar los ojos de nuevo. Perdido en la noche, se dejó llevar.

Él no lo recuerda, pero según le contaron después, las primeras semanas de su vida las pasó en el hospital. Quizá aquel extraño viaje desde el más allá tuviera algo que ver. Comía y dormía. Poco más.

Le dieron el alta cuando ni siquiera podía andar. Así que llevó una vida sedentaria durante unos cuantos años. Vivía con su mujer, de la que se separó al llegar a la edad adulta. La rutina se convirtió en amor, más tarde en deseo, pasión. Pero con el tiempo empezaron a verse cada vez menos, hasta que llegó un día en que ambos se dieron cuenta de que en realidad eran unos completos desconocidos.

También trabajó cuando su cuerpo y su cabeza estuvieron preparados para ello. Tras muchos años de aburrido ajetreo en una oficina, un buen día fue despedido sin motivo alguno. Decidió entonces que lo mejor sería estudiar para labrarse un futuro digno. Así lo hizo. Año tras año, avanzaba de curso con la sensación de saber cada vez menos.

De pronto se vio viviendo en casa de sus padres, sin mayor preocupación que las normales en un anciano de su edad. Iba al colegio, jugaba y estudiaba. Aquellos años fueron quizá los mejores. Lástima que pasaran tan rápido.

Poco a poco sus huesos empezaron a debilitarse. Pasó de correr a andar, y después a gatear, hasta depender de un carrito con ruedas para poder moverse. El fino hilo de voz que venía arrastrando desapareció por completo para dejar paso a un incomprensible balbuceo. Y luego el silencio.

Perdió el pelo, y dejó de valerse por sí mismo. Volvió donde había empezado todo: el hospital. Y de ahí, a su lecho de muerte, un lugar extrañamente confortable. Vivía en la más absoluta calma y se alimentaba de manera asistida. Se había transformado en un monstruo, que fue progresivamente perdiendo las manos, los pies, e incluso el alma.

Al cabo de un tiempo quedó reducido a una diminuta masa uniforme de materia viva. A una célula. A un estallido de placer. A un gemido, a muchos. A un sentimiento y finalmente a una simple idea, tan efímera y caprichosa que acabó por desaparecer. 


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Carta del futuro

Aprovechando algo tan inédito como reseñable, nueva aportación de uno de nuestros más prolíficos colaboradores. Juanvi Blázquez, sobre el 15-M. 

Queridos padres,
Os agradezco que lucharais por nuestra generación, que salieseis a la calle, que a pesar de los palos, de las porras, siguieseis levantando las manos como señal de protesta frente a la injusticia. Os agradezco que vuestros gritos ensordecedores llenos de silencios llenaran plazas de España, Europa y el mundo. Os agradezco a su vez que iniciaseis un proceso democrático con mayúsculas, que desdeñarais cualquier intento por parte del poder económico de desmerecer vuestro/nuestro movimiento.
También quiero recordar como visteis el futuro mucho antes que los políticos de entonces, y como tomasteis partido de una nueva realidad política donde el ciudadano participa más gracias a las nuevas tecnologías. Atrás quedó esa democracia antigua y activa únicamente cada cuatro años.
Es increíble como todo eso pasó, y pasó para bien; ahora lo veo y pienso si eso que sucedió no tuvo que ver en parte con esa lucha de clases de la que hablaba el trasnochado de Marx, pero lo que aún me emociona más es que fue un movimiento común, donde todos (jóvenes, parados, ancianos, gente de derecha de izquierdas,…), absolutamente todos pusisteis vuestro grano de arena, todos aquellos vídeos, aquellas emociones, aquellas sonrisas y flores al aire; creasteis algo diferente sin duda alguna.
Y haciendo reflexión os digo que ni siquiera los que gobernaban tenían argumentos, ni siquiera ellos podían decir que vuestras razones eran erróneas, por eso su sistema se colapsó y todo lo que había sido política cambió.
No sé si todo eso, os pareció un sueño en el inicio, un sueño marcado por una fecha, el 15-M, pero hoy queridos padres, con una generación de distancia, os digo que escribisteis la historia de todos nosotros, y que ojalá nosotros y los que vienen no olviden nunca que no podemos pensar en un mundo que nos haga felices a nosotros, sino que nos haga felices a todos nosotros, y sobre todo, a todos los que están por venir.
Muchas gracias.
Juan Vicente Blázquez Garcés (Junior)
(España, 2032)


