Domingo

El 15 de octubre de 2017 era domingo.

Había sido una semana rara, con varios festivos de esos que te trastocan una rutina sobre la que solemos acomodarnos.

Yo ya no vivía en casa de mis padres, pero seguía yendo a comer de vez en cuando, especialmente los fines de semana. Precisamente ese, Aroa estaba en Valencia. Habíamos salido a cenar la noche anterior y al despertar vi varias llamadas y un mensaje que hacía prever lo peor. “Llámanos cuando puedas”.

Fue rápido. Como un tirón de cera, por esperado no deja de ser menos doloroso.

Al colgar, un vacío muy negro me llenó por dentro. Aroa me miró y no hizo falta hablar. Ella se volvía esa misma mañana, así que la despedida fue más amarga de lo normal.

Recogí a mi hermana y fuimos en coche al tanatorio. Mis padres ya estaban allí. Pensaba que la ducha y haber podido engañar al estómago ayudaría algo, pero no fue así.

El espacio, la música… hasta la resonancia de las paredes. Todo en un tanatorio parece estar pensado para provocar la lágrima. Para depurar la herida y ayudar a calmar el dolor.

Allí estaba, de pie, junto con mis padres, hermana, tíos y primos y algunas otras personas que ni siquiera conocía. Viendo cómo una máquina elevadora se llevaba el féretro hasta el crematorio. El sonido mecánico contrastaba con el llanto sordo de algunos.

Antes, habíamos escuchado las palabras aprendidas de un cura recitando un texto sobre mi abuelo, aunque podría haber sido sobre cualquier otra persona. En ese momento me acordé de una camiseta que me regaló de pequeño. ‘Alguien que te quiere mucho te ha traído este recuerdo de Segovia’. Vaya detalle, pensé desde la más pura inocencia.

Y así, con el sermón de fondo de un desconocido hablando sobre el Yayo Ton, me vinieron a la cabeza decenas de imágenes sobre él. Encanastando la pelota tras bote en el aro de juguete de mi cuarto -algo que, por cierto, solo sabía hacer él-, las siestas eternas en el sofá con una ‘comedieta’ que él mismo había elegido, los zumos de naranja, las torrijas y el café bañados en azúcar, los últimos años conduciendo al volante de aquel Suzuki gris, las comidas en las que él ostentaba con orgullo el título de anfitrión, las mancuernas de colores en una esquina del baño, las reuniones familiares en Navidad y la protocolaria foto de primos, las gafas de sol, los cigarros…

Por timidez mía, o quizá por esa estúpida fachada de autoridad que se desprende de algunos mayores, no me atreví a conocerlo tanto como me habría gustado. Pero, aunque pocas veces se lo dije, lo quise mucho.

El 15 de octubre de 2017 era domingo.

Pero el yayo no vino a comer.

Después del funeral, fuimos a merendar a Alboraia. Siempre decía que vivía en un azucarero, así que nos pareció el mejor homenaje posible.

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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