La foto

A Rosita

La cama de su habitación sigue vestida desde hace años. Antes, Marina solía compartir con ella almohada y confesiones cuando íbamos a visitarla. ¿Puedo dormir con la yaya?, decía. Y una sonrisa cómplice confirmaba siempre el beneplácito para hacerlo. En el armario, los trajes y los zapatos, cansados de esperar, dejaron hueco a unos cuantos paquetes de pañales para adultos.

Descansa sobre la cómoda la foto de dos enamorados.

Rosita, a la izquierda, gafas doradas, pendientes de perla y un collar que hace suponer que se trataba de una ocasión especial. Su cabello, corto y blanco, su mirada a ninguna parte.

Rosita tiene la boca entreabierta, como si acabara de decir algo, y su cabeza se inclina ligeramente hacia él. Hacia Pepito, que la mira con la sonrisa que precede a un beso.

Ambos visten de negro, y su ropa se confunde con el fondo. Solo sus rostros iluminan la escena.

La mirada líquida de Rosita, sentada en el borde de la cama mientras su nuera la viste antes de la comida de Navidad, se encuentra con esos inocentes ojos veinticinco años más jóvenes.

Sus pupilas se dilatan. Ha vuelto, el fino rayo del recuerdo, después de atravesar un espeso mar de nubes. Es la boda de Iván, el pequeño de sus sobrinos. En la sobremesa toman café mientras escuchan, una vez más, las anécdotas de su hermano Paco, el padre del novio. Recuerdos de la infancia a los que se han ido añadiendo pequeñas dosis de fantasía a medida que pasaban los años, y también los chupitos.

Rosita tiene el curioso don, en momentos como este, de coger todo el ajetreo de una boda, hacer de él una bolita y esconderlo en el sótano de su cabeza, donde se convierte en un lejano murmullo. Ella solo escucha ahora la voz de Pepito, que le confiesa al oído los planes para cuando inicien el camino a casa. Eso hace que se ruborice, pero poco importa. Igual que el ruido, también han desaparecido las personas. Y la timidez, y el miedo, y el qué dirán, y el y si… Todo y todos se han ido, y en medio de ese salón de bodas, ahora en penumbra, tan solo permanecen ellos dos, iluminados por el repentino flash de una cámara.

El fogonazo blanco de la bombilla lo inunda todo y ciega a Rosita, que abandona el recuerdo como si nunca hubiera estado en él. ¿Qué hacéis a oscuras?, pregunta Pepe mientras aprieta el interruptor. Rosita mira a ese hombre, plantado a la puerta de su habitación. ¿Pepito? Y un breve silencio.

No, mamá. Vamos a comer.

Acerca de pauborreda

Periodista y fotógrafo
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