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Piano de cola

De pronto te encuentras en una inmensa habitación mitad blanca mitad ocre, rodeado de extraños, con una ligera sensación de embriaguez. Una bella azafata te recibe con amabilidad, al tiempo que te tiende un pequeño trozo de papel. Un ticket que te acredita como visitante de ese particular paraíso.

Al lado de esta modélica muchacha, un chico también debidamente uniformado, limpia el suelo con un recogedor. Está impoluto. En una esquina, otro de estos maniquís vivientes ordena las estanterías. Todo está en una tranquila e inquietante armonía.

Poco a poco te vas adentrando. A medida que avanzas hacia el interior del habitáculo, observas como un mostrador de idéntico color que las paredes, avanza también contigo. Y, tras él, uno tras otro, decenas de clones de aquellos jóvenes que habíamos visto al entrar. Todos ellos esperando en silencio con una sonrisa cordial.

Al final de la sala, la gente se mueve despacio, conformando un enmarañado paisaje de pies que deambulan y cabezas que cuchichean sobre un fondo desenfocado. Si fijas la mirada, logras distinguir entre aquellos cuerpos alguna que otra mujer, perdida, olvidada, con la vista puesta en ninguna parte. Quizá ella también tenga la misma sensación de desconcierto que tú.

Te detienes un instante, y sin que apenas puedas darte cuenta, alguien se dirige a ti con una voz dulce y suave. ¿En qué puedo ayudarle? Esa voz angelical proviene del otro lado del mostrador. No puedes siquiera articular palabra. Mientras, ella sigue hablando. Y habla de sabores, colores, olores. De texturas y matices. Habla de la India, África y otros lugares idílicos. Pero tú no entiendes nada.

Antes de despediros, te regala un llavero con una inscripción en que figura tu nombre. Es extraño. Ni siquiera le has dicho cómo te llamas. Ella tiene uno igual. Puede que sea ahí donde guarde las llaves del cielo. También te ofrece una taza humeante que vacías sin pensar. Al fin y al cabo, la sensación de ebriedad no puede ser mayor. Y, ahora sí, te vas.

A la salida todo continúa igual. La chica y sus compañeros siguen recibiendo a los nuevos clientes, limpiando el suelo, ordenando los estantes. Te despiden con educación, haciendo entrever que pronto os volveréis a saludar. Tambaleándote, abandonas ese extraño paraíso, esa habitación blanca que cierra sus puertas tras tu paso.

Sales a la calle y el aire fresco consigue aliviarte un poco. Se acerca un hombre alto, algo maduro, y muy atractivo. Viste traje y luce un elegante corte de pelo canoso. Antes de que se pierda en el interior de aquel lugar celestial, lo miras con la sensación de haberlo visto anteriormente. Quizá en la televisión. Pero prefieres no importunar, y continúas caminando lentamente. Giras la cabeza. En el suelo, junto a la acera, hay un enorme piano de cola negro. Como los de las películas. Está destrozado, hecho pedazos.

No logras evitar que se apodere de ti un terrible vértigo, que hace que instintivamente agarres con fuerza la caja que llevas bajo el brazo. Dentro de ella, el último modelo de una de las cafeteras de moda y cientos de cápsulas que dosifican el misterio con códigos de colores. Sigues tu rumbo con la mirada, hasta que observas cómo te pierdes entre una multitud que también, como tú, sujetan cajas demasiado parecidas a la tuya. Cierras los ojos.  


