Spa

A Aroa

Él, tan inocente como de costumbre, decidió presumir de originalidad y hacerle un regalo especial aquellas Navidades. Un sobre lacrado y perfumado que contenía un par de entradas para el “spa” más de moda. Nada podía salir mal, nada podía echarse a perder. Excepto su propia dignidad.

El primer problema apareció todavía en casa cuando, indeciso, buscaba en el fondo del armario qué bañador sería el más adecuado. Claro, era su primera vez, y poco acostumbrado a tan grandes dosis de glamour y pijerío que suponía podían rodear aquel lugar, quería privarse de hacer el ridículo nada más llegar. Pero ni con esas.

Descartado de primeras el clásico slip, cogió sin pensarlo uno de aquellos bañadores floreados que a punto estaban de pasar de moda. El gorro, naranja chillón, y las chanclas de propaganda conformaban un atuendo tan excéntrico que solo le faltaba el cubo y el rastrillo.

Ya en el recinto, y después de salir temeroso de aquel laberíntico vestuario, la vio. Ella, por supuesto, lucía un discreto pero elegante bikini, gorro y toalla a juego, que realzaban su figura. A paso lento y despampanante, caminaba segura de sí misma, mientras él, tratando de no ser visto, libraba una batalla a muerte entre el látex y sus orejas, que se resistían a entrar en aquel incómodo cilindro. Así que finalmente se quedaron por fuera.

Después de una ducha aromática, entraron en el jacuzzi. Ella se movía como una dulce sirena. Él a punto estuvo de romperse la crisma en el primer escalón. Ya sentado y bien cogido a las agarraderas (no fuera a ser), el primer chorro se encargó de robarle el bañador, que flotaba ahora desafiante en medio de aquella minúscula piscina. Al fondo, la otra pareja de enamorados, decidía girar la cabeza y hacer como si nada hubiera pasado.

Salieron, rumbo al baño turco, no sin antes asegurar con firmeza el cordón del bañador, colocado este por encima del ombligo. Allí, inmersos en un calor sofocante y un ambiente espeso que rozaba el agobio, sus manos se buscaron. Él pudo sentir el suave roce de sus dedos, que jugueteaban primero tímidos, luego de forma insistente. Pero cuando aquella densa nube de vapor se esfumó, no era ella en realidad con quien compartía ese momento tan íntimo, sino una entrañable abuelita que lo miraba con deseo por encima de sus vidrios empañados.

Supo pues que ya había tenido suficiente. Huía, a ciegas, cuando la chancla decidió romperse en el momento más inoportuno. Así, con una leve y ridícula cojera que le impedía levantar el pie del suelo, las orejas al viento y las axilas haciendo esfuerzos para evitar perder de nuevo su traje de baño, lo vieron salir, no sin antes advertirle que a punto estaba de entrar en el vestuario de mujeres. 


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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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