Ovación y pitos

No son las cinco de la tarde, tampoco hace el sol que mandan los cánones y que justifica que algunos hayan sacado su localidad de sombra. Son las once de la mañana de un frío y lluvioso día en Barcelona. Tampoco es la Monumental, estamos a las puertas del Parlament pero hay ambiente de corrida, quizá la última que los aficionados taurinos puedan presenciar en Cataluña. El hombre que, sentado en un banco de la plaza, hace malabares con un palillo entre sus dientes mientras hojea el periódico con el ceño fruncido, es bien consciente de ello. Puede que se haya detenido en la noticia que precisamente informa sobre la Iniciativa Legislativa Popular llevada a cabo por la plataforma Prou para acabar con esta tradición, y que ya cuenta con el apoyo de más de 180.000 firmas.

El hombre, de avanza edad, alza la vista del papel. Al otro lado de la acera, del tendido como a él le gusta expresarse, a escasos metros del Parlament, se oyen pitadas y gritos de protesta. Un cuantioso número de jóvenes, armados con pancartas, megáfonos e infinidad de símbolos antitaurinos, se han reunido bajo la lluvia para presionar a los políticos, que parecen no tener una postura clara ante tan complicada faena. Los votos de CiU y PSC decantarán una balanza que se antoja igualada hasta el último suspiro. Ambos, los de las melenas y el del palillo, intercambian miradas desafiantes. Los primeros, con una sonrisa esperanzadora iluminando sus rostros, defienden la abolición de una tradición que significa la tortura injustificada de más de 3.000 toros al año. El segundo apela a la cultura de un país que ha venido configurando unas señas de identidad para las que cree que la tradición es suficiente justificación. Pero la cultura no puede ser la panacea. La tortura no puede asumirse por la simple consideración de haber sido durante años (o siglos, qué más da) el principal argumento del espectáculo y todavía menos puede seguir siéndolo en una sociedad que se pretende a sí misma civilizada y moderna. ¿Qué cultura? ¿qué país?, contesta desde el otro lado de la barrera una joven.

Llega la hora de la verdad. Los maestros ya están en el ruedo y oyen a lo lejos abucheos y aplausos. Los políticos en el hemiciclo tienen hoy libertad de voto cuando normalmente no es éste el caso. Parece que ningún grupo como tal quiera asumir la autoría de decantarse en este falso debate porque en contra de los derechos naturales poco puede debatirse. Se prevé una faena difícil y arriesgada, ni siquiera los más optimistas arriesgarían un pronóstico. Al final de la corrida, apenas ocho votos han decidido el triunfo del sentido común y comienza así la tramitación de una ley que posiblemente se resolverá el próximo mayo.

No son las cinco de la tarde y continúa lloviendo. De nuevo unos y otros intercambian miradas inquisitivas. Los jóvenes se abrazan. Al otro lado, en la plaza, el hombre escupe el palillo y cierra el periódico impetuosamente. No todos están de acuerdo. Pero, como en las mejores tardes, esto siempre pasa. Ovación y pitos.

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Acerca de pauborreda

Periodista en Valencia
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