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El camión de la basura

Siempre he tenido la cama junto a la ventana. De pequeño, o quizá no hace tanto, tenía la sana costumbre de irme pronto a dormir. Soy de las personas que no se duermen con facilidad, pero siendo un niño lograba conciliar el sueño antes incluso de que pasara por mi calle el camión de la basura.

Los días que no conseguía dormirme a la primera, lo esperaba, boca arriba y con los ojos bien abiertos. Quieto, inmóvil. Ansioso por que pasara, y se llevara tras de sí aquel ruido infernal. Se lo llevara, y entonces yo pudiera descansar tranquilo.

Cierto es también que de niño, como muchos otros supongo, era un tanto paranoico. El día que no pasaba, o que pasaba más tarde, miraba el reloj. Un minuto, también al siguiente. Esperando nervioso. Contando intranquilo las pocas horas de sueño que me quedaban. Entonces me movía, de un lado a otro de la cama. Empezaba a sudar en frío y ya sabía que aquella noche, como tantas otras, me había desvelado.

Al camión de la basura se le oía desde que entraba por el final de la calle hasta que salía bordeando mi ventana. A cada parada, el mismo ruido. El camión se paraba junto a un contenedor, bajaban dos basureros, lo cogían y lo acercaban a la cola del vehículo. Éste se lo tragaba, rugía y devolvía uno nuevo. O quizá el mismo, pero mucho más limpio. Ahora, pese a ser todo mucho más mecánico, sigue conservando aquel punto de magia que tanto me fascinaba.

A veces contaba mentalmente las paradas que faltaban hasta llegar a la mía. Cuando por fin el camión se paraba a los pies de mi cama, si todavía estaba despierto, me gustaba asomarme y poder presenciar en directo todo aquel proceso. Una vez acabado el trabajo, los dos basureros regaban el asfalto con una gran manguera verde, y corrían a subirse de nuevo al camión que, ya en marcha, les tendía un par de plataformas allá atrás, junto a la boca devoradora de basura.

Entonces, cuando aquellos héroes que trasnochaban para limpiar una calle que no era la suya se perdían a lo lejos, yo volvía a recostarme e intentaba, de nuevo y sin éxito, dormir. Si por fin lo conseguía, soñaba que el camión de la basura entraba por el principio de la calle, y comenzaba de nuevo el ritual que volvía a desvelarme.

Ritual éste que se repetía noche tras noche, a medida que se iba acumulando la suciedad a mis pies (suerte que vivo en un sexto). Y noche tras noche, desde hace ya nadie sabe cuánto, todos necesitamos que venga un basurero, a limpiar en silencio, oculto en la oscuridad, la porquería que durante el día sembramos. Y así iremos, convencidos, el domingo a votar, para elegir al nuestro preferido. 



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Desencuentro

Adiós, dijo ella. Buenas noches, le susurró él, al oído. Se besaron. Mereció la pena. Caminaron unas cuantas calles hasta la puerta del restaurante. Entraron y el camarero les dio las gracias por su visita. Tomaron asiento en una de las mesas que estaba junto a la ventana. Invitó él. Era su cumpleaños y, tras insistir, ella acabó cediendo. Después de los cafés, llego el postre. Luego, un jugoso plato de carne, algo de pasta, y una ensalada para el centro. Comieron, hablaron, aunque poco. Él no dejaba de observarla. Llevaba tiempo esperando aquella velada. El camarero vino a tomarles nota. Él se disculpó para ir al baño. Dijo tener la costumbre de lavarse las manos antes de cada comida. Mentía. Estaba nervioso, inquieto. Prefería callar antes que decir cualquier obviedad. O tontería. Ella lo notaba frío, distante. Después de tanta persistencia, había accedido a conocerle. Parecía arrepentirse, aunque decidió concederle la oportunidad. Tenían, al fin y al cabo, toda la noche para ellos. Pero lo cierto es que ella fue la primera en levantarse de la mesa. Él la siguió hasta la entrada. Se pusieron los abrigos y anduvieron durante un buen rato. Tras saludarse con un parco beso en la mejilla, se separaron. Él se subió al coche y se fue por donde había venido. Entonces ella, todavía mirando cómo se alejaba hasta perderse al final de la avenida, se sentó en un banco. A esperarle. 


