Besos de grafito

Allá, escribió deslizando su punta para alargar el vértice de la a y cerrarlo con un repentino giro. Donde se cruzan los caminos, y la última curva de la s final la dejó caer bruscamente unos cuantos centímetros papel abajo, como quien salta al vacío por primera vez.

Parecía como si ese verso lo llevara dentro desde hacía tiempo y ahora, por fin, brotaba de forma natural. Como brotan las ideas de madrugada en una noche de insomnio. Para ser su primer baile sobre el papel -pensó- no había estado tan mal. Y siguió manchando con su punta de grafito la virginidad del folio blanco. El punto final, que lo hizo tambalear hasta caer rendido sobre el tablero, cerró sin saberlo unas líneas que se convertirían en eternas.

Con el tiempo aprendió a descubrir aquellos pequeños detalles que lo hacían único. Empezando por su jefe, un tal Joaquín. Era tal la confianza entre los dos que él solo debía limitarse a postrar su diminuta cabeza sobre sus dedos y dejarse llevar, meciendo su cuerpo al compás de un rasgado suave, de sonido casi imperceptible, pero tan firme que en ocasiones hacía temblar hasta a la mismísima mesa. En una esquina, la goma les miraba casi siempre con desdén, a sabiendas que llegaría un día en que pasaría a ser del todo prescindible.

Descubrió también que existían otros de su misma especie que, sin contar con tanta elegancia ni sencillez como la suya, eran igualmente útiles en otros ámbitos. Conoció a carpinteros que trabajan en grandes proyectos por todo el mundo, portaminas que hacían auténticas virguerías en reconocidos despachos, carboncillos de pintores que vendían sus obras por grandes cantidades de dinero… Pero aún así, él no cambiaba su vida por ninguna otra. Como la del pirata cojo.

En un viaje a Praga coincidió con el secuaz de Benjamín, un viejo amigo de su jefe. Una noche de pasión, juntos, los cuatro, rompieron una canción en mil pedazos, descubiertos tan solo por la tenue luz quemada de la lámpara de aquel hotel a orillas del Moldava.

Pero como a todos, también a él le llegó su hora. El exceso de trabajo de los últimos años le había desgastado considerablemente. Hacía tiempo que se notaba débil, viejo, y que sufría con cada raya, con cada roce de sus finos labios al manchar el papel. Entonces recordó aquella estrofa y supo que no hubo mejor despedida que volver a escribirla una vez más.

Y me envenenan los besos que voy dando.

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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Una respuesta a Besos de grafito

  1. Tan original como poético. Buen texto :)👏

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