No tengo huevos

Después de mucha insistencia y no pocas negativas, por fin se decide a colaborar con este humilde blog. De estas palabras se desprende el desengaño de quien, tras muchos años de experiencia, descubre que, efectivamente, las mayoría de cosas acaban siendo lo que parecen. A galopar con todas ellas. Gracias, papá, por los huevos que, a tu manera y pese a todo, nunca has dejado de tener. 


Efectivamente, no los tengo. Para qué rebuscar en las esquinas del lenguaje circunloquios que escondan la realidad. No los tengo y la primera prueba, si es que hace falta dar alguna más, es este intento de artículo, este memorial de agravios que, por no tener huevos, perdonad que me repita, solo ha encontrado auditorio en un blog, en un  blog que ni siquiera es mío como si la responsabilidad compartida compensara mi falta de valentía. No tengo huevos porque estas palabras fueran ya pensadas, conformaron ocurrencias, alegatos, reproches, desquites, insultos incluso, que no dije. Siempre nos quedará la excusa de la prudencia.

Cuántos engaños nos tendió la vida. Tantos al menos como veces nos sedujo el conformismo. Fueran tantas las revoluciones perdidas, que me da la impresión de que nunca tuve huevos para no hacer la próxima. Hasta hoy, que parece que por fin  haya asumido tan gratificante pérdida.

Primero fue el lobo estepario que, confundido con los versos que Paco Ibáñez cantaba, se puso a galopar, a galopar. Pero, primera ingenuidad, a nadie logramos enterrar en el mar. Nos miraron desde la orilla y rieron mientras abrazaban aquella muchacha que parecía disculparse. Y ya entonces no tuve huevos. Poco importaron las guitarras, las tardes de un cine incomprensible… Entonces no vino ningún poeta a rescatarme. Era tan grande la responsabilidad que nos habíamos atribuido, que siempre estuvimos dispuestos a perder en el camino alguna víctima. A galopar.

Nos engañó también la eternidad. No comprendimos a tiempo que no hay compromiso que dure más de un año y medio, como muy bien sabe cualquier operador de telefonía. Y nos enredamos en promesas hipotecarias. Tampoco tuve huevos.

Aquellos que nos miraron desde la orilla también se habían hecho mayores. El tiempo no perdona, hay que reconocerlo. Pero con algunos detalles se disimula. Y ellos lo sabían. Cuando esta vez nos miraron, lo hicieron luciendo el moreno de la piel. Se habían hecho modernos ahora. Quizás por ello lucían una pulsera de cuero semejante a las que nosotros llevábamos a las asambleas de filosofía. Éramos unos adelantados. Pues no. Nos pusimos la pulsera cuando no era necesario. Y aquella muchacha que se disculpaba se había transformado en una señora con mechas de colores y pechos operados, o viceversa, que poco importa.

No tuve huevos. Quizás por ello aquella misma tarde me compré un equipaje completo de running en una de esas mega-tiendas en las que te equipan por 50 euros y me lancé a correr desesperado en uno de los circuitos verdes que la ciudad a veces reserva para pobres. Pero al tercer kilómetro ya entendí que de nuevo había hecho las cosas al revés. Cuando debió haberme preocupado el cultivo del cuerpo, anduve enredado entre poemas y filosofía y ahora, que podía retomar la lectura del Ulises (dicho sea de paso, nunca pasé de la página cien; lo sé, os he mentido), me empeñaba en ganarle unos segundos al cronómetro.

Por no hablar del abandono del tabaco, de la leche, de la grasa. La revolución de la salud no sé si la ganaremos, pero posiblemente sea una de las que más daños colaterales nos depare.

Y, como no tengo huevos, me apunté a la última. Ahora estamos empeñados en salvar el planeta. Como seguramente volveremos a perder, que sea por una buena causa, o al menos ambiciosa. Así que, he recuperado mi antigua camiseta del Che y, mientras organizo por colores los desperdicios como mandan los cánones, me vuelven a mirar desde la otra orilla. Encaramado a un contenedor, recibo una sonrisa desde un coche eléctrico. A galopar.

Pepe Borredá


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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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3 respuestas a No tengo huevos

  1. Mercedes dijo:

    Utilizando una expresión torera,quiero felicitarte por tu “arranque”:

    “¡Va por tus huevos! “

  2. Anonymous dijo:

    ¡Bien, bien, bien!. Nunca es tarde para convertirte, aunque sea de prestado, en bloguero. Tres bien…Estamos de acuerdo, los viejos revolucionarios nunca mueren…Viejos nunca, revolucionarios siempre….Un abrazo. Ramón Barreiro.

  3. AMPARO dijo:

    Tienes razón, no tenemos huevos, u ovarios en mi caso, y lo triste es que somos igual a los demás, aunque creo que hay una diferencia, que cuando miramos dentro somos conscientes de nuestro propio engaño, lo que es más triste. Y un buen día nos encontramos sentados en el contenedor comiéndonos un palo de amarga madera.

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