Origen

Nació después de una larga espera. Tan larga, que había durado toda la eternidad. Esperó por siempre su momento, podrido y arrugado en un cajón de madera. Cuando abrió los ojos estaba cansado. Yacía en una cama, en una habitación en penumbra. Junto a él, un hombre de mediana edad agarraba su mano con ternura. Su cara denotaba un evidente sentimiento de tristeza. Estaba tan exhausto, que sólo pudo suspirar y cerrar los ojos de nuevo. Perdido en la noche, se dejó llevar.

Él no lo recuerda, pero según le contaron después, las primeras semanas de su vida las pasó en el hospital. Quizá aquel extraño viaje desde el más allá tuviera algo que ver. Comía y dormía. Poco más.

Le dieron el alta cuando ni siquiera podía andar. Así que llevó una vida sedentaria durante unos cuantos años. Vivía con su mujer, de la que se separó al llegar a la edad adulta. La rutina se convirtió en amor, más tarde en deseo, pasión. Pero con el tiempo empezaron a verse cada vez menos, hasta que llegó un día en que ambos se dieron cuenta de que en realidad eran unos completos desconocidos.

También trabajó cuando su cuerpo y su cabeza estuvieron preparados para ello. Tras muchos años de aburrido ajetreo en una oficina, un buen día fue despedido sin motivo alguno. Decidió entonces que lo mejor sería estudiar para labrarse un futuro digno. Así lo hizo. Año tras año, avanzaba de curso con la sensación de saber cada vez menos.

De pronto se vio viviendo en casa de sus padres, sin mayor preocupación que las normales en un anciano de su edad. Iba al colegio, jugaba y estudiaba. Aquellos años fueron quizá los mejores. Lástima que pasaran tan rápido.

Poco a poco sus huesos empezaron a debilitarse. Pasó de correr a andar, y después a gatear, hasta depender de un carrito con ruedas para poder moverse. El fino hilo de voz que venía arrastrando desapareció por completo para dejar paso a un incomprensible balbuceo. Y luego el silencio.

Perdió el pelo, y dejó de valerse por sí mismo. Volvió donde había empezado todo: el hospital. Y de ahí, a su lecho de muerte, un lugar extrañamente confortable. Vivía en la más absoluta calma y se alimentaba de manera asistida. Se había transformado en un monstruo, que fue progresivamente perdiendo las manos, los pies, e incluso el alma.

Al cabo de un tiempo quedó reducido a una diminuta masa uniforme de materia viva. A una célula. A un estallido de placer. A un gemido, a muchos. A un sentimiento y finalmente a una simple idea, tan efímera y caprichosa que acabó por desaparecer. 


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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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