La zona de llegada de los aeropuertos, esa sala de espera -posiblemente la única sala de espera donde se espera de pie, con la ansiedad con la que el perro espera a su dueño a la vuelta del trabajo-, esa sala de espera en la que los padres abrazan al hijo que se fue a estudiar fuera, donde dos enamorados a distancia se reencuentran después de interminables semanas de promesas al teléfono, una sala de espera a la que todos vuelven por Navidad, donde suena una música como de película y todo sucede a cámara lenta, esa sala de espera, es uno de mis lugares preferidos del mundo. Y, sin embargo, nunca soy yo uno de esos protagonistas que dan o que reciben el abrazo soñado.
Pero hay un juego al que me gusta jugar cada vez que llego a un aeropuerto, sin importar si se trata del de mi ciudad o del de otra cualquiera, incluso de un país extranjero con el que no me une ningún vínculo más que el de haber sido, por casualidad o no, el destino en el que pasaré la próxima semana por trabajo. Da igual todo esto e igual da si conozco o no a nadie en esa ciudad o en ese país. Cada nueva vez espero, sin convicción, pero de manera indefectible, con la emoción adolescente que se tiene frente a las cosas que suceden por primera vez, que alguien me esté esperando también a mí. Y no me refiero necesariamente a un ser querido, me conformaría con mucho menos. Sería feliz viendo mi nombre escrito en uno de esos carteles que sostiene un chófer que nunca pedí.
De hecho, el juego continúa tras la decepción de ver que esta vez tampoco nadie esperaba por mí, imaginando qué pasaría si al menos por una vez me atreviera a saludar a uno de esos conductores identificándome con el nombre que aparece en su cartel. ¿Señor Morales? Sí, soy. Vámonos.
Me imagino suplantando identidades y viviendo vidas que no me tocaba vivir. Subiendo en ese taxi y siendo un farsante que se deja llevar allá donde quisiera el azar esa vez. A una suite en lujoso hotel en el centro donde espera una amante que dice no conocerme de nada, al palacio presidencial para encontrarme con el ministro de exteriores y posar frente a las cámaras con un apretón de manos después de un acuerdo histórico que nunca alcanzamos, a un estadio de fútbol lleno hasta los topes que se cae cuando aparezco en escena para dar el concierto de esa noche y enmudece cuando me descubro al no saber coger la guitarra, a un estrado en el que tengo que presentar los avances de una importante investigación que estoy liderando y que no da crédito cuando me quedo en blanco.
O también al contrario. Imagino una habitación que despierta con olor a esa noche de sexo salvaje, una portada de periódico tras el fructífero encuentro oficial, cincuenta mil gargantas cantando mi canción, felicitaciones de mis colegas a la salida del simposio.
Y por último imagino al señor Morales aterrizando en mi ciudad, haciéndose pasar por mí, llegando a mi casa, sacándose los zapatos y usando mi cepillo de dientes después de una ducha de agua hirviendo, metiéndose en mi cama y soñando mis sueños.
Ahí acaba el juego, pensando que tal vez será mejor así, sin nadie que me espere.
