Historia de un romance

París, 1925. En una esquina del café más concurrido de la ciudad, un joven pasea su mirada por las páginas de un libro. No importa cuál, pues ni siquiera presta atención a lo que lee, y entre calada y calada de la pipa que pende de sus labios, juguetea con un bolígrafo y hace como quien toma notas en un cuaderno. Sobre la mesa, un capuchino se queda frío de tanto esperar su turno.

Junto a él, unos eruditos teorizan sobre las ventajas de un invento que acaba de llegar a la ciudad y que promete revolucionar el mundo del arte hasta límites insospechados. En realidad hablan de él mismo, pero evita confirmar o desmentir cualquier afirmación imprudente, por reparo a ser descubierto y no poder disfrutar de ese agradable momento de soledad.

Mientras busca entre los bolsillos de su chaqueta la caja de cerillas para volver a prender la pipa, que se había apagado, entra por la puerta una mujer de porte fino y elegante. Camina despacio pero decidida, conocedora de ser el centro de atención, y canturrea en voz baja una melodía. Saluda con cortesía a los clientes más habituales, alza la vista y decide que hoy, su sitio será junto a él.

Sin pedirle permiso, se sienta en su mesa y se lleva a la boca un cigarrillo indicándole con un leve movimiento de cejas que espera que sea él quien lo encienda. Se miran. Se odian.

  • Venga, jovencito. ¿Me va a dar fuego o va a quedarse mirando como un pasmarote?, es ella la que rompe el hielo.

Él farfulla entre dientes una protesta incomprensible, casi inaudible, y con una sobreactuada indiferencia le tiende el brazo de cuyo extremo ya arde una cerilla condenada a morir precipitadamente.

Cierto es que de esta extraña pareja, por mucho él es el jovencito. Pero tampoco está dispuesto a achantarse.

  • Y usted, ¿va a comportarse con ese estúpido aire de superioridad? Como si no la conociéramos lo suficiente… ¿Tiene que hacerse notar de ese modo?, contraataca.

Y lo cierto es que los dos se conocían de sobra. Si bien no habían tenido la oportunidad de hacerlo en persona, sí habían oído hablar el uno del otro en infinidad de ocasiones.

  • Cuénteme, ¿qué le trae por aquí?, trata de suavizar el tono con aire pacificador.
  • ¿A mí? ¿Qué le trae a usted por aquí? Si de sobra todos sabemos que es un tipo solitario, extraño, tímido y ermitaño que busca esconderse tras las sombras para pasar desapercibido, luchando contra su propia naturaleza. Yo, sin embargo –sigue ella- estoy en los bares, en las plazas, en las fiestas. La gente me adora. Usted tan solo es un pobre mudito que no se atreve a salir ahí fuera y que prefiere buscar en mujeres como yo lo que nunca llegará a ser.

Dolorido, deja caer la cabeza, ocultando su cara tras las alas del sombrero, sabedor de que esa cruel engreída había dado, en realidad, en el clavo.

  • ¡Venga ya! Estoy bromeando. Ya sabe cómo soy… No me lo tenga en cuenta, dice al tiempo que le da un amistoso golpe en el hombro.
  • Usted y su humor… -se rehace él mientras aspira profundamente una calada- ¿No ha escuchado lo que se dice por aquí? ¡En unos años, yo dominaré esta sociedad, que ya me está reclamando a gritos!
  • Siga soñando –contesta ella-. Sin alguien como yo, usted está condenado al fracaso. Pobres hombres… –suspira- se creen el centro del mundo, pero necesitan de nosotras, las mujeres, para todo. Mire, por ejemplo, ¿qué sería de El Escritor sin La Pluma? ¿De El Cantante sin La Voz? ¿De El Pintor sin La Pintura? ¿O de todos ellos sin Las Musas?

La mira pensativo, con cierta desconfianza.

  • ¿Qué me dice? Nada tendrían que hacer sus amigas La Fotografía o La Literatura si no existiera El Ojo que supiera apreciarlas.
  • No todos los ojos están a la altura, créame. Lo que realmente cuenta es La Mirada, amigo mío.
  • ¡Es usted una lianta!
  • Y usted un ignorante.
  • ¡Arpía!
  • ¡Bobo! ¡Ceporro! ¡Mequetrefe!
  • ¡¡¡Feminazi!!!

 

“Espera… espera un momento” –dice la taza de café-. “¿Cómo le va a llamar feminazi? Ese término no existía a principios del siglo XX”. “Calla”, contesta. “Aquí el autor del relato soy yo. Tú solo eres una jodida taza de café. Además, ¿qué coño hago hablando con un objeto?”. “¡Sí, eso! Ignórame, pero sabes que tengo razón”. Se levanta a lavarse la cara y estirar las piernas. Necesita un respiro y alguna buena idea para acabar con esto.

 

Entonces, envueltos en un mar de humo provocado por El Cigarrillo que sostiene ella y La Pipa que sostiene él, La Música y El Cine se callan y hacen coincidir sus miradas en un punto intermedio de esa pequeña mesa. Justo cuando sus labios están a punto de encontrarse, entra en el bar un ser de género indefinido. El Arte.

Ahí están todos, cuchicheando en voz baja. La Filosofía, El Derecho, La Justicia, La Psicología y su hermano pequeño El Psicoanálisis, las inseparables La Física y La Química, La Historia, La Educación, La Economía, La Sociología, La Economía y La Política, que todavía puede presumir de tener buena fama. Mayoría femenina.

Ese personaje que nadie sabe a ciencia cierta si es hombre o mujer, observa desde el otro lado del salón la escena que protagonizan El Cine –todavía mudo- y La Música –demasiado charlatana-. Y buscando la mirada cómplice de la Anatomía –que de estos temas es quien más sabe del lugar-, dice El Arte, sin miedo a equivocarse:

  • Creo que de aquella pareja pronto saldrá una relación muy fructífera.

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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