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No tengo huevos

Después de mucha insistencia y no pocas negativas, por fin se decide a colaborar con este humilde blog. De estas palabras se desprende el desengaño de quien, tras muchos años de experiencia, descubre que, efectivamente, las mayoría de cosas acaban siendo lo que parecen. A galopar con todas ellas. Gracias, papá, por los huevos que, a tu manera y pese a todo, nunca has dejado de tener. 


Efectivamente, no los tengo. Para qué rebuscar en las esquinas del lenguaje circunloquios que escondan la realidad. No los tengo y la primera prueba, si es que hace falta dar alguna más, es este intento de artículo, este memorial de agravios que, por no tener huevos, perdonad que me repita, solo ha encontrado auditorio en un blog, en un  blog que ni siquiera es mío como si la responsabilidad compartida compensara mi falta de valentía. No tengo huevos porque estas palabras fueran ya pensadas, conformaron ocurrencias, alegatos, reproches, desquites, insultos incluso, que no dije. Siempre nos quedará la excusa de la prudencia.

Cuántos engaños nos tendió la vida. Tantos al menos como veces nos sedujo el conformismo. Fueran tantas las revoluciones perdidas, que me da la impresión de que nunca tuve huevos para no hacer la próxima. Hasta hoy, que parece que por fin  haya asumido tan gratificante pérdida.

Primero fue el lobo estepario que, confundido con los versos que Paco Ibáñez cantaba, se puso a galopar, a galopar. Pero, primera ingenuidad, a nadie logramos enterrar en el mar. Nos miraron desde la orilla y rieron mientras abrazaban aquella muchacha que parecía disculparse. Y ya entonces no tuve huevos. Poco importaron las guitarras, las tardes de un cine incomprensible… Entonces no vino ningún poeta a rescatarme. Era tan grande la responsabilidad que nos habíamos atribuido, que siempre estuvimos dispuestos a perder en el camino alguna víctima. A galopar.

Nos engañó también la eternidad. No comprendimos a tiempo que no hay compromiso que dure más de un año y medio, como muy bien sabe cualquier operador de telefonía. Y nos enredamos en promesas hipotecarias. Tampoco tuve huevos.

Aquellos que nos miraron desde la orilla también se habían hecho mayores. El tiempo no perdona, hay que reconocerlo. Pero con algunos detalles se disimula. Y ellos lo sabían. Cuando esta vez nos miraron, lo hicieron luciendo el moreno de la piel. Se habían hecho modernos ahora. Quizás por ello lucían una pulsera de cuero semejante a las que nosotros llevábamos a las asambleas de filosofía. Éramos unos adelantados. Pues no. Nos pusimos la pulsera cuando no era necesario. Y aquella muchacha que se disculpaba se había transformado en una señora con mechas de colores y pechos operados, o viceversa, que poco importa.

No tuve huevos. Quizás por ello aquella misma tarde me compré un equipaje completo de running en una de esas mega-tiendas en las que te equipan por 50 euros y me lancé a correr desesperado en uno de los circuitos verdes que la ciudad a veces reserva para pobres. Pero al tercer kilómetro ya entendí que de nuevo había hecho las cosas al revés. Cuando debió haberme preocupado el cultivo del cuerpo, anduve enredado entre poemas y filosofía y ahora, que podía retomar la lectura del Ulises (dicho sea de paso, nunca pasé de la página cien; lo sé, os he mentido), me empeñaba en ganarle unos segundos al cronómetro.

