Pésame

Hoy, una compañera de trabajo con la que apenas he hablado un par de veces en estos últimos tres años, se ha acercado a mi mesa. Buscaba a otro chico, que lleva incluso menos tiempo que yo en la oficina.

Ella se ha mostrado muy contenta al verlo. Quizá, extrañamente demasiado. No sabía que tuvieran tanta relación. Me alegro mucho de verte, ha dicho ella. Y yo, ha contestado él. ¿Qué tal, todo bien?, ha preguntado. Y entonces ella ha roto a llorar.

En ese momento he caído en la cuenta de que la mujer de la que hablaban otros compañeros hace tan solo unos días era ella. Algo de un ramo de flores, un tanatorio y un entierro. Acababa de morir su marido.

Él le ha dado el pésame. Yo estaba justo detrás, a menos de un metro, y no me he atrevido a decir nada. La conversación no iba conmigo. Oficialmente no sabía nada. ¿Cómo debe actuarse en estos casos?

Ella ha regresado a su silla. Al rato ha vuelto. Entonces sí, me he visto moralmente obligado a acercarme y transmitirle mis condolencias. Como dando a entender que mi compañero me lo había explicado. Antes no podía hacerlo, nadie me lo había contado. ¿O sí? ¿Escuchar de fondo una conversación e imaginar de quién se está hablando ya me legitima a mostrarle mi apoyo?

Un apoyo que, si lo pensamos fríamente, es en cierto modo fingido. No conozco a esta mujer y no he hablado con ella más que de trabajo, y en contadas ocasiones. Una compañera lejana, como uno de esos familiares con los que coincides en una boda y quizá no vuelvas a ver nunca más. ¿Qué código social debe regir una relación así?

Dos besos, un estoy aquí para lo que necesites y un gracias de cortesía. Es extraño cómo el protocolo no escrito se abre paso en estos casos. De ser al revés, ¿me gustaría que respetaran mi intimidad aquellos con los que ni siquiera tengo relación? ¿O preferiría una muestra de apoyo de algún desconocido, aún a sabiendas de que no es más que un mero trámite?

No he sabido contestarme.

He apagado el ordenador y me he ido a casa.

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Domingo

El 15 de octubre de 2017 era domingo.

Había sido una semana rara, con varios festivos de esos que te trastocan una rutina sobre la que solemos acomodarnos.

Yo ya no vivía en casa de mis padres, pero seguía yendo a comer de vez en cuando, especialmente los fines de semana. Precisamente ese, Aroa estaba en Valencia. Habíamos salido a cenar la noche anterior y al despertar vi varias llamadas y un mensaje que hacía prever lo peor. “Llámanos cuando puedas”.

Fue rápido. Como un tirón de cera, por esperado no deja de ser menos doloroso.

Al colgar, un vacío muy negro me llenó por dentro. Aroa me miró y no hizo falta hablar. Ella se volvía esa misma mañana, así que la despedida fue más amarga de lo normal.

Recogí a mi hermana y fuimos en coche al tanatorio. Mis padres ya estaban allí. Pensaba que la ducha y haber podido engañar al estómago ayudaría algo, pero no fue así.

El espacio, la música… hasta la resonancia de las paredes. Todo en un tanatorio parece estar pensado para provocar la lágrima. Para depurar la herida y ayudar a calmar el dolor.

Allí estaba, de pie, junto con mis padres, hermana, tíos y primos y algunas otras personas que ni siquiera conocía. Viendo cómo una máquina elevadora se llevaba el féretro hasta el crematorio. El sonido mecánico contrastaba con el llanto sordo de algunos.

Antes, habíamos escuchado las palabras aprendidas de un cura recitando un texto sobre mi abuelo, aunque podría haber sido sobre cualquier otra persona. En ese momento me acordé de una camiseta que me regaló de pequeño. ‘Alguien que te quiere mucho te ha traído este recuerdo de Segovia’. Vaya detalle, pensé desde la más pura inocencia.

Y así, con el sermón de fondo de un desconocido hablando sobre el Yayo Ton, me vinieron a la cabeza decenas de imágenes sobre él. Encanastando la pelota tras bote en el aro de juguete de mi cuarto -algo que, por cierto, solo sabía hacer él-, las siestas eternas en el sofá con una ‘comedieta’ que él mismo había elegido, los zumos de naranja, las torrijas y el café bañados en azúcar, los últimos años conduciendo al volante de aquel Suzuki gris, las comidas en las que él ostentaba con orgullo el título de anfitrión, las mancuernas de colores en una esquina del baño, las reuniones familiares en Navidad y la protocolaria foto de primos, las gafas de sol, los cigarros…

Por timidez mía, o quizá por esa estúpida fachada de autoridad que se desprende de algunos mayores, no me atreví a conocerlo tanto como me habría gustado. Pero, aunque pocas veces se lo dije, lo quise mucho.

