Último vagón

Lo mío es una clara historia de superación personal. Y no esos falsos testimonios que aparecen en los anuncios. Déjenme que les cuente.

Imaginen un vagón de tren. De un tren de mercancías. Sucio, roto. Casi muerto. Un vagón con la cara maquillada con spray de grafiti. El apéndice más bastardo de aquel tren en ruinas que cada día trasportaba cientos de contenedores, vacíos por dentro, podridos por fuera.

Aquel vagón, algún día fui yo. Todavía me recuerdo, aparcado en unas vías desiertas, lejos de todo. Muy lejos. Ahogado por la lluvia ácida que nacía unas cuantas fábricas más allá. Solo, perdido. Viejo y olvidado.

Apenas podía moverme. Al intentarlo, y si tras mucho esfuerzo lograba avanzar unos metros, chirriaban cada una de mis piezas. Notaba calambres por todo el cuerpo. Era horrible. Enfundado en un traje de metal oxidado, incluso respirar se convertía en todo un reto.

Por eso nunca tuve mayor pretensión que la de dejarme llevar. Tirado siempre por la alegre locomotora y otros compañeros de trabajo, cerraba los ojos y sentía como si la tierra avanzara bajo mis pies. O mis ruedas, mejor dicho. Que ya se sabe esa fijación tan extraña que tenemos las cosas, de ser tratadas como algo más que eso, que cosas.

Quizá precisamente debido a estas pocas ganas de seguir siendo nada más que un vagón huérfano de energía, las pasadas navidades fueron para mí más especiales que nunca. El día 18 de diciembre resultaba ser una fecha marcada en los calendarios de mi ciudad. Valencia. Yo no lo sabía, pero aquella mañana se inauguraba el AVE.

Allí estaba él. Alto, robusto. Blanco, precioso. Era tan bonito que no parecía real. Lo vi llegar. Y me hice a un lado para no manchar las fotos de los periódicos del día siguiente. Dejé que los flashes que rebotaban en su larguísima capa blanca me cegaran como a un idiota. Poco importaba. Era su fiesta. Y él el rey. 

Entonces se acercó a mí. Me guiñó un ojo y me susurró. “Vamos, sube”. Con su mueca entendí que me invitaba a engancharme a su cola. Y no dudé ni un instante.

El resto de la historia, se la pueden imaginar. El día de Navidad tenía Atocha a mis pies. Estaba allí. Aquel era yo. Aquel bicho raro al que todo el mundo miraba con extrañeza. Aquel viejo loco vagón que durante unas horas conquistó Madrid. Aquel era yo. Y ésta, mi historia.

  
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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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