Por no hablar del abandono del tabaco, de la leche, de la grasa. La revolución de la salud no sé si la ganaremos, pero posiblemente sea una de las que más daños colaterales nos depare.

Y, como no tengo huevos, me apunté a la última. Ahora estamos empeñados en salvar el planeta. Como seguramente volveremos a perder, que sea por una buena causa, o al menos ambiciosa. Así que, he recuperado mi antigua camiseta del Che y, mientras organizo por colores los desperdicios como mandan los cánones, me vuelven a mirar desde la otra orilla. Encaramado a un contenedor, recibo una sonrisa desde un coche eléctrico. A galopar.

Pepe Borredá


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Último vagón

Lo mío es una clara historia de superación personal. Y no esos falsos testimonios que aparecen en los anuncios. Déjenme que les cuente.

Imaginen un vagón de tren. De un tren de mercancías. Sucio, roto. Casi muerto. Un vagón con la cara maquillada con spray de grafiti. El apéndice más bastardo de aquel tren en ruinas que cada día trasportaba cientos de contenedores, vacíos por dentro, podridos por fuera.

Aquel vagón, algún día fui yo. Todavía me recuerdo, aparcado en unas vías desiertas, lejos de todo. Muy lejos. Ahogado por la lluvia ácida que nacía unas cuantas fábricas más allá. Solo, perdido. Viejo y olvidado.

Apenas podía moverme. Al intentarlo, y si tras mucho esfuerzo lograba avanzar unos metros, chirriaban cada una de mis piezas. Notaba calambres por todo el cuerpo. Era horrible. Enfundado en un traje de metal oxidado, incluso respirar se convertía en todo un reto.

Por eso nunca tuve mayor pretensión que la de dejarme llevar. Tirado siempre por la alegre locomotora y otros compañeros de trabajo, cerraba los ojos y sentía como si la tierra avanzara bajo mis pies. O mis ruedas, mejor dicho. Que ya se sabe esa fijación tan extraña que tenemos las cosas, de ser tratadas como algo más que eso, que cosas.

Quizá precisamente debido a estas pocas ganas de seguir siendo nada más que un vagón huérfano de energía, las pasadas navidades fueron para mí más especiales que nunca. El día 18 de diciembre resultaba ser una fecha marcada en los calendarios de mi ciudad. Valencia. Yo no lo sabía, pero aquella mañana se inauguraba el AVE.

Allí estaba él. Alto, robusto. Blanco, precioso. Era tan bonito que no parecía real. Lo vi llegar. Y me hice a un lado para no manchar las fotos de los periódicos del día siguiente. Dejé que los flashes que rebotaban en su larguísima capa blanca me cegaran como a un idiota. Poco importaba. Era su fiesta. Y él el rey. 

Entonces se acercó a mí. Me guiñó un ojo y me susurró. “Vamos, sube”. Con su mueca entendí que me invitaba a engancharme a su cola. Y no dudé ni un instante.

El resto de la historia, se la pueden imaginar. El día de Navidad tenía Atocha a mis pies. Estaba allí. Aquel era yo. Aquel bicho raro al que todo el mundo miraba con extrañeza. Aquel viejo loco vagón que durante unas horas conquistó Madrid. Aquel era yo. Y ésta, mi historia.

  
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Ryanair

El viajar es un placer, dice la canción. Mientras no sea con Ryanair, podría seguir. Y es que esta compañía aérea que presume de precios tiene su gracia, aunque sólo hasta cierto punto. Que los billetes puedan llegar a resultar bastante económicos, vale. Que decir que te escapas un fin de semana en avión a Sevilla, también vale. Pero hay otras muchas cosillas que no agradan tanto.

En primer lugar, desengañémonos. Los vuelos por un euro no existen. Todos tenemos un amigo, que conoce a alguien cuya prima tiene un novio que tiene una hermana que ha viajado a París por un euro. Mentira. Eso es mentira. La leyenda de los vuelos a un euro termina en el mismo momento en que tratas de descubrirla.