El 15 de octubre de 2017 era domingo.

Pero el yayo no vino a comer.

Después del funeral, fuimos a merendar a Alboraia. Siempre decía que vivía en un azucarero, así que nos pareció el mejor homenaje posible.

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Tablas

El campo de batalla había quedado desierto.

Sobre el escenario, dos hombres. Solos. Desubicados. Dos reyes perdidos en medio de una república. En una sociedad que hace ya mucho tiempo les dio la espalda con un referéndum silencioso patente en cada chiste, en cada irreverencia, en cada gesto de desprecio por parte de sus secuaces que hizo diluir una autoridad ya muy mermada por el signo de los tiempos.

Caballos de batalla cayeron en plena cacería, como en aquel safari en Botsuana. Las torres sobre las que se sostenía su imperio, que antes eran de piedra, pronto se tornaron de paja. Con cada foto mal pactada, cada desafortunada aparición en público o cada intento frustrado por parecer llevar una ida normal, fueron cayendo los pilares sobre los que habían alzado su credibilidad.

Las princesas, los príncipes y todo cuanto les rodeaba se esfumó. Incluso sus damas los dejaron solos. Desaparecieron del tablero tan pronto vieron la que se les veía encima. Se quitaron de en medio, como quien se dispara en un pie, como quien niega la evidencia ante un tribunal.

Juntos tuvieron que asistir a su propia decadencia. Y así, después de muchos sacrificios inútiles, se quedaron solos. Mirándose a los ojos con la resignación de quien sabe que su reinado ha llegado a su fin

Antes de morir, con el poco orgullo que todavía les quedaba, se estrecharon las manos y decidieron firmar la paz. Una tregua que no les salvó de nada.

Tablas.

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Historia de un romance

París, 1925. En una esquina del café más concurrido de la ciudad, un joven pasea su mirada por las páginas de un libro. No importa cuál, pues ni siquiera presta atención a lo que lee, y entre calada y calada de la pipa que pende de sus labios, juguetea con un bolígrafo y hace como quien toma notas en un cuaderno. Sobre la mesa, un capuchino se queda frío de tanto esperar su turno.

Junto a él, unos eruditos teorizan sobre las ventajas de un invento que acaba de llegar a la ciudad y que promete revolucionar el mundo del arte hasta límites insospechados. En realidad hablan de él mismo, pero evita confirmar o desmentir cualquier afirmación imprudente, por reparo a ser descubierto y no poder disfrutar de ese agradable momento de soledad.

Mientras busca entre los bolsillos de su chaqueta la caja de cerillas para volver a prender la pipa, que se había apagado, entra por la puerta una mujer de porte fino y elegante. Camina despacio pero decidida, conocedora de ser el centro de atención, y canturrea en voz baja una melodía. Saluda con cortesía a los clientes más habituales, alza la vista y decide que hoy, su sitio será junto a él.

Sin pedirle permiso, se sienta en su mesa y se lleva a la boca un cigarrillo indicándole con un leve movimiento de cejas que espera que sea él quien lo encienda. Se miran. Se odian.

  • Venga, jovencito. ¿Me va a dar fuego o va a quedarse mirando como un pasmarote?, es ella la que rompe el hielo.

Él farfulla entre dientes una protesta incomprensible, casi inaudible, y con una sobreactuada indiferencia le tiende el brazo de cuyo extremo ya arde una cerilla condenada a morir precipitadamente.

Cierto es que de esta extraña pareja, por mucho él es el jovencito. Pero tampoco está dispuesto a achantarse.

  • Y usted, ¿va a comportarse con ese estúpido aire de superioridad? Como si no la conociéramos lo suficiente… ¿Tiene que hacerse notar de ese modo?, contraataca.

Y lo cierto es que los dos se conocían de sobra. Si bien no habían tenido la oportunidad de hacerlo en persona, sí habían oído hablar el uno del otro en infinidad de ocasiones.

  • Cuénteme, ¿qué le trae por aquí?, trata de suavizar el tono con aire pacificador.
  • ¿A mí? ¿Qué le trae a usted por aquí? Si de sobra todos sabemos que es un tipo solitario, extraño, tímido y ermitaño que busca esconderse tras las sombras para pasar desapercibido, luchando contra su propia naturaleza. Yo, sin embargo –sigue ella- estoy en los bares, en las plazas, en las fiestas. La gente me adora. Usted tan solo es un pobre mudito que no se atreve a salir ahí fuera y que prefiere buscar en mujeres como yo lo que nunca llegará a ser.

