Entrevista de trabajo

Fue el primero en llegar.

Vestía camisa a cuadros y pantalones chinos recién planchados. Se había perfumado y peinado.

Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. Se decía, una y otra vez, mientras esperaba sentado en una esquina de la sala.

Pasaban diez minutos de la hora a la que le habían citado y del otro lado del cristal translucido de la puerta seguían sin llegar señales de vida. Un sudor frío empezó a abrirse paso, desde la nuca hasta la última vértebra de la espalda, tomando un pequeño desvío hasta las axilas para empaparlas lo suficiente como para hacer visible ese nerviosismo a través de sus poros. Un nerviosismo que, de forma repentina pero inevitable, había quedado fijado después de la aparente calma inicial. Un nerviosismo que incluso le había hecho cambiar el semblante de la cara.

Sudaba. Y cuanto mayor era el esfuerzo que creía invertir en tratar de evitarlo, más sudaba. La frente, las manos. Si nadie ponía remedio pronto, acabaría diluido, convertido en un charco en el suelo o evaporado hacia el falso techo blanco que parecía perder altura por momentos.

Por fortuna, la puerta se abrió y, tras ella, una mano le indicó que pasara. Al levantarse, sus piernas vacilaron en no querer seguirle. Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. Pero ya no surtió efecto, y de forma autómata se dirigió al interior de esa habitación que desprendía una luz fría y hostil, como el cordero que, consciente del fatal destino que le espera, entra al matadero sin rechistar, sumiso, siguiendo el camino que se le ha marcado incluso antes de nacer, sin tener la capacidad ni la voluntad para elegir uno diferente.

Cruzó la puerta un hombre de unos cincuenta años, con más de treinta de experiencia, pero ya desde hacía unos cuantos en el paro. Un hombre que había liderado equipos, ostentado cargos de responsabilidad y que, años después, se había visto en la obligación de reciclarse para poder competir en esta entrevista de trabajo con jóvenes que nacieron sabiendo lo que él tuvo que estudiar en un curso de cuarenta horas del INEM.

Cuando la mirada del entrevistador se clavó sobre la suya, sus ojos saltones se arrugaron como el hocico de un perro. Todavía en silencio, su interlocutor repasaba unos papeles y tomaba notas. Trabajó usted para Windows desde el 97 hasta 2003, dijo por fin. Sí, se limitó a contestar. Pero enseguida entendió que debía seguir hablando para llenar el incómodo vacío de palabras que dominaba esa horrible atmósfera. Entré como ayudante… Si tuviera que hacer un análisis DAFO sobre su perfil profesional, le cortó, ¿qué aspectos destacaría? ¿Perdón? ¿Qué cuáles cree que son sus fortalezas, debilidades, amenazas y oportunidades como posible trabajador de esta empresa?, repreguntó el entrevistador con un notable tono de estar empezando a perder la paciencia. Bueno, yo…, titubeó. Lo que mejor se me daba era ayudar a la gente. Trabajaba de cara al público, y atendía cualquier petición. Les ayudaba a encontrar aquello que necesitaran, fuera lo que fuera. Se había envalentonado. Confía en ti. Lo vas a lograr. Confío en mí. Lo voy a lograr. ¿Así que ayudaba usted a la gente?, y aquí el tono de mofa fue más evidente si cabe.

El zumbido casi imperceptible del tubo de neón se adueñó de su cabeza hasta dejarlo en blanco. Más en blanco que la luz que emitía y que había empezado a cegarle. A partir de ese momento, vio pasar por delante suyo un desfile de tecnicismos que lo dejó del todo noqueado. CMO, B2B, CRM, CTA, SMO, SEO, SEM, ROI. Y otros más comunes, pero en ese estado catatónico le sonaron igual de extraños. Spam, Social Media Manager, widget, bug, lead, mailing.

El entrevistador hablaba y escribía a una velocidad endiablada. Finalmente, tras unos tachones, firmó la ficha que estaba rellenando y se la tendió a su ayudante, que había permanecido invisible a su lado durante toda la entrevista. Guardó la ficha en una carpeta y se levantó para acompañarlo a la puerta.

Al salir, cabizbajo y completamente derrotado por las inherentes exigencias del mercado laboral actual, se cruzó con una mujer algo más joven que él, pero a la vista estaba que con las mismas posibilidades. Nulas.

Un cruce de miradas entre los dos candidatos bastó para saber que tanto él, el Clip de Windows, como ella, Irene de RENFE, continuarían destinados a dominar el único nicho de mercado que les había sido asignado de un tiempo a esta parte. El de los memes.

 

Acerca de pauborreda

Periodista y fotógrafo
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