Comprar un billete de Ryanair es más difícil que abrocharse a la primera el cinturón de seguridad del avión. Todo un reto. Cuando te das cuenta de que las múltiples tasas de embarque, los recargos por comisión y el IVA sólo hacen que engordar la cifra a pagar, comienza la aventura de hacerte con el ansiado papelito que te acredita como pasajero. La dichosa web te pide hasta que decidas de qué manera prefieres que te traten. De “mr” o de “sir”. No sé cuando, porque una vez a bordo, aquello parece una selva.

En fin, el caso es que, no sabes muy bien cómo, consigues superar con éxito el interrogatorio on line. Y prometes no llevar armas ni material explosivo a bordo. Tampoco facturado, claro. Porque esa es otra de las odiseas. La facturación. O la no facturación, que es otro de los mitos de las compañías de bajo coste. Las medidas máximas del bulto de mano son, una vez más, una gran farsa. He visto a gente llevar maletas en las que perfectamente podría caber un cadáver, y superar airosamente los controles de facturación. Y el resto de tontos, calentándonos la cabeza para meter siete calzoncillos, siete calcetines, cuatro camisetas, dos pantalones, tres suéters, chanclas, toalla y neceser en una bolsa de 55x40x20 cm. Eso sí que tiene mérito, y no subir al avión. Que también.

Entre el control policial (te han hecho prometer que no llevarías armas, pero parecen no creérselo), y el viento infernal que hay en la pista de despegue, subir al avión a veces puede convertirse en una verdadera pesadilla. Eso sí, en la puerta te espera una azafata de plástico que, después de pedirte por quinta vez la tarjeta de embarque, te dice con voz robótica y en un castellano británico: “buenos días, bienvenido al Boeing FR 5277 con destino a Sevilla”.

Entonces buscas sitio. Sacas una vez más el billete y descubres que el avión, no sólo no está numerado, sino que te pone, de nuevo, a prueba. Lees con ironía que donde debería poner “asiento 15, fila 8”, figura un curioso “otra fila”. ¿Otra fila? Sí, levantas la vista y está todo el mundo de pie. Claro, siempre que alguien va decididamente a sentarse en una butaca, la azafata se dirige a él, le toma el billete y sonriendo le increpa: “aquí no, otra fila”. Supongo que por eso debe de ser tan barato. Porque con Ryanair todos viajan de pie.

Despegamos y da comienzo el desfile. El pasillo del avión se convierte en un mercadillo en el que puedes adquirir prácticamente de todo. Durante la hora y poco que dura el trayecto, se te ofrece no sólo comida y bebida, sino todo tipo de productos, a cada cual más absurdo. Cigarrillos electrónicos, tarjetas de rasca y gana, perfumes, relojes, tarjetas de telefonía… Antes de aterrizar puedes haberte comido una hamburguesa, echado la suerte en un sorteo benéfico, perfumarte con la última esencia de Dior, fumarte un pitillo de pega y comprobar en tu nuevo reloj de marca que el avión llega con retraso a su destino. Todo un lujazo.

La fiesta termina cuando tomamos tierra y una simpática musiquilla hace que más de uno se anime a levantar unos aplausos. Pensado en frío, resulta del género tonto aplaudir a alguien que simplemente hace su trabajo. Ningún cartero recibe una ovación mientras llena los buzones. Pero claro, ser piloto es mucho más molón.

Sales de la nave medio aturdido. Algo más tranquilizado al tocar tierra, vuelve a desconcertarte el hecho de no saber en qué dirección andar. Te sueltan en mitad de una pista en la que hay siete aviones y cuatro carricoches. Allí estás tú, con una maleta y cara de bobo, sin saber a dónde ir. Por suerte, un hombre con chaleco fosforito y rastas te indica claramente que debes caminar “this way”. Y allá que vas, contento, satisfecho, inocente, jurándote a ti mismo que esta será la última vez. Pero en el fondo sonríes porque sabes que, pese a todo, te has acabado divirtiendo. 