Dolorido, deja caer la cabeza, ocultando su cara tras las alas del sombrero, sabedor de que esa cruel engreída había dado, en realidad, en el clavo.

  • ¡Venga ya! Estoy bromeando. Ya sabe cómo soy… No me lo tenga en cuenta, dice al tiempo que le da un amistoso golpe en el hombro.
  • Usted y su humor… -se rehace él mientras aspira profundamente una calada- ¿No ha escuchado lo que se dice por aquí? ¡En unos años, yo dominaré esta sociedad, que ya me está reclamando a gritos!
  • Siga soñando –contesta ella-. Sin alguien como yo, usted está condenado al fracaso. Pobres hombres… –suspira- se creen el centro del mundo, pero necesitan de nosotras, las mujeres, para todo. Mire, por ejemplo, ¿qué sería de El Escritor sin La Pluma? ¿De El Cantante sin La Voz? ¿De El Pintor sin La Pintura? ¿O de todos ellos sin Las Musas?

La mira pensativo, con cierta desconfianza.

  • ¿Qué me dice? Nada tendrían que hacer sus amigas La Fotografía o La Literatura si no existiera El Ojo que supiera apreciarlas.
  • No todos los ojos están a la altura, créame. Lo que realmente cuenta es La Mirada, amigo mío.
  • ¡Es usted una lianta!
  • Y usted un ignorante.
  • ¡Arpía!
  • ¡Bobo! ¡Ceporro! ¡Mequetrefe!
  • ¡¡¡Feminazi!!!

 

“Espera… espera un momento” –dice la taza de café-. “¿Cómo le va a llamar feminazi? Ese término no existía a principios del siglo XX”. “Calla”, contesta. “Aquí el autor del relato soy yo. Tú solo eres una jodida taza de café. Además, ¿qué coño hago hablando con un objeto?”. “¡Sí, eso! Ignórame, pero sabes que tengo razón”. Se levanta a lavarse la cara y estirar las piernas. Necesita un respiro y alguna buena idea para acabar con esto.

 

Entonces, envueltos en un mar de humo provocado por El Cigarrillo que sostiene ella y La Pipa que sostiene él, La Música y El Cine se callan y hacen coincidir sus miradas en un punto intermedio de esa pequeña mesa. Justo cuando sus labios están a punto de encontrarse, entra en el bar un ser de género indefinido. El Arte.

Ahí están todos, cuchicheando en voz baja. La Filosofía, El Derecho, La Justicia, La Psicología y su hermano pequeño El Psicoanálisis, las inseparables La Física y La Química, La Historia, La Educación, La Economía, La Sociología, La Economía y La Política, que todavía puede presumir de tener buena fama. Mayoría femenina.

Ese personaje que nadie sabe a ciencia cierta si es hombre o mujer, observa desde el otro lado del salón la escena que protagonizan El Cine –todavía mudo- y La Música –demasiado charlatana-. Y buscando la mirada cómplice de la Anatomía –que de estos temas es quien más sabe del lugar-, dice El Arte, sin miedo a equivocarse:

  • Creo que de aquella pareja pronto saldrá una relación muy fructífera.

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El pianista

Al meu amic Joan, El Pianista

Apoyado sobre el teclado, el atril digital esconde su peor pesadilla disfrazada de trágica realidad: el papel en blanco.

Hoy no hay partitura que interpretar. Deberá ser él quien escriba, nota a nota, la obra. Improvisando ante un público exigente y expectante, acostumbrado a grandes artistas en un escenario tan hostil como imponente.

Se deja caer con suavidad sobre la butaca y postra sus dedos lentamente sobre los primeros acordes. Evita mirar a la grada. Prefiere cerrar los ojos e imaginarse a él mismo en el salón de su casa, componiendo versos en la intimidad, como tantas noches ha hecho.

Toma aire, y con decisión hace vibrar la primera nota. La primera letra de un pentagrama imaginario que da comienzo a una nueva historia. Toca, con los ojos cerrados, una tecla tras otra, y la melodía nos habla de un fatídico romance, un antiguo amor perdido que no volverá.

El sonido, tan desgarrador como profundamente sincero, rebota en cada rincón de la sala para volver de nuevo a su interior, de donde brotan las ideas. A veces combina varias teclas para crear nuevos tonos. Pequeños matices de una misma melodía. La historia que nos cuenta se abre en un inmenso abanico de posibles interpretaciones. Él no los ve, pero los espectadores asienten en silencio, como dándole su veredicto en forma de aprobación.

El amor se rompe. Y con él se rompen las notas, que vibran con mayor intensidad. Como vibra él mismo en armonía con su instrumento.

Un estruendo in crescendo y, de pronto, el silencio.

Aplausos. Y silencio.

Inclina la cabeza y ofrece una tímida muesca de gratitud. Cierra la tapa de su portátil, se levanta y abandona la sala.

Siempre había soñado con ser músico, pero se quedó en escritor.

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Gotera

Llueve. Y sobre un charco de aceite caen, con la cadencia perfecta de un metrónomo, las gotas de una gotera que alguien debió haber arreglado hace tiempo. Al fondo, recostado sobre la mesa, nuestro protagonista se masturba en silencio, pasando las acartonadas páginas de esa revista en la que sustituyó todas y cada una de las caras de las chicas por la de su ex mujer. Esa mujer que un día cualquiera encontró en la cama con otro hombre cualquiera.

El amarillento cristal de la cabina -traslúcido, casi opaco- es el único sustento que le separa y guarece del resto del mundo. La tele -una de esas pequeñas teles cuadradas con una antena que muestra o no la imagen en función de una caprichosa y azarosa posición que casi nunca acierta a adivinar- ofrece los voluptuosos pechos de Maria Antonietta Beluzzi en la mítica escena de Amarcord. Todo ayuda, pero nada importa. Él sigue prefiriendo su mirada.

Sobre las tres paredes restantes (recuerden que una se tornó inhábil con la llegada del cristal), cuelgan un calendario, una estantería con los archivadores donde se recogen todos los datos de los clientes, la máquina de fichar que cada día lo recibe impertérrita y que le fija la mirada en el cogote al acabar su jornada, y un reloj que se detuvo hace meses. Junto a él, la puerta.

Tres pasos de largo y dos de ancho. Eso mide la pequeña celda en la que pasa cada noche repasando de memoria películas que ya ha visto, resolviendo los sudokus de los periódicos que esperan en una esquina a ser utilizados para cubrir alguna mancha de aceite o estropicio similar, y ahogando sus penas en esa estúpida manía onanista que le invade justo después de la cena y justo antes del sueño.

Horas más tarde, al abrirse la persiana metálica que da al exterior, descubre con los ojos achinados que ya es de día. Aparece entonces –con paso firme y ligero- nuestro segundo protagonista. Un hombre de negocios con impolutas vestimentas y perfume del caro al que la cámara sigue en un plano secuencia hasta el maletero de su BMW, donde postra con sumo cuidado el maletín y el abrigo. El mismo guiño de ojo de cada día, tan forzado como siempre, acompañado de una falsa mueca con los labios y un sonoro acelerón que reclama medio depósito de gasolina antes de enfilar la rampa y abandonar la escena.

La persiana no llega a cerrarse del todo cuando aparece ese matrimonio de padres primerizos cuya rutina parece haberse asentado peligrosamente en la discusión. Una discusión que no falla a su cita en una mañana como esta, en la que seguramente todo marcha mal, incluso desde antes de salir de casa. En un segundo plano, la criatura camina cabizbaja con una mochila que le dobla en peso y en tamaño, ajeno a todo cuanto acontece más allá de medio palmo por afuera de sus castigados hombros.

Y así, uno a uno, van desfilando por delante de sus ojos las vidas de todos los personajes de esta escena de la que ni el mismísimo Woody Allen sería capaz de sacar provecho. Él los mira con indiferencia, desde el otro lado del vidrio que hace a su vez de pantalla sobre la que se proyecta un único canal. Ojalá pudiera cambiar de emisora, piensa cuando, de pronto, aparece el último personaje de este relato.

Él mismo, con algunos kilos y años menos, pelos y entusiasmo de más. Su otro yo. El yo del turno de mañana cuya presencia le indica que ha acabado otra tediosa jornada laboral. Al salir resbala con el charco de agua y aceite que la gotera ha ido generando durante toda la noche.

Afuera de ese garaje ha dejado de llover.

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La última calada

Solo le quedaba un cigarrillo. Ese cigarrillo que había guardado en el bolsillo de la chaqueta la noche anterior, a sabiendas de que sería el último.

Salió al patio. Hacía un día radiante. Se sentó en el mismo banco de siempre y repasó con cierta nostalgia cada rincón de aquel lugar que conocía de memoria.

La primera calada fue tan intensa que la ceniza retrocedió rápidamente y cayó sin remedio al vacío. La última, tan larga que impregnó cada esquina de su alma.

La colilla murió en la punta de su bota. Él regresó sin prisa a la celda, donde esperó la llamada del verdugo.

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