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Shija

Felicitats, Juanvi

Yo, que lo máximo que había innovado en términos gastronómicos era yendo al kebab los viernes por la noche, que lo más atrevido que me había llevado a la boca había sido la salsa picante de las fajitas mexicanas, que hasta hace no mucho pensaba que el “rollito de primavera” era una práctica sexual, fui recientemente invitado a una cena de cumpleaños en un restaurante balcánico.

Ya desde el inicio, todo fueron sorpresas. Primero, las excentricidades de mi amigo, que se empeñó en poner pegatinas con mensajes que nadie entendía, y que también nos escribió una bonita carta dedicada y personalizada para cada uno de nosotros. Y luego, lo novedoso y mágico del sitio en sí. Un pequeño pero acogedor restaurante que fue cerrado expresamente para la fiesta.

Los colores rojo y negro del decorado dotaban de un aura de modernidad y elegancia al lugar. Nada extraño, por otra parte, conociendo al cumpleañero. Un psicólogo que cuida hasta el más mínimo detalle y ello, todo hay que decirlo, se agradece. Tan perfeccionista es mi amigo que no me sorprendería si me dijera que asignó los sitios previo estudio sociológico de cada individuo, con tal de garantizar una conversación plácida y fluida entre las cuarenta personas que allí estábamos, la mayoría, dicho sea de paso, no nos conocíamos entre nosotros. Por eso mismo, a sabiendas de que soy una persona que se conforma con poco, a mí me sentó al lado de una preciosa columna. Muy bonita, sí. Pero hablar, habló bien poco.

Por fin, ya con todas las sillas asignadas, comenzó el festival. Reconozco que noté un cierto vértigo al ver que el primer plato decía llamarse ensalada, pero poco o nada tenía que ver con el concepto de ensalada que yo me he formado. Es ese uno de los momentos en que más echas de menos los macarrones gratinados de tu madre. Me vi tentado de levantar la mano y pedir un chivito. Pero debía comportarme.

 Así que le di una oportunidad a la ensalada. No soy muy de verde, pero aquello estaba delicioso. Y poco a poco empezaron a sacar más y más platos. Borek (rollitos de hojaldre rellenos de queso feta), dolmadákias (hojas de parra rellenas de arroz y menta), qofte të ferguara (albóndigas balcánicas de pollo y cordero), tzatziki (salsa de yogurt griega)… Y venga a comer, y venga a beber. Lástima que mi compañera pilar no pudiera disfrutar de todo aquello.

Entonces, cuando ya no podíamos más, cuando unos tratábamos de no movernos para no reventar y otros preferían salir a fumar y reventar en privado, cuando el estómago suplicaba clemencia, se acercó el cumpleañero y dijo: “todavía queda el plato principal y los postres”. “Joder”, pensé con ironía, “ahora es cuando sacan el kebab”. Y así fue. A la mesa entraron unas bandejas con pan de pita y una fuente de carne y verduras al más puro estilo “móntalo tú mismo”. Y para picar, cuscús del sultán, que fue probablemente el mejor plato de la noche.

Todavía me pregunto cómo fui capaz, pero lo hice, y me siento orgulloso. Dejé un pequeño hueco para los postres. Y mereció la pena. Baklava (pastel de nueces y otros frutos secos bañado en salsa de miel o almíbar, según variables), matrícula de honor. La tradicional tarta de cumpleaños no la pude probar porque mi móvil decidió sonar en el momento más inoportuno. Pero creo que hice bien, porque estaba completamente lleno. De cosas nuevas y todas muy buenas. Pero lleno. Llenísimo. Shija era el nombre del restaurante. No sé en qué idioma ni qué querrá decir, pero es posible que signifique algo así como “todo lo que vas a probar hoy te va a resultar delicioso, pero no abuses de tu gula”. Y a mi lado, el pilar otorgaba en silencio.


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